Fotografía de José A. Sancho

Borodin caminó con dificultad debido a la niebla que cubrió las calles. Dos perros se cruzaron en su camino, pero pronto se perdieron en medio de la bruma, dejando tras de sí una progresión de formas. Alguien, muy lejos de él, pidió ayuda, al tiempo que el sonido de un cuerno se diluyó en medio de la noche gris. Borodin se detuvo, volvió la vista pero no halló nada. Se quedó ahí parado, con la mirada perdida, dando forma a las cosas que se hallaban inmersas en la niebla y que iban de aquí para allá. Por un momento pensó en quedarse ahí, esconderse en la niebla, hacerse el perdidizo para no volver a casa, formar parte de ese bestiario de sombras contingentes y no volver nunca más a su habitual rutina. Estaba sumido en sus pensamientos cuando alguien, detrás de él, le tocó el hombro y preguntó:

—¿Puedo ayudarle?

Borodin volteó, pero no encontró a nadie.

Apuró el paso. Era tarde y Julia lo esperaba con los brazos cruzados y el ceño enjuto. Los niños estaban ya dormidos. Julián, el más pequeño, se fue a la cama enojado: su padre no llegó a su pastel de cumpleaños. A Juliana le daba lo mismo la presencia de Borodin; ella siempre fue muy desprendida de los asuntos de la familia.

A pesar de la niebla, Borodin reconoció su casa; las luces de navidad que iluminaban el portón le indicaron el camino.

Llegó hasta la entrada arrastrando los pies. Metió la mano en el bolsillo. Buscó y rebuscó el llavero sin éxito. Una moneda resbaló y cayó al piso. Borodin se agachó para recogerla y su vista dio con un par de botas peludas.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó un hombre, apostado en el portón de la casa; vestía un batón en el que podían verse dragones negros y palmeras rojas.

—¿Quién eres? —preguntó Borodin.

—Me llamo Bleda, amigo —respondió el sujeto e hizo una profunda reverencia.

—¿Qué haces aquí?

—Esa es una buena pregunta, amigo —dijo Bleda, y sonrió al tiempo que Julia, dentro de la casa, golpeó la ventana desesperadamente. Borodin se movió instintivamente, pero Bleda ordenó—: Quieto. Adentro hay 15 hombres armados hasta los dientes. Si haces una tontería tu familia se muere.

—No tenemos dinero —dijo Borodin.

—No estoy aquí por tu dinero —dijo Bleda, y luego miró el cielo—. Hace mucho frío aquí afuera —observó—. Ven —ordenó a Borodin y le dio una palmada en la espalda—. Toma asiento y bebe una taza de té conmigo —y a su señal, dos hombres calvos vestidos idénticamente dispusieron una mesa de estilo victoriano y un juego de té de talavera. Uno de ellos, el más alto, ofreció a Borodin una silla Savonarola que éste aceptó de mala gana. Julia lo miró desde la ventana, aterrorizada.

Luego de un largo silencio en el que intercambiaron miradas, Borodin preguntó a Bleda:

—¿Qué es eso? —y señaló una cabeza de buey que colgaba del portón.

—Es una tradición familiar —respondió Bleda—. Aleja la mala suerte —y al decir esto acercó lentamente su rostro al de Borodin, éste sintió la respiración de Bleda y tembló.

—¿Todo bien, Borodin? —preguntó un vecino que pasaba por ahí.

—¿Sí? —intervino Bleda y apretó ligeramente la pierna a Borodin—. ¿Todo bien, Borodin?

—Todo bien, Osvaldo —respondió éste—. Es un tío que vino de visita.

—Saludos, tío —dijo el vecino y pasó de largo.

—¿Por qué haces esto? Nosotros somos muy pobres —dijo Borodin.

—Bebe tu té, por favor —ordenó Bleda, y los hombres idénticos detuvieron lo que hacían y miraron a los dos hombres. Julia golpeó sin fuerza la ventana—. Lo mismo que sucede aquí —agregó Bleda— está sucediendo simultáneamente en muchos otros sitios. La niebla cedió. Las calles se despejaron. Muy lejos de ahí se escuchó el sonido de un cuerno. Bleda tronó los dedos y el sujeto alto le entregó un periódico. Borodin miró a Julia, desesperado.

—¿Puedes creerlo? —dijo Bleda, detrás del periódico—. Una mujer mató al marido y se lo dio a comer al hijo. Increíble —exclamó, arrojó el periódico, encaró a Borodin y preguntó—: ¿Qué estarías dispuesto a hacer por tus hijos?

—Lo que sea. Déjalos salir. Tengo dinero en el banco, si los dejas salir…

—No —gritó Bleda y dio un manotazo en la mesa—. Nadie sale de esa casa hasta que yo lo ordene.

—Pero… —dijo Borodin, mas no alcanzó a terminar su oración porque Bleda se le fue encima.

Los dos hombres rodaron por la calle. Bleda dio un mordisco en la mejilla a Borodin, y al instante éste sangró copiosamente. Julia golpeó suavemente la ventana y se desmayó.  —No me vuelvas a condicionar, por favor —dijo Bleda, reponiéndose—. Y discúlpame —agregó—, no era mi intención perder los estribos —aclaró su garganta, alisó su batón y ordenó al más pequeño de sus asistentes—: Límpiale esa herida, por favor. Y ni una palabra de esto, ¿me oyeron? —y los dos hombres asintieron, sumisos.

El sujeto más bajito se acercó a Borodin y en retahíla dijo—: Lo siento. Lo lamento. Perdón —limpió la mejilla y sentenció—: Al jefe no le gusta que le digan lo que tiene que hacer.

Se apagaron algunas luces de la calle. Pasaron los últimos vecinos.

—Buenas noches —dijo el último al grupo.

Bleda se levantó del asiento, hizo una reverencia y luego regresó a su lugar. Borodin saludó, pero su gesto fue discreto. De pronto se sintió avergonzado por estar ahí sentado tomando el té con un desconocido y los que a todas luces parecían ser sus esclavos, mientras su mujer pasaba lo peor. Las horas se le hicieron de piedra.

La temperatura descendió de golpe y Borodin se llevó las manos al pecho para frotárselo. Bleda le clavó la mirada y tronó los dedos. El hombre alto se acercó y entregó a su jefe un abrigo y un poncho de fino trazo y diseño. Bleda se puso el poncho y le dio el abrigo a Borodin.

A pesar de la prenda, Borodin tiritaba. Bleda lo miraba desde su lugar, como un tigre que espera paciente a su presa, regodeándose en su actitud de victimario.

Borodin pensó que se moriría ahí sentado, congelado, y que nadie haría nada para salvarlo porque nadie sospecharía nada. Un vago más que se muere en el frío, pensó.

Pasó un rato y Bleda dijo:

—Yo recuerdo —y miró las estrellas, tragó saliva, apretó la mandíbula y continuó—: el día en que formé a mis hombres para la batalla. Ellos tenían tanto miedo y el enemigo parecía invencible, todos murieron.

—Tengo frío —dijo Borodin, temblando—. Permíteme entrar… —pero no había terminado aún la oración cuando Bleda volvió su mirada hacía él y gritó:

—Qué no —y le propinó un puñetazo—. Ay, qué estúpido. Perdón, manito, se me pasó la mano— dijo, y se llevó las manos a la boca mientras Borodin caía fulminado.

*

Ni Julia ni los niños lograron salir de la casa. Ella murió y los niños la enterraron en el patio de atrás. Julián hizo una cruz de madera para la tumba; Juliana la pintó de verde porque era el color favorito de su mamá. Bleda permitió que viniera un cura para dignificar la ceremonia; 15 hombres, armados hasta los dientes —uno de ellos portaba un lanzacohetes con orgullo guerrillero— custodiaron el entierro. Bleda negó el acceso a Borodin. Los dos hombres vestidos siempre igual vigilaron que se cumpliera la disposición de su jefe. Borodin se aferró al pecho del hombre alto y lloró como un niño. El hombre bajito se armó con un banco y desmontó la cabeza de buey, ya para entonces putrefacta, que colgó durante tanto tiempo en el portón de esa casa.

—Ten —dijo Bleda a Borodin, y le arrojó a la cara una fotografía.

Borodin miró la fotografía: Julia lucía viejísima; a su lado, de pie, dos ancianos le tomaban afectuosamente un hombro. Eran sus hijos: Julián y Juliana.

—Me dice Julián —dijo Bleda, interrumpiendo la contemplación en la que Borodin se hundió— que él y su hermana intentaron preservar tu linaje mediocre, pero, hijos tuyos al fin y al cabo, no tuvieron el valor de copular sin verse a la cara. Dice que su hermana tembló cuando él intentó quitarle los calzones; refiere también que él se puso a llorar cuando su hermana le dijo que la penetrara rápido para que todo terminara pronto.

En un ataque imprevisto, Borodin se lanzó contra Bleda y alcanzó a hundir sus uñas en el rostro de éste.

—Agárrenlo —vociferó Bleda, y al instante los dos hombres vestidos siempre igual lo sujetaron—, ya descuartícenlo.

 Al rato, los hombres idénticos ataron las muñecas y los tobillos de Borodin al lomo de 4 caballos que, a la señal de Bleda, tirarían cada uno por su cuenta hasta descuartizar a Borodin.

—Jalen —ordenó Bleda, y los dos hombres idénticos fustigaron a los 4 caballos; estos jalaron y Borodin gritó.

*

Borodin despertó abruptamente. El sol despuntaba en el cielo claro. Buscó y rebuscó a Bleda y sus esclavos, pero la calle estaba vacía.

En el aire había un olor a pescado, como si de pronto el mar se hubiese acercado a la colonia, como si la calle hubiese recobrado su memoria fluvial y el río recorriese otra vez su camino cuesta abajo hasta llegar a la cuenca que es la ciudad.

Borodin inhaló, y el vientre se infló tanto que el ombligo asomó fuera de su camisa. Exhaló, y la bocanada limpió por un momento el aire rancio de la madrugada.

Repuesto, se incorporó. Tuvo muchas ganas de abrazar a Julia, de llevarla a la feria, dejar a los niños con su suegra y llevar a su mujer a los juegos, como el día que la conoció. Quiso también embarcarse en un proyecto inútil: construir una casa para sus hijos en el árbol que estaba plantado en la parte de atrás, aunque él nunca supo nada de carpintería. Abrió lentamente la puerta, temiendo que su sueño fuera real: que su esposa estuviera muerta y enterrada en el patio de atrás.

Julia dormía, hecha un ovillo, en uno de los sillones. Borodin se acercó hasta ella y le dio un beso en la mejilla que estaba descubierta. Fue a la cocina. Tenía mucha hambre. Ahí, Julián comía pan y leche. Padre e hijo intercambiaron miradas. Borodin quiso disculparse, pero el niño, evidentemente enojado, corrió a su habitación. Borodin se cruzó de brazos. Sonrió. Inhaló y exhaló. Comió el pedazo de pan que el niño dejó y luego fue hasta el sillón donde Julia dormía con la soltura de un recién nacido y se recostó al pie de éste; cerró los ojos. A lo lejos, el paso de un camión pesado disolvía el sonido de un cuerno, un llamado de guerra.

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Escrito por:paginasalmon

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