Teníamos apenas un año de casados cuando me confrontó en el comedor de la casa. 

—Tengo una amante —dijo. 

No supe qué responder. Eran los primeros días de marzo, hacía un poco de frío, pero la primavera se anunciaba en los retoños, en los brotes que empezaban a florecer en el jardín. Habíamos comprado una mecedora para leer a la luz del sol rodeados de geranios. 

—Hijo de puta —dije—. ¿No pudiste esperar un poco más, un par de años al menos? Acabamos de pasar las vacaciones con tu familia. 

Bajó la vista. Parecía apenado, en cierto modo. 

—No es algo que hubiera estado buscando. Solo ocurrió. 

—Las enfermedades ocurren, con una chingada. Los amantes se eligen. 

Pensé que me pediría disculpas, pero sacó despacio el celular y buscó entre su galería de fotos. Encontró lo que buscaba, subió el brillo de la pantalla y me extendió el dispositivo. 

—Es ella. 

Lo que me impresionó no fue que se tratase de una joven hermosa, de labios gruesos, enormes tetas y piel blanca, sino que la imagen que me mostraba no era la de su perfil en alguna red social. Era una fotografía que había sido tomada, descargada o compartida en específico por él o para él. Había sido el resultado de una acción inundada de ternura, íntima. Este hecho me dolió incluso más que el saber que lo habían estado haciendo a mis espaldas durante solo Dios sabe cuánto tiempo. 

—Esa niña debe tener veinte años, Joaquín. ¿No pudiste agregarle un poquito de originalidad a tu crisis de la edad? Es tan obvio que da risa. 

Pensé en rematar con un segundo “hijo de puta”, pero el insulto hubiera sido redundante a estas alturas. Le devolví el celular en el que se observaba a la muchacha tetona y de cabello cobrizo. Coloqué la taza de té que tenía en la mano izquierda sobre la mesa, en una posición cómoda para cuando tuviera que vaciarla sobre su mentirosa cara. 

—Tiene veinticinco. Terminó la universidad el semestre pasado. Se inscribió en la maestría, es demasiado madura para sus años. 

—¿Madura? —llegados a este punto no pude contener una carcajada cínica— No me hagas reír ¡Yo soy madura! Lo que quieres decir es que tiene la piel suave y pesa sesenta kilos, lo que deberías estarme diciendo es que es tan impresionable que le parece romántico enredarse con un antropólogo.  

—¿Lo ves? Es imposible hablar contigo. Siempre conviertes en una confrontación todos nuestros encuentros. Trato de compartirte mis sentimientos y tu primera reacción es hacer un drama en torno a tu persona.

Arrojé la taza de té por encima de su cabeza. Se estrelló en un estruendo y varios fragmentos de cerámica blanca salieron volando en todas direcciones. Se llevó la mano a un costado del rostro, como si uno de ellos lo hubiera alcanzado, cosa que no había ocurrido. No tenía intención de golpearlo. Soy una mujer pragmática y me estresan los procedimientos legales, de ninguna manera haría algo que pudiera prolongar un divorcio. 

—¡Tú, puto despreciable, pedazo de basura humana! ¡Tienes cuarenta y siete años! ¿Cuánto tiempo crees que le tome a la señorita tetas perfectas darse cuenta de que no eres más que un pobre diablo inseguro, poco interesante y sin talento? ¿Cuánto tiempo crees que le tome a la naturaleza quitarte la poca belleza que te queda? 

—No quiero pelear. Todavía te amo. Las quiero a las dos. 

—¡¿No quieres pelear, no quieres pelear?! ¡Voy a darte algo para que puedas pelear, cara de culo!  

Subí frenética las escaleras y lo dejé parloteando. Cuando se trata de temas del corazón, puedo ser rencorosa hasta el extremo. Lo primero que hice fue revolver la cómoda y el buró de noche. Encontré lo que estaba buscando: un armatoste de papeles caligrafiados, con manchones en color rojo, anotaciones en los márgenes y enmiendas por todos lados. 

Allí estaba lo que Joaquín tenía que decirle al mundo: un montón de basura sin pies ni cabeza, ¿era una novela, un ensayo, un artefacto fronterizo? Ciertamente no era poesía, aunque Joaquín hubiese coqueteado con la idea del acto poético durante décadas. Había leído varias de esas páginas antes y, sin estar calificada para hablar de crítica literaria, podía asegurar con certeza que no ganaría el Pulitzer. También podía dar fe de que había trabajado en ellas más horas de las que podía recordar. 

Dejé los folios sobre la mesa, me puse lo primero que encontré en el closet y me amarré el cabello. Vi mi rostro en el espejo y pensé en ponerme rímel, pero el tiempo apremiaba. Metí las páginas como pude en mi bolso y bajé de prisa. En la mesa del comedor estaban las llaves del auto, pero no me sentí con los nervios suficientes para conducir en Ciudad de México dadas las circunstancias. Descubrí que Joaquín no estaba por ningún lado y me alegré de que las diosas de la venganza estuvieran de mi lado.

Caminé sobre avenida del Hueso en dirección hacia Miramontes. Pensé que lo más difícil sería dar explicaciones a nuestros conocidos. Aceptar la derrota, en especial cuando muchas personas me aconsejaron no casarme. Mis amigos me dijeron: “no tienen nada en común”. Mis amigas dijeron: “es un aburrido del demonio, no va a conciertos, no baila, lo único que tiene son citas de Homero”. Lo que ellas no entendían es que a mí los versos homéricos me remitían a la belleza y a la verdad. La verdad es lo bello, es algo que dijo Keats en alguna ocasión. Al mismo tiempo, todos saben que Keats era una persona desequilibrada incapaz de amar. Así que ahí lo tienen, debí saberlo.

Nos conocimos en un taller de poesía cinco años antes de celebrar nuestro matrimonio. Lo del taller de poesía fue una idea de mi madre, que en paz descanse. Las veces que asistí fue en calidad de oyente, cuando iba a recogerla para llevarla a casa. Mi madre empezaba a tener problemas de la visión y le retiraron la licencia de conducir después de una serie de accidentes viales en los que algunos autos se vieron severamente dañados. 

—Si hubiera sabido algo de poesía cuando era joven —decía—, nunca me hubiera fijado en alguien tan bruto como tu padre. 

Mi padre era un buen tipo. Al menos así es como lo recuerdo, pero una mañana tomó su saco de pana y no regresó. Una semana más tarde envío una mudanza a recoger algunas de sus cosas, pero no se atrevió a enfrentarse a mamá. Después supimos que tenía otra mujer con la que había engendrado dos niños pequeños, varoncitos, nada de mujeres, así que, supongo, optó por la mayoría numérica.  

Un día, mi madre me subió al auto y me llevó a la nueva casa de mi papá. Vivía lejos de Coapa. Compró una pequeña casita para su nueva familia en la delegación Iztacalco, en una colonia popular de la que a veces se decía que ocurrían demasiados hechos violentos. Yo tenía catorce, ya no era una niña, pero me sentía angustiada, triste. Nunca fui capaz de enfrentarme a mi madre, incluso en mis peores años de adolescencia. 

Nos paramos enfrente de la casa. Mi madre fumaba con la ventanilla del conductor a medio bajar. Esperaba a que ella se apareciera enfrente de nosotros.

—¡Viejo ridículo! Es por lo menos veinte años más joven que él. ¡Mírala!, ¡Mírala! ¡Es tan obvio que da risa! 

Lo que pude ver desde donde estaba era a una muchacha apenas unos ocho años más grande que yo. Cargaba a un bebé de brazos y un niño en edad de ir al jardín de niños caminaba a su lado. Tenía una cara bonita, pero las carnes le sobraban a la altura del abdomen, producto, imaginé, de haber dado a luz a dos niños regordetes. 

 Pensé que mi mamá iba a cometer alguna barbaridad, pero solo negó con la cabeza. 

—Pobre criatura —dijo. 

Al taller de poesía asistían personas de distintas edades. Adultos mayores, jóvenes de edad indeterminada, personas de mediana edad. Mi madre era efusiva con todos, en especial con Joaquín que era alto, blanco, delgado y de buena familia. Yo saludaba a los presentes con educación, pero había terminado una relación tan larga que se sentía como una vida entera y no estaba allí para hacer amigos. Una vez que enfermó, mamá dejó de asistir al taller, pero mantenía ocasionales llamadas con algunos de los aspirantes a poetas. 

Cuando la enterré en el panteón de San Fernando, Joaquín y una señora mayor fueron las únicas personas de ese grupo que asistieron a la ceremonia. Le di mi teléfono y él fue la persona que más me ayudó a superar esa pérdida. Tuvimos un noviazgo intenso y feliz durante dos años, después nos casamos y le bastaron apenas doce meses para aburrirse de mí. 

Me tomó quince minutos llegar a pie a Galerías Coapa. Si hubiera sabido de poesía cuando era joven… bueno, sobre poesía lo único que sé es leer: cuando mamá enfermó empecé a leer a un montón de poetas, muchas veces sin entender palabra alguna. Cuando me junté con Joaquín, me sentí por primera vez rodeada de versos impresos, de libros delgados en cuyas palabras encontré algo parecido a la verdad. Me sentía extasiada por la poesía y el amor.  

La primera vez que se quedó en mi casa descubrí que tenía un carácter delicado a pesar de la edad. Me di cuenta de que le apenaba mostrar su cuerpo frente al mío. Yo, bella, lo que se dice bella, no he sido, pero sí que he sido delgada, atractiva, guapa incluso. Cuando era joven tuve una larga lista de pretendientes y puede decirse que estoy acostumbrada al deseo del otro. 

—¿No te molesta si apago la luz? —preguntó con voz dulce. 

—No, por supuesto, pero me parece un poco anticuado —dije con una sonrisa. 

—Eres la mujer más hermosa que he conocido —dijo el bastardo mentiroso. 

Lo primero que vi al entrar al centro comercial fue la imagen de jóvenes amantes tomados de las manos, los cuerpos delgados y hermosos. Los centros comerciales y los espacios públicos fueron hechos para explotar la ternura. No supe por qué no había sido capaz de detenerme en cualquier momento del camino para destruir la basura que había escrito Joaquín. Yo dije en una ocasión que era capaz de lastimar a alguien tan hondo como me hubieran lastimado. 

Ahora bien, hubiera podido entender todo aquello, el abandono, la falta de compromiso, si hubiéramos atravesado por hondos océanos de emociones. Si nos hubiéramos hartado de amarnos a base de rutinas y veranos a cuestas, pero solo llevábamos dos años de noviazgo, uno más de matrimonio. ¿Cómo puedes dejar de amar a una persona en tres años?

Sobre crisis de la mediana edad, tengo una amiga que descubrió que su esposo era gay en su décimo aniversario de bodas. Me parece hermoso. Manuel ahora se viste con gracia, lleva el cabello largo y cuando la situación lo permite, puede maquillarse los ojos y ponerse tacones; es como un nuevo renacer. Yo soy toda a favor de los renacimientos, pero cuando se trata de crisis de manual, me hierve la sangre. 

Entré a una prestigiosa tienda de ropa. Me dediqué a mirar sin ganas los conjuntos para dama. Me llamó la atención un bonito vestido de primavera, era de algodón verde con discretos patrones florales en colores blanco y rojo. No muy lejos de mí, una joven de unos veinticinco años acomodaba la ropa que otras clientas dejaban de cualquier forma sobre los racks. Era alta como una torre, de complexión atlética y de rasgos finos. La piel hermosa y perfecta, el cabello negro hasta los hombros. Me quedé un poco paralizada ante la presencia de la belleza. 

La dependienta se dio cuenta de que la veía y se acercó hasta mí. 

—Tiene un excelente gusto. Ese vestido es precioso y justo para su edad, todavía tiene una figura perfecta, ¿es para una ocasión especial?

Ocasiones especiales. Todo es especial en el preludio de la vida juntos y en el segundo y el tercer día, cuando te encuentras bajo la luz del amor. No sé por qué, pero estar al lado de esta diosa hizo que me doliera el alma. De pronto, me pareció urgente preguntarme: ¿Cómo fue amarme?, ¿fue fácil?, ¿fue un esfuerzo constante?  

—Me lo llevo —dije, y no pude evitar ponerme a llorar. 

Cuando regresé a casa, Joaquín seguía sin aparecer. Me pasé la tarde llena de vergüenza y odio, los folios y el encendedor sobre la mesa. Cuando se hizo de noche, salí a fumar a la calle. Doc, el perro del vecino, un lomito grande mezcla de labrador con mestizo, movió la cola de un lado a otro al verme. Corrió hasta mí con sus ojos negros llenos de luz. 

—¿Cuál es tu historia, baby? —pregunté al perro, segura de que, hasta el día anterior, hablar con los animales me hubiera parecido ridículo. 

El perro me respondió con ladridos emocionados y se sentó sobre sus patas traseras, expectante, inclinando la cabeza para que pudiera acariciarlo. Parecía que tenía importantes cosas que decirme en un lenguaje que al mismo tiempo me era extranjero y vagamente familiar. 

—No me digas que eres de la idea de que hay cosas peores que convertirse en la dejada, Doc. ¿Cómo es que pasas todo el tiempo en la calle? Uno de estos días voy a ir hasta tu casa y les armaré una bronca de proporciones bíblicas a tus tutores.

Dejé entrar a Doc al patio de mi casa. Cerré el portón y me quedé un rato observando al perro correr y jugar libre entre los geranios. No era su intención, pero hacía un desastre. Imaginé que algo de mí moriría junto a esas plantas; no me pareció una idea tan terrible. ¿Qué es vivir de todas formas, sino morir?

Imagen tomada de Pinterest.

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Escrito por:paginasalmon

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