Muy en vano intentó contener las lágrimas. Se había repetido mil veces en silencio No llores, no llores, no llores. Todos en el salón estaban callados y cabizbajos, concentrados en colorear unos dibujos con animales del zoológico. Apenas sintió que sus ojos se humedecían, llevó lentamente su mano al rostro para secar las gotas que habían escapado: no quería que su grupo la viera llorar. Debía mostrar compostura y serenidad porque ella era la adulta, pensó. Se maldijo, también, por ser tan impaciente y ponerse en esa situación. Tras haber explicado las instrucciones, la profesora había encendido la computadora en su escritorio. Como si hiciera algo malo, entró a la página donde ese día aparecerían los resultados de un concurso de cortometrajes. Casi era mediodía; quizá ya habían actualizado el sitio. Mientras solo se escuchaban las crayolas y colores rasgar las hojas de papel, la maestra miró la pantalla de la computadora. Incrédula por lo que había visto, con su dedo repasó la lista de cortos seleccionados como si en un segundo vistazo su nombre fuera a aparecer por acto de magia.
Nada.
El timbre anunciando el recreo la trajo de vuelta a la realidad antes de que una segunda lágrima saliera. Pidió en voz alta que pasaran las hojas de atrás hacia adelante y que guardaran sus materiales. Mientras todos salían disparados hacia el patio con sus loncheras en mano, ella acomodó las hojas para meterlas al primer cajón del escritorio. Recordó aquella vez en la primaria cuando Miss Rosa salió abruptamente del salón a responder una llamada. Todos habían escuchado la insistente vibración dentro de la bolsa que posaba sobre el escritorio. Pasaron unos minutos y Miss Rosa dejó una división a medio resolver en el pizarrón, sacó su celular y, tras ver el nombre de quien llamaba, salió del salón a toda prisa. Desde sus bancos, todos siguieron a la maestra con su cabeza. Afuera contestó y después rompió en llanto. Su banca estaba cerca de la ventana, así que vió a detalle esa cara compungida y distorsionada que hasta la fecha recuerda. Fue la primera vez que veía a una adulta hacer eso y no pudo evitar sentirse incómoda, como cuando su mamá tomaba otra ruta hacia la escuela. Le pareció un poco patético y al mismo tiempo le dió lástima. En cuanto la última niña salió del salón, apagó el monitor, tomó su teléfono del escritorio y salió del aula en dirección al baño de profesoras, que estaba en la esquina contraria.
El cielo estaba gris y el día resplandecía blanco. La profesora cruzó el patio apresuradamente con la cabeza baja y la mano cubriendo su cara del sol. Casi al llegar alcanzó a ver de reojo a dos de sus colegas supervisando la hora del recreo. Estaban parados como soldados uno al lado del otro bajo unas sombrillas que colocaban para ellos. Al ver a la profesora de inglés, le hicieron un saludo con la cabeza, que ella respondió con una mueca extraña en la boca y aceleró el paso, pues pensó no poder contener más el llanto.
Al llegar, empujó la puerta y para su sorpresa, otra profesora estaba en el lavabo. Buenas tardes. Qué clima, ¿no? Sí, muy feo, contestó la profesora apresuradamente mientras entraba al cubículo y cerraba la puerta de un azotón. No le importó si había sido medio seca, quería estar sola. Dentro se sentó en la tapa del inodoro, se tapó la boca y la nariz con su mano derecha, y reposó su frente en la puerta fría. Las lágrimas escurrían en sus mejillas como la lluvia en la ventana de un carro. Cuando escuchó que su compañera terminó de secarse las manos y cerró la puerta, ella abrió el cubículo y se aventó hacia la entrada principal para apretar el seguro. Dejó caer su cuerpo en el piso cerca del bote de basura y de inmediato el lloriqueo se volvió entrecortado.
No podía creer que le pasara de nuevo. Había hecho todo lo que tenía que hacer y aun así terminó de la misma manera siempre. Entre los jadeos y chillidos se le escaparon unas risas irónicas. Hacía apenas tres meses atrás se había sentido con mucha seguridad al apretar el botón Enviar. Ese día también manifestó, por si las moscas. Escribió en una carta todos sus deseos más profundos. Se visualizó con ellos, no como una posibilidad, sino como un hecho. Lo anotó todo en una hoja de papel que dobló y posteriormente quemó con el fuego de la estufa. Ese día también le mostró su ópera prima a su pareja. Mientras él miraba la pantalla casi a regañadientes, ella no pudo despegar los ojos de su rostro esperando una arruga, un movimiento de las pupilas o una mueca que manifestara lo que sucedía en su mente. Sin embargo, él se mantuvo impasible. Al final no hubo críticas de ningún tipo y mucho menos comentarios, pero la profesora cineasta estaba segura que se trataba de una falta de entendimiento. ¿Qué iba a saber un actuario de cine?, ¿de arte?, ¿de cómo transformar el nudo en la boca del estómago en algo? Aunque le insistió repitiéndole que su opinión era importante, en realidad solo necesitaba unas palmaditas en la espalda. Al final, él le dijo que debía sentirse orgullosa de esa etapa. Porque eso era, una etapa, se decía a sí mismo.
El peso en sus hombros se desvaneció inmediatamente después de dar click, pero sobre todo el que le constreñía el cuello. Las noches anteriores a la entrega del material se había encerrado en su cuarto a editar. Lo hacía a oscuras para poder lograr una mejor definición en su computadora del año de la piedra, pues no pudo reemplazar su laptop antes de comenzar la postproducción. Los precios habían subido para la instalación de un programa que le permitiría editar profesionalmente, entonces tuvo que improvisar con uno de menor calidad. Tras revisar las tareas de sus alumnitos, la profesora cineasta se instalaba en la cama, el mejor lugar para pasar horas editando audio y video. La posición no era muy cómoda y la única almohada en el departamento no podía compensar el frío rigor de la pared en que se recargaba. Vio un montón de videos en YouTube para aprender desde cero diferentes técnicas para pronto volverse una maestra de la edición audiovisual. Mientras sus alumnitos hacían sus ejercicios en clase, la profesora cineasta solo podía pensar en todo lo que iba a hacer hasta el amanecer una vez prendiera su computadora. Aunque el dolor no fue tan extenuante, pronto pasó a ser crónico, pero esa molestia muscular no le impediría materializar y terminar con esa idea que traía en la cabeza desde hacía años.
Los últimos días de grabación el clima estaba impredecible. Si bien la constante era el cielo gris, su tenuidad era engañosa y los aguaceros habían tomado por sorpresa a muchos capitalinos, incluído su crew: dos actrices, un actor, y su primo, que le ayudaba a sostener los micrófonos y algunas luces. Esto entorpeció más el rodaje. Al tener un presupuesto muy apretado, la profesora cineasta necesitaba luz natural y la lluvia, más allá de dañar y arruinar su equipo, también limitaba este aspecto técnico. Además, no tenía fondos para pagar a cinematógrafos, sonidistas, editores, maquillistas. Por eso tuvo que pedirle a su primo, que estaba tomándose un segundo año sabático en casa de sus tíos, que fuera su chalán. Aceptó bajo la condición de que casteara a su novia y a una amiga como actrices, a lo que la profesora no pudo negarse. Pero conforme los días pasaban, su primo comenzó a faltar cada vez más y más sin previo aviso, hasta que un día no apareció en la locación y dejó de responder los mensajes. Entonces ella tuvo que recorrer la ciudad de un extremo a otro cargando con todo su equipo de cámaras, tripiés, vestuario, maquillaje, micrófonos, computadora, y demás cosas que la grabación requería. Le habían dicho que el mayor reto era la página en blanco. Y en cierta medida lo fue. Pero al momento de salir a la calle y tener que instalar cuatro cámaras en un espacio público sin que se las robaran o tambalearan en toda la toma fue una odisea. Poco a poco las actrices comenzaron a pelearse entre ellas. La novia acusaba a la amiga de ser la otra, a lo que solo respondía condescendientemente con un Tienes celos, pinche morra intensa. La profesora trataba de calmarlas, pero las discusiones eran cada vez más largas, constantes y agresivas, por lo que temió no poder finalizar las grabaciones a tiempo. Sus nervios llegaron al límite y comenzó a caérsele el cabello. Afortunadamente, ambas actrices estaban tan necesitadas de experiencia como la profesora y a pesar de las acusaciones e insultos, lograron terminar todas las escenas.
Mientras escribía el guion y hacía el organigrama de las tomas que iba a necesitar, la profesora cineasta jamás pensó en que llegaría a ese punto. Tenía en mente lo difícil que sería malabarear las grabaciones con las clases en la escuela, las revisiones de tareas, lavar los trastes, pasar tiempo con su pareja, pasear al perro, visitar a su madre. Sabía que hacer un cortometraje con tan pocos recursos iba a ser desgastante, pero jamás así como le fue. Tirada en el suelo del baño, ese pensamiento solo provocó que recordara lo tensa que se había sentido. El dolor en la espalda y en los hombros. Los largos caminos a casa. La paranoia de ser asaltada al dar vuelta en la esquina y no solo perder el equipo sino las memorias también. Iba a ser difícil y aun así decidió entrarle porque la que no arriesga, no gana.
Alguien intentó abrir la puerta del baño. Tras escuchar el forcejeo de la manilla, la profesora gritó ¡Ocupado! Bajó su cabeza de nuevo contra el suelo y continuó llorando, esta vez más quedito. Todo fue en vano. Las noches en vela, el entusiasmo, la minuciosa organización. Nada puede salirme bien, pensó. Lo peor es que la gente se iba a enterar de su fracaso, pues había tenido que contar de su proyecto al pedir dinero prestado a familiares y amigos. Tras haber adquirido el programa de edición que pudo, supo que también necesitaría de otras cosas para que su proyecto saliera bien. Ya no quería cometer los mismos errores de novata y tuvo que invertir en equipo especial. Le habían dicho que el cine, más que una pasión es una vocación que necesitaba de sacrificios. Y así lo hizo porque los cineastas reales también habían pasado por lo mismo. Eso creía y se lo repetía cada que pensaba en tirar la toalla. No buscaba la mejor fotografía ni una actuación memorable, solo que estuviera a la altura de sus competidores quienes, asumía, sí contaban con los medios y el tiempo para grabar más profesionalmente. Imaginó la cara de sus padres al enterarse del resultado: cómo poco a poco la sonrisa de bienvenida desaparecía en una línea recta casi convexa y sus ojos brillaban en lágrimas contenidas. Ellos le habían dado una buena parte del dinero de su pensión de retiro, pero había perdido el concurso y, aunque no les debía nada, sintió cómo los últimos resquicios de esperanza y fe en ella se desvanecían en el aire. Mejor te hubieras ido a la segura. Esas cosas no son para gente como nosotros que trabajamos de ocho a cuatro. ¿Cuándo harás la maestría? ¿Cuándo vas a ahorrar para invertir? ¿Cuándo regresarás al gimnasio? ¿Cuándo vas a poder venir a visitarnos? ¿Cuándo dejarás de soñar con delirios de grandeza?
A lo lejos el timbre que indicaba el fin del recreo. En dos minutos sonaría el siguiente indicado a los alumnitos que deben formar filas con su grupo. Comenzó a dolerle algo en el pecho que no la dejaba respirar bien. Su pecho comenzó a agitarse y los mocos le colgaban hasta caer al suelo. Era tanta la congestión que ya no respiraba por la nariz sino por la boca. Entonces, sin quererlo, se le vino a la memoria una vez que llegó a casa con la ropa sucia de pintura. En clase habían preparado un regalo por el Día de las Madres. Se trataba de un marco para fotos que había pintado con sus deditos. Recordaba bien las figuritas que hizo en la madera con sus huellitas y cómo con resistol pegó los abatelenguas en un rectángulo. En la parte de atrás escribió FELIz DíA Mama con su letra temblorosa. Lo llevó muy entusiasmada a casa esperando a que su mamá llegara del trabajo para darle la sorpresa junto a un juego de aretes y dije que había comprado su papá. Sin embargo, su madre solo puso atención a la ropa llena de pintura. Comenzó a gritarle que era una fodonga, descuidada y malagradecida por no cuidar su ropa, que tanto le había costado. Ese día lloró hasta que le dolió la cabeza porque los mocos no la dejaban respirar y habían hecho que pensara en que se iba a morir asfixiada. Tonta y muerta. Fracasada y muerta. No había peor manera de arruinar el día de cualquiera.
En el suelo, la profesora contrajo aún más todos los músculos de su cuerpo, haciéndose una bolita cada vez más apretada. Tapó sus orejas con las manos, esperando que fuera suficiente para ignorar el ruido de los niños que se enfilaban afuera en el patio. Ya no quiero esto. Ya no quiero nada de esto. Duele. Estoy cansada, repetía en su cabeza.
Pensó en lo diferente que hubiera sido no sentir ese impulso para hacer algo. Era la única manera que conocía para quitarse el zumbido en su cabeza que la atosigaba. Quizá todo sería más fácil ahora si hace tres años hubiera aceptado la cita con el güey que estudiaba cine. O si hubiera seguido asistiendo los afters de las proyecciones especiales que se hacían en los cines independientes cada semana. A la verga todo, se dijo. Trató de repetir las palabras que su novio pronunció en un intento por levantarle la moral en otra ocasión que perdió un concurso No te rechazan a ti, solo a tu trabajo. Es casi lo mismo, recordó haberle respondido. No, son tus primeros cortometrajes, la gente ni siquiera sabe que son tuyos, es cosa de seguir intentando. Seguir intentando como con las canicas. Podrás saber la distancia y la fuerza con la que necesitas aventarla, pero hay cosas que no dependen de ti. ¿Entonces por qué la misma gente de siempre gana? ¿Por qué si me esfuerzo tanto no es suficiente? ¿Qué tanto más debo soportar para entender que este no es mi camino? Si me rindo ahora, ¿podría vivir en paz?
Unos golpes en la pared interrumpieron sus pensamientos, pero no su llanto. Miss Karla, favor de presentarse en el patio, su grupo la espera. Los golpes en la puerta eran modestos, continuos y espaciados. Miss Karla, favor de presentarse en el salón de 4°B.
Tenía un trabajo que pagaba la comida y la renta. Un novio lindo y decente que no se interponía en su pasión por el arte, aunque sintiera, como lo hacían los padres de ella, que era un hobby que la hacía sufrir y perder tiempo. Él a veces se decía en sus adentros que quizá el cine no era para ella. Le inquietaba mucho que se aferrara a esa disciplina si tras largos años nunca había logrado tener éxito. Pero no decía nada. Cuando ella lloraba en las noches encerrada en el baño, solo la acompañaba en el piso. Acariciaba su cabeza como ordenándole el cabello. Sin embargo, sabía, no había nada que pudiera reconfortar.
Los golpecitos en la puerta se transformaron en manotazos constantes. La profesora apretaba más sus oídos con más fuerza y compactaba su cuerpo hasta parecer un camarón enrolado. Siguió pensando en el dinero que debía, en las ideas que tenía a medio escribir, en todas las veces que sus guiones y grabaciones fueron rechazadas, en sus alumnitos, en sus papás que estaban esperanzados en que tomara otro camino, en su novio que estaba para ella. De la nada, la profesora dejó de escuchar los golpes y la voz del patio llamándola. No abrió los ojos. Pero si hubiera podido hacerlo, habría notado que su piel se hacía más suave y su cabello adelgazaba, como cuando era niña. Pronto su cuerpo se volvía una membrana de células casi transparente y todo el vello se desprendía del cuero, cayendo al piso casi como una aureola. Los huesos comenzaron a hacerse más flexibles, los pulmones se hicieron más suaves y dejaron de llenarse de aire. Los pies, las manos, los dedos, la nariz, todo comenzó a hacerse más y más pequeño hasta que la profesora dejó de ser una adulta berreante. Del ombligo comenzó a salirle una tripita que palpitaba suavemente. Sus ojos comenzaron a hacerse un par de canicas negras y sus párpados se cerraron fusionándose con el resto del tejido que era más bien una gasa. Si alguien hubiera visto desde arriba, hubiera podido ver cómo la ropa iba desinflándose y al centro, en medio de la camisa blanca y el chaleco azul rey, una bolita de carne se iba consumiendo. De pronto, la negrura. Ya no había llanto, ni recuerdos, ni nudos en el estómago, ni dolores. Solo un instinto que la hacía permanecer flotando en algún lugar donde no hay nada. Tampoco lo sabía, pero los profesores habían ido a intendencia por las llaves y lograron abrir la puerta para encontrar un traje vacío.
Imagen tomada de Pinterest.
| Olympia Ramírez Olivárez (San Diego, EE.UU., 1998). Traductora, editora y escritora. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Ciudad de México, donde actualmente reside. Tiene experiencia como profesora de idiomas y guía de turistas. Fue becaria en el sitio web de noticias y de entretenimiento Sopitas de 2018 a 2019, escribiendo reseñas de libros y haciendo entrevistas y reportajes de eventos culturales. Realizó su servicio social en el Seminario de Edición Crítica del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Su obra literaria se compone de ensayo, poesía y traducción, la cual se encuentra publicada desde 2018 en diversos medios y revistas físicos y digitales como Efecto Antabus, Punto de partida, Punto en línea, Ruleta Rusa, El Blog del Perro, Casapaís y Página Salmón. Con esta última publicó el poemario Radiografía de cuerpo completo (2023). |
