Este relato me sabe a hierro, a sangre mezclada con saliva. La posibilidad de convertirlo en una parodia me preocupa. Tampoco, sé si deba ser yo quien lo cuente, pero hay una urgencia que me obliga a escribirlo. Tendré que hacer ficción en cierto momento, así que no habrá que fiarse enteramente de todo. De todos modos, espero que al menos pueda fungir como una semblanza para él.

Si mi amigo de la facultad me hubiera dicho que terminaría pisando un cementerio por aceptar su oferta, no le habría creído. El trabajo era emocionante, mi primera experiencia como docente en un colectivo estudiantil. Quizá no es el sueño de todos, pero yo quería dar clases. El propósito del colectivo era brindar preparación para el examen de admisión a alumnos que no podían pagar cursos particulares. La noche anterior elaboré exámenes diagnósticos en las áreas de razonamiento verbal y redacción indirecta. Estaba a minutos de adentrarme en un mundo que ingenuamente valoré sencillo.

Lo conocí al día siguiente, un sábado en la mañana. Mis papeles se revolvieron y perdí el habla frente a mi primer grupo. Varios se quedaron sin copias, así que a algunos les tocó trabajar en pares. En veinte minutos sólo la mitad terminó el examen. Ninguno lo contestó bien. Mi plan era justamente ése: observar hasta dónde podían avanzar mis nuevos alumnos y qué tan bien desarrollaban sus habilidades escritas. El último inciso requería explayarse sobre por qué habían escogido la carrera a la que querían entrar. Eso me ayudaría no solo a conocer su redacción, también podría entenderlos mejor: sus motivaciones, sus gustos, sus proyectos a futuro.

Decir que lo conocí ese sábado es un poco tramposo ya que no entablé diálogo con él ni recuerdo haberlo hecho con algún otro alumno. En aquel instante frente a mí había una masa antropomórfica que golpeaba con múltiples lápices el papel. ¿Habrán sido sus ojos los que me vieron inseguro de lo que hacía? ¿Habrá pensado «¿quién es este güey y por qué se siente con derecho de ponernos un examen?»? Debido a ello, tampoco podría decir que no nos conocimos. Ahí estábamos, el habitus nos arrastró al mismo sitio, cada quien, en su rol, a punto de desenmascararnos.

Antes de irme lo vi platicar con otro muchacho que entonces creí que sería un alumno, pero se trataba de un profe que estudiaba justo lo que él quería estudiar. Su primer amigo del colectivo, opino yo.

Revisé su examen junto con los demás sin prestarle particular atención. Lo único que resaltó en primera instancia era lo parecido de nuestros nombres y el uso de tinta rosa. El domingo les di mi Facebook para que me enviaran tareas y dudas. Él, quien aún era un desconocido para mí, fue de los primeros en mandarme solicitud. Gracias a su foto pude identificarlo.

Conforme avanzaron las clases más personalidad adquiría la masa. Algunos ya tenían voz, otros rostro y unos pocos nombre y actitud. Miguel era de estos últimos. A veces se quedaba en el receso a platicar con nosotros, los tutores. Comíamos juntos de pie mientras las risas interrumpían nuestras memelas con chicharrón. Cuando se iba nos buscaba con la mirada para decirnos adiós.

Así supe que estudiaba Psicología, pero quería entrar a la universidad del estado por falta de dinero (de haber continuado allí se habría graduado); le gustaban los lomitos; tenía mi edad y se había hecho un piercing. En las clases era constante, participaba y aprendía. Yo, como cualquier profesor, agradecía ese tipo de alumnos, sobre todo porque tenía un carisma que equilibraba la responsabilidad con la jovialidad. No lo conocí lo suficiente como para que me mostrara sus defectos. Yo tampoco quise mostrarle los míos, eso es algo que requiere de años que no tuvimos. All right then, keep your secrets.

Ambos disfrutábamos de la literatura. Particularmente me divertía encontrar lecturas que pudieran emocionarlos, turbarlos y cambiarles la vida. Él era de los más interesados y es por ello que le compartía recomendaciones especiales. También la música nos enlazaba; recuerdo que alguna vez me preguntó qué prefería, los Gorillaz o los Strokes. Irónicamente no me acuerdo qué le dije.

Poco después del 14 de febrero me enteré de que tenía novia. De hecho, me siento avergonzado de creer que tenía dos. A los alumnos les pedimos que escribieran una carta a los tutores o a sus compañeros expresándoles gratitud, amistad, interés romántico o todo junto. Escribió una carta para ella, una chica de ingeniería a quien yo creí que le coqueteaba únicamente. Entendí que su novia estaba fuera del curso y él descaradamente buscaba afecto en otras manos. Después de corregir la carta no volví a tocar el tema por miedo a regarla.

Esos fueron nuestros días en el curso. Les deseé éxito y mi ya conocido ¡enhorabuena! No volví a ver a la mayoría y eso lo incluyó a él. Dejé de dar clases por un año. No obstante, seguimos en contacto por Facebook. Ahí lo felicité por haber pasado el examen. Había dejado de ser mi alumno, pero se convirtió en mi amigo. Quiso unirse a mi proyecto de devolverle la vida a la Casa del Escritor. Sabía que cuando tuviera una idea clara, podía contar con él.

Cuando falleció yo probablemente estaba dormido. Quizá fue la madrugada en la que desperté de golpe sintiendo el dolor ajeno de las pesadillas. Había dado de baja mi perfil, por lo que no me enteré sino hasta la mañana de año nuevo. Desayunaba recalentado con mi familia. Tuve que leerlo varias veces y mi primer pensamiento fue: «tiene que ser una horrible broma del Día de los Inocentes». La fecha, sin embargo, lo refutaba. Miguel había muerto.

Abandoné lo que estaba haciendo, llamé a mi novia y no pude calmarme. Me temblaba el cuerpo. La reacción natural de no creerlo se alimentó de mí. No podía ser verdad. ¡Era más joven que yo! Unos meses, pero carajo, más joven al final. Ahora lo escribo con rabia, pero no fue así como lo tomé. Sentía impotencia, de hecho, todavía la siento. Miedo. Mi perro aullaba desde hacía rato. Lo demás continuaba impasible, el viento apenas movía las hojas como una fotografía corrida. Mi familia ni siquiera reparó en mi desaparición momentánea. Hablé con ellos, y aunque no puedo culpar a mi madre, me respondió como solo quien tiene hijos pueden contestar: «pobres de sus papás, deben estar inconsolables». Entendí que aquello nada más formaba parte de un mundo saturado de acontecimientos, un eslabón en una cadena interminable de la condición humana.

La historia se redujo a un par de especulaciones que dieron pie a notas periodísticas de baja calidad. Los hechos, pese a ello, se mantienen en un apuñalamiento en San Bartolo. Las circunstancias al día de hoy son desconocidas y no seré yo quien las indague. Leí la noticia, cuya descripción no se asemejaba a las características de mi alumno, y recordé la providencia que mató a Dick Hickock y Perry Smith, los asesinos de la familia Clutter. ¿Sería posible que, en unos años, ya sean 10 o 40, el responsable sea capaz de redimirse? Lo imaginé sudoroso, cansado de ser quien es, lastimado hasta la insolencia. No pediría perdón, pero lucharía contra sí mismo y la bestia que es nuestra sociedad. Moriría evitando la muerte de alguien más. Tal vez es muy fantasioso pensarlo, pero fue lo que me calmó.

No dejé de pensar en mi alumno. Me mantuve a la espera de cualquier información, sobre el caso o el funeral. Mientras tanto, una tajada me atravesó. Era triste pensar en el esfuerzo que puso para entrar a la carrera y que se terminara todo tan de pronto. ¿Acaso debía creer que había sido en vano? No pude darme respuesta, así que intenté leer para distraerme. Evoqué su examen, aquel en el que debía escribir por qué escogió su carrera. Lo busqué en mis viejos papeles y luego de una hora lo hallé arrugado. La tinta rosa hacía que resaltara. Quise leer su respuesta de nuevo, pero estaba en blanco. Había hecho el trabajo en equipo y ninguno logró responder la última pregunta. Guardé la hoja y volví a esperar.

Fue su novia quien puso al tanto a los conocidos de dónde sería el velorio y el entierro. Se me ocurrió que debía ser ella quien escribiera esta cosa porque yo soy muy lejano. Ella debía tener recuerdos más íntimos, memorias que honraran mejor la imagen del muchacho. Pero ya era demasiado peso para soportar. Obligarse a revivir el dolor para escribir es algo que nadie debería hacer.

Al funeral faltó el profe de Psicología. Ellos dos eran más cercanos, por lo que supuse que vendría. Posiblemente aún no se enteraba. Sería terrible que no lo supiera y que no lo encontrara la primera semana de clases. Por supuesto, todos faltamos esa semana, pero luego faltaría a la segunda, a la tercera, y nunca más volvería a su salón. Eventualmente se preguntaría qué onda con él y alguien tendría que decirle: «¿En serio no sabes? Murió hace casi un mes». Aunque también existía la posibilidad de que sí lo supiera y no hubiera podido o querido ir. No lo sé. Tengo miedo de preguntarle.

El viento volaba frío. La masa antropomórfica se había condensado de nuevo. Ahora como una mancha negra que lloraba, exigía justicia y agotaba su propia vida. Los sepultureros de azul se mostraban indiferentes al suceso; era un trabajo más después de todo. Casi todas las caras me eran desconocidas, y las que pude ubicar se deformaban por la tristeza. Quise salir. ¿Qué tal si yo era un intruso en un dolor que no me correspondía?

Luego me di cuenta de que no importaba: era su día, nadie ni nada podía arrebatárselo. Había flores mojadas con agua bendita. Hubo cantos. ¡La humanidad, Miguel! ¿No lo ves? Todos estamos aquí por ti. Todo esto es por ti.

A poco de terminar las líneas pasadas recordé algo más. Nuestra última conversación fue por internet un mes antes del deceso. Me buscó para decirme lo siguiente:

—¿Puedo preguntarte algo?

Le dije que sí.

—¿Todavía eres tutor?

Le dije que no.

—¿Sabes si están reclutando? Me gustaría entrarle.

Uno de sus últimos proyectos era ayudar a otros del mismo modo que lo ayudamos. Si yo podía animar a alguien más a ser tutor, su plan se habría cumplido. Entonces comprendí parcialmente lo que Alphonse Elric siempre decía: «El hombre no puede obtener nada sin primero dar algo a cambio. Para crear, debe perder algo de igual valor. Esa es la primera ley de la Alquimia: el Intercambio Equivalente». Miguel perdió su cuerpo, pero nosotros ganamos un motivo para hacer de este mundo un mejor lugar.

No sé si pueda llamarlo intercambio equivalente, aun así, supongo que debo tomar en cuenta el dolor como parte de lo creado. Tampoco sé si este texto pueda servir como un primer paso, pero me gusta creer que sí. Es lo único que me queda de momento.

Imagen tomada de Freepik

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Escrito por:paginasalmon

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