En la obra de Valeria Luiselli existe una confluencia de voces presentes, a través de inquietudes e intenciones narrativas; más aún, es la paciente escucha con que Luiselli consigue hacer de sus textos algo que nos mueve ya a la empatía, ya al estremecimiento. Con “inquietudes e intenciones narrativas” me refiero a que la autora no concibe otra forma de entender el mundo si no es mediante el acto de contar historias. Difícil escapar de ello. Papeles falsos o La historia de mis dientes pueden servir como ejemplo de lo anterior: una serie de ensayos con un gesto fuertemente narrativo en el primero y la elaboración de una novela con los oídos y participaciones siempre atentos de trabajadores de Jumex en el segundo.

También entre los límites genéricos (si cabe mencionarlos de tal modo) se encuentra el caso de Los niños perdidos. (Un ensayo en cuarenta preguntas), que aborda el tema de la migración en Estados Unidos; un texto donde la espera se convierte en incertidumbre. A la par de la experiencia de su familia que espera un cambio en su estatus migratorio, Luiselli presenta las historias de niños que, ante la crisis migratoria de Estados Unidos en 2014, vieron reducidas sus esperanzas de encontrar resguardo de las situaciones violentas de sus países de origen y con ello padecer un crudo proceso de deshumanización.

Sin embargo, estas características de contenido y forma ponen en vilo las intenciones de la autora con el objetivo del libro, intitulado ensayo y acogido por una colección de ensayo. Por las vicisitudes de lo ahí expuesto, el texto está armado a partir de una multiplicidad de voces y de una variedad reconocible de materiales discursivos. Las páginas de Los niños perdidos están a medio camino entre el ensayo, el reportaje, la crónica y la ficción, lo que nos sitúa ante una confusión que difícilmente se disipa.

La experiencia migratoria representa para Valeria Luiselli una incertidumbre que fluye en dos vías, ambas exploradas y expuestas a lo largo del texto. Por un lado, está la razón que motiva a los niños a dejar sus casas: la desigualdad que adquiere diversos rostros: la pobreza, la violencia, la humillación. Por el otro, está un problema lingüístico de no poco valor: más allá de la barrera que supone el inglés, éste posee (o genera) una terminología nada amigable para lo ajeno, lo diferente, lo extranjero.

La mediación lingüística es lo que motiva y lo que mantiene en movimiento al libro. En una situación que desconcierta (a causa del fuerte contraste que implica), Luiselli explica que ella y su familia, mientras esperan la aprobación de sus solicitudes para obtener la Green Card, son considerados por la ley migratoria como non-residentaliens: “[p]or entonces bromeábamos, un tanto frívolamente, sobre las posibles traducciones al español de nuestra situación migratoria intermedia. Éramos ‘alienígenas en busca de residencia’, ‘escritores buscando residencia’, ‘permanentes alienígenas’, ‘mexicanos pendientes’” (17). Pero en el caso de los niños, sobre todo centroamericanos, no hay lugar para la chanza o la ligereza. Ellos se enfrentan a una serie de cuarenta preguntas con que se determinará la posibilidad de no ser deportados y aspirar a conseguir un estatus legal que les permita mejorar su vida.

A lo largo de Los niños perdidos, Valeria Luiselli muestra su búsqueda de motivos para querer formar parte de una sociedad cada vez más violenta y cerrada sobre sí misma, como es la estadounidense. Por ello el momento de publicación es más que oportuno para pensar sobre los datos que ofrece y que leemos en los diarios: ¿es Donald Trump (y antes Barack Obama) el responsable de la caza de inmigrantes tanto por la policía migratoria como por ciudadanos ofuscados? En buena medida, Trump lo hizo más evidente, pero el problema es viejo. Hay que recordar que en esa crisis migratoria (¿podría llamársele crisis de refugiados?) Obama endureció los procesos mediante los cuales los menores de edad que alcanzaran solos la frontera podían solicitar asilo político o estatus legal: de tener 365 días para prepararse legalmente pasaron a disponer sólo de veintiuno. Periodo tan fugaz que provoca el “regreso voluntario” de miles de niños.

Ante la crisis migratoria hubo necesidad de más abogados y de más intérpretes y traductores: Luiselli funge como traductora de las preguntas hechas a los menores, preguntas que, al tiempo, la confrontan con su propio devenir migrante, pues se da cuenta de que su periplo migratorio se entrecruza con el de una parte de los niños. Incluso se percibe un aura de miedo por la narrativa del despojo de que son protagonistas los niños que entrevista y traduce; además, enfatiza el grado de naturalización con que se asumen hechos de violencia hacia el extranjero (por serlo y porque es diferente). Quizá ese sea el detalle más importante de Los niños perdidos: presentar las historias hasta donde le es posible a un testigo como ella, desde su posición de mediador lingüístico.

Hay un testimonio que a veces alcanza niveles de tratado sobre la migración y que luego gira para dar una apariencia de relato. Existe la impresión de que no se cree más en el libro como elemento de aprendizaje y que una búsqueda mínima en Google basta para echar por tierra los datos ahí ofrecidos. Tal vez esa sea la razón por la que Luiselli ofrece su nota bene al lector desconfiado (de lo que ella escribe, de lo que él lee, de lo que sucede en la vida). Un hecho que no puede pasarse por alto, pero que define bien el conflicto que representa el de los niños migrantes, es que si bien el texto desestabiliza presupuestos en el lector, también parece hacerlo con lo que en el texto se plantea. Es decir, parece que, por un lado, el trabajo documental sirve para explicar la situación que le toca testimoniar y que con base en esa información podrá ofrecer una perspectiva acurada del fenómeno descrito; por otro lado, empero, la incertidumbre arriba mencionada hace que en la búsqueda de respuestas no halle sino el silencio o bien la imposibilidad de ofrecer una valoración que no apele al sentir personal y a la experiencia íntima.

La actual coyuntura migratoria invita a pensar que dicho fenómeno no es unilateral. Mientras leía a Luiselli, recordaba a Tzvetan Todorov, en El miedo a los bárbaros (Galaxia Gutenberg, 2008), en donde distingue cuatro grupos de países en función de su historia internacional: quienes son dominados por el apetito y han empezado a beneficiarse de la globalización, quienes tienen un resentimiento (real o imaginario), quienes tienen miedo de los grupos anteriores ya por fuerza económica ya por terrorismo y quienes viven con indecisión. De estos países, dice Todorov que varias “capas de la población, a menudo muy pobres, intentan entrar en los ‘países del miedo’, más ricos, para ganarse la vida” (15-17). Recordé el texto de Todorov pues la ilusión de integrarse a una sociedad distinta (no sé si “mejor” resulte adecuado) es acaso la más presente entre los niños perdidos, según lo expone Valeria Luiselli. Ganarse la vida empieza en un camino donde lo que importa es no perderla.

Se nos recuerda cada tanto que los responsables de estos ataques, desde la vía legal, contra los migrantes no están sólo del lado estadounidense y que sus problemas quizá empiezan en nuestro territorio. Quizá también esos niños que entrevistó (cuyos nombres cambia y cuyos relatos nos son dados de manera fragmentada, por seguridad de los menores) pasaron por los lugares donde transitamos y nos desenvolvemos o, más impactante, pasaron ante nuestros ojos. Y no todos llegan a ver la frontera; cito a Luiselli: “Lo cierto es que al sur del río Bravo somos críticos feroces de Estados Unidos y su maltrato a los migrantes y, aunque casi siempre tenemos buenas razones para serlo, somos bastante más laxos e incluso autoindulgentes, a la hora de juzgar las políticas migratorias mexicanas y el trato general que México le [sic] da a los inmigrantes, sobre todo si son centroamericanos” (41). Lo que parece hacer el libro es un llamado a aceptar y asumir las responsabilidades en torno a la intervención en esos países, especialmente si se es Estados Unidos, lo que permitiría dar vuelta a muchos de los problemas incluyendo el lingüístico y con ello la terminología migratoria que enreda y deshumaniza.

Las restricciones para los migrantes, principalmente las preguntas a los niños, exponen los temores ideológicos de quien las emite. El cuestionario de las cuarenta preguntas (y las historias que a partir de ellas se configuran) no puede leerse “sin sentir la creciente certidumbre de que el mundo se ha vuelto un lugar mucho más jodido” (18). El país del sueño americano, en que “quedarse es el mito fundacional” (89), es “un esqueleto de mundo, un trozo de abandono, un tilichero lleno de cosas muertas y obsoletas” (88) al que, sin embargo, se aspira a llegar porque sí, porque es la menos peor de las opciones. Frases así, como las que cité apenas, ya por la rabia impresa ya por el extrañamiento buscado, constituyen uno de los rasgos destacados del texto de Luiselli: la exclamación que rompe con la tensión textual y vital ola anécdota que incide en la vida del lector.

Tal es la impresión que generan estas historias rotas y que son organizadas por una migrante que percibe y transmite el cúmulo de injusticias y de incertezas que los niños indocumentados cargan a cuestas. Los niños perdidos. (Un ensayo en cuarenta preguntas) participa de una serie de testimonios que buscan que estas voces no sean acalladas y que no caigan en el olvido. El libro oscila (así, con titubeos) entre el relato (que despliega otros) y la exploración (paso a paso, mas con desconcertantes sobresaltos): aporta a la discusión sobre los migrantes en Estados Unidos, problema en el cual México es difícil de obviar. Por eso este libro es la búsqueda de una historia y la historia de una búsqueda que puede ser contada de múltiples maneras y que por mucho tiempo ha de quedar interminada, irresuelta e insatisfecha.

Imagen tomada de SextoPiso

Posted by:paginasalmon

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