—Señor […]— llamó la voz pastosa y aguda de la secretaria. El aludido se desperezó mirando de reojo el acolchado sofá negro empotrado a la pared de su izquierda, completamente vacío. ¿Qué caso tenía, se preguntó, llamarlo por su nombre completo siendo que él era la única persona allí? Se levantó de la silla al tiempo que consultaba su reloj: había estado dormitando un buen rato en aquella minúscula sala de espera.

La soledad y la monotonía de la habitación le habían provocado una sensación de alejamiento. Le parecía de pronto que estaba a gran distancia del mundo, que la realidad flotaba en su memoria con la ligereza de un sueño, en vez de estarlo esperando del otro lado de una puerta. Lo hacía preguntarse qué significaría atravesar la otra puerta, a qué desconocida dimensión entraría.

La estancia no era demasiado espaciosa. Sería más o menos de siete metros por cinco por tres, según había calculado él durante su ociosa espera. Las paredes y el techo eran de yeso blanco, como en la mayoría de los edificios. Las baldosas cuadradas del piso eran blancas también. La luz, proveniente de una sola lámpara en el techo, abarcaba toda la habitación; casi se diría que no salía de ningún lado, sino que era un hecho natural del cuarto.

Desde la puerta de entrada, ubicada en la esquina, de madera café oscuro y un poco carcomida, uno se encontraba con el sofá. Al lado derecho de la puerta y en el extremo opuesto había algunas sillas forradas, negras también, en una de las cuales había estado él sentado. Frente a los sillones se ubicaba la ventana del cubículo de la secretaria. En el centro del cuarto había una mesita de sala cuadrada, de madera clara y con un gran vidrio; encima tenía cuatro o cinco revistas típicas de sala de espera, un cenicero completamente limpio y un juego infantil. De las paredes colgaban imágenes de pinturas famosas, con los nombres del pintor y el museo impresos debajo.

Por último, estaba la otra puerta, en el extremo más lejano del cuarto, junto al ventanal del cubículo, colindando justo con la esquina opuesta a la de la entrada. Una puerta blanca con una manija estándar también blanca, que llegaba del piso al techo. Una puerta, se le ocurrió pensar, de forma perfecta: todas las puertas son rectangulares, pero había algo en esta que lo acentuaba.

Por alguna razón sentía que las cosas ahí dispuestas no cuadraban con la habitación: la puerta de entrada, los asientos, la mesa, los cuadros. Todo, de alguna manera, chocaba con el ambiente, como emplastos inadecuados y poco naturales. Seguramente era por el color: lo blanco de las superficies, resaltado por la intensa luz, era lo que dominaba en el lugar, y lo demás parecía una impostura, una invasión del mundo exterior. Lo único que encajaba era la otra puerta blanca.

Se dirigió a la ventana del cubículo. Del otro lado, la secretaria sostenía el expediente que él mismo le había dado al llegar, hacía largo rato.

—El doctor lo recibirá ahora— aseguró ella con una cortés sonrisa mientras se lo tendía por el hueco bajo el vidrio. Dicho eso se levantó de su silla, se dirigió a la puerta, unos pasos a su derecha, la abrió y le dejó el camino libre.

Del otro lado, un largo pasillo empezaba a su costado izquierdo. Mismas baldosas, mismas paredes, mismo techo; pero esta vez no había muebles ni decoración a la vista. Las lámparas del techo eran de esas largas y planas cubiertas por paneles cuadriculados, y despedían una luz tan blanca como todo lo que las rodeaba. Caminando por el pasillo hacia él apareció un joven con bata, que le tendió la mano con amabilidad.

—Buenas tardes. ¿Es usted el paciente?

—Sí, soy yo.

—¿Me permite su expediente?

Él se lo tendió y el sujeto lo abrió para darle una rápida ojeada.

—Sí, muy bien. Acompáñeme.

El joven lo empezó a conducir por el pasillo. Él se sintió algo extraño dejando atrás su umbral, no se explicaba por qué. Recorrieron el pasillo, en toda su blanca monotonía, doblando un par de esquinas durante el trayecto. Cada tanto aparecía una puerta en alguna de las paredes o en ambas, pero casi no se notaban hasta que uno se acercaba: se camuflaban por ser del mismo color del pasillo.

Blanco, blanco, blanco. Costaba pensar que realmente se estaban moviendo. Finalmente se detuvieron en un recodo frente a una de las puertas.

—Pase, por favor—, le indicó el joven. Él entró.

La habitación era pequeña, mucho más que la sala de espera, y también mucho menos iluminada: la escuálida lámpara de techo emitía una luz tenue y amarillenta. Frente a la entrada había una camilla estrecha, ni mecánica ni móvil, con solo una sencilla almohada y el protector del colchón. A su lado ascendía una lámpara retráctil, semejante a la de los dentistas, con un foco de peculiar diseño tornado hacia abajo. En seguida había un aparato electrónico que visiblemente servía para monitorear algo, al cual estaba conectado mediante varios cables delgadísimos un objeto de tela que reposaba sobre la camilla. Fuera de eso, lo único que había en la habitación eran una silla en la esquina y una tosca cómoda de metal. Al costado del cuarto había otra puerta más.

Los estaba esperando otro doctor, un sujeto de cabello y barba negros con algunas canas, quien usaba unos enormes lentes cuadrados de armadura gruesa.

—Saludos— dijo el personaje —ya estamos preparados para empezar. Tengo entendido que ya se ha hecho este estudio antes.

—Sí, una vez, hace varios años.

—Bueno, para refrescarle la memoria se lo resumiré: le colocaremos este gorro— señaló al objeto de tela —y unos cuantos electrodos. La lámpara emitirá una serie de destellos y nosotros observaremos las reacciones del cerebro desde otra habitación. Pero el estudio consiste también en otras cosas: la máquina…

Ya no puso demasiada atención. Decían que ellos le irían diciendo qué hacer desde el otro cuarto, así que no necesitaba saber nada más por el momento. Acabada la explicación, se sentó en la cama y el más joven le colocó en la cabeza el gorro cableado, que tenía un broche para ajustarlo bajo la mandíbula. Después le indicaron que se acostara, lo cual tuvo que hacer muy cuidadosamente debido al cablerío que ahora llevaba en su cabeza, mientras ellos dos colocaban electrodos en la parte inferior de su cuello y en algunos puntos del pecho.

—¿Cuánto durará esto?— preguntó.

—Una hora y media, más o menos.

Una vez que terminó la instalación, ajustaron el foco de la lámpara justo encima de su rostro y anunciaron que ya iban a comenzar. Salieron por la segunda puerta y apagaron la luz, dejando la habitación en penumbras, aunque todavía asomaba la luz del pasillo a través de la puerta entreabierta. Se alcanzaban a distinguir todos los objetos de la habitación, pero ensombrecidos. Antes de retirarse, el mayor se volvió a dirigir a él:

—Intente estar lo más relajado posible. Si le da sueño, duérmase. De hecho, lo ideal sería que durmiera un poco.

Acto seguido desapareció rumbo a la sala desconocida, dejando la puerta entreabierta.

Él intentó acomodarse. No era tan fácil con tantas cosas conectadas a él, especialmente al gorro en su cabeza, que le hacía sentir punzadas molestas cada vez que se ladeaba mínimamente. Resignado a no moverse ni un centímetro durante hora y media, le dio un último recorrido con la mirada a la habitación, cerró los ojos y esperó.

Abría y cerraba los ojos, los cerraba y los abría. Seguía acostado bocarriba en la camilla, en medio de la habitación sombría, con todos los cables conectados a él. Ya habían pasado muchos minutos. Varias decenas de minutos. Una hora entera, quizá. El tiempo se hacía tan lento que no había manera de saberlo. Estaba adormilado, no había conseguido dormirse.

Hubo una sucesión de luces alucinantes, que producían imágenes con patrones extraños, como decorados estridentes en las paredes de algún sitio clandestino. Le habían pedido que contara sonidos, emitidos por la máquina; que hiperventilara intencionalmente; que respirara con lentitud; que contuviera la respiración. Ahora le habían dicho que se relajara. Estaba solo acostado en la habitación en penumbras. Ni siquiera estaba recibiendo instrucciones, era como si los médicos se hubieran desvanecido.

Abría y cerraba los ojos, los cerraba y los abría. Veía el techo. Veía lo demás. Volvía a ver el techo.

Pensó en lo mal que se había sentido últimamente. Si no, no estaría en ese lugar. Pensó en la habitación. Pensó en la cama. Pensó en los cables. Pensó en quienes supuestamente lo monitoreaban en otro cuarto. Pensó en ese cuarto invisible desde el cual supuestamente lo monitoreaban. Pensó en el pasillo por el que había llegado. Pensó en la sala de espera. Pensó en la puerta de la sala de espera. Pensó en lo que había del otro lado de la puerta de la sala de espera. Una sucesión de pensamientos ligeros, sin palabras. Todo eso parecía tan lejano, tan remoto, tan irreal… y, conforme pasaban los minutos, se iba alejando más y se iba volviendo más remoto e irreal, como un sueño. Todo lo que parecía existir eran ese allí y ahora. Él, con los cables, acostado bocarriba en la camilla, dentro de la habitación en penumbras. Ni afuera, ni pasado, ni futuro. Solo ese momento atemporal, eterno.

Abría y cerraba los ojos, los cerraba y los abría, los mantenía entreabiertos, los mantenía entrecerrados, los mantenía entreabiertos y entrecerrados, entrecerrados y entreabiertos… ya no sabía si estaban abiertos, o cerrados, o entreabiertos, o entrecerrados, o entre todo. Miraba el techo, miraba las paredes. Volvía a mirar el techo, veía la habitación… y ya no sabía si veía la habitación o se la imaginaba, o si estaba viéndola a medias, o si tenía los ojos abiertos o cerrados, o más abiertos que cerrados, o más cerrados que abiertos… solo veía la habitación… y la habitación se difuminaba, se opacaba, se confundía. Él ya no sabía, ya no sabía…

Las texturas se desdibujan y desaparecen, se vuelven lisas, completamente lisas. Los colores palidecen poco a poco hasta llegar al blanco, un blanco puro. Las cosas se transforman, las líneas desaparecen, las formas se cuadriculan. Los objetos se mueven, crecen y se encogen, se amplían y se contraen, y cada objeto se metamorfosea en un gran cubo blanco, completamente liso, puramente blanco. Las cosas pequeñas se retuercen hasta ser cubitos blancos que se sumergen dentro de cubos más grandes, como un elevador que desaparece; a las cosas medianas las absorben el piso y las paredes, que se emblanquecen y cuadriculan. Todo se transforma en grandes cubos blancos, perfectos e idénticos. Las mesas son cubos, las camas son cubos, las paredes y el piso y el techo están hechos de cubos que forman un piso cuadriculado, unas paredes cuadriculadas, un techo cuadriculado. Y los objetos convertidos en cubos blancos se desplazan y se sumergen, el piso cuadriculado como un elevador que desaparece. Todo son cubos lisos y blancos. Grandes cubos que emiten su propia luminosidad. Ese era el mundo.

Él se levantó aturdido, respirando fuertemente. Ese era el mundo. Ese era el mundo. La única idea en su cabeza: ese era el mundo. No había nada más. Todo era un montón de cubos blancos que se transformaban. El mundo era ese: una construcción de grandes cubos blancos. Todo era una ilusión total. “Éste es el mundo”. Pero el mundo se había descuidado. Él, en su duermevela, lo había confundido y lo había hecho cabecear también, y así el mundo había acabado por delatarse. La ilusión había desaparecido. Y él ya lo había visto.

Algo lo sacudía, algo angustioso. Su corazón latía a una velocidad desproporcionada, su cabeza no podía pensar con claridad. En su mente ametrallada solo una frase logró tomar forma: “¡Tengo que salir de aquí!”

El mundo ya se había dado cuenta de su descuido. Los objetos empezaron a resurgir para volverse a formar, las texturas quisieron regresar, pero ya era tarde: él ya lo había visto todo. Se arrancó de un golpe el gorro y los electrodos y los arrojó a la máquina, que ahora era solo un gran cubo blanco que había permanecido fuera del suelo y que los absorbió de inmediato; saltó fuera de la cama, que ahora era solo un grupo de cubos blancos; corrió hacia la puerta, que ahora era un hueco en la pared de cubos blancos; y salió a toda velocidad al pasillo, que ahora era un túnel luminoso de cubos blancos.

El mundo se estaba espabilando e intentaba retomar el control. Mientras él corría por el pasillo, vio cómo las paredes de cubos se movían; los huecos que habían sido puertas se ensanchaban, y las paredes también, y el techo subía y bajaba. Detrás de él, la habitación de la que había salido se contraía hasta desaparecer. Entonces, comprendió algo aún peor: no solo era un mundo de grandes cubos blancos luminosos, era siempre el mismo espacio formado por cubos; cuando él se movía los cubos lo seguían, se cerraban tras él y le abrían espacio al frente, quedándose con la apariencia de un paisaje. El mundo era siempre los mismos cubos que se movían. Estaba aprisionado.

Corría a toda velocidad, tratando desesperadamente de averiguar cómo salir de allí, mientras el pasillo empezaba a retransformarse para detenerlo. Los cubos no podían deshacer su propia obra tan rápido. Era una cerrera. Los agotaría. No sabía cómo, pero tenía que lograrlo: agotarlos y confundirlos hasta que encontrara la salida y ellos no pudieran evitar que escapara. Tenía que salir de ese mundo primigenio.

De repente, del piso emergieron dos idénticas figuras humanoides: seres de cubo que salieron de los cubos como seres de lodo que salen del lodo. No tenían cara, ni dedos, ni cabello, ni rasgos de género, ni ropa; eran maniquíes vivientes, tan lisos y blancos como los cubos de los que habían surgido.

Los seres de cubo se dispusieron a interceptarlo. Él golpeó a uno, buscando derribarlo, pero cuando su puño se impactó sintió un dolor inmenso, como si aquello estuviera hecho de diamante. Las creaturas lo rodearon y sujetaron para intentar contenerlo; él se resistía, pero la fuerza de los captores era superior. Su mente, acelerada por el pánico, logró ver las posibilidades. Dejó de forcejear un segundo, reunió sus fuerzas y en un empujón explosivo logró desequilibrarlos y azotarlos contra las paredes. No se hicieron ningún daño, pero la inercia del golpe los hizo ceder y él se escurrió para salir corriendo de nuevo, con los brazos y el puño adoloridos.

Detrás de él escuchó a los seres de cubo lanzarse a perseguirlo y supo que pronto lo alcanzarían. Entonces, vio a un tercer ser de cubo emerger a unos pocos metros de él. Desesperado, dio la vuelta y se metió por uno de los huecos que habían sido puertas. Allí había otro hueco; qué suerte, pensó, podía seguir huyendo, pero cuando intentó cruzar se dio de bruces: la pared del otro lado se había desplazado con más rapidez de la que pudo calcular y le había cerrado el paso. Quiso dar la vuelta, pero la pared opuesta ya se le había adelantado: se acercó aceleradamente hasta tragarse el hueco por donde había entrado. Los cubos lo habían acorralado.

Las paredes se cerraron aún más hasta dejarlo atrapado en el espacio de un cubo de ancho. Los cubos a sus costados también se desplazaron hacia él, entonces, quedó atrapado en el espacio de un cubo de ancho y un cubo de largo. El techo de un solo cubo que quedaba sobre él descendió hasta estar justo sobre su cabeza, dejándolo completamente aprisionado dentro del espacio mínimo que ocupaba en la cuadrícula del mundo de los cubos. Ahora sí estaba encerrado.

Golpeó desesperado las paredes con los brazos, con los codos, con las rodillas, con las piernas y con las puntas de los pies, pero solo se hizo daño. Los cubos no se movían. Azotó sus puños una y otra vez, soltando alaridos de rabia. Quería hablar, exigir, ordenar, pero en su cabeza no alcanzaban a formarse más palabras ni oraciones. Solo podía golpear los invulnerables cubos y sentirse adolorido e impotente.

Finalmente, guardó un breve silencio para tomar aire y escuchó el ruido de todos los demás cubos que se movían alrededor de su cápsula: se estaban reagrupando en torno a la minúscula jaula donde lo habían encerrado, envolviéndolo en una prisión más y más gruesa. En el cubo que tenía frente a su cara, justo ante sus ojos, se empezó a formar un nuevo color, como una fuente de luz distinta, amarillenta, que se hacía más fuerte y nítida. De pronto se hizo un destello que lo deslumbró. Fue incapaz de volver a abrir los ojos ante la nueva luz que atravesaba sus párpados, solo se retorció angustiado. La luz se convirtió en una veloz secuencia de destellos con patrones extraños y cambiantes. Luces aceleradas, parpadeantes, cegadoras, convulsionantes, que cambiaban y seguían, y cambiaban y seguían, cambiaban y seguían. De pronto, se acabó.

Abrió los ojos pesadamente. Empezó a reconocer la habitación en penumbras, las texturas, los colores; la camilla, la lámpara, el gorro con el cablerío, la máquina, la cómoda, las dos puertas. Su vista cobraba nitidez, su memoria se reorganizaba; volvían los nombres de las cosas, las razones por las que estaba allí, la sensación de temporalidad, la consciencia de su cuerpo.

Todavía no acababa de despertar cuando alguien atravesó la segunda puerta y se dirigió hacia la cama. Era el doctor mayor.

 —¿Está usted despierto?— preguntó. Él respondió moviendo la cabeza.

—¿Cómo se sintió? ¿Pudo dormirse?

—Creo que sí— masculló él.

—Bien. Ya puede levantarse, el estudio terminó.

Él se incorporó lentamente, sintiendo todavía una cierta pesadez. El doctor más joven ya había entrado y procedió a desinstalar el gorro y los electrodos. Mientras tanto, el otro hablaba; le daba instrucciones de algo o le explicaba lo que había pasado, no lo sabía bien… había muchos tecnicismos en sus palabras. Él todavía estaba ido, lejos de la habitación donde un médico le quitaba unos cables y otro le decía cosas a las que no lograba poner atención. Algo le obnubilaba los pensamientos, pero no sabía qué era. Nada identificable. Creyó recordar que había soñado con algo ¿Qué era?

—… le tendremos listos los resultados en aproximadamente una semana. Nosotros lo llamaremos. Puede venir a recogerlos cuando quiera a partir de entonces.

—Sí, gracias.

*Una versión de este texto fue publicada el 14 de septiembre de 2016 en Área de No Leer.

Imagen tomada de iStock

Rodrigo Ruiz Spitalier (Ciudad de México, México, 1994). Escritor, articulista y corrector de estilo en el Programa Universitario de Bioética de la UNAM. Estudió la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus intereses se centran en temas literarios, filosóficos e históricos. Ha escrito para el espacio Una vida examinada: reflexiones bioéticas publicado en Animal Político.

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