El punto, la línea, el plano, el volumen son un lugar habitable, una piel abstracta. La sensación de vértigo cuando veo las nubes, cuando convierto al techo en piso, cuando fijo la atención en un lugar se convierte así en una colisión entre las formas que me habitan y la conciencia de una casa inasible en el vacío del espacio. La incomodidad que siento en mi cuerpo es una manera de retraerse o expandirse sobre el dominio de la ausencia. Un ejemplo claro: a veces, cuando platico con alguien, me descubro angostando los brazos, subiendo mis hombros casi para pegarlos con mi cuello, como una manera de disminuirme, de enfrentar a mis casi dos metros de altura y a la imposición de andar por el mundo golpeándome la cabeza en los marcos de las puertas o en los autobuses pequeños. No es casualidad: más de una vez una persona que solo me conoce en redes sociales o que me vio al principio sentado me hace un comentario al respecto de mi altura. Más allá de volver este escrito una queja, lo que quiero decir es que mi intento de compensar la altura con un encogimiento de hombros y una cabeza gacha es parte de un conflicto contra el espacio, de un reconocimiento acaso excesivo de mi presencia. Cada persona lo vive de una forma distinta, a su modo, estiramos la tensión entre la piel y el aire que la contiene como si no fuera ya un logro mantener una relación entre el adentro y el exterior, entre los órganos y ellugar que los rodea.

La primera vez que tuve una certeza sobre este asunto fue cuando conocí Las espigadoras de Jean François-Millet. Una obra hecha en 1857 y que se popularizó por haber formado parte de la película Las espigadoras (2000) y yo, de Agnès Varda. Por ese entonces había decidido empezar clases de pintura como una manera de extender mis intereses hacia otras disciplinas en lo que lidiaba con una carrera que terminaría por abandonar un par de años después. Un día llegó el maestro con un juego de fotocopias. Las clases anteriores nos habíamos dedicado a hacer el círculo cromático, a conocer los trazos y las texturas, a convertir las figuras geométricas en dibujos sencillos. El maestro fue lugar por lugar y dejó sobre nuestras mesas manchadas una copia a blanco y negro de la obra de Millet.

El reto era el siguiente: copiar la obra a lápiz lo más cercano posible a la original. Esa tarde fui a una papelería y conseguí lápices de diferentes durezas, luego en mi casa empecé con un punto que se convirtió en mancha y se extendió a su alrededor bajo los matices del blanco al negro. Dos descubrimientos: lo mucho que cambiaba un detalle cuando se le daba un poco más de luz u oscuridad; la facilidad con la que el vacío de la página en blanco cedía para integrarse con la totalidad del dibujo. La práctica sobre el papel ensanchó la forma en que me relacionaba con otros aspectos de mi vida. Las espigadoras me ayudaron a recolectar en la experiencia un trigo que me mostró la relación entre mi cuerpo y el espacio. Si uno observa el cuadro descubre que, en la parte a ras de suelo, la sombra se esparce dejando entrever unas espigas dispersas, toca los faldones de las tres figuras centrales, sube por sus ropas y cubre sus caras. Salvo por la mujer que se encuentra a la derecha, las otras quedan cubiertas por el juego de sus propios gorros. En el punto medio una claridad grisácea irrumpe, satura los colores y, aunque se mantiene un cielo opaco de atardecer, contrasta con el piso oscuro. Lastres protagonistas flexionan su cadera para recoger los restos del trigo que, de otro modo, pasaría a formar parte del alimento pajaril o del sustrato que alimentará la siguiente cosecha.

La escena del fondo parece colectiva, los montones de trigo y los cuerpos humanos se confunden como si se trataran de una misma cosa. Imposible distinguir las acciones, los almiares, las carretas, los graneros y los árboles a menos que se haga zoom sobre la pantalla o se acerque la vista. Entonces el horizonte cobra sentido, las figuras adquieren volumen y ya no se puede dejar de ver la escena. Hacia arriba, lo que parece ser una parvada de pájaros casi sale del perímetro y el resto del espacio hacia la izquierda no es más que la intuición de nubes, un largo camino lila que contrasta con la oscuridad de la tierra.

Parte de lo anterior no es más que un invento. Cuando realicé el ejercicio busqué redondear mi experiencia con el dibujo y no tanto comprender la historia real de la obra. Me llevó un par de semanas, al final me quedó una versión a lápiz y la certeza de que el vacío aparente de una página en blanco lo era en la medida en que no pasaba a formar parte de las sombras que componen un dibujo.

A partir de entonces descubrí que con mi cuerpo ocurría un procedimiento semejante: el espacio era una página en blanco que me excedía, un choque entre la manera en que mi cuerpo habitaba el mundo y la idea que mi mente se hacía de ese habitar. Y creo que la intuición del choque entre el interior que nos percibe de una manera y el exterior que nos excede es lo que me provoca el vértigo, el desprendimiento, la inseguridad. Estamos demasiado llenos de espacio, todo el tiempo en lid con su natural ceder y con su materialidad ausente. Contenedores de órganos, contenidos a su vez por una fragilidad que riela solo cuando se pone en crisis su perímetro, cuando se niega el movimiento. Dos de las tres figuras centrales en Las espigadoras parecen, más que recoger trigo, estar a punto de sostenerse en él. Tal vez intuyen (o Millet es quien lo hace) que pudieran desprenderse de su realidad y descubrir en la extensión de un brazo la tirantez entre su epidermis y el aire que la contiene. Una casa de viento que cede como una fruta a la mordida de un cuerpo.

Encontré en el dibujo la expresión de esas ideas en un procedimiento metafórico que me interpeló cuando llegué al último trazo. No me era posible cambiar mi relación con la apariencia física, pero encontré un equilibro en vivir con ello. Sé ahora que la impresión que causo en otros no es necesariamente una impresión que me pertenezca. Y, aunque dejé las clases de pintura, a veces cuando hago limpieza de mis papeles reparo en el dibujo de las espigadoras y creo hallar en él un recordatorio de la pintura que habito.

Imagen tomada de boredart.com

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Escrito por:paginasalmon

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