Desde inicios de este siglo, los académicos se han reunido para conversar acerca de qué significa hacer, leer y ser espectador de teatro en un nuevo milenio. Después de darle vueltas al asunto, hoy se estudia el género como un fenómeno que se transforma por las nuevas ideas, por las condiciones históricas, sociales e incluso económicas. Es decir, el teatro, al igual que los otros géneros literarios, cambia. Ahora bien, lanzo al aire unas cuestiones: ¿en dónde está ese nuevo teatro? Y, por lo menos en México, ¿es económica y socialmente accesible?, ¿existe una democratización del teatro? Pero la pregunta más interesante sigue siendo: ¿quién va al teatro?

Pienso que todos tenemos una historia particular con el género. Por ejemplo, mi relación con él comenzó de manera muy personal e incluso trillada: adolescente de doce años se autodiagnostica enferma de amor y se pregunta qué leen los enamorados; la adolescente hurga en los libreros de su casa y lee un título que le resuena en la cabeza: Romeo y Julieta de William Shakespeare. Al leerlo se compadece con Julieta y también piensa que es una idiota, pero finalmente reconoce algo de ella en el personaje. Sin tener un ápice de conocimiento de la Poética de Aristóteles, pasa por todos los procesos, a los que se suele llamar empáticos, que ocurren al leer o contemplar un drama. Con este recuerdo en mente, me gustaría que se pensase algunos minutos en la relación que cada uno de nosotros tiene con el teatro.

De alguna u otra forma, hemos estado involucrados en alguna situación histriónica, conocemos los conceptos y nos parece algo bastante natural y hasta fundamental que las civilizaciones lo tengan. Eric Bentley, en su libro The life of Drama, ya ha profundizado en que la imitación es parte de la vida cotidiana. En el mismo trabajo concluye que la teatralidad se encuentra desde la aceptación de cierto rol en la sociedad: como un cajero en una tienda de autoservicio, hasta un presidente a nivel federal que “actúa” como si le importase el pueblo. En su paso por la historia, el teatro ha desfilado con distinto propósitos: fiestas Dionisíacas, evangelización, entretenimiento popular y aristócrata, empoderamiento del oprimido e incluso ha evolucionado en una herramienta didáctica y argumentativa, que actualmente puede usarse hasta con objetivos terapéuticos. Con tantas formas, lo preocupante es que sigue siendo un género olvidado que le pertenece sólo a unos pocos.

Al tratarse de una forma de expresión fluida o cambiante, inmediatamente se piensa en el cine, en sus diferencias y sus semejanzas. La migración del teatro al cine supuso perder audiencia, transformar el escenario y también las formas narrativas. A pesar de que la industria cinematográfica ya no es una novedad, la tecnología y las animaciones procuran al espectador escenas que antes eran inimaginables y, con esto, el reto del teatro es todavía mayor. Remontarnos a las características del teatro clásico griego únicamente nos hace pensar en qué tan distantes estamos de las máscaras, del rigor dramatúrgico y del teatro como una celebración. En el siglo XXI, los dramaturgos poco a poco han tejido nuevas historias de manera diferente; el director, el dramaturgo, los actores y todo aquél involucrado en una puesta en escena han cambiado sus paradigmas acerca de lo que es hacer teatro. Se ha cambiado por necesidad y adaptación, es decir, para que el género sobreviva.

Retomando mi pregunta inicial acerca de la audiencia: ¿quién asiste al teatro?, pienso en otro aspecto: el apoyo que existe para hacerlo. Además de existir un bajo número de espectadores también hay (¿sería mejor decir “no hay”?) un apoyo económico para los creadores de las artes escénicas. Lejos de buscar culpables acerca del financiamiento, atrae mi atención que tampoco es un asunto de los lectores habituales. Un ejemplo son los programas de estudio de las licenciaturas en Letras, donde se busca que haya pensadores críticos y lectores profesionales. Aquí, es extraño encontrar materias específicas acerca del teatro, esto con el pretexto de que no es una carrera de literatura dramática. Posiblemente donde más lo llegamos a vislumbrar fue en materias donde se aborda la tragedia griega o el teatro de los Siglos de Oro, fuera de eso, no lo encontramos.

Con este panorama en mente, la sociedad de estudiantes de Letras Hispánicas del Tecnológico de Monterrey –sí, también hay Letras en esta universidad– organizó un congreso dedicado únicamente al teatro: Vox Orbis: Narrativa en Escena (2014). Contamos con la presencia de voces actuales del teatro y discutimos primordialmente las fronteras del texto dramático. José Sanchis Sinisterra, uno de ellos, dramaturgo español, también ha tenido opiniones filosas acerca de la falta de teatro en la cultura: “Otra de las líneas de investigación del dramaturgo es la relación entre el teatro y la filosofía. En España el teatro es bastante raquítico intelectualmente, es de entretenimiento, de emociones, pero es difícil encontrar teatro de pensamiento, que con una estructura dramática puede ser entretenido pero a la vez de reflexión”. (2016)

La narrativa ha expandido sus horizontes a cada rincón –no me malinterpreten, me parece fabuloso–, pero la poesía y el teatro están más que olvidados, cada una en magnitudes y aspectos distintos. Es raro encontrar premios que impulsen la creación de textos dramáticos y mucho más complicado encontrar financiamiento para una puesta en escena, normalmente el poco apoyo que hay está destinado para la creación de cuentos y novelas.

En la lucha del teatro por volver a brillar también se ha cuestionado si es necesario poner el teatro en escena para que éste cumpla su objetivo. De igual forma, en su afán de reivindicarse, ha surgido en España un teatro fronterizo que busca regresar a sus raíces colectivas y no sólo aislarse para ser entendido por unos cuantos. La narraturgia, que se está consagrando tanto en España como México desde el nuevo milenio, no sólo se trata de la transformación estética del teatro: también cambia la forma en que lo leemos y la noción misma de que el montaje debe suceder. Otro ejemplo de adaptación, ha sido el formato del microteatro, tanto en España como en México. (Aquí me gustaría hacer hincapié en la nueva tendencia de hacer obras de teatro con una corta duración porque profundizar acerca del contenido y las formas es tema para otro ensayo) Para sorpresa de todos, el género se adaptó a la falta de público y a la falta de financiamiento para poder insertarse, disfrazado de narrativa, en la agenda cultural.

Por otro lado, dentro de las características sociales, la virtud ficticia que tiene la literatura dramática – y la literatura en general– construye cierto amparo imaginario ante las autoridades y puede servir como un canal de denuncia. Para ejemplificar lo anterior también se puede recurrir a Shakespeare: ¿cuántas veces se utiliza el recurso del metateatro para declarar injusticias? En el escenario se exponen traiciones, verdades sin tapujos; en escena todo es válido porque finalmente se queda en el aquí y en el ahora de la tarima. Recordemos el caso de hace algunos años de la desaparición forzada en Ayotzinapa de los normalistas. El escenario de la vida pública, de la supuesta democracia y transparencia, ignoró por completo a las familias afectadas; las propuestas y el valor para expresarse surgieron en los escenarios, en los bares, en los cafés, en las asociaciones de estudiantes. En la Muestra Nacional de Teatro de Nuevo León en 2014, al finalizar cada función, los actores, la producción y el director salían a escena con el telón abajo para pronunciar su enfado por la falta de derechos humanos en el país. Así como hubo ruido por parte del gremio teatral, también hubo silencio, ese mismo año en la entrega de la Medalla Xavier Villaurrutia se lanzó una crítica a las personas que habían permanecido en silencio a raíz del mismo acontecimiento.

En escena hay silencios que indican tensión, que indican intriga o incertidumbre, a veces, indecisión e ignorancia. El hecho de permanecer callado e inmóvil puede tener múltiples interpretaciones; sin embargo, hay otros elementos alrededor cuando se hace un trazo escénico: hay expresiones, iluminación y ademanes que nos muestran con otro lenguaje. Retomando la idea de Eric Bentley y condensada en el tópico literario de theatrum mundi, en la vida real también hay silencios, también hay maquillaje y también hay ensayos.

La falta de presupuesto para las obras teatrales genera un descontento en el gremio teatral y de hecho si se piensa que para crear se necesita de un financiamiento, concluyo que la falta de impulso genera un silencio involuntario por parte de los dramaturgos porque no pueden vivir de hacer teatro, ¿el recorte económico es un tipo de censura? Si pensamos que las protestas, los guiños acerca de la injusticia ocurren en el teatro, ¿se busca la extinción del género por medio de sanciones económicas? El dramaturgo David Olguín también ha alzado la voz para desvelar lo que se vive desde tramoya “Se montan muchas obras mexicanas, pero con un presupuesto bajo, en teatros orilleros y muchas veces con poca dignidad. Ahí se dan a conocer buenos textos pero en una permanente mezcla con materiales deleznables”. (2016) Finalmente, deseo que con un panorama bastante general acerca del silencio que se vive en el escenario, el lector pueda involucrarse más como lector, espectador e incluso creador de teatro. El teatro no es estático y además el teatro está de nuestro lado.

Dos notas:

  1. Todas las conferencias del congreso Vox Orbis: Narrativa en Escena se pueden encontrar en línea en la Enciclopedia de Escritores Mexicanos, Cervantes Virtual y en canal la Cátedra Alfonso Reyes en YouTube.
  2. Para conocer más acerca del Teatro Fronterizo de José Sanchis Sinisterra recomiendo la revista Fragmentos de un discurso teatral.

Fotografía por Ulises Valderrama

Posted by:paginasalmon

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