El juguete irrumpe en el mundo real de forma abrupta y agresiva. Su lucha con el mundo adulto es evidente. El juguete, en tanto dispositivo de la imaginación y del ensueño, es por costumbre tratado con indulgencia. Por esta razón las películas infantiles recrean mundos en los que los juguetes adquieren un papel primordial en la vida cotidiana, y son ellos quienes trastornan la cotidianeidad. Toy Story es trágica en ese sentido porque, a pesar de eso, los juguetes-protagonistas deben asumir que están condenados al olvido. En Life-Size, Eve, la muñeca, cobra vida y desestabiliza la triste existencia de la protagonista y su padre divorciado. Sin embargo, el juguete no siempre se integra a la vida seria, adulta, con eficacia. Eve representa el carácter inocente, asexual y torpe de las cosas. Cuando el juguete cobra vida lo hace teniendo en cuenta que mira a través del niño, a quien conoce poseído y manipulado por él.

Mirar al juguete nostálgicamente es mirar también a lo que ya no somos, o lo que quisimos ser. En una diatriba contra el juguete francés «aburguesado» publicada en Mythologies, Barthes postula que el juguete sólo recrea vilmente el mundo adulto y no invita al niño a explorar su imaginación libremente. Piénsese en las pequeñas cajas registradoras, muñecas (en aras de entrenar madres, o, peor, enfermeras) y kits de operación. Toy Story, por ejemplo, presenta de forma aspiracional dos extremos arquetípicos de la cultura estadounidense: el vaquero y el astronauta. Es evidente, sostiene Barthes, que el niño no inventa el mun­do, lo utiliza.  

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Los juguetes reclaman un aferramiento. Nos llaman constantemente, a pesar de que estén almacenados y empolvados. ¿Quién no recuerda la mirada siniestra de una muñeca vieja que yace olvidada en un cuarto? La manera en la que piden amor los juguetes es muchas veces enfermiza porque los sabemos inertes, incapaces de cumplir con nuestras más elevadas aspiraciones; como adolescentes, los hemos dejado atrás. El juguete queda fosilizado en una tienda de antigüedades o en los saldos de una tienda departamental, interpretando el papel agonizante de lo que alguna vez fueron o causando la ternura más simplona y fugaz en una vitrina polvorienta. Del lado contrario, el juguete nuevo es símbolo de deseo extremado, no menos exento de caducar.

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En Toy Story, el juguete también sufre por su cualidad inerte y se aferra, egoísta, a la vida de su dueño. El niño, que secretamente envidia la cristalización perenne del juguete en criatura por siempre bella, lo deja no sin cierto remordimiento: a sabiendas de que está obligado a dejar el paraíso: ¿acaso no nos hacían creer que las jugueterías representaban el paraíso? Ser abandonado de noche en una juguetería es el sueño de todo niño. (Y uno crece cuando las jugueterías ya no le provocan absolutamente nada.) El mismo Baudelaire se cuestionaba sobre la ventaja que una juguetería le lleva al mundo real: en ella está la vida en miniatura, «más limpia, coloreada y reluciente».

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En defensa del juguete, el niño es insensible con él: éste desarrolla una relación sadomasoquista con su dueño: se pierde o deja de funcionar, y el niño, a su vez, no lo cuida o ya no le presta atención). La idea acerca de la compasión que desata el juguete está presente en “El soldadito de plomo” de Hans Christian Andersen. Tras la desafortunada aventura en la inundación y en la alcantarilla, el soldadito regresa a su antiguo hogar, sólo para ser, tiempo después, arrojado a la chimenea donde por trágica coincidencia, termina su amada bailarina de papel. La crueldad anónima de los niños de la casa, aunado al destino triste del soldadito (ser un juguete defectuoso), reverberan la idea del juguete como actor permanente. En ningún momento de su viaje el soldadito dejará de cumplir con su rol militar y viril, orgulloso e inquebrantable (a pesar del miedo y la tristeza que lo invaden). Buzz Lightyear y Woody son un cliché continuo de lo mismo: el juguete secretamente envidia la variabilidad y espontaneidad de la personalidad humana.

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La condición trágica del juguete queda manifiesta en el relato “La muñeca negra” de José Martí (que es también un texto-juguete, todo es lúdico, como atestiguan las repeticiones y los juegos de palabras en él). El narrador nos introduce en la víspera del cumpleaños de una niña de familia acomodada que, para sus ocho años, recibe una muñeca rubia que decide olvidar; opta por su deteriorada muñeca negra que sólo tiene una trenza. La frase que se repite en el cuento es «te quiero, porque no te quieren». (¿El primer amor del niño es, entonces, el juguete?) La ineficacia de la muñeca rubia ocurre dado que no refleja a la niña, quizá porque es demasiado bella y muy irreal incluso para ser un juguete.

El mismo disgusto causa una muñeca rubia en las memorias inconclusas de Jean Rhys: «¿Qué edad tenía yo cuando destrocé la cara de la muñeca rubia?», se pregunta la narradora. Habían llegado dos muñecas de Inglaterra, una rubia y una morena, a su hogar en Dominica. La morena le fue arrebatada por su hermana; tuvo que conformarse con la rubia. Rhys optó por destrozar con una piedra la cabeza de la muñeca, lo cual le costó un gran regaño de sus padres. Finalmente, la revelación que obtiene mediante la muñeca es mayor: la injusticia en casi todos los acontecimientos y los primeros brotes de maldad en su vida. Rhys descubre, como la niña mimada del cuento de Martí, que los juguetes sólo producen placer mientras empaten con nuestras fantasías y deseos. Si no lo hacen, se vuelven enemigos. De niño, yo nunca entendí por qué a otros les resultaba emocionante jugar con Max Steels. Mis juguetes favoritos eran (para el deleite de Barthes) los bloques de madera, los pequeños castillos y cualquier objeto que produjese burbujas o espuma.

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Si bien Barthes argumentaba que el juguete prefigura al niño en el esquema social, haciéndolo simple usuario de la modernidad adulta, es también utilería para que el adulto se enternezca con la representación cuasi-teatral que hace el niño. Los padres de familia no toman en cuenta que los juguetes que le compran a sus hijos, llegada la preadolescencia, habrán convenido qué actividad imaginaria será la más indicada para ellos. En otro poema de Juan de Dios Peza, el padre de familia presencia el minúsculo espectáculo de sus hijos pequeños: él, haciéndola de soldado; ella, de madre: “El uno corre de entusiasmo ciego. / La niña arrulla a su muñeca inerte, / y mientras grita el uno: ¡Fuego!, ¡fuego!, / la otra murmura triste: Duerme, duerme”. Jugar, si hacemos un pequeño esfuerzo al recordar, nos transporta a otro plano mental. Lo que hace el poeta es reconsiderar la vida real a partir del mundo idílico entre niño y juguete. (El adulto en secreto envidia a éste porque no es tan terrible, cruento y determinante como, por ejemplo, un arma.) «Al jugar los niños», escribe Walter Benjamin en 1928, «rodeados por un mundo de gigantes, crean un mundo pequeño que es adecuado a ellos, mientras que el adulto, rodeado por la amenaza de lo real, le quita al mundo su horror haciendo de él una copia reducida».

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Uno al jugar no hacía como que jugaba. Jugar requiere de circunstancias precisas. Años después comprobamos que es algo imposible de forzar y emerge inesperadamente. John Ruskin, pensador inglés, considera a la imaginación algo digno a desgastarse. No defiende la capacidad de creencia de un niño con el juguete. Por el contrario, sostiene que «el niño se enamora de una cosa en reposo, de una cosa fea; más aún, quizás de una cosa para nosotros desprovista de sentido». John Ruskin se hubiera sorprendido al ver juguetes absurdos y simplones comercializados en los sesenta y setenta, como Pet Rock, una simple piedra con supuesta función de mascota. Si bien sus argumentos no son del todo equívocos, lo que Ruskin interpreta como estupidez infantil es algo que el mundo adulto casi nunca nos permite: huir de la realidad a través del objeto.

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Los juguetes transitan en un plano extraterrenal, como los poemas, y fungen como motores de revelaciones (amargas, en el caso de Rhys); destapan mundos paralelos, impensados. El juguete también nos devuelve a un estado primigenio. Borges recuerda su primer juguete: un palo de escoba al que le daba la función imaginaria de caballo. Después, cuando obtuvo un palo con cabeza de caballo, y luego otro más, ya no estuvo tan impresionado. Los consideró apócrifos. Yo no me recuerdo improvisando juguetes, pero sí me recuerdo sacando de contexto a los que ya tenía. A mis figurines de plástico solía tirarnos por la ventana, los embarraba de cosas; hacía de los personajes de Hércules prostitutas y proxenetas. Confieso que los abandoné a los trece años.

Juan Pablo Ramos

Imagen tomada de Tumblr

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Posted by:paginasalmon

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