Hay que escribir para no olvidar,
y recordar para darte cuenta de que es verdad.
Carlos Beristain

La mañana del 27 de septiembre de 2014, fue encontrado el cuerpo de un estudiante de la escuela normal de Ayotzinapa en un camino de terracería. Pocas horas después, la fotografía de ese cuerpo comenzó a circular en redes sociales: el rostro desollado de un hombre que trae puesta una sudadera roja.

Marisa Mendoza identificó, por la ropa y algunas marcas en el cuerpo, a su esposo y padre de Melisa, su bebé -entonces de 2 meses.

Si escribes en el buscador de imágenes de Google “Estudiante de Ayotzinapa desollado” o “Julio César Mondragón Fontes”, obtienes cerca de 25, 270, 000, 000 resultados; la única diferencia es que, si rastreas la misma imagen a partir del nombre completo del normalista, Google tardará 5 segundos más en mostrarte la misma cantidad de resultados.

Pero esas 25, 270, 000, 000 imágenes no son del rostro de Julio.

Rostro

Nos presentaron en un baile, en la Normal de tenería. Fue extraño porque cuando lo vi no sentí nada, ni siquiera cruzamos miradas, no pensé que fuera a formar parte de mi vida. Yo de hecho pensé que le interesaba una de las amigas con las que había ido, porque cuando se tomó una foto con ella, pues la abrazó muy bien. A raíz de esa foto, nos contactó a todas las que habíamos ido y a todas nos mandó solicitud en Facebook y a todas se las andaba conquistando, o sea era bien lanzado. Yo fui la última en aceptar esa solicitud.

Así, en ese fragmento que pertenece a una de las 22 entrevistas que integran el libro Procesos de la noche de Diana de Ángel, Marisa describe el día en que conoció a Julio César. Y continúa de esa manera su reconstrucción, la de su identidad y la de su rostro: a partir de recuerdos que guardan los amigos, esposa y familia.

Al libro lo construyen, además de esos recuerdos, las crónicas de Diana sobre el proceso legal que realizó Sayuri Herrara, la abogada a cargo del caso, para lograr la exhumación y reinhumación del cuerpo de Julio, con el objetivo de aclarar la investigación sobre su tortura y las causas de su muerte.

El tejido que poco a poco va formando Diana se enhebra desde la escucha y el aprendizaje que vivió al acompañar el duelo de las personas cercanas al estudiante. Fue desde noviembre del 2014 que Diana, junto con el colectivo “El rostro de Julio y Aluna”, registraron el duro juicio de la exhumación que le permitió a los peritos “traducir en el lenguaje forense lo que el inerte y rígido cuerpo de Julio tenía que decir”.

El camino de Diana no es un camino individual; si bien es ella la autora del libro, en las palabras se siente la presencia de un nosotros, de una extensión que nos hace partícipes, que nos hace sentir y sabernos ahí, inmersos, detrás, delante, observando la lucha. Son pocas las veces que aparece la autora para describir una sola mirada o sensación y, cuando lo hace, es para acercarnos a la experiencia de ese nosotros; hay una mirada documentalista, pero no neutral ni ausente: una mirada desde ese plural que evoca compromiso; no indiferencia.

Cuando la cruz se clava en la tierra, Marisa comienza a llorar. Enrique, uno de los documentalistas que nos han acompañado también llora detrás de su cámara. Cómo no sentir el dolor que ese lugar tendrá por siempre. Una de las cosas que más recuerdan los familiares y amigos de Julio era que le gustaba caminar, cosa que quienes lo ejecutaron desconocían, pero no por eso deja de ser una cruel ironía que lo hayan abandonado en el Camino del Andariego.

No es fácil transitar por las crónicas sobre el proceso legal, en donde Diana detalla y relaciona sutilmente esta situación con los contextos de impunidad y violencia sistemática en México, para llegar a los relatos de Marisa o de Afrodita, la madre de Julio, que hablan sobre el día en que él se enteró de que sería padre o de que uno de sus mayores temores eran las víboras. Ese pasar en menos de cinco segundos de la incomprensión de lo inhumano de las instituciones a la ternura de quienes amaban a Julio, coloca al lector en un entretiempo vulnerable, inundado de efectos.

Cada crónica sobre lo vivido en los juzgados, sobre las conversaciones con burócratas o de una de las reuniones de Marisa con EPN, en la que le deja en sus manos un CD que contiene trece imágenes tomadas cuando se encontró el cuerpo de Julio y que no fueron incluidas en el primer informe pericial; cada situación de la cual Diana fue testigo está relacionada, de alguna manera, con las palabras de las personas que conocieron a Julio y que decidieron hablar sobre él, que decidieron exhumarlo.

Porque la reconstrucción del rostro de Julio también es la reconstrucción de un proceso justo en la investigación y esclarecimiento de su asesinato: una reconstrucción que en el futuro será un recuerdo hablado para la pequeña que ahora tiene tres años.

Procesos de la noche también es un texto que cuestiona directamente a las personas que trabajan con o desde las víctimas sin ser afectados: esas que prefieren utilizar un “lenguaje bien trajeado” para lograr estar frente al dolor del otro, un lenguaje despersonalizador que prefiere la comodidad al compromiso:

El cadáver al que se refiere es el cuerpo de Julio, quien estaba vivo hasta hace apenas poco más de un año, pero Salazar Hernández (magistrado del Tribunal Superior de Justicia del Estado de México) se atiene al áspero término que le permite tomar distancia de la víctima directa de una ejecución extrajudicial. Quince días después, este funcionario, que en esta reunión omitió el nombre de Julio, recomienda a jóvenes abogados pensar cada día en esa protección a los derechos humanos durante el Tercer Certamen Nacional Universitario CONATRIB. Lo que no dirá a los asistentes de dicho certamen es que lo principal es mantener siempre un lenguaje técnico, no humano. Entre más técnico mejor, entre menos persona veamos a la víctima mejor, para qué decir Julio, veintidós años, padre de una bebé, esposo de una mujer, hijo de una madre, eso podría, no sé, acercarnos un poco a la víctima, sentir por un momento que podemos ser iguales a esas personas violentadas. Mejor usar cadáver, esa es la distancia precisa para poder mostrar su blanca sonrisa, mantener su velo de honorabilidad y negar, cuando sea conveniente, la ayuda solicitada.

Es esa la distancia que toman magistrados, burócratas, policías, funcionarios, pero también médicos, periodistas y testigos para hacer “bien” su trabajo.

Procesos de la noche es un testimonio no sólo de la crueldad y del recuerdo vivo de un rostro, sino un objeto que guarda un preciado conocimiento: que la búsqueda de verdad y de justicia también se siente y que no por ello deja de ser justa y verdadera.

Imagen tomada de SinEmbargoMx

Escrito por:paginasalmon

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