Se encontró en Meran con algunas primas que tenían algunos malestares menores, pero, siendo ricas y muy imaginativas, fueron a un sanatorio para curarse. Si no fuera por los sanatorios, Meran podría ser un lugar alegre; su ubicuidad le hacía recordar a una persona sana que el aire es bueno. Estando bien consigo mismo, excepto por algunas pequeñas preocupaciones, fue a Gasthaus, en el vecindario. Mientras, en el sanatorio, sus primas se quejaron amargamente de la comida, de las “hermanas” ignorantes, de los negligentes médicos y, en general, de las estúpidas normas (lo que demuestra que la gente no debe ir al sanatorio a menos que esté realmente enferma). Sin embargo, como habían pagado mucho por su estancia, sintieron que algo estaba mejorando, por eso se molestaban cuando él llamaba a diario para tomar el té y les decía, alegremente, lo mucho que habían mejorado (lo que probaba, nuevamente, que sus problemas eran bastante leves y podían curarse con un doctor local en casa. De una de sus afligidas primas se creyó enamorado: una que era joven y, además, rica.

Había sido un negocio de tres semanas, por lo que decidió gastar su mañana caminando por los alrededores de las colinas, su mente reflexiva, analítica y ambiciosa, como la de un hombre enamorado. Pensó miles de cosas. Cautivado. Se detuvo por un momento para mirar, a un lado del arroyo, los botones de oro que estaban en la pendiente. “¿Será ella como estas flores cuando estemos casados ‒ansioso de que ella pudiera pensar, temerosamente, todo el tiempo en caer enferma‒?” Porque de ser así, se aburriría rápido. Se conocía lo bastante bien para saber que no soportaría todo eso… Pero el dinero era una cosa maravillosa y él, ya con 35 años por delante, tenía poco. “¿Me estoy dejando llevar por su dinero entonces?”, y así pasó a preguntar y a cuestionarse sobre muchas cosas más, sobre todo porque era de temperamento reflexivo y porque su padre había sido un poeta menor. Pero la duda lo arrastraba y, por un momento, sintió un escalofrío. No era demasiado hombre (tenía la sangre delgada y nada, o poco, de éxito); era un soñador más bien, incluso para los negocios. Alcanzaba a ganar, modestamente, unas 100 libras por año y tenía una buena posición en el Instituto Filantrópico, del que tenía un salario nominal adjunto (quería mantener este último incluso después del matrimonio). Trabajaría de la misma manera, pero nadie debería decir eso de él.

Mientras estaba sentado en un árbol caído junto al arroyo y golpeaba de manera ociosa las piedras con una vara, reflexionó sobre aquellas cosas banales que representan dos tercios de la vida. La manera en la que las cosas pequeñas pueden cambiar toda la existencia de un hombre era en lo que su pensamiento, justo ahora, se había fijado. Por ejemplo, el escalofrío y dolor de cabeza que habían atrapado a su prima tres semanas atrás, en un sombrío picnic en Campaña, era lo que la había llevado a entrar al sanatorio, y lo que le advirtió que su corazón era débil, que tenía tendencia al asma, que la gota estaba en su sistema y que los tratamientos de rayos X, radio, baños de luz y sol, falta de carne, reposo todo el día, así como los grandes gastos y honorarios de los expertos europeos, eran imperativos. “Desde aquel escalofrío, que sucedió cuando estuvimos sentados por un largo rato en la sombra de una tumba patricia olvidada”, reflexionó, “ha llegado todo esto” ‒“todo esto” incluyendo su duda sobre si era ella o su dinero lo que él amaba, si podría soportar vivir con ella por siempre, si realmente tendría que mantener su trabajo después del matrimonio: en una palabra, su vida y futuro enteros, y el de ella también‒ “todo desde aquel pequeño escalofrío hace tres semanas”. Golpeó con la vara un trozo de madera que estaba a un lado del agua.

Con la mente en ese pedazo, su ánimo se detuvo. Era triangular, una pieza de madera astillada, café por la edad y corroída por el tiempo. Alguna vez fue parte de un árbol, que retoñaba de esperanza en las montañas; cuando tuvo 30 años de edad, los hombres lo cortaron. El resto de él permanece ahora en algún lado o, en este preciso instante, en las paredes de alguna casa. Este pedazo extra fue arrojado por inútil; no tiene ningún propósito; se pudría lentamente bajo el sol. Pero a cada golpe que le daba con la vara, se dio cuenta, se volteaba en lados distintos y no lograba enviarlo por el borde del agua. Era obstinado. “No quiere entrar”, se rio, el pequeño talento de su padre brotando de él, “pero por Júpiter que lo hará”. Y empujó el trozo con su pie. Pero otra vez se detuvo, atrapado al final del camino contra una roca. Entonces se detuvo, lo levantó y lo arrojó. El trozo brincó y salpicó, fue corriendo cuesta abajo. “Incluso este trozo de madera inservible”, reflexionó, levantándose para continuar su caminata sin sentido, y aun soñando ociosamente, “incluso este pedazo de basura tiene un propósito, y puede cambiar la vida de alguien, en algún lado”. Y luego se fue paseando por los fragantes pinos, cruzando una docena de arroyos similares y golpeando decenas de piedras y restos de abeto, hasta que finalmente llegó a Gasthaus, una hora tarde. Al entrar, encontró una nota: “Te esperamos a eso de las 3 p.m. Pensamos en ir a dar una vuelta. Las otras se sienten mucho mejor”.

Fue revelador: la manera en que ella hizo énfasis en las otras. Tomó su decisión ahí y ahora, ‒así las pequeñas cosas dividen el curso de la vida‒ nunca podría ser feliz con una criatura así de afectada. Decidió ir al paseo, se sentó junto a ella, junto a su belleza consumida, y, durante el camino de regreso, le propuso matrimonio; aceptó antes de que pudiera cambiar de opinión; ahora es padre de varios niños sanos, y tiene miedo de caer enfermo, o de que ellos caigan enfermos, como lo estuvo ella 15 años atrás. La mujer, por supuesto, madura mucho, mucho antes que el hombre, reflexionó, pensando sobre el asunto, en su estudio, como alguna vez…

Y ese pedazo de madera que él mismo ponía en movimiento por impulso, también se dirigía hacia el agua que nunca se atrevía a detenerlo. Orgulloso de su nuevo movimiento, se movía alegremente, girando y girando durante un kilómetro o más, bailando alegremente sobre los prados soleados, rozando los botones de oro por los que pasaba, a través de viñedos, bosques y caminos polvorientos; hasta que, de repente, cayó de cabeza a través de las pequeñas cascadas y llegó a la llanura. Y así, finalmente, llegó a un canal de madera que llevaba parte de la preciada agua a un aserradero donde los hombres hacían cosas prácticas y necesarias. Al separarse de aquellos lados, sus ángulos lo retrasaron por un momento, sin saber qué camino habría de elegir. Se tambaleó. Y, en ese momento, se vio en trágicos problemas, problemas de vida y muerte.

Sin saberlo (aunque seguramente no le fue desconocido), eligió el canal. Nadó con ligereza por la compuerta de desgarramiento. Giró con el chorro de agua hacia la rueda, golpeado, hilado, temblando, atrapado rápido en el lado en el que los engranes, por casualidad, detuvieron bruscamente la rueda. En cualquier otro lugar la presión del agua pudo haberlo aplastado, y la rueda hubiera continuado como antes, pero quedó atrapado en el único lugar donde las diversas tensiones lo mantuvieron inmóvil. Paró la rueda y la maquinaria completa del molino. Se atascó como hierro. El ángulo particular en que la sierra de dos manos, sostenida por dos hombres cansados y sudorosos, lo había cortado un año antes, sólo le permitía encajar y acomodarse con una exactitud irresistible. Y, a su debido tiempo, un obrero ‒que era el capataz del molino‒ salió de su puesto para investigar. Descubrió aquello que causaba el problema. Puso su peso de cierta manera, tensó sus fuertes músculos, dio un grito y el trozo de madera se desprendió fácilmente. Sacó el bocado, lo arrojó sobre el banco y escupió en él. La gran rueda dio inicio haciendo un gran ruido. Sin embargo, empezó una fracción de segundo antes de lo que él esperaba que comenzara. De alguna manera, se sobrebalanceó al tomarse del marco de la rueda con un esfuerzo frenético. Gritó, aulló, saltó de la nada y cayó directo en el cauce. En un instante se puso de cabeza y fue arrastrado cuesta abajo: se ahogó. Estaba comprometido y había puesto mil coronas en el Tiroler Sparhank. Era un hombre sobrio y trabajador.

Había un párrafo en el periódico local de hace dos días. El hombre inglés le pidió al portero del Gasthaus que le envolviera un regalo para su prima. Mientras doblaba con sumo cuidado las hojas debido al precioso objeto del regalo, su ojo cayó directo al párrafo. Y como era de temperamento ocioso y reflexivo se detuvo a leerlo. El encabezado rezaba “Ungliicksfall” y a su ojo poético, heredado de su necio y tonto padre, lo atrapó la bella expresión “Fliessandes Wasser”. Leyó las primeras líneas. Algún compañero, con un nombre pintoresco, se había ahogado bajo una rueda de molino. Era popular en su vecindario, al parecer. Había ahorrado algo de dinero y estaba a punto de casarse. Fue muy triste la situación. “Las condolencias de nuestros lectores” estaban con él. El hombre inglés pensó por un momento (otra vez, porque era ocioso y reflexivo) mientras envolvía el paquete. Se preguntó si el hombre realmente habría amado a su mujer, si ella también tenía dinero, y si habría tenido muchos hijos y ser feliz pese a eso. Se apresuró hacia el sanatorio. “Llegaré tarde”, se dijo, “este tipo de cosas sin importancia retrasan a uno”.

Traducción de Jonathan Rosas

Imagen por s.C O B O.d

Posted by:paginasalmon

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