Frente al mar, cargando el peso de su hermoso huipil de flores rojas y encajes negros, Amelia lloraba lagrimas nupciales. El estrépito de la banda y el golpe seco de las botas sobre la tarima de madera, allá en la enramada detrás de ella, se convertían, de apoco, en ruido distante que el arrullo de las olas iba enmudeciendo. El agua le acariciaba la piel morena de sus pies descalzos, en un vaivén rítmico, que buscaba arrastrarla hacia el espejo infinito que llenaba sus ojos. Ella, inmóvil, no oponía resistencia ante las súplicas. Se desprendía de sus fuerzas, dejándose estar a la deriva para que el agua la habitara. Respiraba hondo, buscando en las exhalaciones imitar el canto del viento. Quería que el aire le ayudara a sacar, a extirparse, a inhibir, los fragmentos del dolor marchito que pudrían sus pulmones. Juntó las manos, entrelazadas por las caricias amargas de los dedos largos, y las posó con suavidad sobre su vientre. Lo sintió abultado. Se sabía preñada de la luz que el cielo entrega, gracia celestial, fecundada por el odio que ella no pretendía mirar. No quería engendrar el recuerdo de aquel hombre. No deseaba que los restos de él ahora crecieran dentro suyo. Miró decidida sus uñas largas, pegó la piel del vientre con el tacto frío de ellas y, poco a poco, fue clavándolas en la boca del ombligo.

Habían prometido escaparse cuando se conocieron. Un par de horas de plática y la mirada juguetona entre las calles del pueblo fueron los suficientemente convincentes para que el amor se les metiera en los ojos. Las mañanas que siguieron al primer encuentro, en cuanto el sol asomaba por la loma, Pedro escalaba las tejas de la casa y sacaba de su morral un espejito que había hurtado del estuche de maquillaje de sus hermanas mayores. Aguardaba el momento justo para que los rayos de luz rebotaran en el vidrio y lanzara un chispazo directo a la ventana de Amelia, quien, para ese momento, ya lo esperaba con el cuerpo alerta y su propio espejo en la mano, para devolver el resplandor en su lenguaje de estelas con el que se deseaban la suerte, con la ingenuidad de quien se moja le piel con la lluvia por primera vez.

Los encuentros frente al río se habían vuelto comunes. Querían sentirse juntos, pertenecerse. Las ansias provocadas por la distancia durante el día les dejaban la piel ardiendo en una rojez que evaporaba incluso el rocío del aire. Para la tarde, Amelia cargaba sus tandas de ropa hasta una de las pozas pequeñas; allí se quitaba sus zapatos negros de charol y los dejaba junto a las piedras, acomodados delicadamente con sus anillos. Se metía en el agua despacio, sin prisa alguna. El silbido de una tonada, fino como el canto de un gorrión, le avisaba que Pedro ya andaba cerca. Ella se recogía el cabello y, sin necesidad de voltear, sentía ya las manos de él recorriéndole los hombros. El tacto de la piel suave, hirviente y lisa se les volvía una sola experiencia entre ambos. Era su secreto, un momento de intimidad compartida que se declaraba en silencio para que no se la llevara la corriente.

Una tarde de esas, Amelia llegó al río. Repitió el ritual de siempre: se quitó con suavidad de las joyas, se acomodó el cabello con una caricia y sumergió los pies en el agua. Sin embargo, esta vez no fue el silbido melodioso el que la puso en alerta, sino el golpe metálico de unas espuelas chocando con las piedras lisas de la orilla.

Antes de poder reaccionar, un par de garras ásperas, grandes, correosas, le apretaron la cintura con fuerza para pegarla a un pecho jadeante. La piel curtida de esa enorme sombra que llegó a cubrir el sol emanaba el olor podrido de la tierra y el sudor. Sintió una barba dura rasgándole el cuello, arándolo, y un caudal de gotas de saliva que le caían por la espalda. Las manos de aquel hombre bajaron de golpe y el sonido de una hebilla cayendo al suelo le entró en los tímpanos como un chillido insoportable. Amelia no pudo responder. Vivió el exilio de su propio cuerpo, advirtiendo como ese lugar que durante tanto tiempo había sido solo suyo, ahora ya no le pertenecía. Se quedó pequeña en su propia casa, invadida por una fuerza que no podía detener. Los dedos carbonosos de aquella barba dejaban manchas en todas las paredes de la carne que tocaban. Alzó la falda. Los dientes de ella, como los de un perro que pretende atacar, intentaban morder cualquier rastro de piel libre de él, para encontrar su liberación. Pero, la fuerza descomunal de aquel hombre le respondía las agresiones con golpes en las piernas que la sometían de nuevo.

Sintió el tacto de sus propios dedos atravesar la carne viva del vientre, mientras seguía presionando con fuerza la piel. Iba cortando, rasgando, partiendo con precisión cada una de las capas del músculo. Quería llegar a sentir la matriz ahí dentro para arrancar de un tajo al habitante que se escondía en su sombra. Respiraba hondo. El viento silbaba para no dejarla sola y el fiel enamorado alzaba su marea, queriendo alcanzarle las manos para aliviarle la presión.

El silbido de gorrión se mezcló con los jadeos de aquella sombra. Pedro llegó gritando, intentando quitarle de encima la figura terrible que la montaba, pero su cuerpo de muchacho no era nada ante la presencia enorme que tenía enfrente. Amelia intentó gritar, pero las súplicas se le ahogaron en la garganta. Las garras la soltaron al fin y la empujaron contra el agua, quien, con suavidad, la abrazó para dejarla descansar en su orilla. Pedro intentó luchar, pero aquella fuerza imparable lo tumbó al suelo de un solo golpe; desde arriba, el hombre lo miró con los ojos pelados, sin remordimiento ni sentimiento alguno que delatara su humanidad. Pedro lanzó rocas contra el rostro inexpresivo, pero ninguna parecía hacerle daño. El hombre sujetó entonces una piedra enorme y, sin decir palabra ni pedir disculpa, la dejó caer sobre la cabeza del muchacho, quien observó en su último instante la sombra profunda que cubría el sol. El crujido de los huesos rompiéndose hizo que las aves espectadoras alzaran el vuelo de golpe. La sangre del cráneo hecho añicos escurrió en un hilo delgado que luchaba, arrastrándose, por llegar al agua. Las botas se alejaron y Amelia no pudo más que cerrar los ojos.

Esa noche, tras la velación del cuerpo, la sombra se plantó afuera del zaguán. Don Fermín salió a recibirlo con camaradería y lo invitó a pasar. La voz de su madre despertó a Amelia, llamándola a la cocina. Los ojos obscuros, vacíos, animales, del hombre estaban allí, sentados junto a su padre. “Te casas en quince días”. Las palabras rebotaron en el cuarto, comiéndoselo todo, rebotando de muro a muro hasta devorar la luz de las velas. A Amelia se le agrandaron los ojos y las suplicas se le atoraron en las pupilas. Buscó consuelo en la mirada de su madre —dile que no, por favor, dile que no me quiero casar con ese hombre—, pero ella evitó verla, bajando el rostro mientras salía del cuarto. “Aquí Rafael me ha dicho lo que sucedió, y que por eso mismo te quiere para mujer”. Cada palabra era una herida abierta más sobre su cuerpo. La sonrisa, la maldita sonrisa de la sombra se asomó burlona, hambrienta, asquerosa, tratando de imitar calidez. Pero se le notaba la urgencia por volver a poner esas garras que tenía por manos sobre la piel cobriza de Amelia. Ella no gritó, no pudo; el grito se le quedaba atorado en la boca. Las piernas no le respondieron para correr; solo alcanzó a mirar, con los ojos hechos agua, a su padre, suplicando que aquello no fuera verdad.

Cerró con fuerza sus ojos negros. Trató de mantener los labios gruesos cerrados para que el grito de dolor provocado por su carne partida no se le escapara, pero la fuerza de sus manos entrando a su ser era tanta que no pudo evitarlo. Los dientes blancos escupían, en súplicas casi religiosas, los lamentos que no le cabían en el pecho. El mar le besaba las rodillas, empapando el refajo de encaje blanco que guardaba bajo la enagua. Sentía la humedad subiéndole por las piernas, adueñándose de su cuerpo hirviente. Arriba, el cielo arrebolado copiaba el tono de la sangre que ya comenzaba a emanar de la herida, tiñendo las uñas, los dedos y las manos de Amelia.

De pronto, al fondo del ducto glutinoso recién abierto, sintió el calor de una luz, un fuego ardiente que lo incendiaba todo al primer contacto. Con los dedos estirados, experimentaba el movimiento de las extremidades en su interior, la carne estirándose, los huesos partiéndose y la piel hirviendo. Pero, aun así, pretendía sofocar el brillo de manera salvaje, moviendo erráticamente sus uñas, como un animal hambriento. Le fue quitando el oxígeno, ahogándolo, arrebatándole la vida dentro de sí. Gritó. Las lágrimas de llanto se le escurrían por las mejillas hasta morir en el agua. Con fuerza, se extirpó la luz del vientre, arrancándola de su interior de un solo tiro. Poco a poco, fue sacando las manos, vueltas garras rojas, de la hondura de su carne. La sangre viva, caliente y espesa, le corría por los brazos hasta manchar, gota a gota, el vaivén de la marea. Amelia miró aquel bulto de recuerdos que sujetaba con fuerza entre los puños. Alzó la mirada. Respiró hondo. Y por un momento, se entregó al mar.

«Seascape» de Albert Bierstadt

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Escrito por:paginasalmon

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