Un hecho singular, o que en esta ocasión está siendo visibilizado por algunos medios, ocurre actualmente dentro de la 57ª Bienal de Venecia: una serie de bolsas de compras inunda las exhibiciones y sus alrededores. ¿Es algo común? Por supuesto. Cada que asistimos a una exposición podemos encontrar y comprar ese tipo de artículos y muchos otros, desde plumas hasta prendas de vestir, e incluso —para algunos en última instancia— el catálogo. Claro está que en un evento como éste, en el que los asistentes pertenecen a una élite económica mundial, esto puede crecer exponencialmente. Sin embargo, lo particular de este fenómeno en la Bienal, y ya criticado o mayormente mencionado como curiosidad, no está sólo en la cantidad, sino en ciertas cualidades del diseño de algunas de las bolsas. Han llamado la atención, por ejemplo, leyendas como “Human Rights” o “Refugee Rights”, que compiten en popularidad con otras que portan únicamente marcas, otro tipo de leyendas o diseños especiales relativos a los distintos pabellones. Surge entonces, en ese cruce entre las frases que refieren conceptos complejos de actualidad y la mercancía que les da forma, una imagen de lo político que sin duda puede y debe ser reflexionada.

En un artículo sobre la Bienal, Irmgard Emmelhainz hace una reflexión sobre este hecho y argumenta que es un ejemplo, como muchos otros fenómenos y obras del evento, de la reificación como patología social capitalista, en la que se apela a la visión espectacularizada sin compromiso por parte del individuo ante sus problemas inmediatos. La mercancía, según esto, funcionaría como una aprehensión de la forma de los conceptos, pero con la carencia de sus contenidos. De acuerdo a la autora, estas bolsas conllevan la pérdida del llamado a la acción política que la leyenda contuviera en sí misma.

Sin duda una frase como “Refugee Rights” tiene una carga semántica compleja e inmediata anclada a la realidad de un problema real y urgente. Pero no podemos olvidar que es una imagen, una imagen que ha adquirido una forma reconocida y estable, a pesar de que tenga variaciones idiomáticas. Esa imagen que la mercancía se apropia en las bolsas de las que hablamos es la misma que podemos observar en una pancarta dentro de una marcha a favor de esos derechos; y aunque, es cierto, en el caso de la bolsa la leyenda se convierte en parte integral de la mercancía y su portador guarda una distancia mayor con lo que representa que quien la plasma sobre un papel para marchar con ella, ambas tienen una función similar, voluntaria o no: promover un concepto político y hacer un llamado a la acción social. Donde se coloque, la imagen va a tener esa función primordial y, lamentablemente, va a ser casi siempre ineficaz; no solemos apagar el televisor y al menos cambiar nuestros hábitos cuando vemos la frase acompañada de las peores noticias, mucho menos cambiará algo cuando la vemos en la bolsa de una exposición. El argumento de Emmelhainz es sin duda sólido, pero yo agregaría que la imagen es ineficaz en la mercancía o sin ella. El concepto en sí mismo, y no sólo su forma, se ve rebasado por la patología. La bolsa con la leyenda “Human Rights” o “Refugee Rights” es igual de hipster que cualquier otra y, al mismo tiempo, igual de políticamente improductiva que muchos otros objetos que las contienen. El problema, parece entonces, puede y tiene que ir más allá de las dichosas bolsas.

Surgen grandes preguntas: ¿cómo representar un fenómeno político?, ¿es acaso representable?, ¿cómo puede promoverse la acción social mediante la imagen? Nadie ha resuelto esto, pero desde este espacio puedo decir que quizá las artes son una vía posible. Muchas veces los artistas buscan la opción no en la representación, sino, más modestamente, en la presentación: la aparición en sí misma como único medio. En relación también a un problema actual, piénsese por ejemplo en el filme Fuocoammare (2016) de Gianfranco Rosi. A lo largo de él, nunca se hace mención de una frase relativa a la migración o a los derechos. El problema se presenta, se convierte en una forma singular y se vincula de inmediato, como gesto, a un espacio-tiempo compartido empáticamente por el espectador. Un fenómeno complejo se formula en imagen y en ella potencia su verdadero sentido político, aquel que fuera neutralizado en sus múltiples representaciones y por lo tanto indiferente.

He ahí, a mi parecer, la capacidad crítica de la imagen o, mejor dicho, de la relación que la imagen puede entablar con sus espectadores. El arte, como la bolsa, puede considerarse un bien de consumo, una mercancía, pero no por ello carece de la capacidad de agencia política, sino todo lo contrario: ésta forma parte indisoluble de su realidad, nuestra realidad. En la re-formación de la imagen, en su actualización singular, puede abrirse el espacio para la reflexión y, tal vez, el ejercicio político del espectador.

Imagen tomada de 10and5

Posted by:paginasalmon

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