El llanto de la mujer se aleja de mí, mientras el dolor de mi oído derecho no cesa. A ambos, sin ser iguales, nos hermana la enfermedad y estas paredes lo saben. Su aire y las lámparas viejas que por tantísimos años han iluminado a otros como nosotros también lo saben.

El tiempo en este sitio transcurre con la enfermedad en un no terminarse nunca. Mis ojos lo ven, pero de nada sirve dar cuenta de los minutos que pasan, como niños que se burlan del discapacitado (de nuevo yo). Sí, harto conozco la sensación del tiempo en este sitio. Podría jurar que soy yo mismo en la desesperación inoportuna que se fragua en mis venas y sale a flote, como quien pide a gritos que lo salven y no puede ser salvado: lo que tiene no puede curarse.

Aquí parece que todos nos hemos visto antes. ¿Nos conocemos de algún lugar? Imposible saberlo. En realidad, es esa sensación del dolor lo que se conoce, por lo que nos reconocemos; lo que crea una correspondencia entre nuestros cuerpos. Pero no solo es eso: también la duda, la ira, la incertidumbre y la inconformidad nos relaciona. Es como la fraternidad en los psiquiátricos y ese estar atrapados sin salida.

Digamos que nos prestan este sitio para seguir sufriendo, no hay cura, al menos no la más próxima. Por eso recibe ese nombre: es como el largo martirio de los perseguidos. Los perseguidos del dolor.

Los hechos continúan, no son ajenos a mí, yo soy parte de ellos. Miremos: llegó otra mujer abrazada de su hija. Está llorando, su dolor es más grande que el mío. Casi me hace pensar que le estoy robando el lugar a la esperanza, ¿qué soy yo en comparación con su agonía? No somos nadie cuando nos enfrentamos de cara a otro sufrimiento mayor en estas salas de espera. De pronto, me da vergüenza estar enfermo.

En este lugar coexisten tantas enfermedades que no puedo creer que sean reales. Hay una mujer sentada a mi lado, no se queja. Lee plácidamente, pero, por alguna razón, también espera con nosotros. Todos tenemos que esperar aquí: quien pone un pie en este sitio debe someterse a esa ley, una donde todos debemos ser capaces de coexistir pese al llanto de los bebés o los quejidos del anciano con olor a acre.

La sala de espera es una democracia utópica y no podemos hacer nada para cambiarla. Es una larga estadía, mordiente, estática, irreal y dolorosa de la que todos somos partícipes unánimemente. Elegimos lo establecido; no tuvimos de otra: así es este juego de la agonía. No podemos decir “Yo primero” y hecho está. No, aquí todo ya fue dictado. No puede cambiarse. Hay que esperar.

La sala de espera es lo que todavía no sucede. Es un tiempo que se estira y jamás termina de romperse. Podría pensarse en un “Ensayo general de la paciencia”, pero esta clase de tortura no pude nombrarse, porque se le recibe sin querer y, cuando menos uno se da cuenta, se ha convertido en esa fotografía desgraciada de la fragilidad humana, donde ni la esperanza ni la necesidad pueden coexistir. Solo se espera lo peor.

Ya casi es mi turno y no recuerdo cuándo llegué aquí. La memoria nos abandona, no sabemos nada, no nos conocemos. Toda nuestra atención se centra en esperar.

Imagen tomada de Desmon

José Ángel Hernández López (Ciudad de México, México, 1997) Redactor académico y comercial. Licenciado en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Formó parte de Revista Tlacuache (después Ediciones Comefuego), donde fungió como dictaminador y corrector de estilo. Ha publicado bajo distintos heterónimos en revistas digitales y físicas, como en las revistas Zompantle, Cabeza Rota, Ibidem y Engarce; y en antologías de poesía y ciencia ficción, como NINI Fanzine #3 y Ciencia Ficción Dura y Erótica (Editorial Solaris). Sus intereses y temas se centran en los mitos y su inclusión en obras literarias.

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