1.

Ese día, antes de que el arroz se batiera, el teléfono en casa de los Salinas sonó.

—¿Bueno? —dijo Catalina.

—Buenas tardes. Con el licenciado Gustavo Salinas, por favor —contestó la voz del otro lado.

—No está ahorita, ¿quién le llama?

—¿Usted es familiar del señor Salinas?

— Sí, es mi esposo.

— Ah mire, pues les estoy llamando para confirmar su reservación de este sábado. Le había comentado al licenciado que a lo mejor no iba a tener habitación disponible, pero me cancelaron apenas así que sí estará lista para ustedes. Le marqué a su celular y no entró la llamada, pero ya ve que como aquí tengo el directorio pude localizar su número de casa.

—¿De dónde me está hablando, disculpe?

— Del Motel Adonis, señora. Entonces ¿les confirmo la reservación para el sábado?

— Ah. Este… pues sí, sí, como había quedado todo.

Sorprendida y alegre de que su marido quisiera revivir la llama apagada desde hacía años en su matrimonio, Catalina esperó ansiosa el fin de semana para su segunda luna de miel, por fin, luego de meses de ya no intentar que algo se cocinara en su vientre. Gustavo y ella ya ni cogían, la última vez que lo habían hecho ni uno de los dos acabó porque les dio sueño. Aunque ella hubiera preferido un resort en Cozumel o algo local con más caché, la idea de un motel de paso, que sólo se usaba para ratos, le provocaba un cosquilleo de emoción en la panza. “Será como cuando éramos novios y no podíamos ponerle en ningún lado”, como cuando era la envidia de Griselda Mora, aquella jovencita de familia de bien que se tuvo que ir a Australia para superar el hecho de que Gustavo no la eligiera. Catalina se empoderaba de nuevo. “Entonces sí me sigue queriendo”, pensó. Motel Adonis: un lugar que huele a sexo extremo, ilícito. Además, con servicio de reservación y toda la cosa, sonaba interesante.

En la comida le sirvió contenta la paella a su esposo. Lo atendió más acomedida que nunca y hasta sumisa, iba creando la fantasía de una virginal geisha ante su amo poseedor de un cetro de 18 cm que en años no pulían.

—Hoy me voy, Catín. Regreso el domingo. Tengo otra junta donde mismo— Le informó Gustavo con la boca llena. Ni siquiera le dio un beso de despedida y se marchó con un eructo de cerveza. De la paella sólo quedaron los pedazos de pulpo ante los ojos de su mujer.

Catalina ardió en rabia, ahora sí que le habían visto la cara de pendeja. Cayó de sentón al sofá, se enojó por unos segundos y aventó el teléfono contra la pared. Toda la semana él le anduvo obsequiando detallitos, (se puso a pensar), la sacó a dar la vuelta, al cine, una cena, inclusive lavó los trastes varios días, pero nomás llegó el viernes y todo valió madre.

“Con razón…”, se dijo Catalina, “ay, con razón andaba tan querendón estos días. ¡Hijodesuputamadre!”

Seguro la engañaba con Nancy, su lagartija secretaria que nunca la tragó. “Si yo veía cómo se le paseaba en putifalda, ahí frente a mí”.

Catalina presenciaba cómo Nancy se la mamaba a su esposo con la mirada cada vez que este pronunciaba “Te voy a DAR…los formatos para que los termines en tu casa”. Pinche puta. Catalina volvió a gritar.  El cabrón ni valoraba las horas que ella se pasaba en la cocina haciendo los mugrosos platillos que a él le fascinaban. Se enjuagó la cara y olvidó lavar los trastes. “Le voy a cortar el pito”.

En internet buscó, rápidamente, la dirección del presunto Motel Adonis y se fue en chinga. Llegó en un dos por tres, o sea, en seis minutos, gracias a los doscientos pesos que le pagó al taxi para que arrancara en putiza por toda la avenida repleta de araucarias con dirección al norte.

—Buenas tardes, señorita, dígame en qué le puedo servir —preguntó la mujer de recepción, una viejecita regordeta, con un par de dientes plateados, que comía galletas.

—Mire, voy a ser sincera.

—A ver, dígame su sinceridad.

—Se trata de mi esposo, señora, me es infiel.

—Pa sorpresa, siga, siga.

—Me es infiel y creo viene aquí, al motel este, a revolcarse con su amante.

—Motel Adonis, se llama esto, muchacha.

—Perdón, Motel Adonis. Ayúdeme, por favor, señora, como mujer se lo pido.

—Esa es nueva, “como mujer”. A ver, espere, no chille, a ver, cálmese. Respire. Respire. Ya habló, ya está. Mire, no es la primera vez que esto pasa, muchas, no tiene idea de cuántas muchas han venido por eso. Se plantan como Magdalenas aquí en el recibidor y me cuentan hasta de cómo fueron sus partos (no tiene idea la cantidad de cesáreas que hay eh, en fin). Las mujeres no lloramos por los problemas, ya no, y menos si se trata de hombres, pinches parásitos culeros, ¿verdad? Vamos a solucionarlo, venga. Por acá, pase, pase, aquí, ahí va la luz. Eche un ojo. En esta bodeguita está todo-todo. Son películas caseras. Todo aquel que haya dormido en mi motel está grabado y archivado aquí. Qué pasó, no me mire así, no estoy loca ni soy una pervertida mirona eh, nono, es una forma de protección, ya ve que a una la ven vieja y luego luego quieren abusar. Pero así, con este respaldo, pues ya no. Que lo intenten. Mire, los de esa esquina son los más recientes, del mes. Chéquele, usted vea, con confianza que ya somos amigas.

Encerrada en esa morbosa bodega, Catín echó un vistazo a los cuarenta y nueve dvds que conformaban el anaquel mensual. Tomó una fila de estuches y empezó a probarlos en la televisión chiquita. Les adelantaba para evitar ver todo sin censura. Se encontró a varios conocidos: políticos, comerciantes, profesores, campesinos, hasta la ex esposa de su vecino Emir. Halló a su marido en el estuche número veintitrés. Lo vio completo; la charla previa al affaire, sólo que no pudo oír nada porque los videos estaban ausentes de sonido. Las imágenes lo decían todo: esas maniobras que con ella nunca hizo; el sado, las esposas, Salinas como el esclavo sexual de Nancy, aquella flacucha secretaria.  Lo bien que se lo pasaban el cabrón de su marido y la zorra dominatrix de su amante. En ese pequeñísimo cuarto oscuro, con cada embestida de Gustavo a Nancy, y cada sentón de ella en él, Catalina fue ideando su venganza, le daba miedo, no estaba segura, ella era una simple ama de casa, en sus treintas, nada más. Pero una vez visto a la amante tragarse toda la salsa de su esposo, no le quedó duda. Me la vas a pagar maldito, se dijo en un tono telenovela. Y como la venganza se trataba de una empresa que requería financiación, Catalina abrió su bolsa y echo una docena de videos secretos.

 

2.

La aventura planeada del sábado fue cancelada por Nancy, a quien su santa madre se le vino a enfermar, o eso fue lo que ella dijo. “Más vale que la vieja se le esté muriendo y no sea que la cabrona se consiguió otro culeón más joven”, pensó Gustavo Salinas, enojado. No podía regresar a su casa y decir que la importantísima junta en la capital se había cancelado, su mujer notaría algo raro. Él debía mantener la mentira y estar ausente estos días.  La idea de irse con otra, aparte de la otra que ya tenía, fue descartada, lo de Nancy había surgido de lo espontáneo y la borrachera, sólo que ellos siguieron repitiendo. En sí Gustavo no era bueno con las mujeres, no era feo, tenía cierto atractivo en su forma de ser, pero de plano era un mediocre a la hora de conquistar, aun Catalina fue quien se le declaró a él, y terminaron casándose. No más viejas por hoy, se dijo, voy a divertirme solo.

Se fue al mercado donde vendían desde pulseras hasta mascotas finas a un bajo precio. Llegó a los mp3 y dvds. En la sección triple x compró cuatro películas; prefería los discos que las páginas de internet que luego permanecían grabadas en su laptop y metían virus. Un disco era más seguro, si alguien los veía podía decir que eran documentos digitalizados. Salinas se quedó el fin de semana en la oficina. Le dijo al velador que tenía harto trabajo pendiente. Mientras se la jalaba, las escenas en pantalla exhibían un conjunto de orgasmos que, en una especie de collage cinematográfico, enseñaban a un samurái gringo con una geisha, un raboverde en un yate con cinco conejitas, un trío gay, y una rusa chichona con un negro apunto explotar en mucho líquido. “Pinche porno cada vez más raro”, musitó el licenciado.

 El otro dvd que puso era como un filme casero. A los actores parecía que de veras los grababan a escondidas. Todo en primer plano secuencia. La mujer y su amante se besaban como si no supieran cómo. Estaban feos los dos, panzones, nacos. El decorado de la habitación donde cogían era extravagante; pintura rosa y líneas negras, cama matrimonial con sábanas fucsia afelpadas y un enorme espejo pegado en el techo: el paquete regular del Motel Adonis. Salinas se acercó a la pantalla, bocabierto, ese cuarto él ya lo había ocupado varias veces. Detuvo la película y revisó el estuche: Producciones de la Mamacita Piedad, rezaba la marca de agua. “¡Pinche vieja no tiene madre!” Gustavo llegó al motel veinticinco minutos más tarde.

— ¡Oiga!

—Buenas noches, licenciado, siempre sí pudo venir, fíjese que ya se me ocupó el cuarto.

—No vengo a eso. A ver, le traigo unas cosas. Quiero que por favor me explique qué significan estas chingaderas.

— Pues son películas.

—Sí. Producciones de la Mamacita Piedad, aquí dice. Dígame una cosa, señora: ¿usted graba a los clientes teniendo relaciones sexuales, y las vende, así como así?

—Tienen buen precio en el mercado.

—Putamadre. Ha estado abusando de nuestra confianza, violando la intimidad de los clientes, señora. Cometió delito, es ilegal y puede terminar en la cárcel.

—¿Cárcel, yo? No yo ya estoy vieja, licenciado.

—Voy meter demanda y lo sabe.

—Yo ya chocheo, no sé quién es usted ni de qué me está hablando.

—Pinche vieja loca.

—¡Yo no soy la que sale en el video, señor!

Salinas no quiso perder más tiempo. Salió del maldito lugar y condujo de regreso a casa, iba pensando en todas las películas que se habían grabado en la clandestinidad motelera. ¿Cuántas copias? ¿Ya lo habría descubierto alguien o él era el desafortunado que se dio cuenta? Vendían su intimidad, su aventurilla sexual, a un precio de cualquier otra piratería. Pinche mundo culero. Cuando llegó a casa se encontró con un muchacho chacalón saliendo por la puerta, hasta buenas tardes le dijo aquel. Gustavo halló a su esposa Catalina semidesnuda, con lencería coqueta, y sobres de condones regados en la sala.

—Pinche piruja, ¿qué hiciste?

—Lo mismo que tú, hijo de la chingada, pero sin mentiras.

—Yo no estoy cogiéndome a otro cabrón, no mames, Catalina.

—Deja de hacerte el engañado, Gustavo. Ya vi tu videíto eh, las tremendas porquerías que haces con la lagartija de Nancy en el mugroso Motel Adonis. Por cierto, ni busques a tu zorrita, a la pobre la vi justo antier, antes de que se fuera contigo, le enseñé el video y otros más, tuvo que irse bien lejos antes de que las ofertas como actriz porno le llegaran. Porque a la mustia ya la quemé. ¿Crees que no me iba a dar cuenta? No sabes el poder que me han dado esas películas caseras Gustavo, en poquitos días la ciudad ya está a mis pies… ponerme el cuerno fue lo mejor que has hecho en estos nueve años de matrimonio.

—Me voy a divorciar, punto, pinche golfa.

—Para con tus insultos que todavía no acabo. No es tan fácil. Si quieres recuperar tu película y que no la vea todomundo… y tú sabes qué significa que la vea todomundo. Si quieres mi perdón, o sea tu video, tienes que pagar. Debes ir de regreso al motel y cogerte a la ruca que atiende.

—Estás pendeja, Catalina, fueron unos revolcones y ya, ni sueñes.

—Ya soborné a mucha gente, cariño, y si no lo haces por las buenas, otros medios habrá… ya me harté de ser siempre tu pendeja, de prepararte tu comidita que por siete años me aguanté de no escupir, de quedarme sin terminar en las seudopasiones que me dabas, que ya entiendo porqué regresabas cansado y no conseguías la maldita erección, y yo de ilusa pensando que por culpa mía y mis hormonas. Te toca pagar, chíngate a la vieja —Salinas miró los ojos de su esposa, no había rastro de broma, nada la detendría, quería llevarlo hasta las últimas consecuencias.

Él repensó bien las cosas: perdería su trabajo, su prestigio como notario, su vida, lo peor: todomundo le vería el pene, aunque se enorgullecía de su proporción, no toleraría que lo vieran en tales posiciones de esclavo, jadeando mientras Nancy le apretaba los pezones con una pinza. No claro que no. Tendría paz sólo si se acostaba con la vieja. Sí. Después se haría cargo de Catalina. Sólo era sexo. Sexo con una vieja. Mierda. Ni se le iba a parar.

 

3.

Catalina y Gustavo llegaron al motel. Parecía que el plan la anciana ya lo conocía, pues no fue difícil convencerla. Cuando lo plantearon a doña Piedad ella ni siquiera dudó. “Ojalá le dé un infarto durante el clímax”, pensó Salinas. La abuelita parecía haber estado preparada desde años para ese momento de placentero dolor. Salinas tuvo que tomarse una pastilla que le diera los güevos suficientes para chingarsela. Le asqueaba la carne fofa y arrugada. El sexo ya sin consistencia, ceñido. “¡Santo dios, qué estoy haciendo!”, pensó.

Cuando todo-todito acabó, se enrolló una toalla y salió a la recepción donde su cruel esposa lo esperaba.

—Ya quedó, Catalina. Ya fue. Dame el video antes de que te mate.

—¿Te acuerdas de Griselda Mora, la güerita? Siempre le gustaste. Ahora esa tiene la Secretaría de Relaciones Internacionales o algo así. El caso es que se va hacer cargo de los reyes cuando lleguen al país. Imagínate, Tavo, tener al matrimonio real grabados en video mientras hacen el amor, ¿sabes de cuánto estamos hablando? Con una cosa así…dios mío, este negocio es más que simple pornografía casera, ya estaríamos hablando de orden mundial. ¿A alguien ya se le habrá ocurrido? Como sea, mañana te pones en contacto con Griselda, necesito una película suya para empezar.

—Estás reloca, Catalina, cálmate ya, entiende que hay cosas legales de por medio, podrías irte a la cárcel por esto, fue sexo nada más. Te puedo denunciar, Catalina.

—Demándame, Gustavo, demándame, hazlo, a las autoridades les encantará saber cómo violaste a una pobrecita anciana, cómo la dejaste muerta en su cama. Lo peor y más enfermo de todo es que lo grabaste. Una violación homicida del licenciado Gustavo Salinas rondando en internet.

—–¡Putamadre, no friegues! —Salinas regresó corriendo al cuarto, vio a la abuelita Piedad con la sonrisa invertida, tiesa como una tabla sobre el colchón manchado.

—Con razón tenía rato de no decir nada.

La señora estaba muerta, el preservativo que Tavo se había quitado sin prestar atención yacía impregnado de sangre en el suelo y toda la porno asesina grabada en un video.

A Gustavo se le cayó la erección.

A Catalina se le iluminó el rostro. Nunca había deseado tanto a su marido, se veía tan sexy con su monumental y homicida pene expuesto ahí, en la escena del crimen. Por supuesto que lo ayudaría a deshacerse del cuerpo. La administración del motel quedaba en manos de ella, con la herencia de doña Piedad guardada bajo llave en la bodega. Al fin el infeliz matrimonio tenía un negocio.  Adiós a los días de eterna cocinera.

 —Catín, todavía te amo—lloró Gustavo, todo se le hizo chiquito, su vida de esclavo sexual acababa de empezar.

Imagen tomada de Santa Fe Hotel

Posted by:paginasalmon

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