Vi a mi tía Claudia parada en el mismo lugar donde me esperaba mi mamá todos los días. Me acerqué a ella despacio y me detuve antes de llegar al arbolito que le daba sombra, porque la vi llorar. La observaba detenidamente sin atreverme a alcanzarla, y de pronto ella caminó hacia mí y me ordenó que la siguiera. No podía moverme: me sentía extranjera en mi cuerpo, como si su llanto augur me hubiera arrastrado a un mundo que no era el mío, a un mundo habitado por demonios sanguinarios, y que en él me había petrificado sin remedio porque no conocía la regla cardinal de su ámbito hostil. Quería correr de vuelta a la escuela, sentarme en mi banca y esperar a que mamá preguntara por mí en la dirección; quise huir de mi tía, como cuando corría de las verduras de mamá y de los regaños tempestuosos de papá, pero antes de recobrar el dominio sobre mi cuerpo esa mano regordeta y húmeda apresó la mía con fuerza y me arrastró al carro.

Ninguna de las dos habló en el camino a su casa. Ella apagó el radio en cuanto prendió el carro, y en todo el camino yo no me atreví a romper la dignidad de ese silencio compasivo ni siquiera con un estornudo. El tiempo, al igual que todas las cosas de esa tarde, se había petrificado sobre nosotras y pesaba como el cielo: se había resecado y acartonado bajo un calor — viscoso, pesado y aborrecible como la oscuridad o el silencio— que provocaba dolor de cabeza y un amodorramiento fatal. Esa tarde sabía a ceniza o arena; tenía el humor de una vida desgajada, de una existencia que había guardado su fondo de océanos, adoquines, metales, plomo y asfixia para reconcentrarse en un instante que aguardaba tras la cortina de la verdad. Ninguna de las dos habló porque no queríamos encontrarnos —entonces no lo supe—  con la otra orilla de ese desierto repulsivo.

Pero llegamos allí al mismo tiempo que mi tío Pato, sudadas y muertas de hambre. Cuando mi tía apagó el carro, la miré sin decir nada. Ella sabía que la observaba, pero se negaba a apartar la vista de la ronda de ahuejotes que se erigía frente a nosotras, con su porte de sombrillas cerradas. Su boca se contrajo de pronto, y en su rostro se dibujó la misma mueca que más de una vez hizo mamá cuando se ponía las manos en la barriga y se balanceaba de dolor. Entonces comprendí que mi tía Claudia quería dejar de sentir la verdad en su propio estómago para poder entregármela envuelta en una palabra tan fría y cruel como su misma tragedia. Pero se tapó la boca al cabo de unos segundos y no dijo nada.

Después de varios minutos en completo silencio por fin volteó hacia mí, y fue como si mi imagen le aterrara, porque me abrazó con fuerza y ocultó mi rostro en su pecho. “¿Le pasó algo a mi mamá?’”, le pregunté. No contestó nada; en su lugar siguió abrazándome y apretando mi cabeza, como si esa cosa que la estaba ahogando aguardara detrás de mí y ella temiera que yo volteara y que sus ojos letales se encontraran con los míos. Sin embargo, no era el dolor lo que estaba allí afuera: era mi tío Pato, que nos esperaba inmóvil junto al carro de mi tía junto a Mati, y nos veía con sus pequeños ojos amarillos, ese par de esferitas furiosas que siempre me han repugnado y que están enmarcadas por unas cejas pobladas de unos gruesos pelitos, negros y duros, como las ramas de un nido abandonado.

Y entonces ella me soltó. No sabía exactamente qué quería decirme, pero en su mirada pude adivinar el recurso de su fatalidad. La verdad es que ya lo presentía desde que el director entró a la mitad de la clase de matemáticas y me pidió que metiera mis cosas en mi mochila y que lo siguiera. Lo supe porque hacía calor, o porque esa mañana mamá no me dio de desayunar, o porque una verdad así es tan cierta y palpable como el dolor de una traición o como la última despedida del amor.

De repente, mi tía volvió a sofocarse y salió del auto. Yo la seguí. Mi tío me quitó la mochila de la espalda cuando lo saludé, y me acarició la cabeza con aire de compasión y lástima. Creo que nunca antes había sido cariñoso conmigo. Y jamás volvió a serlo. Aún hoy, después de tantos años, sigo creyendo que siempre le he caído gorda. Pero en ese momento parecía que él también había llorado; ese día todos estaban tristes. O todos nos compadecían. De nuevo tuve ganas de salir corriendo de ahí para ir a casa, hacerle un berrinche a mi mamá y escuchar su voz apacible amenazándome con acusarme con mi papá si no me comía la sopa de verduras, pero volví a sentirme como de piedra. Quería que las cosas no fueran diferentes aquella tarde, que el mundo y sus tiempos no hubieran perdido su ritual innato que hasta ese momento me había parecido inofensivo e inamovible. Pero los ojos de la verdad de nuevo se asomaban tras las lágrimas de mis tíos. Sentía su mirada en la de mi tía Claudia y en la de mi tío Pato; en la del director, en la de mis amigos y hasta en la de Mati. Eran dos abismos de los que emanaba un vaho nauseabundo de silencio y soledad, y esos abismos me llamaban con la dócil voz de mamá, faena de Dios, o de la vida o de la suerte.

Caminamos hacia la casa con la lenta cadencia de un cortejo fúnebre, y cuando alcanzamos el marco de la puerta la vi por un instante, y por fin lloré. Vi su sombra, su blanca estela, y lloré la arena de la tarde. Mi tío Pato me tomó de las axilas y me cargó; yo puse mi cara en su hombro y la tarde se volvió oscura e irrespirable. Se me escurrían los mocos de la nariz en su camisa, pero no le importó. La tía Claudia y Mati regresaron a nuestro lado y nos abrazaron. Ahora lloraba con ellos. Por nosotros. La verdad, que no se había revelado aún en su violencia arrogante, ya me había herido desde su escondite. La verdad era el horizonte crepuscular corriendo las últimas aldabas de mi inocencia. Mi tía Claudia no dejaba de pedirme perdón.

Así pasamos un buen rato, hasta que empezó a llover.

Aquella vez, mi tía Claudia había preparado niño envuelto. Cuando por fin entramos a su casa, me mandó a lavarme las manos para comer, y en la mesa me sirvió una porción grande de ese húmedo bistec que flotaba en un caldo rojo y envolvía un huevo duro sobre una sábana de ajo, cebolla y pimienta, con un vaso de agua de horchata. No sé si entonces odiaba más las verduras del niño envuelto que el agua de horchata, pero a ella no le hice ningún berrinche y ni una mueca. Me lo comí todo sin golpear la mesa, y me gustó tanto que repetí porción. Después, el empacho fue una verdadera tortura.

Papá me recogió en la madrugada, cuando el cólico apenas había cedido y estaba por quedarme dormida. Pero al llegar a casa, el dolor volvió otra vez y no me dejó dormir el resto de la noche.

Escrito por:paginasalmon

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