Hace 9 meses, más o menos, me integré a un proyecto que tiene que ver con el cine. Mi labor, entre otras cosas, consistía en localizar objetos —equipo técnico, memorabilia, utilería, fotos, vestuario, etc.— los cuales ilustraran, por un lado, los distintos momentos de producción de una película y, por otro, los avances tecnológicos de este arte desde mediados del siglo pasado a la fecha. El proceso fue tan divertido como revelador; sobre todo la parte de visitar bodegas de utilería y vestuario. Empiezo por contarles de las primeras.

Aunque suene a asqueroso cliché, entrar en esos espacios me permitió experimentar en carne propia “la magia del cine”. Son lugares repletos de cosas que no tienen otra función que la de aparentar que son aquello que formalmente fueron diseñadas para ser. Pistolas de plástico en las que no se puede insertar ni una bala, balas en las que no hay cabida para la pólvora, pólvora que sólo hace ruido, en fin, arcos, flechas, espadas, sables, metralletas, bazookas, etc., siguen todas la misma lógica. O sea, se trata de objetos que más que ser, parecen, porque, en realidad, todo es de mentiritas. Pero, bueno, reflexiones metafísicas aparte, lo que más me llamó la atención fue justamente el índole violento de la gran mayoría de props que los encargados/dueños de las bodegas —todos hombres— se empeñaban en mostrarme. Y, es curioso, porque mientras me enseñaban horondos arma tras arma, explicándome por qué cada una es más verosímil que la otra, mi mente entraba automáticamente en un estado de hibernación que me impedía seguir las frases hasta el final. “Ésta tiene más potencia porque bla, bla, bla…”. “Este aditamento de aquí le da más alcance bla, bla, bla…”. “No, si las municiones de ésta bla, bla, bla…”. Aunque fueran de utilería, no me interesaba conocer sus características porque, en última instancia, estos artefactos, en los modelos originales, sólo suponen sofisticaciones en las maneras de herir o matar. Así que, en esos momentos, me limitaba a observar —entre desinteresada y asustada— el gusto con el que los integrantes del club de Toby en cuestión me hablaban de las diferencias de sus tesoros bélicos. Pero, luego, pasados no más de diez minutos de sus clases de “Introducción a las armas I”, lograba cambiar el rumbo de la conversación hacia el resto de material que a mí, en lo personal, me resulta más interesante. Y era en esos momentos que, en medio de negativos y parafernalia de antaño, surgían las historias más deliciosas.

En las bodegas de vestuario la cosa también fue por demás interesante; era como entrar a un clóset gigante, de más de diez pasillos de estantes y tubos para ganchos a doble altura, llenos de ropa, zapatos, botas, tocados, sombreros, cascos, cinturones, etc. Las cosas, según me explicó el dueño, las tienen catalogadas por épocas y profesiones. Sin embargo, conforme me fueron detallando lo que se encuentra en cada pasillo, me fue quedando claro que el criterio de clasificación oculta, en realidad, otra lógica de organización. “Tenemos trajes de troyanos y romanos; cosas de la colonia como armaduras de conquistadores, ropa a la usanza española y ropa de indios; hay ropa de revolucionarios, villistas o zapatistas; trajes de charro; atuendos de sacerdotes, obispos y papas; trajes de soldados al estilo francés del siglo XIX; policías; bomberos; militares; astronautas; futbolistas y beisbolistas; star troopers… Y bueno, también tenemos ropa de mujer de distintas épocas y atuendos de monjas”. ¡Chaz! Cuando oí eso me cayó el veinte de muchas cosas: 1) En las bodegas existe un criterio de clasificación previo del que no me hablaron —no sé si porque no son conscientes de él o porque, simplemente, no les parece importante mencionarlo— que tiene que ver con la categoría de género. Es decir, antes que cualquier otra cosa, todos los disfraces de la bodega están divididos en masculino/femenino. 2) Su criterio de ordenar por épocas aplica sólo para el universo masculino puesto que, cuando hablan de troyanos, conquistadores, revolucionarios, charros, astronautas, etc., —así, en supuesta neutralidad de género— se refieren única y exclusivamente a atuendos de y para hombres. Como consecuencia de eso, el compañero que me acompañó en la búsqueda, pudo vestirse —por fines meramente investigativos— de gladiador, de cherokee, de Cervantes, de villista, y de Agustín de Iturbide, mientras a mí no me quedaba de otra que limitarme a mi propio rol de investigadora y hacerle las divertidas fotos para nuestro archivo. Claramente, yo no habría tenido ningún empacho en atentar contra la Historia —ésa con mayúsculas— y trasvestirme para encarnar a cualquiera de esos personajes —todos ‘masculinos’—, pero  dada la seriedad de la situación, opté por no hacerlo. Además, a él le quedaban los atuendos pintaditos… 3) Al hablar de la clasificación según el oficio, pues ya ni qué decir. No hay nada ahí diseñado originalmente para una mujer. Me lo dejaron muy claro: o mujer de época o monja; no hay más. “Mira”, me dijo uno de los administradores en una ocasión, “tenemos este hábito blanco y negro que es el típico”. Sin embargo, aunque en ese momento me pareció tentadora la posibilidad de vestirme de Sor Juana unos minutos, algo en mí me llevó a preguntarle si tenían atuendos de rumberas: ya ven que una trae bien internalizada la dicotomía santa-puta. Pero no, tampoco existe esa posibilidad. “Esos trajes no los encuentras fácilmente; ésos se hacían ex profeso para cada actriz o, si no, ellas mismas los traían”. En fin, el resultado es que, a lo largo de mi exploración en bodegas, no logré encontrar vestuario que ilustrara roles ‘femeninos’ verdaderamente atractivos —que no fueran el de monja o el del genérico «mujer de época»— y, sin embargo, de hombres existen cientos, por no decir miles.

Con esa pesante realidad a cuestas y quizás más preocupada que enojada, las preguntas no han parado de asediarme desde entonces: ¿qué historias de mujeres ha contado el cine mexicano a lo largo de los últimos setenta años?, y, más importante aún, ¿quiénes han escrito/contado esas historias, es decir, quiénes han hecho el cine mexicano? ¿En qué medida esos —falsos, o bueno, digamos ficcionales— relatos han contribuido en la construcción de esa —digamos ficcional— estereotipia de «mujer mexicana» que sólo ofrece dos roles posibles, a saber, el secundario de la de dócil y abnegada hija/hermana/esposa/madre/abuela, o bien, el ‘estelar’ de la temible y moralmente cuestionada devora-hombres que no obstante, en el fondo, no puede vivir sin esa otra —digamos ficcional, absurda y destructiva— construcción estereotípica de la «masculinidad mexicana», es decir, sin un macho —sano hijo del patriarcado— que la quiere siempre en casa haciendo las ‘labores propias de su sexo’?

Confieso que a estas alturas de mis cuestionamientos ya estoy más enojada que preocupada dado el contexto de los últimos meses. Y es que los casos de violencia y abuso que destaparon los movimientos #metoo, #balancetonporc y la subsecuente ola de denuncias por parte de mujeres del medio cinematográfico en territorio mexicano me preocupan y enojan en igual medida; pero frente a las reacciones que, en torno al tema, ha mostrado buena parte de la sociedad —incluidas las autoridades—, mi ira se desbocó. Así, con ese calor que se siente cuando, tras constatar una realidad injusta, la rabia emerge de lo más profundo de las entrañas, decidí ponerme a investigar un poco más al respecto. Busqué datos duros, cifras, en fin, números que me acercaran a la concisa ‘frialdad’ de las estadísticas. Fue entonces que di con el “Anuario estadístico de cine mexicano”, una publicación que, desde hace ya varios años, edita la Secretaría de Cultura (antes Conaculta) con información recabada por el Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) y que, además, se puede descargar de internet.

Este documento, en su recién salida edición de 2017, afirma que, y cito textual, “la participación de las mujeres en la realización de películas mexicanas mantuvo la tendencia de crecimiento de los últimos años”. —Hasta ahí, todo bien. “Dirigieron 42 filmes, la cifra más alta desde el primer conteo en 2007”. —Aquí ya empecé a tener dudas: ¿cuántos filmes produjeron los hombres? ¿Lo de primer conteo quiere decir que hasta hace apenas 11 años las mujeres no eran tenidas en cuenta entre las estadísticas para ocultar así su escasez dentro del gremio, o más bien obedecía al hecho de que ni siquiera se habían dado cuenta de la franca disparidad de género? “42% fueron documentales y 58% de ficción”.  —Mmeh.  “En relación con 2016, hubo más películas producidas o escritas por mujeres, con un incremento de 34% y 30%, respectivamente”. —Espérenme, ¿cómo llegaron a esas cifras? ¿Cuáles fueron sus criterios, su metodología? ¿Cómo se llaman esas mujeres? ¿Qué temáticas abordaron en sus películas? ¿Produjeron o escribieron solas, a dúo o en colectivo? ¿Los dúos o colectivos eran mixtos o sólo de mujeres? “En 52% del total de las producciones, las mujeres participaron como directoras, guionistas o productoras”. —No, lo siento, tampoco este dato me parece conciso: ¿por qué juntan las tres categorías? ¿Para qué, al sumar, la cifra se vea más grande? Yo quisiera saber el porcentaje de cada uno de esos rubros por separado… Sobre todo cuando, al hacer una revisión preliminar a partir del listado que presentan de directorxs y películas realizadas el año pasado, mi conteo arrojó los siguientes números: de las 176 películas —entre las cuales, según entendí, no se cuentan ni documentales (66), ni cortometrajes (590)—, 133 fueron dirigidas por hombres, 31 por mujeres y 12 por duplas o grupos mixtos.

En fin, el caso es que, por más que quise que la información que ofrece el anuario me diera un poco de ánimos, eso no sucedió. Detecté atisbos de que la cosa va mejor que antes, sí; pero me quedo con muchas dudas. Y es que al tratar de explicar esos porcentajes con mis propias palabras sólo puedo concluir que, el año pasado, las mujeres… O sea, que el año pasado, a través de una mirada con enfoque de género, el cine en México… No, nada concreto en ese sentido. Simplemente la confirmación de que lo que detecté detrás de cámaras del ‘ficcional’ mundo del cine en nuestro país es evidencia de que toda su estructura sigue cimentada en preceptos patriarcales: de belicosidad, de inequidad de género, etc. Estructura que, a su vez, —y  esto hay que decirlo fuerte y con todas sus letras— tiende a replicar dicha lógica en sus producciones y en el análisis que se hace de las mismas. En ese sentido, las preguntas que me siguen machacando son: ¿por qué no se crean/producen/difunden más filmes mexicanos donde se subvierta de cuajo el status quo? ¿Por qué no generar mecanismos y parámetros de control detrás de cámaras que, concebidos desde sensibilidades y axiologías diversas, pongan el dedo en la yaga y apunten así en dirección de un verdadero cambio? Y es que no sé si articular una cláusula de cuotas al estilo Inclusion Rider en el contexto mexicano sea la solución; sin embargo, sí considero más que necesario el que las voces todas —de mujeres, de indígenas, de personas LGBTQI, de personas con capacidades diferentes, etc.— tengan las mismas posibilidades para contar sus historias y, más aún, que una vez contadas, estas historias gocen de los mismos apoyos, patrocinios, y canales de distribución y difusión que las del cine más patriarcal/comercial.

¿Será éste sólo un sueño guajiro?

Imagen tomada de El País

Escrito por:paginasalmon

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