…Et il est parti 

Sous la pluie

Sans une parole

Sans me regarder

Jacques Prévert

—¿Hace cuánto? —preguntó Justino cuando se incorporaba en la cabecera.

En la cocina ya se oía el leve gorgoteo de la cafetera, y un grito desgajado anunciaba la venta de gas desde un punto incierto de la cuadra. Mientras la voz le respondía, Justino alejó el celular de su oreja para ver la hora y una dolorosa llamarada blanca iluminó de golpe la habitación. Bajo la ventana, creo que alguien pasó corriendo hacia la avenida.

—Me vale madres cómo, pero me lo resuelven ahorita mismo, cabrones. Y hay de ustedes si se vuelve a salir. —Respondió iracundo, y colgó sin despedirse.

Dejó el teléfono en su buró y trató de volver a dormir, pero el calor arcilloso de las sábanas y la almohada (o, a lo mejor, la súbita perspectiva de librarse de otro domingo desabrido entregado a la afasia doméstica) lo convenció de levantarse, y se quedó sentado algunos minutos en su lado de la cama. Probablemente, en todo el rato que pasó ahí peleándose consigo mismo se esforzó por formarse una buena metáfora para establecer una tregua mental con su mala suerte: que cada noche, por ejemplo, sobre nuestros cuerpos rendidos se amontonan los restos cenicientos de nuestras vidas rotas, esas partículas que se nos desprenden del espíritu por la violenta fricción del trabajo y el hastío; que la modorra no es más que una lucha contra el miedo a despostillarnos en la cotidianidad hostil hasta quedar reducidos a nuestros componentes genéticos, de modo que la perspectiva de la aurora… O que levantarse temprano en domingo no es peor que levantarse temprano los lunes, siempre que consigamos ignorar la asfixia de este hábito de vivir a merced de un capricho… Pero a él no se le dan mucho estas cosas

descubrir que ya pasaban de las 8 porque la cafetera estaba encendida y gorjeaba un lamento porfiado de autoengaños y evocaciones implacables, sentir el peso de un hábito letal, sentir el paso del tiempo y el dolor de una añoranza, sentir…, 

y creo que ni siquiera sabe diferenciar entre la aurora y el crepúsculo.

Con la misma brusquedad egoísta de todos los días, se levantó como un toro de la cama y se arrastró al baño. Orinó una buena parte de su mal humor, se limpió las lagañas, se enjuagó el vaho grotesco de resaca y ajo y se metió al chorro helado para empezar a despabilarse. Al salir de la regadera volvió a sentarse en la cama, con el capricho estúpido e insolente de un taladro, y se puso el pantalón. Luego se levantó, recogió una camisa del suelo, la sacudió con violencia y volvió a sentarse en su orilla de la cama, sin variar en su egoísmo impertinente. Cuando estuvo vestido por completo, se calzó las botas, fumigó la habitación con su desodorante apestoso y se abrochó la camisa, 

arrugada como su frente o su corazón o como… 

Después bajó a la cocina y encendió la televisión, y mientras oía las noticias se sirvió una buena taza de café, que entibió con un poco de hielo. 

—Buenos días tengan todas y todos ustedes. Yo soy Jorge Campa y Torres, de Noticias por la Mañana. Comenzamos con la información. Esta madrugada, un comando armado atacó a un convoy de la policía federal en la carretera de Puebla-Veracruz, cerca del poblado de San Martín Texmelucan, dejando un saldo de dos policías muertos y cuatro heridos, así como de un presunto sicario detenido, al que se le decomisaron cincuenta y…

Dos cucharadas de café y una de azúcar. Tibio, ya sin vapor. Desde que era joven así se lo ha preparado. Antes lo tomaba con leche, pero en algún momento de su vida se volvió intolerante a la lactosa, y por alguna alquimia asociativa suficiente para su pequeño imperio simbólico, un día decidió ver en la leche entera la última aldaba de su juventud (después de quedarse calvo, engordar y volverse “don Justino” y el “patrón”), y prefirió pasarse al agua antes que entregar ese último álamo vital a sus empeños diarios: verse pagar por leche deslactosada.

—Ayer le informábamos del terrible hallazgo de otro cuerpo en la zona cerril del poblado de Santa Cruz Atla… Acal… pixtla, disculpe usted, de Xochimilco, el mismo lugar donde hace unos meses hallaron a un… 

De joven también era muy cariñoso y detallista. Tocaba la guitarra, tenía el cabello largo y se peleaba mucho. A todas sus novias les escribía canciones. Él asegura que ya no se acuerda cómo tocar ninguna de esas tonadas, pero miente, porque de vez en cuando todavía descuelga la guitarra en su estudio y se pone a tocar melodías inéditas de amor

y que la verdad son malísimas porque están llenas de lugares comunes, como la desnudez divina de tu cuerpo, el espasmo de la noche, tu indiferencia letal o este loco que te llama bajo tu ventana, preso de tus días y de tu aliento.

A estas alturas, esa guitarra solo regresa a sus manos cuando está borracho con sus amigos, calvos y panzones como él, o cuando quiere volver a tocar las canciones de la leche entera, el amor abierto y la dicha de una vida consagrada al tiempo, a la preocupación del instante, de lo que hace falta, de lo que no se tiene: de la época en la que los domingos no eran iguales a los lunes, y ninguna excusa era válida para obviar esta pizca de dicha que restaba al grandioso huracán de la carne, como la arcilla de la mañana que se escapa entre los dedos de este demiurgo malhumorado que nos condenó al silencio hasta que la muerte termine de separarnos.

—… para hablar de la gran final de esta heroica Liga MX, nuestro querido Ángel Zamora. Ángel, ¿cómo te va?

—Muy bien, mi querido Jorge. ¿Tú cómo andas? 

—Bien, bien, como siempre. Cuéntanos, ¿qué nos podemos esperar…?

Justino bebió de un sorbo toda la taza de su asqueroso café tibio y la dejó en el lavabo, como los platos de la cena de ayer. Luego se paró haciendo rechinar la silla y emitió un profundo eructo.

En la puerta se puso su chaleco negro como de pescador, y se cercioró de que no había dejado las llaves, la cartera y el celular en el buró. Tosió para aclararse la garganta, hurgó en uno de los bolsillos del chaleco y salió de casa, sin despedirse y sin mirarme. 

Yo tendí la cama cuando terminé el desayuno (dos de café, sin azúcar y agua hirviendo, como siempre me ha gustado), y me metí un largo rato a la regadera.

Escrito por:paginasalmon

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