Fotografía de Gerardo Alquicira

“No hablas solo todavía. Ante todo, no gritas.”
Georges Perec

Saltas de la oficina. No literalmente, aunque es una opción que no debe descartarse de inmediato. Deseas escapar de la sordera que te provoca el monolítico proceso de renovación. Una oficina dividida en cinco, luego viene la fragmentación por áreas, después la repartición de cubículos; al final, aquello es una inestable ebullición de personas que no encuentra dónde colocar las piernas. Piensas que se aceleraría mejor la producción cayendo del noveno piso. Lanzarte por la ventana, la misma por donde has pensado tirar una moneda en más de una ocasión. ¿Cara o cruz? Descubrirlo hasta que el destino esté frente a ti.

Sales del elevador. Atraviesas la puerta que te ve llegar todas las mañanas. Alcanzas el templo de todo trabajador, la oración santa: escapar de la rutina. Cruzas las vías que separan la parte empresarial de la ciudad hacia el centro. Ves cómo tu plan se arruina al instante. Avanzas sin dudarlo, pero reconoces rostros que se van agolpando. Hay dolor al interior de las cuencas de tus ojos que no pueden frenar los empellones, derecha, izquierda, adelante, detrás. Sacas la cuenta: a mayor número de gente, menor es la probabilidad de identidad. La individualidad corre riesgo. Te vas quedando solo. Repliegas tu cuerpo en un andador mientras te sea posible seguir. Te aíslas en el vértigo vertical de columnas de concreto que se alzan por encima de tu cabeza, una cada vez más alta que la anterior. El lugar que te corresponde en la novela es cada vez más nimio. La grandeza del panorama urbano te va empobreciendo. Disfrutas de los pocos pesos que has cargado contigo en el bolsillo para ir a tomar un café antes de que el local emigre y lo sustituya otra tienda de servicios de paquetería exactamente igual a la que hay tres calles arriba.

Caminas ansioso bajo un espejo gigante que no tarda en derretir las sombras. Deambulas esperando un momento de serenidad. Te atrapa la velocidad del pasajero de los no lugares, reconoces que no habrá relación íntima que los introduzca, engullidos por la gravedad del tránsito humano. La voracidad del bien común.

Desciendes de la banqueta. Las pilastras de los edificios restaurados devoran parte del espacio peatonal. Buscas no ser arrollado por uno de los coches que se repiten uno tras otro, motores, mofles, humo negro ascendiendo hasta perderse en un cielo gris imposible de respirar. Se inmoviliza la actividad de uno de tus pulmones. Pierdes un número importante de células cerebrales. Te sientes más solitario entre silbidos, cláxones y el sometimiento en que ha quedado el orden ciudadano. No logras sino sopesar más la soledad.

Te mueves como un paseante que no reconoce su territorio. Extranjero en su propia frontera. Te enteras que el gobierno estrena nuevas sedes: una, dos, tres casas rearticuladas, transformadas, con muros trastocados. Te despides de los hechos históricos. En su lugar, te sacuden la vista las placas brillosas con nombres burocráticos sin sentido.

Quedas sometido al vaivén de una república de a pie que ha sido olvidada. Sus adentros son sus afueras ahora. Y el exterior es el vacío absoluto, la salida de una oleada, de una masa de personas que se asaltan mutuamente con indiferencia. Un ladrillo tosco que da contra todo rastro de compasión. A la distancia han sido repatriados los pobres, marginados por su antipatía a la etiqueta social.

Pisas las líneas superficiales del adoquín recién traído que decora el suelo. A tu costado, enormes galerías son ocupadas por arte que metaforiza la sobrepoblada modernidad. Alterada por el sentir lúdico del pintor, por su percepción sobrada. “No ahora, voy de prisa.” Los semáforos encumbran la inercia de los automóviles, hace que los conductores arremetan entre sí. Avenidas disminuidas, inmuebles con faldas metálicas que albergan a perros guardianes, verdaderos centinelas de la calle reclamando su horizonte perdido.

Tenderetes que se asoman sobre sus rejas, amarillas, azules, verdes; confluye un manicomio de voces. Hay turistas locales, posan en las fachadas-museo con la exposición, capaz de quebrar hasta al más sombrío ambulante. Anuncios que rompen la armonía, que buscan dejarte indefenso. Sensualismo, sensacionalismo; iconoclastia del nuevo siglo. Los timbres postales se arquean póstumos, pegados con lasitud en las cajas de líneas telefónicas. Los carteles de conciertos anuncian bandas ya disueltas. Buscas huir a través de callejones donde se pierda el eco, persigues la extinción, el abandono, la deuda con el silencio.

Llegas a un espacio híbrido, tres macetas sobreviven a la antimateria, un hoyo donde cimentar otro edificio, una platea desde donde admirar la ciudad, la transitoriedad del tiempo. Los parques se deforman, pierden su moral reticencia de lugar de encuentro. Paisaje violentado. Continúan las víctimas del desplazamiento.

Te conviertes en un cliente del espacio a orillas de la efervescencia. Te detienes a observar frugalmente el pasado antídoto para el aislamiento. Te niegas a seguir caminando. Invade a tu pecho la ansiedad. La magnitud de la ausencia, de una enorme metrópoli, desamparada a la merced del progreso. No es posible seguir huyendo. Vuelves atrás. Atraviesas otra vez la naturaleza muerta, las zonas de alto voltaje, las trampas para vagabundos que no saben que ha terminado el viaje. El café te mira desde la otra acera. Corres sin miramientos la región más salvaje, la transparencia del léxico: barrios y burguesía, acentos censurados en la gran urbe. Las vías quedan tras de ti, llegas a los campos minados por estacionamientos para trabajadores. Pasas el lobby, asciendes a través de los ocho pisos inferiores, cruzas las puertas, los cubículos destronados. Te paras frente a la ventana, piensas en si lanzar esa moneda, en quién caería antes. No puedes. La ciudad te corresponde. Miras a la distancia. Te preguntas lo que habrá detrás de los árboles.

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Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Rendición | Por Alberto Mendoza

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