Me da gusto saber
que continúas muy
activo. Así sí
se vale. Escribir,
escribir mucho y
tener muchos viajes
en puerta.

Carta a Miguel Ángel Muñoz, José Luis Cuevas

No pienso nunca en el tipo de arte que me gusta, sin embargo, pienso a menudo en los cuadros que vi una sola vez y ya jamás salieron de mi memoria. A veces pienso también en esos artistas que creo conocer pero cuyas obras jamás he observado en realidad: claro, todos sabemos de algún cuadro de Renoir, pero incluso un nombre tan reconocido no deja de sorprenderme cuando noto que no lo he visto nunca con suficiente atención. Regresé hace mucho tiempo al Retrato de la actriz Jeanne Samary, y ahí, donde sólo recordaba haber visto unos labios encendidos y una mirada encantadora, jamás había notado el delicado anillo de oro en el dedo meñique de la mano izquierda, ni los trazos azules que envuelven a la joven como en un murmullo de risas, en esa mínima expresión del viento. Vuelvo así a todos los grandes nombres, sobre todo a aquellos que, cualquier tarde, me obligan a regresar con los ojos cargados de sospechas.

Hace un par de meses pensaba, equivocadamente, en Miró; vi un móvil sobre una cuna y recordé Máquina de trinar, lo que me llevó inmediatamente a pensar en un hermoso color primario y la idea de los autómatas que, aunque “modernos”, de tan caprichosos, jamás podrán igualar el suspiro de las aves en la naturaleza. Después me encontré desconcertada porque sí, sabía que Miró también había hecho cierto tratamiento de las aves en sus obras pero… había confundido Máquina de trinar, pintura de Paul Klee, con la escultura Mujer y pájaro, de Miró. Volví pues, a buscarlos a ambos y entonces me encontré con esa certeza acerca de lo distantes que son las memorias de los “hechos concretos” pues ninguna de estas piezas es realmente como las había recordado.

Atendiendo a otro principio fundamental, ése que dice que en esta vida no existen las coincidencias sino sólo lo inevitable, tuve la fortuna de que en uno de mis sitios favoritos se inaugurara una exposición que me permitió ver una obra de Miró no desde el recuerdo sino desde la increíble óptica y con el aura inenarrable que tiene una primera vez. Sin embargo, ahora me veo obligada a re-presentar aquí no una reseña que los invite a visitar la exposición sino, más bien, escribo mis memorias y las reflexiones que me asaltaron en ella porque el 21 de julio se anunció su clausura antes del plazo anunciado (13 de agosto) “debido a servicios de mantenimiento urgentes en las salas de exhibición”, así que en esta ocasión extraordinaria éste resultará un texto con infinitas distancias de lo que podrían haber encontrado y lo que, de hecho, encontrarán al leer esta reconstrucción de un evento que no podrá ser observado sino a través de esto que escribo.

Horizontes Imaginarios ‒inaugurada el 1 de junio en el Centro Cultural de España en México (Guatemala 18 / Donceles 97, Centro Histórico) como parte de las actividades organizadas por la Embajada de España en México para conmemorar los 40 años del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre estas dos naciones‒ era una muestra que presentaba al público la colección privada del poeta Miguel Ángel Muñoz y cuyo propósito principal era reflejar la estrecha relación interdisciplinaria entre el arte pictórico y la creación literaria.

La exposición estaba conformada por más de 80 obras de 24 artistas de 12 naciones distintas y, a través del recorrido por las cinco salas en las que había sido dispuesta (junto al muro principal del Centro), era posible apreciar que no existen confines territoriales que puedan contener el lenguaje artístico, que habla a veces en forma de misiva íntima y amistosa (Carta a Miguel Ángel Muñoz, José Luis Cuevas), otras con ideogramas y múltiples colores (Olympic Centennial, Nam June Paik) y algunas más en formas primigenias enmarcadas por colores primarios y una fuerza expresiva única y encantadora (Sala Gaspar, Joan Miró), sin importar si se presentan en grandes formatos y lienzos imponentes (Antoni Tàpies) o en materiales poco usuales y pequeñas estampas (Eduardo Chillida).

Litografías, grabados, acuarelas, fotograbado, dibujos, collages, fotografías, objetos y libros del poeta, todas las expresiones de esta muestra, desde su materialidad, dejaban constancia de que si bien el arte no deja de atravesar períodos de transición, a veces sumamente convulsos (la Revolución Cubana, las Grandes Guerras, la Guerra Civil Española), igual que la historia de la humanidad, son ellos, los trazos de los artistas en sus inagotables formas, los que preservan y reactualizan nuestra memoria: y siguen diciendo ¡Abajo Franco y viva el sentido común! (José Luis Cuevas) o, a su modo, presentan poderosos vacíos, “elegías contra el muro” (Marco, Alberto García – Alix) que descubren nuestra ceguera y nos invitan a mirar todas las obras con la atención justa y el tiempo necesario que suele escaparse de nuestras manos mientras caminamos En busca de la belleza (Günter Grass).

En esta muestra instalada en el Centro Cultural de España en México, distinta de las intinerancias exhibidas en el Museo Iconográfico del Quijote en Guanajuato o en San Luis Potosí, destacaban los trabajos de José Hierro, John Berger, Günter Grass y Rafael Alberti, cuatro escritores, que justo como Miguel Ángel Muñoz, poeta, hicieron patente la ausencia de límites entre un arte y otro, a la vez que hacían que sobre los muros resonara sólo una pregunta importante: [art] is a language, can you read?”

En esta ocasión los muros, irremediable e inesperadamente, han quedado mudos, vacíos, dignos de elegías; sin embargo, el ejercicio de la memoria que he presentado en esta ocasión me ha permitido volver a esas preguntas que aparentemente no consideramos cuando nos enfrentamos a una exposición de arte: ¿cómo observamos, desde dónde y con qué ánimo?, ¿por qué siguen ponderándose las divisiones estrictas y aparentemente inamovibles entre las áreas del conocimiento?, ¿acaso el proceso de los artistas plásticos que observé no está relacionado también con reacciones químicas, la refracción de la luz y la historia de aquellos que las crearon? Pero sobre todo, ¿hemos olvidado ya la relación primigenia existente entre la pintura y la escritura en tanto sistemas de signos que ineludiblemente comunican (mensajes harto “transparentes”, lo que sea que eso signifique, o estados mentales complejos despertados en el espectador que a veces son imposibles de traducir a algo tan vulgar como el lenguaje) a tal grado que ésta tiene que evidenciarse con exposiciones que nos demuestren que esos límites no son sino líneas imaginarias trazadas arbitrariamente? Cada pregunta con sus infinitas variables, claro está, puede ser discutida volviendo a las obras icónicas de cada artista o enfrentándonos a exposiciones que, quién sabe, pueden quedar sólo en nuestra memoria.

Imagen tomada de Atomic Media News

Posted by:paginasalmon

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