Todo quedó en silencio. Las máquinas dejaron de oírse, pero no se detuvieron, los hombres lo hicieron en su lugar. El asombro fue generalizado, aunque luego todos lo olvidaron, no podían perder el tiempo pues ya no era suyo. Ese fue el primer anuncio de lo que vendría. Fue un parto sin dolor, porque el dolor ya se había vivido. El dolor de la biósfera la había engendrado, ella era la hija del sufrimiento de la tierra: Gaia.
Un hombre caminaba por donde hace años fue el hogar de los extintos orangutanes. Ahí donde imponentes gigantes se erguían, ahí donde solo quedaba ceniza. Era el fantasma del bosque que se negó a irse cuando las plantaciones de palma se murieron y las minas que las sucedieron se agotaron. Xavier pensaba que algo se podía hacer, que no se podían dejar las cosas así, él no quería solo abandonar el territorio cuando ya no era habitable para nadie, cuando parecía no tener forma de recuperarse. Creía que la biorremediación funcionaría aún en esas circunstancias. Probaba distintas mezclas de microorganismos, esperaba algún día encontrar el consorcio adecuado para recuperar el suelo perdido, la combinación maestra que permitiría que el bosque brotara de nuevo. Necesitaba ganarle al tiempo, antes de que ya no hubiera nadie a quien le importara. Antes de que desaparecieran también los segundos y los días.
Conforme pasaban los años, la esperanza se diluía, pues apenas un puñado de hombres podía vivir como todos deberían y él no era uno de ellos. Tenía 50 años, hace 20 sus hijos y esposa murieron, una pandemia se los llevó. Ya no debía seguir luchando, había vivido lo suficiente: podía rendirse. Sin embargo, él seguía aferrándose a la vida, a la posibilidad de que otros la vivieran.
Caminó hasta una colina donde hace años los hombres elevaban plegarias a sus Dioses. Ruegos que nadie escuchó y que solo obtuvieron el trinar de las aves como respuesta. Ahí Xavier rezó por primera vez en mucho tiempo, pero no a dios. Le rezó al bosque, a las montañas, a la tierra: respondió el silencio. Con el murmullo en la boca se recostó sobre una piedra y cerró los ojos. Los recuerdos llegaban a su mente: su esposa le sonreía desde una escalera de camino al segundo piso del edificio donde ambos estudiaban microbiología, la veía joven con el cabello largo y la bata impecable. Justo antes de que él hiciera su transición. «Dana». Repitió su nombre y lo saboreó. Quisiera poder reunirse con ella, lo había intentado dos veces, pero antes de intentarlo una vez más recordó sus últimas palabras: «Vive, Xavier, enamórate de nuevo y olvídanos». No había logrado olvidarla y a eso apenas se le podía llamar vivir.
El silencio lo absorbió. Un breve temblor lo sacó de su trance, la roca en donde se encontraba se sacudió, él se levantó y saltó hacia un extremo. El movimiento aumentó, se volvió violento. La roca vibró casi como si tuviera vida y se rompió en pedazos. Xavier se quedó mirando la roca partida con la respiración agitada.
De la piedra solo quedó cascajo, pero de su centro comenzó a crecer una ramita verde. Xavier dio un par de pasos hacia ella, se quedó de pie mirándola, puso una mano en su corazón y una sonrisa se observó en su cara. Se dirigió hacia la rama, se hincó ante ella y acarició una de sus hojas recorriendo con las puntas de los dedos las nervaduras. Una lágrima le escurrió por la mejilla derecha y el labio inferior le temblaba. Comenzó a llorar y con su llanto regó la planta. La lluvia cayó y se mezcló con sus lágrimas, juntas formaron un río. Siguió llorando y la planta siguió creciendo. Creció y creció, hasta que fue un árbol pequeño.
Xavier se abrazó a él como si fuera uno de sus hijos, se aferró a su tronco sin parar de llorar, el árbol creció entre sus brazos. Continúo creciendo, se llenó de hojas, de flores, dio frutos. La vida se multiplicó sobre él, las raíces junto a la roca destrozada se cubrieron de líquenes; los insectos volaron entre sus ramas; las flores de las bromelias y las orquídeas lo llenaron de color. Era ya un árbol maduro. Xavier lo abrazó de pie ya sin una lágrima más que dar, pero la lluvia no se detuvo. El agua hizo que la selva recuperara su follaje y la inundó de vida. Toda la colina se llenó de musgos, de helechos, de hongos. Las ramas crecieron dónde antes había tocones y árboles muertos. Los grises dieron paso a los verdes. Xavier eufórico salió corriendo hacia la selva, la recorrió con las manos extendidas, tocando los nuevos brotes. Se agacho para tomar un puño de tierra, sintió el cambio en la textura, en el color y en su olor, olía a humedad y no a ceniza. Luego cerró los ojos y lo imaginó rebosante de bacterias, de hongos. Sonrió por un segundo, pero su sonrisa se transformó en una mueca de incredulidad. Apretó los ojos y se negó a abrirlos. El miedo lo invadió, dudaba de lo que había visto. Cayó al suelo de rodillas con los brazos caídos, pensó que todo podía ser una ilusión y que había llegado al límite. Por un momento dudó incluso si estaba aún en la selva. Sintió una opresión en el pecho. Temía lo peor, la locura antes que la muerte. Respiró hondo, olió la hierba bajo sus pies y oyó la agitación de las hojas, entonces abrió los ojos con emoción y siguió corriendo de alegría una vez más.
Fue en ese momento que la vio pasar, caminaba descalza por la selva y cada paso que daba florecía. Xavier fijó su mirada en ella, la mujer volteó lentamente hacia él, era idéntica a Dana con sus cabellos como zarcillos enormes y abultados, con sus labios gruesos que él tanto deseaba. Era Dana que se marchaba y se desvanecía de nuevo.
Xavier recorrió la selva buscándola, pero no la encontró. Agotado se detuvo, volteó a ambos lados buscando a su amada, jadeando se llevó ambas manos a la cabeza, se jaló el pelo y gritó su nombre. A sus espaldas el árbol de la roca se imponía como un coloso. Xavier corrió hacia él con la esperanza de verla una vez más. Llegó al árbol y trepó por sus ramas. Era inútil, ahí solo quedaba la selva. Xavier recargo su espalda en el árbol, cerró los ojos y evoco a Dana. Recorrió su rostro con las manos, la besó con suavidad una vez más y después la tomó por las caderas, mientras las lianas abrazaban su espalda y las espinas se clavaban en él. La vegetación lo fue rodeando hasta cubrirlo y lentamente se fue fundiendo con el árbol. Xavier ya no se movía, pero estaba vivo.
Por su parte Gaia sigue su andar, llevando en el rostro a toda la humanidad y en sus pasos la vida que marca para nosotros la hora final.
Fotografía tomada de Flickr
| José S. Ponce (Chimalhuacán, Estado de México, 1995). Biólogo y Escrito. Entre sus intereses se encuentran la ciencia ficción, la fantasía y el horror; la animación en todas sus variantes y la microbiología. Ha publicado en la Revista Exogénesis, Revista Teoría Ómicron, entre otros. |
