Memoria
La memoria es un caracol
que se exilia
de su propia casa.
Se encoge
hasta el tamaño del vacío.
Busca lo que no conoce,
extraña la posesión
sobre la espalda.
Todo lo demás
cabe dentro de su costra.
Diagnóstico
un cuerpo
que se columpia en el aire
y es arrojado
fuera de su historia.
Cronología de un objeto
Escribo la textura de una silla.
La comparo con el armario,
con las escopetas,
con los relojes,
con la taxidermia de un bosque
que reposa
detrás de la córnea.
Intento decir
la intensidad del cielo
después de la lluvia
sobre las muñecas
ocultas en el pasto
parecido al de la infancia.
Recuerdo un cuerpo sobre la silla:
una mujer
mirando una película
sobre la ceguera de los objetos.
Entonces entiendo:
aquello que está en todas partes,
lo indefinible,
el gesto abstracto del olvido,
es lo único
que nos nombra.
Epílogo de la casa
Una casa donde todos cabemos
mientras los que caminan
pasan por encima.
Si aún vivieras
mis amigos llamarían a la puerta.
Dirías: la cena está servida.
Diríamos: esta es nuestra casa.
Todos diríamos:
este paisaje es el único
acontecimiento real
de nuestra vida.
Padre
Yo era un niño que buscaba en las rocas
el origen del cielo.
Él mancillaba los sueños
de una cabeza infante.
Papá decía
que los desiertos caben en una lágrima
cuando se llora por lo que no somos.
A veces se arrancaba la piel
hasta volverse un Minotauro
perdido en su propio cráneo.
Quise verlo llover sobre las flores,
bautizar la tierra
con el nombre de su enfermedad.
Cuando murió
el invierno entró en mi boca.
—Aquí no cabemos los dos —dijo
antes de caer sobre su costra.
Ese día el mar se tragó al pájaro del invierno.
Identidad
Soy humano.
No réptil.
No dios.
Un niño que inventa una palabra
para explicarse el mundo.
Nací
y aprendí a sonreír como defensa.
Digo adiós
cuando debería decir:
«mis piernas se quiebran
por el peso de la herida».
Repito:
soy humano
y Alexa responde:
no eres humano
eres la voz
que se repite en un audio
que tu hija
reproducirá después
de tu muerte.
Música
Pongo la canción en bucle
para creer que no todo está perdido.
La melodía baja por mi garganta.
En el río de mis neuronas
flotan los animales
que nunca tuve.
Recordar
es elegir la neurosis que nos sostiene.
La música dice:
no vale la pena el esfuerzo
desear ser
la persona que nunca fuimos.
Escucho la melodía
de una película en blanco y negro.
Ella dice te amo.
Él piensa que debajo de algún puente
alguien conoce la respuesta.
El hijo
El hijo viene a verme.
Sus ojos son el páramo de Sevilla.
Desde pequeño aprendió
que puede destruir sin llorar.
Sabe sostener un cuerpo débil
sin contemplar sus grietas.
Me mira
como si resolviera un crucigrama
cuyo resultado es despedida.
«Interior. Strandgade 30, 1901» de Vilhelm Hammershøi
