La ciudad es una polifonía, un arcoíris constante donde todo se mueve disparatadamente y donde, a diferencia del campo, las instituciones políticas exigen volverse visibles y efectivas, puesto que necesitan encontrar modos de asentarse, de lograr amplitud y movimiento. Su devenir histórico nos ha legado un sinfín de casos típicos de las ciudades y, desde ellas, una interpretación de la realidad social histórica determinada en la cual acontecen.

La ciudad se presenta siempre como un despliegue de intercambios: “La ciudad es primeramente una circulación, es un transporte, un recorrido, una movilidad, una oscilación, una vibración”. (27) La ciudad es ante todo un espacio que concentra y dispersa movimientos. A diferencia del campo, que funciona desde una cierta inmutabilidad y donde hasta sus movimientos siguen lógicas muy rígidas —baste mencionar el modo en el que funcionan los ciclos para la siembra y la cosecha—, la ciudad es volátil, la ciudad es siempre inesperada. Lefebvre deja más clara esta posición al afirmar que “La comunidad rural es una forma de comunidad orgánica” en la que la organización de la vida social obedece a una comprensión del entorno y de las partes constitutivas de la comunidad. Es una forma de organización social en la cual la activa participación de sus miembros es más claramente constatable o, en todo caso, en donde tiene más posibilidades de acontecer. La diferencia entre ambas está en la velocidad y brutalidad con las que acontecen sus procesos. Armando Bartra nos dice que, por su lado, “La ciudad es, como la fábrica, parte de la tecnología del capital”. (80) La cita es breve pero crucial, pues nos brinda un punto de partida para este análisis: si cada caso dentro del capitalismo tiene su fábrica, posibilitando un tipo de ciudad, y las maquilas han violentando profundamente la noción de fábrica: ¿qué tipo de ciudad tienen? ¿qué tipo de “tecnología del capital” han generado?

Sin embargo, en el capitalismo contemporáneo la línea divisoria entre ciudad y campo se ha ido borrando. La movilización de procesos típicos de las ciudades ha sido un factor importante, pero también lo ha sido el desarrollo de las lógicas capitalistas en actividades meramente rurales, como en el caso del narcotráfico. La ciudad capitalista ha presentado procesos de expansión en los cuales se ahondará un poco más adelante.

De entre toda la maraña de movimientos que acontecen en la ciudad, uno de los más importantes es el del flujo de mercancías. Sin importar la formación económico-social de la que se esté hablando, la circulación de mercancías es una práctica constante de la ciudad, desde la antigua Babilonia hasta el actual Nueva York. La ciudad es el escenario de esa circulación y es donde desborda todas sus plenitudes. Nancy es claro en la cita anterior, aunque no explícito, ya que no menciona el carácter capitalista de ese flujo mercantil en las sociedades contemporáneas: lo abstracto de la ciudad es la circulación de mercancías; lo concreto, el conjunto de las mercancías valorizadas.

La ciudad fantasma se ha desprendido de toda posibilidad política no-capitalista porque carece de una especificad monolítica que la pueda conceptualizar. La ciudad fantasma es, primero que todo, el capital difuminado siempre en movimiento. Atraviesa todas las ciudades y las conecta de algún modo: es el capital atrasado, el capital mirado con desdén por ser atrasado; es el capital apologizado por el victimismo de algunos discursos latinoamericanos. Jacques Derrida tiene un término que puede ser trasladado con precisión a estas reflexiones, y es el del “efecto visera”:

Esa Cosa que no es una cosa, esa Cosa invisible entre sus apariciones, tampoco es vista en carne y hueso cuando reaparece. Esa Cosa, sin embargo, nos mira y nos ve no verla incluso cuando está ahí. Una espectral disimetría interrumpe aquí toda especularidad. Desincroniza, nos remite a la anacronía. Llamaremos a esto el efecto visera: no vemos a quien nos mira. (21)

Aquí, Derrida plantea el “efecto visera” dentro de su planteamiento hacia una reapropiación de Marx a través de sus “espectros” y apariciones, estableciendo un diálogo con algunos pasajes del Hamlet de Shakespeare. El “efecto visera” posee en su enunciación una carga ontológica, ya que en la medida en que “Esa Cosa…” existe en su ausencia, aún en su ausencia que aparece, se nos presenta como un “otro”, pero su presentarse es parcial y por eso irrumpe: es “otro” que no es asible, o peor aún, que ni siquiera puede ser confrontado; es una especie de hueco ocupado que genera anacronía y rompe con el paisaje. Esta condición se presenta como una ventaja que nos somete a “Esa Cosa…”, y Derrida es muy puntual cuando más adelante dice:

El efecto visera […] es eso: el sentirnos vistos por una mirada con la que será siempre imposible cruzar la nuestra. Como no vemos a quien nos ve, y dicta la ley, y promulga la inyunción, una inyunción por otra parte contradictoria, como no vemos a quien ordena: «jura» (swear), no podemos identificarlo con certeza, estamos entregados a su voz. (21)

La ciudad fantasma produce su propio “efecto visera”, y por eso es tan complicado conceptualizarla. Es un espacio que puede desplazarse en todos los espacios; es errante, como un fantasma en pena, como el capitalismo mismo. Sus diversas manifestaciones nos miran, se ponen frente a nuestros ojos y, sin embargo, no las vemos. No podemos ver la ciudad fantasma, aunque esté porque no es: se disfraza de domicilios particulares, caseríos, bodegas y hasta de escuelas. Sólo tenemos la intriga que nos asedia porque sabemos que puede estar, y esa intriga nos mantiene seguros de ella. Imaginamos a la ciudad fantasma lejos, en Ciudad Juárez o tal vez perdida en algún lugar de Hidalgo o Puebla, pero nos mira esperando atentamente para atraparnos. Y si nos ha atrapado ya, a exprimirnos, y si lo hace de diversos modos, a volverse inaprensible: a vernos y explotarnos sin ser vista. El hecho de que la intuimos apenas por medio de pasajes o instantes efímeros (como se suele mirar a los fantasmas) es por lo que apenas podemos tener noción de su etéreo deambular.     

El efecto visera ordena y genera un caos al que sólo queda someterse: impone un orden no explícito. La ciudad fantasma es una reconfiguración estratégica, paulatina y radical de todo espacio para lograr el sometimiento del espacio social de cualquier ciudad existente. Es una “espectralidad” constante en donde, a través de la subversión del aparente orden político-social, el movimiento del capital puede realizarse a plenitud. La ciudad fantasma que atraviesa y se instala en las ciudades, en los lugares que el capital se construyó completamente para sí mismo, es una de las tantas distopías hechas norma del modo de producción. No hay ley ni pasado ni moral, y toda tradición y lógicas ajenas al lucro están ausentes o en vías de extinguirse. La vida misma sería imposible si no fuera por el glorioso milagro del capital; es la añorada ha-Aretz ha-Muvtajat (“tierra prometida”) que siempre deseó el capitalismo desde que tuvo presencia en el mundo.

Las ciudades del capital no son ciudades, no al menos en un sentido “tradicional”, lo que las vuelve problemáticas para una conceptualización, pues tienen la volatilidad de ser ciudades de consumo y de producción en tiempos y cantidades atroces. Violan toda imaginación de la ciudad, ya que su presencia prescinde de una espacialidad visual material si las fluctuaciones materiales así lo demandan. Su fantasma no se va cuando las empresas huyen de un día a otro dejando completamente a la deriva a los trabajadores. En todo caso se va nuestra certeza de su existencia en un lugar y tiempo determinado. La ciudad fantasma no es un caso ni el conjunto de casos presentados de clandestinaje: es la puesta en práctica de una estrategia político-económica que no se agota en el mero ocultamiento, sino que es desde ahí que se genera un nuevo modo de acontecer del capitalismo.

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Escrito por:paginasalmon

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