“A todos los que nunca consiguen saciarse”

La era en que vivimos hace prácticamente imposible separarse de la información del exterior. La conformación de la identidad de un individuo se constituye por medio de los cánones de belleza y estética que una sociedad propone como modelos a seguir. Dentro de este panorama, ¿es posible que un ser se aleje de las imágenes que los medios proponen como perfectas? y más aún, ¿existe la posibilidad de no seguir este patrón?

Las fronteras entre la realidad y la imaginación se encuentran muy difusas en cuanto a la percepción del cuerpo y la abominable ola de transgresión que los medios de comunicación masivos instauran en nuestra subjetividad. Las formas de la tecnología modifican la experiencia corporal y el acceso al mundo. Una vez adentrados en este proceso de adaptación a un precepto de belleza, ¿existe un medio de reconciliación consigo mismo? ¿Dónde se encuentran los límites por mejorar nuestra imagen corporal aunado al esfuerzo por conseguir algo inalcanzable?

El libro La niña gorda, de Mercedes Abad nos muestra el devenir temporal en la vida de Susana Mur, quien intenta establecer una mediación entre lo que la sociedad y su madre han instaurado con respecto a la concepción de su imagen: el cuerpo es observado a través de una perspectiva normalizadora inserta en la cultura de consumo. Con esta obra, la autora intenta abatir la realidad y produce un refugio a la presión social que se ejerce ante cualquier individuo por tener una característica distinta a la que poseen los demás.

Posmodernidad y subjetividad

El papel que juega el individuo con su noción de corporeidad está directamente relacionado con la sociedad y su incansable afán de perfección. La visión de sí mismo y el modo de vida están enraizados a las sociedades capitalistas avanzadas. El surgimiento de estas nuevas nociones sobre la belleza se encuentran relacionadas con el culto a la novedad y el cambio. Dentro de esta búsqueda vertiginosa de esplendor, el sujeto intenta definirse pero a la vez se vuelve crítico mordaz de su propia esencia.

Los medios masivos de comunicación entretejen un puente inquebrantable con su público que hace perceptible una serie de cánones estéticos que estructuran y destruyen al mismo tiempo nuestra subjetividad. El cuerpo se convierte en un objeto de consumo ritual que se inserta en el ideario capitalista de intercambio.

La época actual produce una serie de paradojas que se enmarcan en la posmodernidad. El objetivo de crearse, de ser profundamente original en la mitad de una sociedad abisalmente inestable, provoca que al término del proceso se produzca lo idéntico: se crea una repetición que se vuelve estereotipo. En la búsqueda de la exaltación de la individualidad, la autenticidad y el placer en contra de los conceptos básicos de la burguesía se rompe la difusa barrera entre seguir fieles a la propia esencia y el asecho inconseguible del estándar.

La omnipresencia del massmedia y su bombardeo de información e imágenes dan paso a una era consumista que provoca un profundo vacío aún cuando se ha alcanzado el objeto deseado. En un mundo donde el individuo tiene al alcance un grupo de moldes donde encasillar su personalidad, se ve obligado a escoger permanentemente una imagen. En otras palabras, el instinto de seguir las modas que se proponen dentro de una comunidad son practicadas sobre el cuerpo y la imagen del ser humano, por el simple placer de crearse o, mejor dicho, de destruirse. Los tiempos modernos permiten un acceso a la exploración sin límite, a la búsqueda de una identidad que no puede enraizarse a algo específico debido a los vertiginosos cambios que se manifiestan en él. De esta manera, el consumo se presenta como un agente de personalización, de elección de un modo de vida. Así el posmodernismo retorna al equilibrio de la personalidad, aunque coexiste con movimientos duros, está lleno de paradojas y en la necesidad de sentirse completo, se produce un vacío inhóspito y hostil que es capaz de cambiar.

La mirada del otro

La producción literaria en un contexto posmoderno convierte al lector en un sujeto sumergido en un mar de sensaciones y emociones, donde lo cognitivo e intelectual reencuentran su lugar en las sombras y se vuelven al olvido. Esta experimentación sensorial se basa en sobrepasar los límites del yo, en explorar lo automático, lo insólito, en la valoración por lo no concentrado y lo irracional para resolver los conflictos ontológicos. La única manera de sobrellevar la posmodernidad es a través de la comunicación con los otros, por medio del entendimiento y la visión de un tercero sobre lo que yo soy. Un cuerpo es siempre por lo menos dos cuerpos, sólo en el cuerpo del otro, mi cuerpo adquiere la conciencia de la existencia y por ende la realidad de ser.

La niña gorda comienza con un cuento titulado “El endocrino”, en el cual Susana acude a una sesión para perder peso. El principal agente de construcción de identidad y cambio de la imagen corporal es la mamá de la protagonista. ¿Cuántas veces ha recorrido la mente de un progenitor el pensamiento “mi hija no es correcta estéticamente”? Dentro de este contexto, los cuentos forman una especie de conciliación con respecto a la mirada de los adultos. Existe un quiebre importante de la frustración de la crueldad ejercida desde el adulto que pone una presión excesiva para alcanzar el estándar de perfección.

La imagen que poseemos de nosotros mismos es incompleta ante el sujeto y por lo tanto, éste necesitará la mirada de otro para llenar esos vacíos. El otro visto como un espejo en el cual mirarse hace que se restituya la plenitud de la imagen propia y se entra en un profundo y recíproco juego de miradas e imágenes. La plenitud de la percepción de la imagen corporal, como se dijo con anterioridad, se construye con base en la visión que los personajes cercanos tienen de la protagonista de los cuentos. Muchas veces la enunciación de esta perspectiva sólo tiene lugar en la imaginería de Susana, aunque ésta no sea real.

El cuerpo de alguien más funciona como un espejo puesto que en él nos descubrimos, hallamos una proximidad o vastas diferencias donde la imagen propia se vuelve un nosotros, una especie de reconocimiento en el cual dejamos de sentirnos excluidos. De esta manera se constituye una completitud en torno a la percepción de la protagonista sobre su propia imagen. La autora de este libro edifica y personifica la permanencia de un trauma de la infancia que a pesar de ser una perspectiva falsa, aún al término de los relatos nos sentimos frente a frente con una mujer, la cual también a nuestra mirada es gorda.

Cuerpo e identidad

“El lenguaje debe decir lo que el cuerpo sólo puede mostrar mas no callar”
Ginés Navarro

Cualquier cuerpo es un espejo infinito de formas que nos permite crear, interpretar comprender y experimentar. ¿Hace falta tener una percepción clara del cuerpo para encontrarse? ¿En qué momento los límites entre ideas opuestas se pierden para lograr una conexión? La percepción de la realidad se logra a través de la mirada, por medio de esta imagen el condicionamiento para nombrar lo que se ve es el lenguaje. En esta relación mediática se establecen los límites dentro de las perspectivas de cada individuo. El cuerpo determina nuestro acceso a la realidad y a la imaginación y dentro de este panorama, al insertarnos dentro de una imagen siempre se nos oculta algo. El artificio estético al que estamos sometidos homogeneiza la visión sobre un concepto. Cuando intentamos estandarizar una imagen se convierte en un ideal, pero ¿dónde se encuentran los límites entre la realidad y la imagen proyectada?

Dentro de la búsqueda tenaz de perfección del ser humano, se fijó en la mente la representación del ideal inaccesible que siempre está en renovación: la transformación de Susana de la niñez y el paso por la adolescencia hasta la adultez construye una metamorfosis que se encausa en la construcción de una identidad.

La idea de obtener un cuerpo perfecto (sea lo que sea que esto signifique) es regida por un principio categórico de un orden socio-estético que funge como principio de verificación. En la actualidad todo orden natural del cuerpo se convierte en el artificio y por ende es necesario transformarlo hasta deformar su propia naturaleza. La imagen del ideal que se configura en el imaginario colectivo contiene dentro la ficcionalización que el ser humano elabora de sí. Esta deformación se convierte en algo monstruoso: adecuarse a un canon estético puede tener consecuencias atroces en torno a la pérdida de la identificación.

Dentro de la normatividad de las imposiciones de belleza, la forma ideal del cuerpo muestra una suerte de homogeneidad de los individuos de una misma especie por ser simulacros de un mismo modelo. Esta medida común que delimita las formas humanas, excluye al otro fuera de la identificación. El que es diferente se convierte en lo monstruoso, en lo que no queremos observar, en lo que no queremos ser.

Susana siente la necesidad de insertarse dentro de la figura ideal de belleza corporal que ha cargado como un lastre sobre sus hombros desde los once años de edad. La permanencia del trauma continúa hasta que, como se dijo anteriormente, gracias a la figura de los dobles, se encuentra con una tabernera. Este personaje es fundamental para el reconocimiento de la protagonista con alguien que ha vivido de cerca la misma experiencia que la atormenta. Esta mujer es la primera (y única) gorda que aparece en el texto, la cual brinda un dejo de esperanza al participar con la protagonista en un proyecto común, lo que desemboca en una especie de identificación: Susana y la tabernera son dos adultas que se presentan mirándose en la orilla del agua, reconociéndose como en un espejo.

En la figura humana algunas partes se presentan cargadas de aspectos negativos que provocan una honda inquietud de sí mismo. La visión del cuerpo es totalmente fragmentaria y sólo es posible poseer una imagen íntegra bajo la observación del otro. En este sentido, Mercedes Abad propone un acercamiento casi microscópico al universo corporal de Susana. A pesar de las nulas descripciones corpóreas de esta protagonista, las acciones que lleva a cabo son las que dan indicios del trauma psicológico que ha provocado en ella el perseguimiento de un ideal. La obra de esta autora nos aproxima al descubrimiento de un mal propio.

El cuerpo y el arte permiten una apertura a la experiencia. La niña gorda nos avecina a personas de papel que llevan un balastro sobre los hombros, una mezcolanza de culpa, frustración, ausencia, hambre, zozobra, violencia y sobre todo, temor de ser distinto. Este libro nos muestra una especie de refugio a la presión social, nos da acceso a ser otro, a mirar a Susanita desde una perspectiva vertiginosa y cambiante, a mirarnos a nosotros mismos como si fuéramos otros.  La identidad se conforma en torno a lo que uno es. No es necesario parecerse al otro ni tener las cualidades que los demás poseen. Este libro quita un peso de encima.

Pintura “La monstrua vestida” de Juan Carreño de Miranda

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Posted by:paginasalmon

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