Siempre hemos soñado con animales que se comunican como nosotros. Entre los libros y películas que tenemos a nuestro alcance hay un sinnúmero en las que los personajes son animales que hablan nuestro idioma o alguna otra lengua con la que podemos entenderlos. Así, imaginamos osos que discuten con panteras y serpientes; niños criados por gorilas y que hablan como ellos; y hasta peces políglotas que saben hablar como ballenas y orcas. El problema fundamental es que nos gustaría entenderlos y desarrollar un método para que a su vez nos entendieran. Por esto, buscamos en los animales patrones de conducta que nos ayuden a comprender sus mecanismos de comunicación. Este es todo un reto, pues implica eliminar nuestra visión antropocéntrica y tratar de ver la de cada uno de los grupos estudiados de manera que podamos descifrar sus códigos y señales e interpretarlos objetivamente.

En términos generales, la comunicación se estructura por medio de señales que envía un emisor hacia un receptor dentro de un contexto. Para que el receptor las comprenda es indispensable el uso de un código de codificación y decodificación común a ambos individuos. Sabemos además que en el éxito comunicativo intervienen factores externos como las expresiones faciales y corporales del emisor. Tradicionalmente, los estudios de comunicación animal se fundamentaron en una observación minuciosa de patrones de conducta, y poco a poco se ha ido usando la tecnología como auxiliar de la experimentación. El problema de este tipo de análisis es que, con frecuencia, es difícil separar muchos estímulos que se presentan juntos para saber cuál de ellos es el que provoca una respuesta. Además, algunas respuestas pueden tener más de una interpretación, en la que una de ellas se relaciona con un acto comunicativo y otra no. Por ejemplo, cuando una rata bebé es separada de su madre, la cría emite unos chillidos que servirán de guía para que ella lo encuentre, esto a su vez es también un mecanismo para mantener alta su temperatura corporal y no morir de frío. En el reino animal se utilizan distintos canales sensoriales como medio de transmisión de la información, casi siempre de manera combinada. Estas vías de comunicación son químicas, visuales, táctiles, acústicas y gestuales. Las señales desarrolladas para este intercambio incluyen colores, cantos, llamadas, feromonas, bailes, etcétera, y ocurren en un rango de distancias muy variable, dependiendo del tipo de señal y del medio. La transmisión de señales químicas se considera una de las vías más eficaces y la más extendida forma de comunicación entre los animales. Estas señales, en general, transmiten mensajes únicos, como la secreción de feromonas para atraer a individuos del sexo opuesto con fines reproductivos. La vía óptica de comunicación se restringe a ámbitos relativamente pequeños pues requiere de la luz y es especialmente importante en los vertebrados. Un ejemplo de estas señales es el despliegue de las plumas cobertoras de la cola de los pavos reales macho cuando quieren atraer a la hembra para el apareamiento. El tacto, a su vez, implica una proximidad entre el emisor y el receptor del mensaje. Esta vía es muy importante en los mamíferos, especialmente para aquellos que tienen estructuras sociales complejas, como los monos. Por su parte, las vías sonoras de comunicación son tan diversas como los ambientes en que viven los animales. Dado que el agua es un buen transmisor del sonido, los animales acuáticos utilizan preferentemente este medio para comunicarse. Las señales gestuales son en general manifestaciones de las emociones; éstas se identifican tanto por los movimientos y expresiones corporales, como por las expresiones faciales de los individuos. El caballo, por ejemplo, expresa gran cantidad de emociones a través de sus orejas: levantadas hacia delante indican curiosidad, en posición horizontal y hacia atrás dan señales de agresión y cuando se encuentran en constante movimiento son muestra de nerviosismo. La importancia de la comunicación en la vida de los animales depende de cada organismo, de su hábitat y de sus relaciones sociales. Sirve, comúnmente, para atraer a una pareja, para resolver conflictos, para la cooperación, para la obtención de alimento y protección, y hasta para relacionarse con otras especies. En algunos casos, incluso, los animales generan sonidos que les dan identidad: los delfines de nariz de botella inventan un silbido firma a través de la modulación del patrón de frecuencias de sus silbidos. Este silbido se ha comparado con un nombre pues es único para cada individuo, y se utiliza para identificarse con otros y también para llamar de manera específica a un compañero (copiando el silbido firma de aquel a quien se quiere localizar).

Una de las grandes discusiones sobre cómo se logra la comunicación se relaciona con la generación de imágenes mentales. Se dice que los humanos creamos estas imágenes siempre que nos comunicarnos. Nos referimos a una relación directa entre el pensamiento y el lenguaje: uno no existe sin el otro. Pero en algunos modelos animales algo parece funcionar de otra manera. Por ejemplo, una abeja que ha encontrado una fuente de néctar o de polen lo comunica a sus compañeras a partir de ciertos patrones de danza. Este tipo de comunicación requiere básicamente de percepción visual, y en él no se presenta un diálogo ni se construyen mensajes a partir de otros mensajes. Es decir, creemos que el aviso de una abeja que encontró polen no puede ser reproducido por otra que no haya estado en el lugar físico donde se encuentra este recurso, aunque sea capaz de dirigirse a este punto una vez que ha presenciado la danza de su compañera.

La visión antropocentrista en la que se considera al hombre como el único poseedor de significación ha sido puesta en duda por muchos investigadores. Es difícil imaginar que un organismo carezca por completo de control interno sobre su conducta y que esto implique que es incapaz de planificar sus acciones sobre el entorno o preverlas. En defensa de esta postura, se han encontrado ejemplos que sugieren que los animales tienen la capacidad de formar representaciones mentales de la realidad y de que construyen modelos internos que intervienen en su comportamiento y organización. En muchos grupos, la intersubjetividad juega también un papel importante en el éxito comunicativo. La intersubjetividad permite que un animal pueda captar las disposiciones de otro para actuar de cierto modo. De alguna manera, implica que el emisor explique un plan al receptor (directa o indirectamente) y éste lo comprenda. Existe una filmación del zoológico de Arheim en Holanda en la que se muestra a unos chimpancés que han sido aislados de los árboles cuyas hojas les gusta comer. Uno de los chimpancés trató varias veces de apoyar un tronco sobre las ramas de uno de los árboles para poder trepar por él y alcanzar las hojas. El tronco se cayó varias veces, hasta que otro de los chimpancés se acercó y lo sostuvo. La misión tuvo éxito.

Se dice que las diferencias entre la comunicación animal y la humana incluyen la capacidad de generar hipótesis, de mentir, de entablar un diálogo y de estructurar sintácticamente los mensajes. Sin embargo, se han encontrado ejemplos de comportamiento en primates y delfines que sugieren que son capaces de cumplir con estas funciones. En experimentos con chimpancés se ha demostrado que pueden aprender el lenguaje de señas de los sordomudos, Ameslan, y aplicarlo en la descripción de objetos desconocidos, improvisando, actividad ligada a la generación de hipótesis. Por ejemplo, se han obtenido referencias de una naranja como una “manzana color naranja”, de un pato como un “pájaro de agua” y de un rábano como “comida que duele y hace llorar”. Usando este lenguaje, además, son capaces de entablar diálogos completos con humanos. Cuando se enseñó a una chimpancé a usar una computadora para solicitar diversas cosas, se observó que ella era capaz de redactar frases gramaticalmente correctas. Existen también ejemplos de comportamiento entre algunos primates en donde se ha observado el engaño hacia sus congéneres. En otros experimentos, un grupo de delfines aprendió a asociar objetos, acciones o modificadores (como derecha o izquierda) con sonidos y a responder a cadenas de estos sonidos. Cuando se hicieron pruebas con nuevas cadenas, se pudo determinar que los delfines eran capaces de procesar la información sintáctica que contenían. Estos ejemplos nos hablan de la capacidad que tienen las especies con cerebros más desarrollados de comunicarse a través del procesamiento de imágenes y nos hace pensar que la única diferencia entre ellos y nosotros es tal vez la capacidad de hablar (en términos humanos).

Inevitablemente surge la pregunta sobre cómo se originaron estos sistemas de intercambio de información. Desde el siglo XIX, Charles Darwin habló de la complejidad de los sistemas de comunicación animal y los interpretó como funciones secundarias a los órganos primarios. En la evolución de los animales pulmonados, por ejemplo, la laringe se convirtió en un órgano de la respiración que favoreció la generación de sonidos con la entrada o salida abrupta de aire. Se hipotetiza que quienes hacían estos ruidos podrían haber tenido un “mayor atractivo” social que los llevó a tener un mayor éxito reproductivo. Así, esta característica podría haberse convertido en algo común en la población gracias a mecanismos de selección natural. En términos evolutivos esto implica que las señales comunicativas deben haberse especializado para beneficio de quienes pudieran emitirlas, dándoles una ventaja reproductiva.

Richard Dawkins y John Krebs, hacia finales del siglo XX, elaboraron una hipótesis sobre la evolución de la comunicación animal llamada la visión manipuladora. De acuerdo con su trabajo, las señales comunicativas deben haberse seleccionado por mostrar su efectividad para manipular el comportamiento de otros en favor del emisor. Paralelamente, Amotz Zahavi desarrolló una hipótesis que considera que la respuesta del receptor, al que llamó receptor egoísta, depende de que tan confiable sea la señal recibida. Según este modelo, una señal es más confiable mientras mayor sea el costo energético de producirla. Como consecuencia, los receptores se han seleccionado evolutivamente para responder solo ante estas señales de alto costo. Nuevas ideas surgieron en las que se combinan estas dos corrientes. Se cree que los individuos participan en la comunicación como manipuladores y como receptores egoístas y que su éxito evolutivo depende de su capacidad para triunfar en ambos roles. Así, una señal se emite con un propósito general de manipulación para beneficio del emisor, ésta es evaluada por el receptor para determinar la manera en que deberá responder a modo de obtener una ganancia. Es importante aclarar que el beneficio no se refleja necesariamente en un individuo, sino que en muchos casos representa la supervivencia y aumento en la capacidad reproductiva de sus parientes cercanos, de manera que los que perduran son sus genes. La hipótesis de la evaluación ha sido soportada por diversos estudios. Por ejemplo, cuando se repite de manera constante, con ayuda de una grabación, una llamada de alerta ante un grupo monos, éstos dejan de prestarle atención y ya no responden ante ella, como si se tratara de la fábula del lobo y el pastor.

El que la comunicación animal está cargada de intencionalidad y transmite ideas es una hipótesis que consideramos correcta. Creemos que los diferentes ejemplos mencionados apoyan fuertemente la creencia de que los animales tienen la capacidad de formar representaciones mentales que contribuyen a su comportamiento y organización y que, como resultado de todo ello, forman un código de comunicación. Hablar de comunicación animal implica tratar de insertar muchos mecanismos diferentes, de seres de muy diversas categorías taxonómicas, en un esquema único. Sin duda, esta sistematización pretende simplificar en extremo el asunto. Aún sin conocer a profundidad el tema, podemos intuir que no es igual el sistema de comunicación de las abejas que el de las aves o el de los primates. Dada la complejidad de los códigos de comunicación y la red social de cada especie animal, consideramos que nuestra mayor limitante es comprender todos y cada uno de los significados de las interacciones animales y explicarlos sin humanizarlos.

Fotografía de Carlos Molina

Posted by:paginasalmon

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