Hay un cerco de chiltepín que delimita mi geografía y mi memoria. Un río ahogado en su sequía me bordea, las águilas reales me sobrevuelan. Soy la apodada Ciudad de los Portales, pueblo nacido de minas y arboledas. Mis grietas en la tierra y en el adoquín vomitan los huesos y las vísceras de los muertos intentando materializarse de nuevo en el suelo que les fue arrebatado. Buscan huir del infierno no por inclemente, sino porque nadie les advirtió del reciente hacinamiento de almas.

Beatriz coleccionaba sus noches de insomnio como medallas a su temple. Cada mañana brincaba de la cama, azotada desde el atardecer por un fusil que apuntaba justo detrás de donde colocaba su almohada. El arma de fuego intensificaba su golpeteo y los gruñidos en francés y en yaqui reverberaban en los muros de adobe. No piensen que Beatriz era ingenua, ya había movido la cama por todos los posibles rincones de su hogar pero los soldados siempre la encontraban. 

Después de levantarse y vestirse, doraba una tortilla de harina con frijoles puercos y corría a la secundaria donde impartía clases de todas las materias disponibles. Beatriz era de mis habitantes favoritas, una de las únicas maestras que enseñaba meramente por vocación. Ella era consciente de que podía ganar más de mesera en alguno de los restaurantes acudidos por los turistas, rodeada de foráneos y extranjeros, recibiendo propinas en dólares.

Sus jornadas laborales que tanto valoraba empezaron a asfixiarla, sus alumnos eran como chollas y escorpiones adheridos a su piel, sin poder arrancárselos de encima por ocho horas consecutivas. En ocasiones sólo lograba mantenerse despierta gracias a las corrientes de sudor que le escurrían por su cuello, espalda y senos con más ímpetu que el flujo de mi querido río Cuchujaqui, que de tan poca agua ya hasta mudo había quedado.

Beatriz creció entre historias de fantasmas. Aprendió a recitar leyendas antes que a rezar. Después de todo mi nombre se popularizó gracias a las historias de mis callejones y casonas. Pero una cosa era preservar el mito y la costumbre y otra muy distinta que un grupo de soldados difuntos de la batalla de 1865 te mantuvieran sin poder conciliar el sueño.

Modorra y con las tripas rugiéndole, Beatriz entró a la parroquia buscando al Padre Félix, un probable exorcismo y un refugio del estío. No era horario de misa y la oficina parroquial se encontraba cerrada con llave. Beatriz se sentó en una de las bancas esperando que el sacerdote regresara un poco antes de la próxima misa. Esperó casi una hora y, al decidir marcharse, vio al Padre Félix entrando al templo con su sotana negra y una gorra azul de uno de los equipos de béisbol del estado. Beatriz corrió hacia el sacerdote, como si este se le fuese a escapar, y le contó el motivo de su visita.

—Qué cosas dices hija, cómo vas a necesitar un exorcismo, si son las ánimas de los que fallecieron en la batalla de este pueblo hace 160 años, durante la Segunda Intervención Francesa en el país. Franceses se dieron en la madre con yaquis, mayos y coras. Nadie regresó, todos quedaron enterrados aquí. Los exorcismos son para gente poseída por demonios.

—¿Entonces qué puedo hacer para que descansen en paz y me dejen a mí descansar también? —respondió Beatriz, exasperada.

Agudicé todos mis muros, calles y tejados. Yo también esperaba desesperadamente la respuesta del sacerdote. En los más de 300 años desde mi fundación jamás había sentido choques y patadas desenfrenadas desde el subsuelo. Muchísimo menos presenciando las grietas que escupían huesos y vísceras que los vecinos barrían por la mañana repitiéndose su propia mentira, que eran de perros y gatos cazados por los ocelotes.

—Tienes que encontrar a los muertos. No a los de antaño que llevan siglos bajo tierra. Ellos te molestan porque quieren volver a este pueblo e intentar redimirse de alguna manera que logre otorgarles acceso al reino de Dios. No lo hacen por arrepentimiento genuino, sino porque ya no caben en el hueco infernal en el que llevaban su eternidad descaradamente felices y sin quejas —le dijo el Padre Félix viendo cómo los ojos saltones y oscuros de Beatriz se expandían y comprimían con cada palabra que pronunciaba con una dicción metódica y contundente.

—¿Qué muertos tengo que encontrar?

—A los nuevos, los repentinos. Los no planeados. Han desaparecido de este mundo a tantos en los últimos años. El desierto y la sierra que nos rodean tienen bajo su superficie más cadáveres que raíces. Todas esas almas sin lugar fueron a parar con nuestros muertos porque nuestros panteones son lo más cercano que tienen a un lugar digno de descanso. Ellos son los que han sobrepoblado el infierno. Nadie los esperaba, son demasiados y siguen llegando en hordas. Es por ese motivo que los que ya estaban y los que sí tenían su lugar reservado quieren huir. Están apilándose ánimas sobre ánimas.

El Padre Félix sacó del bolsillo de su sotana un hueso en forma de “Y” que asimilaba una vara de zahorí y le dijo a Beatriz que la utilizara para encontrar los cuerpos de la misma forma que los rabdomantes buscan agua con las horquillas de madera.

—Padre, con todo respeto, esto es una locura.

—Pues no hagas nada hija mía, pero llévate el hueso. Yo me retiro a prepararme para la próxima misa. Échate un poco de agua bendita de la pila bautismal antes de irte.

Las pitayas caídas seguían acumulándose, formando un campo minado para las aves de presa que bajaban a picotearlas y el estallido de la fruta las dejaba teñidas como si hubieran sido bañadas en sangre. Nadie las recolectaba. Los campesinos eran ahorcados por una fatiga descomunal causada por la falta de sueño. Los mezquites parecían derretidos al ladearse sobre la tierra agujerada. Y había quienes aseguraban que la cruz en la torre de la parroquia se enchuecaba cada vez más y que no tardaría en caerse.

Tras su visita con el Padre Félix los días y noches de Beatriz transcurrieron de manera rutinaria, para el resto mis habitantes las noches se volvieron más abrumadoras y los días más cansados. Beatriz notó que sus alumnos tenían ojeras que parecían haber sido trazadas con carbón. Aunque nadie entendiera qué estaba pasando, Beatriz sí lo comprendía y también tenía la respuesta de qué procedía aunque llevara semanas en negación. Después de todo, ella ya se había acostumbrado a dormir con el fusil del francés en la nuca.

En el norte el sol no es sólo un ente sensorial, es un cazador sin piedad que erradica a cualquier desprotegido bajo su manto. Beatriz concluyó que si no quería unirse a aquellos que esperaba hallar, tenía que realizar su encomienda al amanecer. Fue a la secundaria antes de que abrieran a robarse una pala de la bodega del jardinero, se reportó como enferma y dejó que el hueso en forma de “Y” la guiara por un sendero entre la maleza.

Al borde de un triste arroyo el hueso empezó a temblar, inclinándose con dirección al suelo. Beatriz empezó a cavar justo donde el hueso parecía contorsionarse con mayor velocidad. Cavó con determinación y desesperación. La pala chocaba con piedras y ciudades de hormigas. El calor la abrazaba. No podía más con el peso de la pala. Se dejó caer sobre la tierra y los matorrales. Sus brazos y piernas se llenaron de guachaporis. Con la mano izquierda se los quitaba lentamente y con la derecha continuaba cavando el agujero hasta que sus dedos quedaron incrustados en las cuencas de un cráneo.

El joven de uniforme de campaña camuflajeado escuchó una especie de canto fúnebre y abrió los ojos frente a una mujer de pelo negro y grueso y de tez blanca carcomida que estaba sumergida en la fosa donde fue enterrado.

Beatriz escuchó los pasos pesados de las botas militares acercándose adonde se encontraba sumergida. Un soldado de no más de veinte años le tendió la mano ayudándola a levantarse.

—¡Bruno Gavilán Aldama, a sus órdenes! —entonó el soldado haciendo el saludo militar mientras Beatriz se enderezaba y se sacudía la tierra y los guachaporis restantes. 

Bruno no era el espíritu de un soldado del siglo XIX. Era un alma perdida que había sido acribillado y enterrado hace algunos meses, semanas o incluso días.

Después de tantos años educando a niños de secundaria sentía que el instinto maternal era algo inherente a ella, pero jamás lo había sentido tan vivo como en ese momento. Al ver los ojos llanos de Bruno, que parecían cargar un sinfín de lágrimas sin manifestarse, el mundo de Beatriz cambió por completo. Sintió que por concepción divina había parido a aquel joven parado entre el recuerdo de un arroyo y su propio cadáver.

Beatriz regresó a su casa acompañada de Bruno. Cocinó caldo de queso y al empezar a servir, recordó que sólo tendría que llenar un plato. El suyo. Beatriz pasó toda la noche despierta, no por insomnio o por golpeteos bajo su cama, sino escuchando la historia de vida de Bruno: quién era o con quién fue y su deseo de enlistarse en el ejército para hacer un bien mayor, para lograr un país donde existiera un mejor presente para todos.

Bruno acompañó a Beatriz en su búsqueda. El hueso los guiaba por largos kilómetros en el desierto, por caminos sin pisadas visibles en la sierra y a ranchos abandonados donde solo quedaban los huesos enterrados bajo el campo donde mascó en algún ayer el ganado.

Los espíritus se acumulaban. Decenas de jóvenes de entre 14 y 25 años que para la mayoría de los vivos ya eran sólo estadística. Pero cada uno era un mundo por sí mismo: Esteban quería ser arquitecto y hacer edificios altos como los que vio cuando visitó a sus primos en la capital. Osmar y Claudio soñaban con ser futbolistas. Guillermo esperaba el regreso de su papá que se había ido al otro lado a trabajar en la pizca. Las historias se compartían bajo el tejado de Beatriz. La casa parecía una cantina repleta de jóvenes charlando y gritando, pero ante los ojos del resto de mis habitantes ahí no había nadie más que ella.

Eran tantos los cadáveres que habían sido desenterrados y sus almas extraídas del infierno, lugar al que nunca debieron parar, pero sólo ahí fueron recibidos, que por fin cesaron los ruidos, golpes y grietas y la población volvió a dormir profundamente.

Todos los espíritus seguían a Beatriz como si fuera su madre, ya que eran huérfanos de la única vida en donde eran hijos. Beatriz se sentía acompañada e incluso querida. Amaba bajo su colchón. En la oscuridad es donde mejor veía, donde reposaba y sentía todas las pulsaciones de esos corazones que sólo buscaban un último adiós. Un único adiós.

La descomunal cantidad de muertos que deambulaban por mis calles se comenzó a visibilizar por medio de distintos actos. Los perros no paraban de ladrar en ningún instante. El aire se sentía más denso, dificultando la respiración para los más mayores o los muy pequeños. Los crucifijos se enchuecaban, causando histeria entre los devotos y las estatuas de los santos parecían derramar pequeñas lágrimas negras que se confundían con tinta o pintura.

La población de espíritus excedía al número de mis habitantes. Yo no podía ser el limbo o purgatorio de esas pobres almas. Necesitaban un lugar propio. Afortunadamente Beatriz y Bruno también lo entendían.

Beatriz llevaba a sus chicos cada lunes a La Casa de las Delicias, ya que era el único día que se encontraba cerrada al público. La mansión colonial situada frente al panteón era un imán de turistas por su leyenda trágica y relatos de apariciones nocturnas. Lo irónico es que era durante el día, cuando las rejas permanecían cerradas sus espaciosos jardines se convertían en el escenario de cientos de espíritus jugando fútbol, intercambiando anécdotas y recordando a sus familiares bajo el sol o bajo la sombra de las terrazas.

Esteban, quien soñó con ser arquitecto, coleccionaba piedras con formas singulares y trozos de madera que iba recolectando por donde pasaba. Beatriz le preguntó qué hacía con sus objetos acumulados y Esteban la dirigió a un recoveco del jardín, casi en los límites de la propiedad. En esa pequeña esquina escondida entre los guayabos estaba una réplica miniatura de mí, de Álamos. Esteban había tallado las piedras y la madera en semejanza a los edificios y casas que lo rodeaban. En la piedra oscura que había sido tallada como la casa de Beatriz, Esteban escribió con un gis blanco que de seguro tomó de los materiales escolares apilados en la sala: hogar.

Bruno llegó a donde se encontraban Beatriz y Esteban y al ver el pequeño pueblo entendió lo que tenían que hacer. Sabía sin decir palabra alguna que Beatriz también tenía la misma idea. La solución era construir un segundo Álamos: un poblado de fantasmas, de arrebatados, pero también un camposanto. Un sepulcro en la esperanza y una salvación de la peor muerte de todas, el olvido.

Liderados por Bruno y Esteban, los jóvenes recolectaron ladrillos, piedras, adobe, yeso y todo lo que pudieron encontrar en edificios en abandono y construcciones inconclusas e iniciaron un peregrinaje en la sierra. Entre los nogales y las lagartijas erigieron un segundo Álamos, para ellos y para los que vendrían después.

Utilizando yute, Beatriz ató veladoras en los brazos de todos los saguaros que se encontraban en camino al segundo Álamos, al pueblo de los chicos de las fosas, los chicos perdidos, sus hijos eternos. En el kiosco central colocó un jazmín azul por cada una de las almas que ahora habitaban esa nueva localidad.

Guiadas por un sexto sentido vi a madres provenientes de todos los rincones del estado transitando por mis calles y callejones en camino al nuevo Álamos. Las veladoras colgando de los saguaros nunca se apagaban e incluso durante el día, ni el feroz sol del norte lograba opacarlas.

Yo no podía ver más allá del Cuchujaqui y de mi cerco de chiltepín, pero tenía claro que esas madres se estaban reencontrando con sus hijos. El olor a flores, a la sal de las lágrimas y los llantos de paz llegaban a mis muros. Veía también por su ventana a Beatriz comiendo su caldo de queso mientras recopilaba fotografías y escribía sobre la vida de cada uno de aquellos jóvenes que partieron antes de su tiempo. De una manera tan repentina y cruda que ni el infierno los esperaba.

«El calvario» de José María Velasco

Roberto Verduzco-Free (Guadalajara, Jalisco, México, 1989). Docente. Estudió la licenciatura y maestría en Comunicación. Actualmente cursa la carrera de Derecho. Es docente en la Universidad de Guadalajara y ha trabajado en diversos ámbitos, entre ellos la investigación académica, los estudios de mercado y el marketing político. Sus temas de interés son la ciencia ficción, la fantasía, y la educación.      
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Escrito por:paginasalmon

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