Mientras voy regreso a casa, desde mi amarrado bolsillo, Spotify me sugiere una canción al terminar un disco de cierto compositor. Me parece que es una versión en vivo de Space Oddity. Ahora que lleva más de medio minuto advierto que no es así. Tampoco es la de 1969. La calidad del audio es más definida, pienso que la producción es posterior, pero avanzada la canción me olvido de esas menudencias. Un prolongado silencio me arrebata el compás al llegar el primer minuto y no puedo seguir las primeras líneas: to Major Tom, you’ve really made the… Ya es el final del coro y espero a que el sax aparezca. Continúa la secuencia de acordes y el sax brota nada más de la memoria. Llega la bofetada. Aquello que había desaparecido lo interpreté como si fuera un miembro más de los músicos. En realidad, lo hice desde que inició la canción: con los arreglos del sintetizador, los redobles iniciales, la cuenta regresiva, las cuerdas y los vientos. Reviso que es una Space Oddity posterior a Space Oddity (Bowie, 1969), otra canción, regrabada en 1979 y recopilada en 2009. Basta escuchar atentamente: al inicio es evidente un tempo más lento y que la guitarra no va in crescendo. La otra Space Oddity se reduce a unidades mínimas, pues la voz tiene la melodía principal y los instrumentos sólo tocan la nota dominante o el acorde principal en alargamiento, además de que éstos son menos que en la versión de 1969. La canción logra ser nuclear: he ahí un factor principal.

Las dos son entidades aparentemente independientes, pues bien puede escucharse esta versión sin tener como antecedente la de 1969, pero ¿acaso ocurre? Estamos en el plano de la posibilidad, por lo tanto, aquí sólo hay un escenario: cuando el receptor encuentra la versión de 1979, antes ha escuchado un conjunto de canciones de David Bowie, entre las cuales está la primer Space Oddity. Al escuchar la de 1979, ambas se superponen como diagramas de Venn. Dos conjuntos, A (1969) y B (1979), en unión. Las entidades del A son puntos pequeños y azules. Las del B son puntos rojos y de mayor circunferencia. En el conjunto B hay varios espacios que son tomados por los puntos pequeños del A. Sin embargo, el conjunto de los puntos azules es imaginario y se crea a partir de estímulos al percibir los mismos acordes, el mismo ritmo, la misma voz de la otra versión. Hay un punto de indeterminación sugerido por la melodía rítmica, en donde el receptor puede permitir la incorporación de esos puntos azules. En ese contexto, las dos Space Oddity son inseparables.

Ocurre parecido como con estas dos canciones, en donde una que existe independientemente se superpone con su similar en otro tiempo y espacio, con cierta música en el cine, la que existe antes de su integración a algún film. Dos horizontes diferentes convergen, dejan de ser entidades diferentes: en el cine se crea la conjunción imagen-sonido (en este caso, música) y tanto una como la otra adquiere un mismo nivel significativo, aunque en ocasiones se decida focalizar más un punto.

Si la pieza musical existía fuera del mundo fílmico es probable que el receptor evoque ciertas ideas, sentimientos, recuerdos por su experiencia con ella, de modo que, al llevarla a un contexto u horizonte distinto (el film), la experiencia previa puede o no modificar la que tiene frente a la pantalla. También al revés: el film modifica la forma de escuchar. Algo así me ocurrió después de ver The lobster (Yorgos Lanthimos, 2015). En la obra se anunciaban constantemente los momentos de tensión con un fragmento de La consagración de la primavera. Sin embargo, no pasaba absolutamente nada. El motivo era muy recurrente en toda la película y cada secuencia en que se escuchaba había tranquilidad. Al final, estaba desesperado, ya no quería oír a Stravisnky de esa manera, mas la melodía se impregnó de modo que no podía dejar de darle vueltas durante el día. Luego me di cuenta que no era Stravinsky. Era una nueva unión de conjuntos inseparables. El film había afectado mi experiencia con la música de una forma negativa; probablemente esa era la intención de la obra.

Tiempo después escuché completo el ballet sin ningún problema, porque el fragmento dejó de estar aislado y formaba parte de la totalidad de la pieza, el cual además se encontraba en un contexto meramente auditivo. Eso no pasó, sin embargo, después de ver Mommy (Xavier Dolan, 2014). Es evidente la causa: la experiencia que tuve con cada film fue distinta, desde el ámbito más personal y subjetivo, pues, a diferencia de The lobster, la obra de Dolan vaya que me había gustado. En una escena, cuando el adolescente Steve en patineta recorre junto con su madre y su vecina la calle del vecindario (ambas en bicicleta), hay un breve momento de libertad: está avanzando frente a la cámara y con sus manos, en un movimiento de adentro hacia afuera, cambia las dimensiones de la pantalla, de menor a mayor. Hay un una sensación de alivio. En el fondo se escucha Wonderwall, de Oasis, canción que me fastidió durante la adolescencia por su constante y predecible aparición en la radio, en la televisión y donde fuera. Mi concepción de la canción cambió por completo. Suena en mi lista de reproducción y puedo, como con la Space Oddity del 79, evocar mi conjunto imaginario y disfrutar ahora de otra Wonderwall.

Imagen tomada de Dans le noir du temps

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Escrito por:paginasalmon

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