George Steiner dijo que los alemanes de la posguerra sólo querían olvidar. En los primeros años que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial, escribe en Lenguaje y silencio (1967), hubo un corto periodo de “escrutinio moral y duelo”, que, sin embargo, no tardó en ser desplazado por la promesa de renacimiento que llegó con la renovación económica. Los alemanes trabajaron hasta olvidar y olvidaron hasta imponer una nueva historia, una en la que de pronto todos eran inocentes: nadie había sabido de las atrocidades de los nazis mientras se perpetraban. La actitud general fue reconocer el pasado monstruoso en los otros, diluido en lo masivo, impersonal e incapaz de responder.

Pero el paraíso del futuro sin pasado tampoco duró mucho. La marcha de los movimientos progresistas de los sesenta abrió, paso a paso, la herida mal cicatrizada y obligó a la memoria a revelar sus secretos. A partir de entonces, lo que el historiador y sobreviviente del Holocausto Saul Friedlander llamó “el silencio de los padres” comenzó a perder su refugio en la represión. Quizá más que la historia, la literatura jugó un papel primordial para mantener vigente el pasado que habían intentado enterrar vivo. La historia comenzó a contarse en novelas.

En 1959, en plena reconstrucción, se publicó El tambor de hojalata de Günter Grass. Aunque al principio la recepción del libro fue ambivalente, en un rango de “brillante” a “de mal gusto” —en España fue censurado durante dos décadas por “blasfemo y pornográfico”—, vendió alrededor de 300,000 copias en Alemania, 200,000 en Estados Unidos, estuvo tres meses en la lista de best sellers del New York Times y no tardó en convertirse en una referencia clave del discurso que contestaba al silencio de los padres.

El inicio paradigmático del horror nazi fue la Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht), un pogromo perpetrado entre la noche del 9 y la madrugada del 10 de noviembre de 1938, a lo largo y ancho del territorio dominado por Hitler. Grupos paramilitares y civiles quemaron sinagogas; golpearon, violaron y asesinaron a judíos; destruyeron sus casas, negocios y cementerios, y detuvieron a muchos que después serían enviados a campos de concentración. El ataque fue orquestado directamente por la cúpula nazi, pero ésta intentó disfrazarlo de una revuelta civil espontánea provocada por el asesinato de Ernst vom Rath, un funcionario de la embajada alemana en París, a manos de un adolescente judío. La Noche de los Cristales Rotos no fue planeada por ciudadanos, pero sí contó con el privilegio de su discreción. La indiferencia que marcó esa noche, la facilitadora del horror, fue el verdadero punto de quiebre, el origen arquetípico de la crueldad legalizada y legitimada.

El capítulo “Fe Esperanza Caridad” de El tambor de hojalata narra esta noche desde la perspectiva ambigua de su protagonista, Oscar Matzerath, quien, en el cuerpo de un niño eterno de tres años y completamente aislado de la normalidad social, vive al ritmo que él mismo marca con su tambor de hojalata rojo y blanco. De tanto uso, el tambor, sin el que Oskar “ni podía ni quería vivir”, debe reemplazarse constantemente y quien cumple con esta función esencial es el juguetero Sigismund Markus.

Un día, cuando en las calles ardían sinagogas, “libros, objetos de uso litúrgico y telas raras”, Oskar, preocupado por sus tambores, corrió a la juguetería, donde se encontró con los vidrios del escaparate rotos y las palabras “Cerdo judío” escritas en la entrada.  En su despacho, Markus estaba muerto. “Érase una vez un vendedor de juguetes que se llamaba Markus y se llevó consigo todos los juguetes de este mundo”. Al salir, con la consciencia de que el mundo no volverá a ser el mismo, Oskar ve a unas mujeres en medio del tumulto que reparten folletos y muestran una pancarta con las palabras “Fe – Esperanza – Caridad” —en la novela en alemán, el último término es amor (Liebe).

Las virtudes teologales de San Pablo le dan nombre a este capítulo que, narrado in illo tempore, enmarca este fragmento de la historia en el paradigma de la tradición cristiana europea, no como una excepción, sino como una consecuencia. Al narrarlo con la estructura de “Érase una vez…”, Grass coloca el inicio arquetípico de la bestialidad en el tiempo mítico originario. En palabras de Glenn Guidry, “le revela a una comunidad sus orígenes espirituales y psicológicos”. En 1990, Grass dijo en una conferencia: “No podemos superar Auschwitz. No deberíamos siquiera pretender semejante acto de violencia, por más que lo deseemos. Porque Auschwitz nos pertenece”. Y proclamó: “Ahora, por fin, nos conocemos a nosotros mismos”.

“Todo un pueblo crédulo creía en San Nicolás. Pero San Nicolás era en realidad el hombre del gas”. Desde su perspectiva de niño-adulto, Oskar observa impotente (y sin acabar de entender lo que pasa) cómo el líder nazi seduce religiosamente su entorno, como quizá lo vio el mismo Grass, que tenía seis años cuando Hitler tomó el poder. “Sin embargo, cuando la fe en San Nicolás resultó ser fe en el hombre del gas, se recurrió, sin respetar la secuencia de la Epístola a los Corintios, a la caridad, el amor”. Pero la caridad (agápē, en el griego original: el amor más elevado) resulta ser un amor nacionalista que de caritativo tiene muy poco; un amor a lo propio sustentado en el odio a lo ajeno. Amor sólo a las vidas que el hombre del gas decide que son dignas de vivirse. Por caridad se declaró “religión del Estado la fe en el hombre del gas” y, entonces, ya no quedó más que “el tercer artículo sin salida de la Epístola a los Corintios: la esperanza”. Pero, en este punto, ¿en qué se puede tener esperanza? En que todo termine, en poder enterrar la culpa y la vergüenza en el olvido. Como si el hombre del gas desapareciera así de fácil. Cuando ya nadie quiere verlo, permanece escondido en las tuberías, en la estructura, desde donde sale por las estufas y calienta la comida. “No sé, por ejemplo, quién se esconde hoy bajo las barbas de San Nicolás”, dice Oskar al final del capítulo. “No hay ningún Pablo, el hombre se llamaba Saulo […] y, como Saulo, contó a las gentes de Corintio algo de unos embutidos enormemente baratos que llamó fe, esperanza y caridad, elogió su digestión fácil y todavía hoy, bajo formas siempre cambiantes de Saulo, trata de venderlos”.

En “Fe Esperanza Caridad”, Grass expone la efectividad con la que el nazismo logró convencer a un pueblo entero de su programa genocida mediante narrativas que resonaron profundamente en la tradición europea del cristianismo. La más clara: el discurso antisemita que, aunque no fue nombrado como tal sino hasta finales el siglo xix, se estableció como una pauta no escrita en Europa siglos atrás. El tambor de hojalata desbanca la narrativa del nazismo como una excepción, un tropiezo en el progreso de Occidente, que había que dejar atrás para seguir con el proyecto original. En este capítulo, las virtudes que infunde Dios a los seres humanos según la teología cristiana marcan una especie de cronología anímica del nazismo: la fe oportunista seguida de la caridad selectiva (el amor nacionalista y racista) y la esperanza en el olvido. La obra de Grass es una advertencia y un recordatorio de que el olvido de las consecuencias no elimina las causas. Aunque no las veamos, éstas siguen operando “bajo formas siempre cambiantes de Saulo”.

Desde los inicios de su carrera, Grass fue considerado (fuera de Alemania) una especie de brújula moral de la nación que se atrevía a decir las cosas que sus conciudadanos no querían, pero debían escuchar. En 1999, recibió el Nobel por escribir “fábulas oscuras y traviesas” que “retratan la cara oculta de la historia”. Esta imagen sólo se consolidó con el tiempo, a medida que Grass comenzó a ocupar distintos espacios para exponer su visión política liberal, socialdemócrata y, sobre todo, antibélica. Y entonces ocurrió lo impensable.

Un día, cuando ya nadie lo esperaba, la culpa alcanzó a quien nadie lo hubiera imaginado. Desde 1992 se sabía que, como tantos niños y adolescentes de la época, Grass había formado parte de las juventudes hitlerianas y había sido soldado a los 16 años, durante el último año de la guerra. Su versión era que en 1944 había sido reclutado en una división antiaérea y capturado al año siguiente por los estadounidenses, que lo mantuvieron como prisionero de guerra hasta abril de 1946. Pero en agosto del 2006, a días de que se publicara su libro de memorias Pelando la cebolla, Grass confesó públicamente que había formado parte de las Waffen SS, las unidades militares de élite del partido nazi, que, bajo las órdenes de Heinrich Himmler, jugaron un papel capital en la perpetración del Holocausto.

Resultó que Grass no sólo vio cómo Hitler seducía “a los adultos” de su entorno, sino que fue seducido él mismo cuando era una especie de un niño-adulto: un Oskar. Pero no fue eso lo que indignó a tantos; al final, se trataba de un adolescente en un mundo que apenas comprendía. Lo que recibió una condena casi unánime (aunque con excepciones) fue su silencio de seis décadas en las cuales se dedicó a condenar el de los otros. Durante toda su carrera literaria, Grass, a quien Steiner alabó por confrontar a su país, “como ningún otro escritor lo había hecho”, con su “pasado monstruoso”, se impuso la tarea fundamental de mantener vivo el recuerdo del horror, y, a la vez, durante 61 años, fue uno más de los alemanes que solamente quisieron olvidar.

Imagen tomada de Marele Ecran

Escrito por:paginasalmon

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s