Desperté y lo primero que vi fue el cielo, después decenas de ojos clavados en mí. Estaba sobre un charco de sangre en el pavimento, sin saber que había muerto por unos minutos.
Esa mañana visité al psicoanalista. Tirada en el diván cambiaba de una emoción a otra al hablar de la muerte de mi hermana, de lo mucho que disfrutaba el sexo y de lo frustrante que era demostrar que sí podía ser lo que todos decían que no era, una editora de cultura.
Tal vez salí triste del consultorio, ni siquiera lo recuerdo. Tomé la bicicleta que me acompañaba a todos lados y comencé a pedalear. A las 9:00 de la mañana en la Ciudad de México es difícil ignorar que la gente tiene prisa, que a nadie le importa que una ciclista olvidara ponerse el casco y que la ciclovía no es segura por el paso constante de peatones.
La semana anterior la llanta de mi bicicleta se había atorado en la vía del tren que cruza la ciclovía en Polanco. Caí como en cámara lenta y la bici hizo un ruido como si gritara de dolor. Terminé con la palma de la mano y la rodilla derechas lastimadas, además rompí mi pantalón favorito: esa caída pudo ser un presagio que pasó inadvertido por mi cabeza.
Mientras circulaba por la ciclovía en Mariano Escobedo para cruzar por Laguna de Términos, sin saber cómo, quedé tirada estorbando el paso de los automóviles. El golpe me mató. Así fue porque vi a la hermana que había enterrado hace dos años. Estaba vestida de amarillo, con el collar y la pulsera de perlas que llevaba en el ataúd.
El escenario era onírico. Estábamos en un cuarto de madera, sin muebles, con tanta luz que entraba por una ventana y una puerta cubiertas con cortinas blancas, como las que mamá ponía en la casa cuando éramos niñas. Era un cuarto tan pacífico que me sentía muy feliz de ver a mi hermana.
Ella me dijo que la acompañara, extendió su mano e hizo su gesto frecuente: agachó la cabeza con la mirada hacia arriba, en señal de que la siguiera. Yo, sentada en el piso, le dije «No, Libertad, tengo que trabajar. Tengo muchos pendientes, aún no me puedo ir”, pero terminé la frase prometiendo algo: «déjame terminar con todo lo que quiero hacer y te acompaño, te lo prometo».
Pronto abrí los ojos. Volví a la vida.
—¿Qué pasó? —pregunté desconcertada.
—No te muevas, te atropellaron —contestaron los que frente a mí estaban.
—Oh, pero me siento bien —dije cuando intenté levantarme.
—No te muevas —gritó un hombre que me presionó de los hombros para que volviera a la posición en la que estaba.
Ese muchacho ya tenía en la mano mi teléfono, al parecer lo sacó de la bolsa interna de mi chamarra mientras estaba muerta.
—Ya viene la ambulancia, ¿a quién le llamo? —cuestionó mientras revisaba mi teléfono.
—En la lista de contactos hay uno que dice «Beto loco», es mi hermano, a él avísele pero que no le diga a mis papás, por favor, no creo que sea nada grave, me siento bien.
No pasó mucho tiempo cuando los paramédicos empezaron a inmovilizarme y la gente comenzó a alejarse.
Al levantarme en la camilla pude ver el charco de sangre que estaba en el pavimento y escuché los lamentos de algunas personas, «ay pobrecita», «ojalá se recupere», «qué bárbara, no traía casco», «está en shock», «va a quedar mal».
También vi mi bicicleta. Tenía el manubrio doblado, el cuadro negro manchado de sangre, la llanta delantera chueca. Estaba sola, nadie hablaba de ella, nadie la auxiliaba. Esa vieja compañera estaba conmigo desde la secundaria y ahora estaba destinada al fierro viejo… o tal vez no, un hombre se acercó sigiloso a ella y se la llevó.
En la ambulancia trataba de recordar lo que había pasado pero no pude, lo último que vi fue una galería que se encontraba cuatro calles atrás del lugar en el que me levantaron.
El dolor lo sentí hasta que llegué a la Cruz Roja. Justo cuando entré al pasillo por el que ingresan las camillas comencé a vomitar, me sentí mareada a tal punto que me agarraba de los tubos para no caer y tenía un frío que sentía hasta los huesos.
—¿Por qué estoy vomitando sangre? —le preguntaba a quienes me rodeaban y nadie contestaba.
—¿Por qué vomito sangre si el golpe fue en la cabeza? —según gritaba, pero creo que ni siquiera hablaba porque todos ignoraban mis palabras.
De inmediato me conectaron a diferentes aparatos mientras yo seguía expulsando olas rojas. Mi percepción me decía que eran litros de sangre los que se quedaban en el camino. Una enfermera decidió sostener una bandeja para recibir lo que escupía, mientras otros me desnudaban.
—¿Por qué me desnudan si tengo frío? —gritaba asustada.
El primer rostro conocido que vi fue el de mi hermana mayor, que no resistió verme tan pálida y suplicando que no me quitaran la ropa o me dieran una cobija porque tenía mucho frío, y salió llorando de la sala.
Mientras tanto yo era manipulada por diferentes médicos, me cambiaban de camilla, me metían a una máquina para hacerme una tomografía y una resonancia, y yo seguía tiñendo mi camino rojo. Los médicos no me decían nada, solo limpiaban, me movían de lugar, me conectaban aparatos y corrían de un lado a otro.
No sé cuánto tiempo pasó en todo ese trámite por sobrevivir, pero sentí que todo pasaba de prisa frente a mis ojos sin ser incluida en esa acción, solo sentía frío y vomitaba. Después ya estaba en una cama con tantas cosas en la cara y el pecho que no podía hablar, ya no vomitaba, y el frío se iba poco a poco. En cambio los mareos incrementaban, por momentos sentía que me caería de la cama pese a que estaba detenida con mis cuatro extremidades. Cada pie estaba rígidamente apoyado de los tubos inferiores y mis manos sostenían los que se encontraban a los lados. También apareció un zumbido, como el que se escucha cuando esperas que terminen de cocerse los frijoles en la olla exprés.
Ahí estaba, sola, inmóvil y desconcertada, cuando de repente sentí dos manos tibias tocar mis manos.
—¿Cómo estás Ana? —dijo mi papá todo asustado.
—Estás bien, ¿verdad? —respondió mamá.
Intenté sonreír, pero mis papás comenzaron a llorar repitiendo que todo iba a estar bien, que no podía dejarlos.
No sé cómo me veo, no sé qué tan mal quedé, ni si quiera los puedo ver ni escuchar bien. Y es justo ahora que me doy cuenta de que volví a vivir y no sé si me equivoqué al soltar la mano de Libertad.
Imagen tomada de Crossen
| Anabel Clemente Trejo (Valle de Chalco, México, 1985). Comunicóloga y periodista. Escribe historias reales o de ficción, depende el canal. Por una década publicó textos en medios de comunicación nacionales y después se abrí paso entre los textos comerciales para diferentes marcas, ahora trabaja en comunicación social, siempre pensando en tener una formación 360. Los cuentos, relatos y poemas que llego a escribir son parte de toda mi experiencia por las calles de la gran Ciudad de México y su gigante periferia. Los temas que le interesan son la periferia, la ciudad, el territorio. Publica notas periodísticas en La Razón de México, en El Financiero, En Deambulario (pero ya cerraron la página). |
