A Matías y a mí nos gusta jugar con agua. En nuestro patio de tierra hay una llave con una manguera verde conectada a ella. Como la manguera ya está vieja y tiene muchos parches negros, Matías dice que parece una serpiente verde con manchas negras por lo quebrada que está. A mí no me importa eso, siempre y cuando nos sirva para jugar a los bomberos y para mojarnos hasta que nos dé frío.

Pero el problema es justo ese, que a Godzila le enfurece que nos mojemos. Dice que nos enfermamos y luego quién nos lleva al doctor, quién es el que paga el pato. A nosotros eso nos molesta porque a fin de cuentas nunca hemos ido al doctor, que yo recuerde, y con este calor nos gusta mojarnos porque es un horno estar en la casa con los ventiladores que sólo sirven de adorno. Porque papá-Godzila es un viejo tan tacaño y tan amargado que no deja encenderlos, según él para no gastar la corriente. Porque hasta eso: no podemos hacer nada que lleve gastar la corriente. Tenemos que dormirnos temprano para apagar las luces y no podemos ni encender la tele. Sólo la encendemos cuando Godzila termina su cena y se sienta a ver las noticias. “La luz no se paga sola”, gruñe acomodándose sus lentes de patas de plástico, de hermano de la iglesia.

En esos ratos Matías se queda en la mesa terminando su cena, no porque coma muy lento sino porque come mucho. Está rechoncho y le urge comer bastante para mantener esos dieces en la escuela. A mí me cae muy bien mi hermano, es listo y siempre tiene ideas buenas para divertirnos. Como esa noche cuando me acostaron dentro de la cómoda de mamá y me encendieron una veladora en la tapa para fingir un velorio. Nunca habíamos jugado a algo así, y era chistoso oír a Sara, que es un año mayor que yo y uno menor que Matías, llorando casi de veras a un lado de la cómoda. Se habrá imaginado la pobrecita un ataúd de verdad y hasta quizás el día siguiente cuando me llevarían al entierro.

Me acuerdo bien de esa noche, todo iba al tiro hasta que llegó mamá y nos cachó en pleno velatorio. Regaño para todos. “¿Qué es eso de jugar a cosas tan feas y tan pesadas?”, nos dijo. Mamá es más tranquila que el pinche viejo. Casi siempre nos defiende cuando a él le da por insultarnos por cualquier cosa. Como esa vez que se me pasó darle los buenos días y se le inflaron las venas de la frente y se puso a decir que todos lo odiamos, que todos lo aborrecemos porque él es hijo de Dios y nosotros de Satanás. Yo no quiero hacerle mucho caso, pero igual no puedo aguantar mi enojo cuando nos maltrata injustamente. Mamá en esas veces también se enoja mucho y le saca en cara sus trapitos al sol, eso de haberle arruinado su juventud, junto con mis abuelos que la casaron con él, en vez de irse a meter a un asilo. Yo no sabía qué era un asilo, pero una vez Matías me dijo que era un lugar a donde llevan a los viejitos cuando ya no los quieren en sus casas. No creo que Godzila se parezca a ellos, aunque no los he visto nunca, pero me los imagino viejitos-viejitos y Godzila es todo al revés, se mueve como una liebre aunque tiene sesenta años, y tiene una voz muy fuerte que te para los pelos y te hace saltar cuando te grita de trancazo por algo que tú haces, pero no sabes que para él es un pecado. Mi hermano es el que sale más regañado siempre, según porque es el mayor y el que debe poner el ejemplo, “pero nada, el Demonio en vida”, dice Godzila. Para mí el Demonio es él. Pues ya debería ser abuelo, tener hijos señores y todo eso.

Pero a mí no me importa mucho que no nos deje jugar ni ver la tele ni nada, porque no sólo se enoja cuando jugamos con agua, sino que siempre lo hace si nos ve jugando a cualquier cosa. Dice que él nunca jugó a nada porque su papá se lo llevaba al campo desde que tenía cinco años, y que lo colgaba de cabeza en una viga para azotarlo con la riata con que les pegan a los caballos. Yo creo que eso era allá en otros tiempos, y además uno no tiene la culpa de que su papá le haya hecho todo eso. A mí no me importa mucho que no nos deje jugar porque me entretengo con los libros que David me presta. David va conmigo en segundo año y es mi mejor amigo. Con él me pongo a leer cuentos y fábulas y a mirar los dibujitos que vienen en los libros que su papá le compra. Pero a Matías sí le duele, él es más de acción, y aunque no le gusta leer también saca dieces. A él sí le molesta que Godzila no nos deje jugar ni ver la tele ni nada. Y Godzila lo trata como trapeador. Mamá dice que es porque se parece a mi abuelo, el papá de Godzila, y es que Godzila ha odiado a mi abuelo todo el tiempo. La verdad yo no sé nada, pero para qué tener hijos y después tundirlos tanto.

A Matías por ejemplo lo trata de perro, de maldito, de Diablo, de hartón. Le da de cueros, de cables y de escobas, o de todo lo que encuentre a la mano por pura tontería. Como apenas hace rato cuando nos acabamos de acostar a dormir, que teníamos encendido el ventilador fuerte y Godzila le bajó a la palanca de la luz. A nosotros eso nos enojó mucho porque hoy hizo muchísimo más calor que siempre, y Matías se levantó calladito hace rato a subir la palanca, pensando que Godzila ya estaba durmiendo. Y ¡changos!, cuando ya estaba acostado el pobre, que llega Godzila y lo levanta a cinturonazos, y no lo dejó de cuerear hasta cuando Matías tuvo todo el cuerpo reventado. Mamá no estuvo para ayudarlo porque anda en casa de la abuela. Y ahora Matías hasta parece como que va a sangrar por las marcas. Se acaba de sacar la camiseta el pobrecito y está sentado en la cama, llorando ahí en la claridad de la luna a moco tendido. Y yo también estoy llorando de rabia mientras escribo esto en mi cuaderno.

* Este relato pertenece al libro Animales resentidos, Proyecto Literal, México, 2016, pp. 19-24.

Imagen tomada de DevianArt

Posted by:paginasalmon

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