Ooh baby, do you know what that’s worth?
Ooh heaven is a place on earth
They say in heaven love comes first
We’ll make heaven a place on earth
Ooh, heaven is a place on Earth
Belinda Carlisle (1987)

A dos horas de Morelia, tal vez un poco menos, tal vez un poco más, se encuentra un pequeño pueblito llamado Pátzcuaro. Como otros pueblos mágicos de México, posee un encanto particular que se deja entrever en su arquitectura, en su comida típica y en el ritmo tan peculiar del lugar. Al caminar hacia las orillas del pueblo, encontramos algunas lanchas que nos llevan a la Isla de Janitzio, una isla con una vista bellísima del Lago de Pátzcuaro y de las otras islas que lo rodean. Subir las interminables escaleras y callejones empinados de Janitzio es como deambular dentro de un sueño. En el camino podemos detenernos a tomar un pulque o a comer unos tacos preparados con tortillas de maíz hechas a mano. O simplemente podemos mirar hacia atrás y contemplar los claros que se abren hacia paisajes oníricos: nubes reflejadas en las aguas del lago, atravesadas por las barcas bucólicas de los pescadores locales y sus redes danzantes. No hay manera de no vivir ahí un amor loco.

En Pátzcuaro podemos degustar la famosa nieve de pasta, un helado típico del lugar que se encuentra en muy pocos sitios del estado de Michoacán. Resulta curioso cómo los michoacanos hablan de esta nieve, como si se tratara de una delicia de otro planeta. Y, en cierto modo, lo es. Las nieves de pasta de Pátzcuaro son realmente las originales, y no hay manera de explicar ese detalle. He aquí un gran misterio para la humanidad: solo sabemos que una nieve de pasta es auténtica cuando toca primero nuestra retina y luego nuestra lengua —por el color, el sabor, la textura y la experiencia que nos provoca—. Fuera de eso, no hay mucho que decir. Hay que viajar hasta Pátzcuaro para saberlo. Cuando probamos una que no es original, lo sabemos de inmediato. Solo un michoacano entenderá de qué estoy hablando.

Aunque he transitado innumerables veces por los paisajes de Pátzcuaro, cada vez que recuerdo esas andanzas es como si estuviera recordando un sueño. Pero no cualquier sueño: uno profundo, significativo, contundente, de esos que, al despertar, no estamos seguros de si fue solo un sueño. De esos que recordamos para toda la vida, justamente porque sentimos algo —en el cuerpo, en la piel, en los órganos, en los hilos del cabello— imposible de traducir en simples palabras. Los sueños parecen estar en todas partes: en el aire que respiramos en cada rincón, en las lanchas que adornan el lago, en los pájaros que cantan y roban harina de las señoras que hacen tortillas para alimentarse, en los vendedores de elotes, en los artistas callejeros, en las fuentes que no dejan de verter agua, en los letreros, en las señales, en el cielo. En el Lago de Janitzio había una lancha llamada Lucía, y mi amor loco dijo que le gustaría que fuera suya.

***

En 1938, durante su estancia en México, André Breton estuvo en Pátzcuaro. Y, pensándolo bien, no podría haber estado en otro lugar. Para Breton debió haber sido como un regreso al sueño, a la experimentación del sueño en otras texturas y manifestaciones. Acto ético de un surrealista: vivir el sueño en todas sus formas, deformaciones y posibilidades. Soñar-pensar para hacer estallar los límites del lenguaje del sueño. Soñar para poder vivir —entre sueños y ensoñaciones— en la poética sin límites de las contragramáticas surrealistas. Releer La interpretación de los sueños caminando por las aceras de Pátzcuaro, o sentado en un café, contemplando el lago. Arrojar el libro de Freud al lago y verlo flotar. Atravesar el lago navegando el libro. Pasar una tarde pescando usando el libro como red. Luego, soltar los peces, dejarlos vivir. Nadie podría imaginar que Freud serviría para tantas cosas. Cuando descubrimos la palabra surrealista, descubrimos también que hay tantas cosas que nunca habríamos imaginado que se pueden hacer con un libro sobre los sueños .

Breton podría reescribir el Manifiesto Surrealista mientras come tacos y se quema la lengua con chile. Chile habanero, chile en aceite, chile jalapeño. Manifiesto Surrealista al chile. Un manifiesto escrito por el contagio de las calles de Pátzcuaro, bajo el efecto del picante, que hace arder los nuevos sueños que verterán algo sobre el papel. Mi tesis doctoral fue al chile: escribí gran parte de ella deambulando por las bibliotecas, bares y cafés de Morelia, muchas veces bajo el efecto de tragos de mezcal con chile. Otras veces bajo el efecto del pulque. Tal vez por eso haya sido roja. Pero solo tal vez.

Aunque las cosas hayan cambiado desde los tiempos en que Breton transitó por ahí, se sabe que los sueños continúan vivos y palpitando en cada rincón que resiste:

Fotografía de Maria Lucia Macari

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Una vez, junto a un amor loco mexicano, degustamos (casi) todas las nieves de pasta de la región. Hicimos un cuaderno de anotaciones sobre ello. La víspera de alguna Navidad, muy temprano por la mañana, tomamos un autobús en la terminal de Morelia y bajamos en Pátzcuaro. Ahí, entre nieves de pasta y muchos adornos navideños, caminamos sin rumbo, sin prisa, al ritmo del pueblo. Visitamos una calle que ese amor loco solía frecuentar en su infancia. Escuché sus historias. Me habló de unos tacos famosos que vendían en esa zona y que deseaba mucho que yo probara. No encontramos al taquero, pero llegamos a una calle que conducía a un portón. Era el panteón principal; aún quedaban vestigios de la Noche de Muertos: banderines deshaciéndose, flores de cempasúchil secas, adornos dispersos brillando bajo el sol. Nos besamos entre las tumbas. Y luego seguimos caminando como caminantes.

Al final del día, a la hora de regresar, lo inesperado: ya había salido el último autobús del día para volver a la ciudad de piedra, donde celebraríamos nuestra propia fiesta de Navidad. Nos quedamos atrapados en Pátzcuaro con una bolsa de frutas y especias que habíamos comprado para preparar el famoso ponche navideño. Atrapados en un sueño de Navidad. Recorrimos las calles llenas de luces, comimos tacos de tripa en un pequeño puesto del centro y después elotes en la plaza principal. Al final de la noche, compré un agua de horchata. Creo que fue la cena navideña más hermosa que alguien, alguna vez, podría vivir. Caminamos sin rumbo en busca de algún lugar donde quedarnos. Había mucha gente en las calles. Las luces no dejaban de parpadear. Encontramos un hotel y, al subir las escaleras, desistimos. El lugar era realmente extraño; nos sentimos inquietos. Entonces, seguimos caminando, ya cansados, entre callejones que desembocaban en una plaza.

Encontramos el último departamento libre de la ciudad y, por suerte, la dueña nos respondió y nos autorizó entrar con una llave que estaba en una especie de caja de resguardo. El resto de esta historia no cabría en una hoja. Si pudiera dar un consejo, sería este: vivan sus amores locos, esos amores surrealistas con la fuerza revolucionaria de lo sublime, capaces de fundir sueño y realidad, de desafiar las lógicas de lo cotidiano a través de la magia de los encuentros —de los suspiros, de los cuerpos, de las miradas, de las palabras incomprensibles que ponen a prueba las certezas sobre nosotros mismos—. Al final, es lo único que realmente importa en esta vida. «Amor y muerte, nada más fuerte», como leímos en una postal aquel año lleno de andanzas intempestivas.

*Crónica escrita originalmente en portugués, lengua materna de la autora, y traducido al español por ella misma.

Imagen André Breton soñando con nieve de pasta en la Isla de Janitzio, fotocolagem de Maria Lucia Macari.

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Escrito por:paginasalmon

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