Fotografía de Manuel Alejandro

Respiré hondo aquel aire contaminado de dolor y desgracia. La última vez que me había sentido fresca era tan lejana como el horizonte visto desde mi ventana. En silencio, como si alguien pudiera oírme, cami hasta la puerta y, una vez fuera, corrí tan rápido como mis piernas me lo permitieron. Algo en mí temía que la fiera despertara y me persiguiera hasta el lugar más recóndito de este mundo. Pero también sabía que eso era algo casi imposible. La velocidad me cortaba la respiración y repetía en mi mente momentos que preferiría haber olvidado, suspiros que desearía nunca haber oído, miradas que desearía nunca haber recibido.

“Hay que ser fuerte”, decían. Una y otra vez la misma respuesta decepcionante. Cuando por fin el frío dentro de mí me permitía sacarlo al exterior y por un rato sentirme un poco más libre, siempre me respondían lo mismo: “Ser fuerte”, como si hubiera un manual con pautas, que en la realidad se traducían a “no digas nada”, “no te resistas”, “hay que obedecer”. Por muchos inviernos fui “fuerte”, con esa fuerza lastimándome no sólo por fuera, en los brazos, en las piernas, a veces también en el rostro, sino también, y sobre todo, por dentro.

—A los golpes una se acostumbra —me dijo ella en la estación de tren. La miré confundida, yo no había dicho nada. Pero quizás los moretones que intenté ocultar con un suéter en verano me delataron. O quizás fueron los suyos, junto a los rasguños en el cuello que no se molestó en disimular. Quizás ella también estaba siendo fuerte. Y por “quizás”, casi que puedo afirmarlo— Pero el verdadero dolor es interno, no poder gritar porque ya ni tu propia voz es tuya.

Me subí al tren, tapándome las manos con mi suéter estirado como una niña indefensa, reconociendo que en realidad era así como me sentía. Ella se sentó al frente. Me observaba mucho, como si quisiera averiguar por qué tenía barro en los pies y manchas oscuras en las manos. Como si le inquietara no saber por qué huía sin bolso ni a dónde estaba yendo. Podría habérselo contado, pero luego me dio la sensación de que ya lo sabía, aunque ni siquiera yo tuviera una respuesta tan firme.

Su mirada, que en otro momento me hubiera hecho sentir acorralada, me daba la bienvenida a un espacio reconfortante en el que nunca antes había estado. Las primeras palabras fueron suyas:

—¿Hace cuánto no llorás?

Me di cuenta que hasta eso me habían quitado. El derecho de mis lágrimas ya no era mío hacía años, le correspondía a aquella fortaleza de la que muchas veces no me sentía parte. Ya no recordaba ni cómo se sentía, mucho menos cuándo había sido la última vez que me había desbordado, la última vez que no había sido “fuerte”. Pero, ¿ser fuerte es eso? ¿Es olvidarme a mí misma y aguantar torturas para no recibir una sentencia de muerte? Sabía que sí, que realmente había sostenido mi cuerpo erguido por mucho tiempo, por más tiempo del que había creído posible. Pero también me estaba ocultando bajo el precario manto de aquellos y aquellas que sabían y que contribuían al silencio y a la malicia. Estaba siendo fuerte por mí y a mi manera, no porque sus palabras vacías y nefastas me ayudaran. Eran casi tan dolorosas como un golpe; eran en vano, y me quitaban aquella fuerza por la que tanto me vanagloriaban.

—Son iguales o peores —concluyó—, están fuera y no te ayudan a salir.

Y tenía tanta razón, sus palabras expresaban lo que a mí tanto me costaba.

—Así que también te alejás de eso.

—Sí —le contesté— No quiero regresar jamás.

—¿Acaso sabes a dónde va este tren?

No, no sabía.

Había comprado el boleto todavía aturdida por las imágenes anteriores. Con el pasaporte escondido en mi corpiño junto a una navaja le pedí al señor del mostrador algo que no recuerdo. Pero en segundos tuve el ticket en mis manos y media hora después había llegado el tren. Ahora estaba pensando en bajarme con ella, que me diera un buen escondite hasta que la tormenta pasara.

En el tren había frascos con alcohol en gel; me tendió uno, señalando mis manos lastimadas y sucias. Me ardieron los cortes, pero era como si estuviera limpiando un recuerdo al que nunca quería volver.

—Falta poco —susurró.

Quise preguntar para qué, pero no pude emitir palabra porque al mirarla sus ojos verdes se habían transformado en los míos y sus delgadas manos también se habían manchado con sangre.

El tren pasó por un oscuro túnel parecido a la eternidad y, cuando salió, las tenues luces del amanecer me demostraron que me encontraba sola. Mi compañera de viaje se había esfumado. Intenté buscarla en otros vagones, pero no hubo caso; se había ido, como si nunca hubiera realmente existido.

El tren se detuvo, las puertas se abrieron y yo subí unas escaleras adentrándome en una ciudad desconocida a la que debía acostumbrarme, por lo menos por un tiempo.

Esta vez un suave viento me acariciaba el rostro y comprendí que ya no faltaba poco, que ya estaba allí, en ese lugar que anhelaba hacía tanto. Que ya nunca escucharía las voces cómplices del temor, aquellas voces y oídos en los que me había equivocado en confiar. Que mis heridas externas con el tiempo se borrarían y que yo también, por obra del tiempo, aprendería a sanar. Comprendí que huir era ser fuerte, que requería más fuerza que nada, y que así podría por fin olvidar.

Las piernas se me quebraron y me desplomé sobre un frío pasto que me ayudó a revivir. Cerré los ojos por un instante y, cuando los abrí, se me estaban quemando: el agua me nubló la vista y luego, como un dulce arroyo, finalmente, se deslizó por mis mejillas.

Escrito por:paginasalmon

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