Frente a las grandes exposiciones, como Sublevaciones y Carlos Amorales. Axiomas para la acción en el MUAC, Aprendiendo a leer con John Baldessari en Museo Jumex o Cerith Wyn Evans en Museo Tamayo, artistas mexicanos relativamente jóvenes no pueden sino ocupar un lugar periférico. Aunque nunca ha sido de otra manera, resulta necesario poner sobre la mesa una serie de interrogantes con el objetivo de reconocer su participación en el campo del arte actual; preguntarse, por ejemplo, cómo es que sus prácticas se inscriben en otros espacios, a través de qué agentes y cuáles son sus propuestas específicas, también si existen afinidades entre ellas y cómo es que se determinan, entre otras.

En mi opinión, resulta imprescindible proponer un diagnóstico de esto, aunque la generalización de una postura siempre conlleve riesgos de estar equivocada; que la crítica vuelva a participar en un debate en el que las prácticas artísticas, exhibitorias, académicas e institucionales converjan e intervengan en el sistema que gira irremediable y casi exclusivamente alrededor del mercado y de intereses particulares. Si esto no se lleva a cabo de forma pública y masiva, y no sólo desde lugares privilegiados de opinión —llámense curaduría, investigación, columnas de prensa, etc.; o, en el otro extremo, charlas de café, conversaciones de grupos especializados o comentarios en redes sociales— la crítica no va a recuperar el peso específico que se le exige a sí misma por definición.

¿Qué es lo que resta? Crear comunidad a través de espacios no hegemónicos, pero sí participativos y abiertos de discusión: páginas particulares, blogs, grupos de interés, incluso este mismo sitio. El objetivo es básico: reconocer y recuperar la actividad de la crítica construida colectivamente en el campo del arte actual, asumirla. Sólo en el diálogo entre los actores, de los cuales el espectador es uno y no el menos importante, puede restituirse la base de intercambio que permite que el arte aparezca como fenómeno cultural y no como imposición de consumo.

Expuesta la utopía, pero sin perder la esperanza, vuelvo al escenario real del estatuto periférico de los artistas mexicanos actuales (abandono voluntariamente el término “arte joven” porque como “contemporáneo”, es equívoco; en otra ocasión podré elaborar mi postura al respecto). Empezaré diciendo que la periferia, no únicamente en el sentido artístico, es variada, rizomática y concéntrica; alrededor de una periferia, se construyen otras periferias, se enlazan, entrecruzan, se curvan. Los espacios de exhibición, para este caso, no son sólo los museos, también las casas, los patios, los mercados, las librerías, los estudios, las escuelas, las galerías. En ese sistema complejo, los artistas se ganan y se pierden por muchos factores, porque son o no mirados, escritos, invitados, curados, comprados…

… Becados. Durante las últimas semanas tuvieron lugar dos exposiciones distintas que tenían en común el apoyo económico al grupo de artistas elegidos. Una, la beca de Bancomer en colaboración con el Museo de Arte Carrillo Gil; la otra, el Programa Educativo SOMA. Ambas exposiciones reunieron el trabajo de 20 (9 y 11, respectivamente) artistas mexicanos. No son las únicas becas, claro está. También existen concursos y otros mecanismos de visibilidad, más que de sobrevivencia, hay que decirlo. Y siempre serán insuficientes y selectivos, lo cual no necesariamente significa que está mal. El problema se dirige en un mejor sentido si nos preguntamos si el sistema de apoyos es el único que puede llevar a un artista a tener un lugar en un recinto reconocido, legitimado como espacio de exhibición de “muestras” del arte actual en nuestro país. La respuesta parecer ser un contundente sí. La selección es realizada por el conjunto de “jueces” y futuros tutores con base en criterios de “portafolio” y currículum, lo que quiere decir ahora que se eligen por medio de la potencia de su incremento de valor, tributario del trabajo previo del aspirante no sólo como practicante sino como agente de su capital social artístico en el medio.

Otro ejemplo en un sentido distinto: la exposición de curador, Notas para una educación (económico-) sentimental en el Museo del Chopo. Julio García Murillo, reúne piezas de arte actual bajo una línea que las absorbe en un discurso predefinido. La curaduría se expone, se sobreexpone hasta el punto de requerir del espectador la tarea de lectura unívoca de las piezas. Los artistas tienen un lugar paradójico, participan, se hacen visibles, pero al precio de soportar el límite enunciativo de una idea ajena. Un resultado similar al de SOMA y Bancomer pero sin un proceso educativo y económico de por medio. Los artistas, en resumen, responden al eje curatorial o las pretensiones de tutores y sus tradiciones específicas, ocupan, de nuevo, un lugar periférico dentro de ese sistema asistencial.

Por eso la crítica, como actividad independiente y pública pero en relación directa con las prácticas exhibitorias, es urgente. Su acción es capaz de mirar esto desde fuera y al mismo tiempo de repercutir, en el mejor de los casos, en la forma en que se elige y expone. El discurso puede intervenir, participar de alguna forma; no podemos olvidarlo ni subestimarlo. Si por su realización se han bajado cuadros y se ha condenado a artistas, también ha sido y es posible cuestionar y proponer, redefinir, colaborar, hacer de las periferias puntos de poder en diálogo horizontal con los centros establecidos.

Imagen tomada de Schiller Institute

Escrito por:paginasalmon

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