Hubo un par de meses en que escuchaba la misma canción varias veces seguidas en el camino de vuelta a casa. La guitarra cansada me ayudaba a decorar mi rol de espectadora infinita. Porque observar es igual que absorber. De tanto acumular rebeldías no gritadas, perdones no ofrendados y paciencias no consumadas; me volví una jaula de mí. No se necesitan tantas tragedias para quedarse inmóvil, a mí me bastó el aburrimiento. Mi vida iba tejiéndose sonámbula, a rastras y abandonada por mí. Mi rol actancial, como el de tanta gente, era el de espectadora del mundo hostil que se carcome a sí mismo en las entrañas. En donde a veces, lastimosamente, lo único que puede hacerse es observar. Mirar por la ventana de la combi la forma en que la velocidad se traga el camino. Aquella balada se emparejaba bien con la cadencia de los parajes de urbanidad forzada dejados desesperadamente atrás; como si no importaran, como si fuera urgente llegar al final.
Te conocí poco tiempo después. Habías recorrido el mismo camino que yo durante muchos años de tu vida. Teníamos el rumbo en común. Nuestro camino a casa era el mismo. Rondabas este concreto y te lo sabías de memoria en sus baches, bifurcaciones y perros atropellados en la acera. La vía congestionada de progreso estornudado en espectaculares publicitarios, los árboles más endémicos del estrecho que conecta el Estado con la Ciudad. Le habíamos entregado al mismo viento la carne del cráneo cuando asomábamos la cabeza por la ventana. Seguro alguna vez nos subimos al mismo transporte antes de conocernos, al mismo tiempo. Aunque es probable que no, porque si así hubiera sido, lo recordaría. Tu rostro no hubiera podido pasarse desapercibido ante mi ansiedad de belleza mortuoria. Puede ser que alguna vez hayas viajado en la combi en que viajé hoy mismo, había algo ahí que sudaba tu presencia. La vida transcurre diferente en esas cápsulas del tiempo con llantas. Los minutos se escurren del techo como goteras incontenibles. Dejé de ser la espectadora el día que te enseñé la canción para impresionarte con mi gusto musical. Tampoco es que dispusiera de otro talento especial para hacerme pasar por interesante. Y sabía que te gustaba la música. No sé si la canción te gustó de verdad o si tan solo fuiste amable porque mi hazaña te conmovió. Pero algo de ello funcionó a mi favor. A las pocas semanas ya me tomabas de la mano al caminar y recordé cómo se siente que el mundo te gire alrededor. Que la vida te palpite en la vida.
Si algo sabías bien, era hacer que las cosas pasaran. Tenías esta especie de impulsividad esotérica que empezaba con intuiciones destello. Después diseccionabas posibilidades que volvías a tejer, pero en forma de soluciones. Luego te atrevías a echarte gustosa al abismo, a confiar. Artesana del destino, ladrona de azares, hechicera material. Ese fue el modo en que tu voluntad artificiosa nos llevó un fin de semana a la playa. Así te compraste tu bicicleta. Así me convenciste de retomar la danza clásica a mis veinte años. Hoy partí de vuelta a casa más temprano porque la maestra de ballet me cerró la puerta en la cara. Y estoy a punto de llegar a verte.
Antes de emprender el viaje de regreso busqué el teléfono del Sangres. Ni siquiera le escribí, le marqué directamente. Necesitaba que fuera rápido, antes de subirme al pesero. Quería aprovechar el camino en la forma más dilatada de sensibilidad. Me cobró solo 25 pesos porque supo de ti y se compadeció a su modo; solo quería recuperar lo justo para completar la cuota que le tocaba dar de la venta. Las neuronas comenzaron a cosquillearme la sien hasta que pasé Plaza Satélite. Ya comenzaban a prender los postes de luz y los autos sus luces diurnas. La luz artificial como cristales hiriendo a la hora azul. Me acordé del día en que fuimos a ese antro en Chapultepec. Las luces se diluían en tu silueta de ángel. Tu vestido azul cielo se tragaba la luz, se tragaba la noche, abría el cielo. A ti no te encantaba la ciudad. Era yo la que te arrastraba hacia mis ambiciones más molestas, pero más inocentes también. Siempre se me hizo que encajabas perfectamente en cada uno de mis sueños de realización. Y no sé si en algún momento hubieras querido irte a vivir conmigo a la Ciudad. Creo que sí. Aunque aguantando la respiración, guardando al fondo la esperanza de volver a casa tan pronto como lo permitiera el destino.
A ti te gustaba aquí, de verdad te gustaba. Y por ti empezó a gustarme también, tú me enseñaste a habitar este lugar. Este sitio significa tú. Y aunque yo vaya a habitarlo durante más tiempo, el espacio siempre va a gritar tu nombre en el tañido de la campana de la iglesia y a sudar tus lágrimas en la grieta del cristal roto de mi ventana y a llorarte en la lluvia que inunda la López Portillo. En realidad, es posible ser muy feliz aquí. El señor de los elotes sigue rondando tu calle, las aceras están colmadas de buganvilias y en el verano bajan las ranas del cerro y te las encuentras en los parques. No puedo creer que me llevaras a conocer los parques de tu colonia. La casa en donde te daban rockaletas de calaverita, la tiendita en donde venden caguamas hasta las 02 de la mañana y el árbol bajo el que enterrabas las cartas que escribías en año nuevo para despedir al año que terminaba: un pirul. El camino a casa está atiborrado de pirules. Supe adorarlos hasta que te conocí y estuve consciente de que son los guardianes. La verdad es que me gusta imaginarme que tú los hiciste crecer para mí, que me sembraste el camino de pirules. En cuanto mis neuronas estuvieron desinhibidas, solté la cabeza por la ventana esperando que las hojas de los pirules más llovidos me acariciaran los pómulos como consolándome. Así como yo te acariciaba el rostro con las florecillas de la hierbamala que arrancaba de la tierra. Dibujándote estrellas invisibles en la frente tan amplia y en tus párpados de media luna. El viento me erizó la piel porque pensé que el viento eras tú. Que ahora jugabas a tirar las bayas de los pirules y a enredarme el cabello. Entonces te dije en la mente: si te me apareces, ¿podrías tener puesto el vestido azul? me gustaría volver a ver las cicatrices de tus rodillas.
Frente a mí iba sentada una señora que llevaba una planta en maceta. La traía apretada en los muslos sin importar abarcar más espacio que el de un solo asiento. Las arrugas en su entrecejo me hicieron pensar que se había pasado la vida frunciendo el ceño en disgustos misteriosos. Entonces me di cuenta de que era yo misma quien le había causado al menos uno de los disgustos porque la iba viendo fijamente desde hacía dos paradas. Después me pareció que me miraba así porque se me notaba lo viajada. O puede que me estuviera adivinando el pensamiento; descubriendo mi deseo imperioso de que la combi se estrellase y la vida se terminara de una. Empecé a inquietarme al pensar que, a lo mejor las cosas hubieran sido diferentes si yo no hubiese sentido curiosidad de que me leyeran las cartas aquella última vez que fuimos al Centro. Tal vez todo fue culpa mía. Me salió la carta de la muerte; de entre todas las cartas, yo elegí la de la muerte. Tú me dijiste que no me inquietara, que la popularidad había mal tenido a nombrar “la muerte” al arcano sin nombre. Que el significado giraba, más bien, en torno a la limpieza radical y a la renovación. Pero lo que a mí me había turbado en realidad, era la forma tan auténticamente agorera en que la señora que me hizo la lectura me miró. La respiración se me empezó a entrecortar y mejor guardé mis ojos en la planta para desviar el mal viaje. En el fondo, me hacía sentir una forma especial de alivio el que la señora se fuera aferrando tan protectora a su planta. He observado que la luz hace algo esotérico a las plantas, existe especialmente para ellas. La única planta que tengo, ni siquiera necesita que la cuide. Se tiene erguida a sí misma y me excluye de su ritual de supervivencia. No se deja regar más de una vez cada quince días. Quiere existir en su propio umbral. Y algunos días, yo quisiera estar ahí. A lo mejor no eres el viento, sino la luz que encauza a las plantas.
Ni siquiera al final tu mamá te perdonó por haberme querido. En consecuencia, no me avisó de tu fallecimiento ni que ya hasta te había enterrado en el panteón de la colonia; con familiares que no conociste y con tu sobrinita que murió de recién nacida. Pero no te preocupes, no lo voy a dejar así. No me importa que sea muy tu mamá ni que esté sufriendo tanto. Ella no tenía idea de ti. No sabía de tus pesadillas de aviones que se estrellan en el patio de tu casa. Nunca leyó alguno de tus poemas. No se sabía tu verdadero nombre. Ni siquiera se había dado cuenta de que te asustaban los aviones. Y yo sí. Yo sí. Quiero poder verte otra vez. Aunque me des miedo. Aunque se te hayan puesto negras las cuencas de los ojos. Como cuando nos anochecía en la habitación de hotel con las luces apagadas. Jugábamos a mirarnos fijamente, a ver quién aguantaba más el miedo que le suscitaba el rostro de la otra: las cuencas ennegrecidas, sin boca aparente y de pronto; los cuerpos desfigurados por las sombras. Si la putrefacción ya ha comenzado a roerte, quizá ya no pueda ver tus ojos. Y quizá luzcas terrorífica si te me apareces. No me importa, te quiero ver de todos modos. Quisiera haber podido besar tu piel helada antes de que te concedieran a la tierra.
He pasado varios días preparándome para ir al panteón. Decidí de impulso que justo antes debía ir a la clase de ballet para recaudar adrenalina, movilidad y valentía. Y para eso, antes tuve que comer algo por primera vez en un par de días. Llegué sin aviso y sin haber ofrecido explicación sobre mis faltas recientes. Salí a tiempo de casa para llegar a tiempo a la clase, pero al camino le apetece alargarse de vez en cuando y entonces, llegué 13 minutos tarde al salón. Aunque todavía no estaba cerrada la puerta, Cecilia, la maestra, me negó el paso aunque le rogué. Ni siquiera me dio oportunidad de decirle que te habías muerto y que necesitaba bailar antes de ir a leer tu nombre en la inscripción de una lápida. Que necesitaba que mi cuerpo llorara del único modo en que sabe hacerlo antes de quedarme seca hasta quién sabe cuándo. Antes de retomar el papel de la espectadora para siempre. Cerró la puerta antes de que pudiera comenzar a esbozar la inicial de tu nombre. Inmediatamente pensé en que jamás quiero regresar a la clase de ballet. No podré habitar la continuidad nunca más. No puedo estar en un sitio en donde no importa que ya no estés. Me rehúso a hacerme encajar en las posiciones rígidas, a enclaustrarme en la delgadez, a procurar belleza hasta al correr. A conseguir equilibrio a costa de tanto dolor. No puede ser que las reglas sean las mismas siempre. En mi angustia, se me ocurrió que podía agudizarme los sentidos para provocar el ritual de comunión íntima con el ambiente que me haría sentir menos sola; para poder percibir a las fracciones abstractas del mundo que sí me entenderían. Podía ser que, al potenciarme la capacidad de apreciación, pudiera conectarme contigo, encontrar tu forma nueva. Y si en algún sitio estabas, era en el camino a casa. Ya no podía sostenerme en mis pies ni confiar en mis piernas; necesitaba que fueras tú quien me guiara hasta ti. Saqué 25 pesos de mi cartera en donde llevo una de las fotos tamaño infantil que te sacaste para tu currículum: “se cobra uno en Villalirios, del metro”, me tocó interpretar tu línea. Y aquí estoy, subiendo a cuesta esta calle sin pavimentar. A punto de darte el funeral que mereces, el que querías y solo yo sabía: con tu pieza de música clásica, mis puntas tambaleantes y las flores endémicas del patio de tu abuelita. Me puse el gloss de fresas en los labios, como es costumbre cada que voy a verte y presentarme deseable ante ti. Nadie en la combi podía imaginarse que llevo tu último beso cristalizado en la boca del mismo modo en que el conductor de la combi llevaba un rosario enredado en el espejo retrovisor. Nadie se imaginó que no siempre he sido una espectadora.
Fotografía tomada de La Prensa
| María Elisa Barrios (Estado de México, México, 1999). Estudiante de lengua y literatura y maestra de inglés, pero lo que la define es que puede soñar lúcido muy bien. Está interesada en la narrativa femenina contemporánea, la crianza colectiva, la poesía, el amor y los fantasmas. |
