1

En la ciudad insomne, bajo la noche sin estrellas, un grupo de motocicletas se dispara por la avenida como una saeta de halógeno. Encima, silenciosa y no menos veloz, la aeronave Serpiente Emplumada surca la nata de esmog que sofoca a los residentes de la Ciudad de México. 

Al interior, delineada por la rojiza luz de la cabina, la silueta de Águila Real pilotando la nave es suficiente para que el espectador se emocione. Suena el tema instrumental icónico. 

—Son los Ases —dice Águila Real con voz gutural y profunda. 

Vuelve la perspectiva cenital, con el grupo de motocicletas en el foco, precipitándose a lo largo de avenida Tlalpan. Al llegar a un punto de embotellamiento, se cuelan entre los autos como una tropa de diligentes hormigas y, franqueado el obstáculo, recomponen su formación.  

Tras una elipsis, las motos giran a la derecha sobre una calle que no se alcanza a identificar y se estacionan afuera de una casa en obra negra. 

Corte al interior de la cabina. 

—Activar autopiloto: modo de espera.

Las cámaras de la Serpiente Emplumada captan a los motociclistas sacando fardos de sus alforjas y cajas de carga. De pronto, las clavículas y omóplatos de uno de ellos crujen bajo el peso de un cuerpo encapuchado caído del cielo. Cuchillas con forma de águila se clavan en las frentes de otros dos. Los cinco restantes desenfundan, pero la granada de aturdimiento estalla antes de que puedan disparar y los inmoviliza el tiempo suficiente para que Águila Real, con las cuchillas de sus puños, cercene la ingle y la axila del primero y del segundo, respectivamente, y apuñale el brazo del tercero. Los dos restantes disparan, pero uno de ellos es abatido por el rebote de sus propias balas sobre la capa emplumada; el último logra entrar por el portón, seguido de cerca por el encapuchado.

Sobre una sucesión de fotos de arresto de los miembros de la banda, una voz de inteligencia artificial narra: 

“Los detenidos, miembros de la banda conocida como “Los Ases”, permanecen en el ala de cuidados intensivos; entre ellos destaca su líder, alias “As de Diamante”. Se les imputan cargos de distribución de fentanilo, posesión de armas exclusivas del ejército, extorsión, secuestro y asesinato. En entrevista, el fiscal del Distrito 1 extendió su agradecimiento a Águila Real por su…”.

David Méndez pausó el video y fue a la sección de comentarios:

“Dios te bendiga, Águila Real, haces lo que nuestros políticos no se atreven”. “Acaba con esos parásitos”. “A ver cuándo te encargas de tanto indigente que…”. 

Llevaba demasiados años siguiendo esa historia, solo para toparse una y otra vez con testigos renuentes o temerosos de represalias, documentos perdidos o incompletos, declaraciones retiradas o modificadas, periódicos que le cerraban la puerta o lo despedían, testigos muertos o fugados, amenazas de desistir o morir: callejones sin salida. 

Su empecinamiento había terminado por descarrilar su vida, y desenmascarar a Plácido Lanceros-Halig, magnate dueño de Altura Medios, se había vuelto su único propósito. 

En la sala de redacción, Paolo, veterano editor de Guerrilla News, encendía otro cigarro.

—¿Qué novedad?

—Mi fuente en la Fundación tomó estas —dijo David Méndez, mientras tendía una serie de fotos sobre el escritorio de Paolo.

—Lanceros-Halig con el embajador de Estados Unidos, el gobernador del Distrito 20 y… ¿quién es este?

—Es Brian Corben, CEO de la Vulcan Mining Corporation.

—¿Cuál es la historia?

—Esto sirve para corroborar el patrón que…

—No de nuevo. 

—El patrón que he observado en varias localidades. En el caso de Monte Alto, por ejemplo…

—La tala clandestina…

—Sí, y luego viene la intervención de Águila Real a “pacificar” la zona, pero eso solo ayuda a que se instalen allí corporaciones con proyectos específicos, como Vulcano y sus minas a cielo abierto. Creo que es una buena historia.

—Lo es, pero te falta información para contarla.

—Pero estoy cerca. Estas fotos…

—No bastan.

—Lo sé. Pero tengo papeleo. Hay tratos entre Altura Medios y Vulcano. No directamente, sino a través de subsidiarias. Y también está muy claro el beneplácito del gobierno del Distrito 20. Es una operación redonda. 

—Pero hay piezas faltantes, por ejemplo, los vínculos de Altura Medios con grupos criminales locales.

—Bueno, están esas camionetas que decomisaron en Guatemala por transportar coca.

—Una nota de hace dos años que no tiene relación directa con esta historia.

—No me chingues.

—Escucha, yo te creo. Carajo, algunas de estas cosas me constan. Pero no podemos publicarlas así nomás, no sin tener que litigarlo durante los próximos cinco años, solo para acabar disculpándonos.

David cedió. Ya lo habían vetado de los grandes consorcios de radio, prensa y televisión y solo le quedaba ese canal independiente, cuyo editor había aceptado el riesgo de contratarlo porque simpatizaba con su postura. 

2

Al terminar de ver el video, Águila Real se dio cuenta de que el corte final omitía todo el material de la cámara de su casco y terminaba abruptamente en el exterior del inmueble. Recordó la escena dentro de la casa: As de Diamante cojeaba, dejando un rastro de sangre en el suelo de cemento. 

—Se acabó, As de diamante.

—Eres patético.

Siguió cojeando un poco más, pero luego se sentó.

—Estás perdiendo mucha sangre.

Al quitarle la máscara, Águila Real lo reconoció.

—¿Tomás? ¿Cómo es posible?

—Eres demasiado estúpido para darte cuenta de nada, Juan Carlos, quizá por eso fuiste seleccionado.  

El auricular en la oreja de Águila Real rugió:

—Apártate de él, el personal médico está por llegar.

También le sorprendió, al final del video, hallar la foto de otro tipo donde debería estar la de Tomás. Llamó a Lara.

—Dime, Juan Carlos.

—La foto de Tomás está mal. ¿Aprehendieron al tipo correcto?

—No te preocupes por eso, deberías estar descansando, ayer fue una noche dura. 

—¿Tienen o no a Tomás?

—Dame unos minutos, ¿sí? Estoy en una junta. Debe ser un error de producción, no te preocupes. 

3

Costa Azul era un pequeño pueblo pesquero en el Distrito 14. Hasta que empezó el cobro por pescar, por vender, por transportar. Quienes no pagaban, eran colgados de postes y puentes peatonales, o destazados y dejados en bolsas a las puertas de los edificios públicos. Nadie podía explicarse la inacción de las autoridades. 

Silvestre Méndez un día se hartó. Reunió a algunos hombres de confianza y consiguió armas para defenderse. Al enterarse, su padre insistió en unirse, pese a su avanzada edad. 

Y, entonces, los cuerpos hallados no solo fueron de los habitantes de Costa Azul, sino también de los fuereños que los amenazaban. La violencia se fue apoderando del pueblo. 

Un día, llegó Águila Real, pero no llegó solo. Con él vinieron los militares que habían evitado pasar por ahí. Su actuar fue brutal, indiscriminado e irresponsable. El héroe había hecho lo de siempre: descender de su aeronave, lanzar sus armas con forma de águila, romper brazos, piernas, columnas vertebrales, causar explosiones y desastres.

Tanto el hermano como el padre de David murieron en el operativo, sin que nadie pudiera dilucidar a manos de quién. El pueblo se fue deshabitando poco a poco cuando una empresa comenzó a comprarles sus terrenos a los habitantes. La madre de David fue de las últimas en vender, por una bicoca, el fruto de una vida de trabajo.

La última vez que David volvió, ya convertido en un joven reportero, el sitio era un enorme complejo turístico propiedad de capitales mexicanos y estadounidenses. 

4

Juan Carlos Ramírez corría en la pista de atletismo del cuartel de Fuerzas Especiales. Había perdido la cuenta de los kilómetros recorridos, pero sabía que la mayoría de sus compañeros se había retirado de la prueba. Hombres bragados y recios habían comenzado a vomitar en plena pista, pero él, seguido por unos cuantos, continuaba. 

Las prácticas de lucha se volvieron más brutales, cuando su comandante lo obligó a combatir contra rivales más grandes y fuertes que él. Pero él no era ningún alfeñique y sabía soportar el castigo el tiempo suficiente para que su mente volara en busca de una solución que su cuerpo de prodigiosa fuerza pudiera poner en práctica. 

Una noche, al salir de la rutina de entrenamiento, fue convocado a la oficina del general Ibarreche, un espacio pulcro y acogedor cuya cálida luz contrastaba con los violentos reflectores de la pista del complejo. Sentado frente al general, trataba de ocultar su nerviosismo, hasta que vio al general sacar una botella de coñac y servir dos tragos.

—Por una gran oportunidad —dijo, alzando el vasito. 

Juan Carlos alzó el suyo; cuando le dio el primer trago, agradeció el calor que sintió correr por los derroteros de su sangre.

—¿Alguna vez has escuchado hablar de Águila Real?

Juan Carlos asintió, naturalmente: Águila Real era uno de sus héroes desde niño. 

—Pues el señor Lanceros-Halig está muy interesado en tu desempeño y te ofrece un contrato para ir al Nido.

—¿El Nido?

—Es un centro de entrenamiento de alto nivel por el que pasan todos los hombres que asumen la identidad de Águila Real. 

—¿Y mi servicio?

—No te preocupes, yo mismo me encargo de tu baja, honrosa, por supuesto. 

Ese fin de semana su comandante organizó una pequeña reunión de despedida. Sus compañeros de las fuerzas especiales bebieron y cantaron hasta la madrugada.

—Te acuerdas de nosotros cuando seas Águila Real, perro —dijo uno.

—Tienes la oportunidad de cumplir el sueño que varios teníamos desde morritos —dijo otro, y Juan Carlos sintió un tono de reproche más que de aliento.

—No los voy a defraudar, lo prometo —dijo, por decir algo que sonara lo bastante solemne.

La chicharra de la mañana penetró su cráneo como un picahielos. Corrió a vomitar para sacar de su sistema los restos de alcohol. Tras el desayuno, donde otros compañeros aprovecharon para despedirse de él, volvió a su barraca y tomó sus maletas, que ya estaban hechas. Después, se dirigió al estacionamiento, donde, junto a una camioneta negra, lo esperaba un representante de Altura Medios.

—Juan Carlos, un gusto conocerte. Mi nombre es Julio Lara, trabajo para Altura Medios. Sube, por favor. 

El trayecto duró mucho más de lo que Juan Carlos podía sentirse cómodo en un lugar reducido acompañado por un extraño. Poco después de pasar la caseta del sur del Distrito 1, se desviaron por un camino de terracería. Algunos kilómetros más adelante, se alzaba el complejo de entrenamiento. 

Al abrirse el macizo portal, la camioneta avanzó por un camino flanqueado por árboles. Una vez en el edificio principal, Lara lo condujo hasta su habitación. No tardó en vaciar sus maletas y organizar sus escasos efectos personales. Luego, fueron al comedor. Juan Carlos se sintió intimidado por el silencio que hicieron los reclutas al verlo llegar. 

—No te voy a mentir —le susurró Lara—, la competencia es despiadada. Pero mantente positivo y verás que no será problema. 

Juan Carlos tomó un asiento vacío y apartado. Lara caminó al centro del comedor y dijo en voz alta:

—Les presento a Juan Carlos Ramírez, nuestro nuevo recluta y, como ustedes, elegible para vestir la capa del Águila. Ahora que él llegó ya estamos todos, así que, en nombre de Altura Medios, les doy la bienvenida al Nido. El lunes comenzaremos con el entrenamiento. 

Por la noche, cuando se les indicó escoger una cama del dormitorio, Juan Carlos se acercó a una y, mientras guardaba sus cosas en el baúl, alguien le hizo sombra. Al girarse vio a un recluta más alto que él.

—Esa cama es mía.

Tres tipos detrás de él empezaron a animarlo.

—Enséñale quién manda, Tomás.

—Dale lo suyo.

Tomás quería pleito, pero Juan Carlos se limitó a asentir, tomar sus cosas y buscar otra cama vacía.

—Eso, así se hace, cobarde. Anda a chillar al rincón —dijo Tomás. 

Los meses siguientes no eran muy diferentes de los anteriores: debía levantarse a las 5 am, desayunar, hacer una rutina de acondicionamiento físico que duraba hasta el mediodía, comer, estudiar estrategia y táctica, práctica de combate, armas o vehículos, ducha, cena y dormir a las 10 pm. Algunas de estas actividades variaban, pero, en general, los días eran agotadores. 

Cuatro meses más tarde, habían desertado veintidós reclutas de los cien originales. No todas las bajas por lesión habían sido accidentales; algunas las habían provocado Tomás y sus compinches.  

El día de la graduación llegó; los reclutas fueron convocados al auditorio. Lara, el capitán y otros miembros del personal de la institución subieron a la tarima. El capitán dio un breve discurso sobre el valor y la lealtad. Dijo que era de vital importancia entender que todos ellos actuaban como un solo individuo, que el uniforme del Águila Real era más grande que ellos mismos, que estaban al servicio de una leyenda y por ello debían dejar atrás sus vicios y mezquindades. Luego, procedió a nombrar a los cinco seleccionados. 

Juan Carlos no podía creerlo cuando oyó su nombre. Quienes no compartieron su suerte, como Tomás, podían volver a intentarlo u ocupar alguna de las plazas disponibles como personal de apoyo. 

Tras la ceremonia, los reclutas recibieron una invitación para cenar en el gran salón, un ala del complejo que no se había utilizado porque estaba reservado para esa ocasión formal.

Hacia las 8 pm, antes de que se sirviera la cena, Lara dio la bienvenida al capitán a cargo y a Plácido Lanceros-Halig en persona.

5

Cualquiera sabía que Plácido Lanceros-Halig había ganado una subasta por los derechos de Eagle Corps, un escuadrón de operativos paramilitares con tecnología experimental que opera en todo Estados Unidos y es propiedad del multimillonario anarcocapitalista Frank Hugz; concepto que había sido dado a conocer en nuestras latitudes con el patriotero nombre de Águila Real, con la diferencia de que la empresa de Lanceros-Halig había optado por mantener la ilusión de que se trataba de una sola persona, de un solo héroe, en lugar de tener un héroe por cada Distrito, como en el país del norte. 

Algunas de las primeras historias publicadas en medios locales por David Méndez sobre la operación de Altura Medios revelaron aspectos desconocidos para el público general. Por ejemplo, que tanto Hugz como Lanceros-Halig figuraron entre los mayores inversionistas de la campaña del actual presidente; o la existencia y ubicación del centro de entrenamiento clandestino denominado “El Nido”, donde recibían adiestramiento los prospectos a convertirse en “águilas reales”; así como numerosos contratos de publicidad entre Altura Medios y varios gobiernos distritales, valuados en miles de millones de pesos, la mayoría de los cuales violaba el espíritu, si no la letra, de la ley electoral; o los contratos que Altura Medios tenía, a su vez, con otras empresas y asociaciones por concepto de publicidad, por ejemplo, sus nexos con la secta de La Luz Mundial y otras denominaciones evangélicas ultraconservadoras; o el hecho de que cabilderos de las armas y las farmacéuticas entraran y salieran de Altura Medios como por puerta giratoria; o las dos veces en que autoridades de Guatemala y de Panamá detuvieron camionetas de propiedad de Altura Medios en posesión de cocaína.

Pero nada de eso importaba, porque Águila Real era impresionante. Niños y adultos aniñados lo admiraban porque apelaba a aquella fantasía primitiva capaz de tentar a cualquiera: la de enfrentar al mal con los puños. Tan simple como un teatro de títeres, tan épico como El Ramayana. Era la fantasía definitiva. Dame alguien a quien destrozar legítimamente. Dame un villano sobre quien desquitar mis frustraciones. 

Y David sabía de frustraciones. Porque su obsesión lo había llevado a arruinar sus relaciones pasadas, como aquella chica bienintencionada que solo quería vivir tranquila, a quien logró ahuyentar con sus fijaciones malsanas; o la otra, más bohemia y comprometida, pero demasiado ocupada con sus ambiciones intelectuales y artísticas para soportar su constante ansiedad y su amargura; o la última, bastante más cínica y madura, a la que sencillamente fastidió. A veces se sorprendía a sí mismo mirando a la gente con una familia, con hijos. 

Casi siempre soñaba lo mismo: corría hacia adelante en un túnel, porque veía una luz. Aunque jamás miró hacia los lados, tenía la certeza, esa certeza que solo pueden comunicar lo sueños, de que había algo más a ambos costados suyos, un hogar, una infancia, una vida, y que, al llegar al final, la luz le mostraba las arrugas de sus manos, la decrepitud de su cuerpo y, más adelante, el páramo donde esperaba su tumba.

6

Juan Carlos sabía que Tomás no era el único criminal que su equipo había librado de la prisión. Pero sí era el único que había recibido entrenamiento para convertirse en Águila Real. ¿Por qué lo protegían?

Pero ni Lara ni nadie respondería sus preguntas; ya le habían dicho que era mejor no hacerlas, que la organización tenía planes, que debía “confiar en el proceso”. 

Así que dedicó semanas a seguir los pasos de Lara, hasta que, una noche, sus pesquisas lo llevaron a un antiguo almacén industrial. Tras tomar una posición ventajosa, grabó mientras se llevaba a cabo el intercambio de armas por dinero entre Lara y un individuo desconocido. 

¿Era posible que el propio Lara controlara el crimen? ¿Sabía de esto la dirigencia de Altura Medios? 

Pasó un par de semanas indeciso. Al final, su conciencia pudo más y buscó una cita con el director de operaciones y sobrino del CEO de Altura Medios, Román Lanceros-Halig Garza. 

La reunión fue rápida. Juan Carlos se sintió intimidado en aquella oficina, más grande que su departamento. El director de operaciones le preguntó qué lo llevaba ahí y Juan Carlos habló sin rodeos: enumeró los indicios que tenía de las actividades extracurriculares de Lara, pero se abstuvo de mencionar las fotos. Pensaba hacerlo si le pedían pruebas, pero eso no ocurrió. Lanceros-Halig Garza le aseguró que el caso sería investigado y cualquier conducta ilegal, reportada a las autoridades correspondientes.  

Durante su día de descanso, Juan Carlos salió temprano a correr por avenida Reforma hasta el Bosque de Chapultepec, como era su costumbre. De regreso a su departamento se detuvo a comprar algunos víveres. Al llegar a su edificio preguntó al portero si había novedad. Éste le respondió que ninguna, pero Juan Carlos notó cierto rictus en su expresión que lo puso intranquilo. Subió en el elevador, caminó hasta su departamento y abrió la puerta. Al llegar a la cocina, los vio: tres hombres armados, sentados en su sala. 

—Hola de nuevo —dijo Tomás. 

Juan Carlos se detuvo y alzó las manos. 

—Haremos esto rápido, no hay necesidad de drama. 

Sobre la alfombra había un enorme folio de plástico extendido.

—Si fueras tan amable —señaló Tomás con la pistola. 

Los tipos se pusieron a sendos lados de Juan Carlos para asegurarse de que se arrodillara sobre el plástico y, cuando el de la izquierda presionó su hombro para obligarlo, le rompió la muñeca. El segundo tipo desenfundó y disparó, pero las balas llenaron de agujeros la espalda de su compañero. 

Con un movimiento ágil y decisivo, Juan Carlos jaló el plástico bajo los pies de sus atacantes, quienes cayeron al suelo, y corrió a la puerta de su habitación. Una vez de pie, Tomás y su cómplice derribaron la puerta y abrieron fuego, pero sus balas rebotaron en la capa emplumada, ya extendida en su modalidad de planeador, un segundo antes de que Juan Carlos saltara por el balcón. 

Los sicarios recargaron sus armas y corrieron a disparar al hombre pájaro que se empequeñecía conforme se alejaba planeando hacia el camellón de Reforma.

Esa tarde, varios usuarios subieron videos de un hombre vestido con ropa deportiva y la capucha de Águila Real que aterrizó cojeando y dejó un rastro de sangre en el asfalto. 

7

David recibió una llamada de la redacción.

—Diga.

—Soy Juan Carlos Ramírez —dijo con voz entrecortada por el sufrimiento—, estoy perdiendo mucha sangre y no tengo a dónde ir.

—¿Dónde estás?

Horas más tarde, David Méndez entró al consultorio privado del Dr. Dávila, un antiguo amigo suyo, quien había sacado la bala de la pierna de Juan Carlos. Apenas podía moverse, pero mantenía la mirada fija en David, con expresión aterrada, como cabe esperar en alguien que ha escapado de la muerte. 

—¿Cómo sigues, Juan Carlos?

Juan Carlos asintió.

—¿Por qué me contactaste a mí en particular?

—Porque has escrito muchas notas sobre Altura Medios y sobre Águila Real. 

—¿Tienes información que pueda servirme?

—Voy a contarte todo lo que sé.

Imagen tomada del perfil mechanical dave, de Pinterest.

Esteban Govea (Celaya, México, 1988) Narrador, poeta, guionista y doctor en Filosofía por la UNAM. Director de Editorial Grifo. Obtuvo menciones en los concursos 41º y 51º de la revista Punto de Partida, y en el 2° concurso Horroris Causa. En el 2011 ganó la beca de guion de largometraje del IMCINE. Su obra fue incluida en la antología El Lejano Oriente en la poesía mexicana, compilada por Elsa Cross. Es autor de los libros Los Onironautas y La poética robot y otros cuentos, y su novela Nigredo será publicada en Tierra Adentro. Ha publicado en las revistas Punto de partida, Opción, Consideraciones y Página Salmón

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