Roxana consultó el reloj que utilizaba en la muñeca derecha por mala costumbre —era diestra; jamás le contaba a la mano izquierda lo que tocaba con la dominante— y resopló con ansiedad. Llevaba un retraso de quince minutos, como casi siempre; lo insólito era que aquella mañana no se había molestado en inventar una excusa convincente para su demora. No quedaba espacio en el fardo de sus pecados para otra mentira.

¿Qué decir, cómo empezar? Las palabras revoloteaban como enjambre al interior de su boca. Roxana iba dispuesta a dinamitarlo todo hasta los cimientos si Ángel la dejaba sola. Su cabeza desbordaba pensamientos violentos. Con todo, intentaría persuadirlo de que no se fuera, pedirle por lo más sagrado que no la abandonara. Los chocolates formaban parte de la estrategia, al igual que el fino delineado en los ojos, los discretos aretes que achicaban sus orejas, el intenso color rosado del labial. Eran medidas desesperadas porque Roxana no encontraba la manera de transformar esa súplica impetuosa de su espíritu en argumentos coherentes. Confiaba en la pasión que impregnaría a su voz, en los gestos cariñosos, ensayados con el mayor de los cuidados frente al espejo, en el skin care con mascarillas francesas y cremas coreanas que llevó a cabo en el baño, de forma clandestina, para que Tlacaélel no se diera cuenta.

Iba, también, sin temor a la muerte. Atravesaba las calles en modo automático, sin mirar a los extremos, la vista al frente y las ideas disociadas en la niebla de la conversación trascendental que le aguardaba. Cruzó el Parque España con excesiva premura. Dejaba tras de sí una estela de orquídeas y lavanda y marcaba con sus tacones el compás de la música que sonaba en sus audífonos, una canción de Ximena Sariñana: si tú te vas, si tú me dejas bailando sola…

Tras pasar la última arboleda vislumbró la terraza del café donde se habían dado cita. De nuevo consultó su reloj. Diecisiete minutos tarde, pero Ángel no estaba. La ansiedad arremetió en los pulmones de Roxana. ¿Cómo saber si no había llegado aún o si, por el contrario, se había marchado, harto de la espera? Desde la primera vez que se encontraron en secreto, acordaron jamás comunicarse por mensajes, ni siquiera mediante aplicaciones de móvil que permitieran eliminar el registro, porque de todas formas en alguna parte (una de esas tétricas salas atiborradas de monitores y algoritmos que tanto fascinaban a Tlacaélel) quedaría evidencia de sus conversaciones. No, no podían arriesgarse tampoco a llamadas telefónicas, susceptibles a ser intervenidas. La única manera era acordar las citas cara a cara. Cuando alguno se retrasaba, el otro debía esperar nada más media hora. Nada más. Era obligación de quien incumpliera el compromiso buscar la manera de retomar el contacto. Solo les había ocurrido una vez, tres meses antes, cuando Ángel se ausentó porque tuvo la sensación, infundada al final, de que Mariana sospechaba y lo estaba siguiendo.

Roxana tomó la mesa de siempre y se sentó dando la espalda a la pared. Ordenó un capuchino con leche deslactosada, el cuál no probó de inmediato, y un expreso americano con doble carga de café y leche de coco para Ángel. Le gustará saber, pensó, que todavía me acuerdo, que pongo atención, que tomo en cuenta las cosas que le gustan.

La espera se dilataba en su cuerpo debido al frío y la humedad de la mañana. Roxana no tenía ninguna certeza de que Ángel aparecería y ese pensamiento le irrigó desesperanza. Se imaginó llorando, con la bolsa de chocolates intacta, el café frío, los grumos de leche como nata en la superficie. Pero no, claro que acudiría, se dijo, no podía ser de otra manera. Recordaba la seriedad de su rostro al fijar la fecha de aquel último encuentro (porque estaba claro que era el final; a partir de ahí todo explotaría) la firmeza en las palabras de Ángel cuando le impuso «un tiempo lejos para pensar las cosas». Como si aquello no fuera un eufemismo cristalino de que el hombre deseaba terminar con todo, botar al basurero los meses intensos, las escapadas diurnas al salir de Tec&Tec, donde también trabajaban Tlacaélel y Mariana, entre turnos o en descaradas fugas algún fin de semana. 

Nadie sospechaba de ellos: ni los compañeros de trabajo, los supuestos amigos, mucho menos sus respectivos cónyuges. Para Roxana, el hábito de mentir a Tlacaélel se había engrasado como una maquinaria de uso diario e incluso se había tornado un discreto placer. Descubrió que existía una complicidad macabra entre la confianza y la mentira, pues la primera allana el camino del engaño y retrasa con holgura la restauración de la verdad. Y Tlacaélel resultó tan fácil de engañar que, con el tiempo, Roxana ya no necesitó planear con demasiada antelación las excusas para encontrarse con Ángel. Y éste, incapaz de apreciar la belleza de aquel artificio, quería terminar con todo.

Hasta entonces habían tenido éxito donde muchos adúlteros y criminales fracasaban, pues cultivaron la discreción hasta elevarla a la categoría de disciplina. ¿De verdad estaría dispuesto Ángel a dejar eso; traicionar el remanso de intimidad y aislamiento que habían construido con tanto esfuerzo? Y todo por un berrinche estúpido, porque Roxana había lanzado la amenaza ingenua —producto de cierta irritación acumulada— de hablar con Mariana si Ángel no tomaba la iniciativa.

Pero también la culpa había llegado a manifestarse en paranoia, porque a veces —los últimos días con frecuencia— tenía el presentimiento de que Tlacaélel sabía y que no tardaría en confrontarla. Era por las miradas largas y taciturnas que le dirigía en la mañana, cuando ella se fingía dormida; los abrazos largos que oscilaban entre la calidez y el desprecio; los besos en la frente cuyo ardor Roxana portaba con vergüenza, como la marca de Caín. También por eso estaba dispuesta a dinamitarlo todo si Ángel la dejaba sola, para terminar de una vez con ese juego de espejos que la tenía al borde del colapso. 

Al fin, tras esperar diez minutos más contemplando el suspiro de humo del capuchino —de todas formas no pensaba respetar la regla de los treinta minutos— vio la motocicleta de Ángel surgir detrás del parque y estacionarse a contra esquina. Cuando el hombre se quitó el casco, Roxana sintió cosquillas en el estómago. Él se veía más guapo que nunca: la barba recién recortada y el largo cabello en una coleta de moño superior que le daba un aire desaliñado; el suéter café de algodón que se ajustaba a su torso y remarcaba los contornos de su pecho; los pantalones de corte slim y tela de pana que levantaban sus glúteos. Roxana no apartó su mirada mientras Ángel cruzaba la calle, pero al tenerlo cerca, cuando él se inclinó para tocarle el hombro y saludarla, ella sintió que no podría mirarlo de nuevo a la cara. A Roxana le complació percibir impregnado en el suéter el aroma de los puros Romeo y Julieta que ella le había regalado —también en secreto— por San Valentín.

—Buenos días, Rox —su voz no parecía la misma caricia de algodón y seda que ella recordaba; era neutral, como si en lugar de un mes hubiera pasado una década entera.

—¿Cómo has estado? —Roxana trató de abrazarlo, pero él la detuvo extendiendo su brazo— Te pedí un café: expreso americano cortado con leche de coco, como te gusta.

—Me encuentro bien, gracias —respondió Ángel, ocupando la silla—. Te agradezco el café.

—¿Solo bien? —inquirió Roxana—. ¿Eso es todo lo que dirás, después de un mes?

—¿Qué puedo añadir? La verdad es que me encuentro mejor que nunca.

—Ya veo —los nudillos de Roxana crujieron bajo la mesa, pero Ángel fingió no darse cuenta—, te refieres a que has estado mejor sin mí. 

—No lo tomes personal, no me refería específicamente a ti. Quiero decir que estaba fastidiado de tanto secreto, harto de tener que ocultarme cada día, de las mentiras. Necesitaba un descanso.

—Te entiendo, querido —Roxana compuso su cara más coqueta y añadió una capa de dulzura a sus palabras—. A veces uno necesita despejarse antes de seguir adelante.

—No lo entiendes.

—Por supuesto que sí. Te recuerdo que los últimos meses hemos estado en la misma situación. Nadie en el mundo te comprende como yo.

—No podrías entenderlo, Rox. Hay una diferencia abismal. Yo amo a Mariana. Y tú no estás enamorada de Tlacaélel.

Esas palabras retumbaron en los oídos de Roxana y le provocaron un hondo malestar en el vientre. Antes de reponerse, Ángel retomó la conversación y se adueñó de ella.

—He pensado muchas cosas en este tiempo. Cada noche, antes de dormir, le dí vueltas y vueltas al asunto hasta llegar a una conclusión. Es mejor que lo dejemos hasta aquí.

—¿Qué?

—Ya no quiero continuar con esto.

—Claro que quieres. Claro que quieres, Ángel —Roxana le sujetó la mano con una velocidad felina y él no pudo retirarla a tiempo—. Tú fuiste quien dijo que podíamos lograrlo, a pesar de las dificultades, del trabajo en Tec&Tec, de nuestras respectivas parejas. ¿Ya no te acuerdas?

—Roxana.

—Dijiste que teníamos el derecho elemental de destruirlo todo, hasta los cimientos, y escapar si no éramos felices —con cada palabra se endurecía la fuerza ejercida por sus dedos—. Eso fue lo que dijiste.

—Y me equivoqué. He cambiado de parecer.

—¡No puedes hacerme esto!

—Me estás lastimando.

—¡Te lo suplico! ¡Quédate conmigo, no me dejes! 

—Es todo lo que tengo para decirte, Roxana —con mucho esfuerzo, Ángel logró zafar su mano.

—Quédate unos minutos.

—Debo ir a la oficina.

—Te… te traje un regalo —Roxana mostró los chocolates. Sabía que eran los favoritos de Ángel.

—Sabes que no puedo recibirlos, no puedo aceptar nada que provenga de ti.

—Nada más son unos chocolates.

—Que tú compraste, tocados por tus manos, con tus huellas…

—Estás exagerando.

—Además no quiero que Mariana me vea llegar con eso.

—¡Mariana, Mariana! Estoy harta de que me hables de ella. Como si fuera mejor que yo en algún sentido, como si estuviera realmente a mi altura. ¿Tanto quieres a tu Mariana? ¿Qué crees que haría ella si yo le contara absolutamente todo sobre los últimos meses? ¿Crees que te seguiría amando, Ángel, lo crees?

Ángel dio un golpe en la mesa que hizo rebotar las cucharas del café. Roxana detuvo en seco las frases de odio que ya se aglomeraban en sus dientes, los insultos y las amenazas. Había tocado un nervio sensible; aquella era su intención.

—Escúchame bien, Roxana. Si llegas a acercarte a Mariana, si acaso le llamas o le escribes, si te atreves a tener cualquier tipo de contacto con ella…

—¿Qué vas a hacer, Ángel? ¿Dinamitarlo todo?

—Peor. Hundirte.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy advirtiendo. No quieres seguir por ese camino.

—Tal vez eso es precisamente lo que quiero.

Ángel se levantó de la mesa sin dejar dinero para pagar el café. Atravesó la calle hasta su motocicleta y muy pronto se perdió por el camino de la Avenida Nuevo León, más allá del follaje del Parque España. Roxana sintió la tentación de perseguirlo, impulsada por un cúmulo de sentimientos que borboteaban en su garganta y en sus ojos, como lágrimas incipientes, pero logró contenerse. Sabía a la perfección lo que debía hacer y cuáles eran los pasos a seguir.

Tomó un taxi hasta las oficina de Tec&Tec, donde ya todo estaba montado de antemano. Tras la puerta de vidrio había una recepción; tras el mostrador vegetaba, desde hacía veinte años, la misma secretaria de ojos bizcos que saludaba a Roxana todas las mañanas con una sonrisa percudida. A continuación estaban los torniquetes, los cuales solo podían cruzarse con el lector magnético en la credencial de empleados. Roxana pasó frente a las cámaras de seguridad con el rostro altivo, consciente de que su cara era visible. Se detuvo frente al ascensor; en lugar de presionar la flecha hacia arriba, solicitó el descenso. La puerta se abrió y un par de técnicos aparecieron al fondo de la cabina, portando el mismo uniforme que, a esas horas, ya debería enfundar a Tlacaélel. Ella esperó a que las compuertas se cerraran. Repitió el procedimiento, una y otra vez, hasta que la suerte le sonrió con un elevador para ella sola.

En el orden de descenso se encontraba, primero, el área de las camionetas y vehículos técnicos; luego los dos niveles del estacionamiento para empleados; y finalmente una zona restringida que funcionaba como bodega de mantenimiento, con acceso a las tuberías y los sistemas de electricidad. Roxana presionó el botón -3 y aguardó. La natural sensación de náuseas que siempre le había provocado el ascensor se agravó por los nervios. Sintió un cosquilleo profundo, seguido por una arcada; creyó que vomitaría antes de llegar al sótano. Cuando las puertas se abrieron, salió tambaleándose y se puso en cuclillas. Tomó aire; paulatinamente reguló el ritmo de su respiración y logró ponerse de pie.

La camioneta estaba estacionada en el cajón E-111; lo recordaba a la perfección. Abrió la puerta del copiloto y se colocó en el asiento, no sin la dificultad que implicaba un vehículo tan alto para alguien de su estatura. Abrió la guantera; el teléfono celular —adquirido en exclusiva para ese propósito– estaba ahí, entre los múltiples cables cortados que sobraron del montaje. Apretó el botón de encendido y esperó a que se iluminara la pantalla.

Lo primero que vio fue una fotografía de Tlacaélel, con unos lentes viejos, sonriendo, los cachetes henchidos de alegría. Era la misma que tenía en su página de LinkedIn, donde Roxana lo había visto por primera vez y se había enterado que trabajaba para Tec&Tec. De nuevo la embargó esa sensación de ridículo placer al recordar todas las mentiras que había dicho con éxito: que lo amaba, que estarían juntos para siempre, que él era prioridad en su vida.

Pero la prioridad en su vida era La Causa. Y a la par, por supuesto, estaban Ángel y su hermosa cabellera.

Fue directo a los mensajes. Como destinatarios colocó los números de Tlacaélel y Mariana; como archivo adjunto, una carpeta de fotografías que había preparado semanas antes, por si llegaba a ese momento en soledad: Ángel y ella besándose (una selfie tomada a escondidas por debajo del mantel, con mucha dificultad); Ángel semidesnudo en el departamento que ella compartía con Tlacaélel; una foto erótica enviada por Ángel los primeros días de su aventura y que Roxana, supuestamente, había borrado. 

Y añadió las tres últimas imágenes: Ángel cargando la camioneta; Ángel colocando los cables del dispositivo; Ángel programando.

Con los dedos sudados, Roxana escribió el contenido del texto: Me acosté con Ángel, perdón por eso. Perdón por todo. Luego presionó el botón para enviar. Al instante imaginó las caras de sus víctimas, los breves segundos de perplejidad y negación, la vergüenza y la ira apoderándose de sus rostros, el exacto momento del derrumbe. Y añadió a esa macabra fantasía el rostro de Ángel al comprender, en el último instante, su error al enamorarse verdaderamente de Mariana.

Roxana se giró a la zona de carga del vehículo. El celular temblaba en sus manos. Creyó recibir un mensaje como respuesta, pero no lo abrió. Luego ocurrió lo predecible: alguno, Mariana o Tlacaélel, había marcado al número desconocido. Lo último que vio Roxana fueron las luces del dispositivo cambiando de color, un código binario en la pantalla que ya no le dijo nada, una luz incandescente parecida a la ceguera.

El sótano de Tec&Tec se bañó en la combustión de la descarga y todo el edificio se derrumbó hasta los cimientos.

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Imagen tomada de Pinterest

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Escrito por:paginasalmon

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