Fotografía de Gerardo Alquicira

Días después de decirnos adiós y un hasta pronto entre dos signos de interrogación, sentí un hilo de sudor desde mi axila derecha hasta el codo. No volví a ser la misma tras nuestra efímera historia.

Lo conocí porque teníamos que conocernos. Somos de una ciudad pequeña cerca de la sierra y es casi imposible no haber visto a todos sus habitantes al menos una vez en la vida y sonreírles aunque no se quiera. Está dentro de una cuenca, cuando se fundó a propósito de las minas y de seguir alguna parvada que pasaba por ahí y que les indicó el lugar donde debían establecerse, los habitantes empezaron a incorporarse hacia dentro de ella a sabiendas (o tal vez lo sabrían tiempo después) de que representaba un riesgo vivir prácticamente dentro de una zona que podría volverse un gran charco en cualquier momento, y bueno, a lo largo de su historia  han padecido las consecuencias, pero siguen ahí, aferrados a un lugar autodestructivo. Hicieron casas al pie de las montañas, construyeron iglesias –alrededor de las cuales creció su moral también: algunos echaron raíces en los atrios y otros, tan necesitados de ellas, ante el altar–; crearon caminos que llevaran al centro de la cuenca y que conectaran con los poblados de los alrededores, éstos más abiertos porque son planos –no están encerrados en la cuenca y pueden respirar libremente–. Es por esto que los habitantes se han vuelto un riesgo para sí mismos de tan apretados que están; a veces creo que, quienes nacimos ahí, no podemos pensar con racionalidad aun después de que nos vamos.

Él y yo nunca nos presentamos hasta que nos fuimos a lugares diferentes: yo me fui por asfixia, él se fue para estudiar. Nos conocimos en la capital, ahí lo vi la primera vez. No sé cuál fue mi primera impresión, tal vez mera cordialidad, apoyo de fuereño a fuereño que no conoce la metrópoli. Luego de ahí lo vi tres o cuatro veces casi por casualidad: me daba exactamente lo mismo. Un día, de visita en la cuenca, simplemente sucedió que simpatizamos más. Aún no me lo explico, sólo sucedió. Vi su cara de otra manera, sus ojos, sus labios, pero no veía nada más; fue ese tipo de atracción. Sólo me dejé llevar. Ahí estaba él, mejor que nunca. Nos volvimos a ver en la capital y entonces vi más: sus pestañas, su cabello, su vello, manos, piernas, espalda, el sudor constante. Vi dentro de sus ojos y entonces perdí el conocimiento del tiempo que estuvimos cerca. Me causó mucha ilusión conocer a alguien así: “nunca ha habido alguien como él”. Idealicé su personalidad, idealicé los escenarios donde espacio, tiempo, personajes, todo pudiera coincidir. Me parecía muy fácil y enteramente lógico.

¿Cómo fui capaz de dejarme arrastrar por tantas emociones en tan poco tiempo? Prácticamente nos acabábamos de conocer y aún así vivimos un montón de situaciones en pocas horas, en pocos días: la primer plática, el primer beso, el primer sexo, la primer noche juntos, el primer café de la mañana, el desayuno, el llanto desalentado, la ida, los mensajes de diario, el reencuentro, saber dónde comer, a dónde ir, cómo comportarse en público, “¿cómo me queda esta blusa?”, “hazme piojito”, “no te vayas”, “eres bonita”, “hay que bañarse”, “voy al baño”, “estoy sudado”, “háblame”, “estoy molesta”, “me gustas”, la despedida definitiva y de acuerdo mutuo: “nos vemos”. Estuve en un mundo diferente: sí, una ciudad conocida, sí, pero marcada por una intensidad que no hubiera vivido en otro lado. Fuimos una historia común de dos que se quisieron dos días, tres a lo mucho, al menos me atrevo a decir que yo sí lo quise. Ya no se volverá a repetir, seremos dos personas que se sintieron en confianza súbitamente y así de rápido dejaron de sentirse. Ya no existirán los lunares de su espalda, el vello de su pecho, de las piernas; ya no existirán nuestras pláticas imparables, las constancias de su curiosidad, las preguntas íntimas, las admiraciones conjuntas; las burlas, risas y pequeños enojos.

Seguí hablando con él. Seguí pensando que no sucedería nada más. Seguí pensando en todo lo que conocí aquellos días. No podía sacarme sus caricias del pecho, sus besos de la espalda, sus abrazos de todo el cuerpo. Idealicé una situación que no debía existir nunca más. Me aferré a eso poco que conocí y entonces ya no volví a ser la misma porque viví pendiente de su desinteresada comunicación. Tiempo después entendí que mi cuerpo reaccionó ante mi necedad; ante la aprehensión de la idea que me creé de su compañía inexistente. Me arriesgo a decir que algo se quedará permanentemente. He probado de todo: la sudoración excesiva no tiene remedio, más que para él. No me parecía pertinente destacar esta cualidad suya hasta que me ha afectado a mí –qué egoístas somos a veces–. Yo lo encontraba como eso, una cualidad, parte de su personalidad, que en el diálogo de diario el sudor fuera un motivo para conversar.

En general, suelo tener un olor muy fuerte, ningún desodorante logra abatirlo: que si dura 48 horas, que si dura 72. Mi cuerpo se burla de ellos, a la tarde me tengo que esconder del olfato de otros, me avergüenza ser tan olorosa, me pone de muy mal humor. El punto es que más allá de esto, que es perfectamente controlable, no tuve nunca un problema similar a ese otro. No me había enfrentado a un problema de sudor desde que era puberta. Tras ese primer episodio con el hilo de sudor, intenté no pensar en ello. Luego volvió a ocurrir al día siguiente: hacía calor y ya estaba emanando mi penetrante olor de siempre, también lo dejé pasar. Pero empezó a suceder todos los días; dos veces al día; tres veces al día. Yo ya no sabía qué estaba pasando, llega un punto en que crees conocerte, tal vez me hacía falta enfrentarme a este tipo de calor que hemos vivido últimamente. Otro día estaba en la biblioteca, la noche era fresca; leía mis apuntes cuando de repente sentí correr un hilo de sudor por la espalda; pude imaginarme perfecto a esa desgraciada gota esquivar los bordes de mi columna desde la coronilla y hasta el inicio de mi trasero.

Luego de ahí ya no paró. Hilos de sudor desde mi axila al codo dándole la vuelta al brazo; desde mi coronilla, trepando los relieves, hasta el trasero; y, como si fertilizaran a los demás poros de mi cuerpo, comenzaron a brotar gotas de sudor de detrás de las orejas y hasta el final de mi cuello; de la frente a mis labios, a la barbilla; de la ingle a la rodilla; de lugares donde ni siquiera hay pliegues o intersticios dónde acumularse, así emanaban. Era una auténtica producción de tratamiento de agua salada y mugre. Sucedía mientras dormía, me lavaba los dientes, cocinaba, leía, caminaba, estudiaba, aún cuando no estaba haciendo absolutamente nada, incluso llega a suceder mientras me baño. Empecé a usar toallas pegadas al cuerpo por recomendación de una amiga. Cargo también toallas de tela que terminan empapadas y que sólo traen conmigo, al final del día, un olor que no puedo esconder, más fuerte incluso que el que exudaba antes, a veces lo extraño. Debo traer electrolitos todo el tiempo, estoy perdiendo mucha agua, me deshidrato. Visité todos los médicos y tomé todas las medicinas y me aventé a cada uno de los tratamientos naturales que mi economía me permitió. Es imposible controlarlo.

Ahora ya no me atrevo a salir con nadie, a hablar con nadie, ni a ver a nadie que no sean mis amigos, mis conocidos. Sigo pensándolo, hablándole, pero me da miedo volver a verle. No le he dicho de mi problema de sudoración. Hace poco él comentó algo de que ya se adaptaba mejor al calor. No quise preguntar a qué se refería, me lo puedo imaginar. Mientras tanto, sigo y seguiré con esto emanando de mis poros; y él tan tranquilo, ignorando esta situación que no me atrevo a compartirle porque qué caso tiene alterar la estabilidad y el pacto al que llegamos. Qué pasará si vuelvo a estar cerca de él, si me ve así, con todas las emociones escurriendo por mi cuerpo.

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Escrito por:paginasalmon

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