Fotografía de Areli Rema

Cuando estuve con él por primera vez estaba ebria, tomé todo el alcohol que encontré con la firme intención de dormir mis sentimientos, de apaciguar los nervios y de terminar con la última chispa de romanticismo que se albergaba en un rincón de la parte más racional de mi cerebro. Como resultado no sólo logré actuar de puro impulso, sino que también dormí por completo mis terminales nerviosas, o al menos eso me gusta pensar porque entre los leves recuerdos que tengo no puedo evocar ningún tipo de dolor o placer. No recuerdo sus manos por mi piel, no recuerdo cómo se sentían sus labios por mi cuello.

Después de ese experimento fallido, llegué a la conclusión de que me había precipitado, que había arruinado mi valía como persona, que ya no tenía forma de recuperar la magia que había idealizado, que en mi vida el sexo sería solo un requerimiento, algo que la gente hace porque se debe hacer, algo que se disfruta sólo a través de la otra persona pero que no ofrece ningún placer personal. Me dije a mi misma que no lo volvería a hacer hasta estar segura de que sería diferente, hasta que fuera completamente necesario, me lo repetí tanto en los meses siguientes que terminé por olvidarlo.

Ahí vamos otra vez, no sé cómo me convenciste de llegar a este punto, pero aquí estoy en el asiento de tu automóvil, tratando de disimular los nervios, deseando tener una botella de tequila en la mano, respirando tu aliento, queriendo salir corriendo sin atreverme siquiera a mover un dedo. No, no dije que no. No, no me moví cuando sentí tu mano debajo de mi falda. Sí, mi falda, me puse falda, pero no, no era para que pudieras acceder más fácil. Tienes una forma tan sutil de hacer las cosas que tomas mi mano y de repente pierdo por completo el control. Mi cuerpo se mueve sin que yo comprenda por completo lo que pasa, ya no sé qué hacer, no soporto ver tu cara, tus expresiones, tus ojos expresando cómo disfrutas lo que pasa mientras yo sólo quiero irme de aquí. Desvío la mirada y comienzo a contar los ladrillos de una pared lejana.

Uno, dos, quince, treinta. No, no me hagas voltear, estoy contando. Ah, ¿ya terminaste? ¿eso fue todo? Creo que después de todo pudo ser peor.

El carro arranca y puedo ver cómo nos acercamos a la ciudad, hay un silencio contundente que no tengo ninguna intención de romper, entonces subes el volumen de la música y por un momento no ha pasado nada. Empiezas a hablar, pero no distingo tus palabras, recargo mi cabeza en el asiento y trato de pensar en lo bueno que eres conmigo, en todo lo que me has ayudado y en lo bien que me tratas cuando lo necesito. Me convenzo a mí misma, por un momento, de que esto es sólo una pequeña parte de algo más grande, algo que vale la pena preservar. No importa si no me gusta, es obvio que a ti sí y no te quiero perder, no puedo darme el lujo de perder al primer hombre que ha notado mi existencia.

Ya no recuerdo cuánto ha pasado desde la primera vez que decidiste llevar las cosas “al siguiente nivel”, como tú le dices. Me he llegado a acostumbrar. Con el tiempo aprendí ciertos trucos que lo hacen todo más sencillo, he aprendido lo que quieres y lo que no te gusta y hasta entendí qué debo hacer para que todo termine más pronto, pero que tú quedes contento. Ahora me puedo reír y platicar en el camino de regreso a mi casa; es cierto que nunca he logrado sentir esas cosas maravillosas de las que habla la gente y no sé siquiera si sea posible, pero al menos cada vez es un trabajo menos complicado el saciar tus ganas de vez en cuando. Al menos puedo decir que estoy ocupada y eso es algo nuevo en mi vida, por primera vez tengo un motivo para salir por las noches y puedo decir que estoy viendo a alguien, incluso a pesar de las miradas de sorpresa de mis compañeros.

Llevo dos días encerrada en mi habitación sin saber qué pensar o cómo sentirme. No puedo creer que no me lo dijeras, no entiendo porque necesitarías algo más. Te di todo lo que pediste y más, incluso si no me gustaba, estuve para ti a la hora que tú quisieras, me compré la ropa que te gustaba, me peiné como a ti te agradaba y no valió para nada. Ahora me dices que nunca fuimos nada, que lo nuestro no era más que un juego, pues tu juego me ha dejado moretones que debo esconder, me ha dejado cenas canceladas, amigos que se perdieron en la lejanía de tus quizás, tu juego me convirtió en la mujer que nunca quise ser, acabaste con todo lo que estaba vivo dentro de mí, remplazaste mis pensamientos por los tuyos y mis ideales por los tuyos.

Por semanas me repetí que nunca volvería a sentir lo que sentí a tu lado, hoy me doy cuenta, nunca sentí nada mientras estabas tú.

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Contando ladrillos | Por Elsa Landa

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