En uno de mis constantes viajes a través del continente, me vi obligado a abandonar la vía alta, en un punto inusual para mí, para poder encaminarme a mi destino asignado por los tramos la vía baja. Esta desviación resultó en una de las experiencias más singulares que he tenido en mi vida.

Había abordado la ruta A-1 en la supraestación Kamloops, en Canadá, después de terminar mis asuntos en la región. Acostumbrado a recorrer América por la vía alta de extremo a extremo, para mí la cuestión ya era rutinaria, y todo el trayecto a lo largo de los Estados Unidos permanecí descansando imperturbable dentro de mi camarote privado, privilegio del viajero frecuente.

Los inspectores de las aduanas abordaron en Nogales, la estación inmediata de la frontera con México. Uno de ellos entró a mi camarote a inspeccionar mis documentos, y mientras lo escaneaba todo hizo con tono amable las preguntas habituales: a dónde iba, negocios o placer, qué iba a ver en la capital… le expliqué que bajaría en la Ciudad de México para transbordar de inmediato a la vía baja y llegar a la ciudad de Oaxaca. Al oír esto el hombre puso una cara pensativa, y sugirió que tal vez tuviera que modificar mi ruta. Habiendo terminado sus labores me anunció que regresaría pronto, y, en efecto, volvió poco después con uno de sus compañeros, quien me informó que a donde yo pensaba dirigirme era una de las regiones del país donde “las rutas de la vía baja no siempre funcionan como indican los programas”, y que mi viaje podría mostrarse más intrincado de lo que yo me imaginaba; sin ser más explícito, se ofreció a investigar cuál sería la alternativa más adecuada para mí. Pasó varios minutos haciendo llamadas a sus colegas en distintas estaciones. Finalmente me dijo que, en efecto, las vías en aquel estado no funcionaban idealmente, pero que si me bajaba en Guadalajara, tomaba la ruta 185 de la vía baja hasta la ciudad de Chilpancingo, y allí cambiaba a la ruta 417, podría llegar a mi destino sin problemas. Yo protesté, aclarando que mi programa original incluía una ruta directa, pero ellos insistieron en que el cambio sugerido resultaría más cómodo, rápido y seguro, y que se me remunerarían los pagos extra. Cuando pregunté por qué tenía que tomar semejantes precauciones, el inspector sólo dijo evasivamente: “así es a veces en este país… hay problemas, la gente hace cosas”. A mí no me hacía gracia cambiar mis planes, pero me convencieron.

Como me indicaron, me bajé en la supraestación de Guadalajara, cerca de la ciudad del mismo nombre, tomé el trasporte hacia la estación cercana de las vías bajas y compré el primer boleto que pude para la ruta que me habían sugerido. Pasé varias horas esperando el tren; cuando por fin llegó, entré y me instalé rápidamente en el asiento asignado. Por suerte suelo viajar con poco equipaje. Poco después de mí entró otro sujeto, que me saludó cortésmente al instalarse frente a mí. El recién llegado debió percatarse de inmediato de que yo estaba cansado y quería dormir, así que se limitó a sonreírme antes de sumergirse en la lectura de lo que supuse serían las noticias. Yo me recosté en el asiento, agradecido, y comencé a dormitar.

Cuando desperté no había llegado nadie nuevo, pero el otro personaje seguía frente a mí. Volvió a saludarme y me preguntó si había dormido bien. A partir de ese punto nos enfrascamos en una conversación que duró el resto del viaje. El hombre se llamaba Hugo Blas, y se presentó como un “sub intendente de Asuntos Especiales”, que según me explicó era una división del gobierno dedicada a “la solución de problemas prácticos en zonas críticas”. No me quedó muy claro a qué se refería. Era un sujeto afable, tranquilo y muy sagaz: pareció haber descifrado mi personalidad y mi estatus desde el primer instante. Yo le expliqué mi propia ocupación y los motivos de mi viaje, y finalmente le conté sobre mi desviación. Al llegar a este punto, me dijo:

–Ah, pues sí. No lo engañaron, amigo mío; hizo usted muy bien en cambiar de ruta.

A continuación le pregunté si él me podía explicar las razones de este sospechoso mal funcionamiento; él esbozó una sonrisa entre sarcástica y misteriosa y dijo: –La verdad es que la nueva política de los mexicanos es compartir con los extranjeros los menos detalles posibles sobre ciertos asuntos… asuntos que no nos enorgullecen mucho…– sus ojos y su voz parecieron insinuar algo siniestro. No volví a abordar el tema. En vez de eso retomé la conversación y procedí a preguntarle sobre su propio camino. Él, en resumen, había estado un par de semanas atendiendo a una serie de reuniones extraordinarias de la división en nombre de sus superiores. Al preguntarle exactamente qué tipos de temas se trataban en las reuniones de su trabajo, volvió al tono evasivo, pero dijo:

–Sí, yo sé que mi trabajo no parece ameritar una “reunión interinformativa” (así le llaman) de nivel nacional. Pero la verdad es, aunque usted no lo crea, que lidiamos con un montón de cosas problemáticas en este país, y hay que mantenernos al corriente para estar seguros de que están bajo control… o bueno, lo que los mexicanos entendemos por “bajo control”. En mi zona, por ejemplo, constantemente surgen problemas climáticos o de salud, o se dan enfrentamientos políticos, etcétera. Además de que tenemos el asuntillo de Acapulco…

Al llegar a este punto se detuvo inesperadamente. Invadido ya por la curiosidad, quise que siguiera explicando.

–¿Acapulco?– pregunté.

Él se volvió hacia mí:

–No me diga que nunca ha oído hablar de Acapulco– me dijo.

–Me parece que he oído el nombre– respondí.

Mi interlocutor cambió la postura en la que había permanecido durante la conversación, recostado y con las piernas extendidas, se arrimó en el asiento y con el codo en la rodilla acercó su torso hacia mí.

–¿Así que no sabe? Bueno, no debería sorprenderme tanto. Como le dije, hay asuntos de los que no hablamos mucho…

En ese momento el altavoz anunció que habíamos llegado a la estación de Chilpancingo, donde ambos descendíamos. Tomamos nuestro respectivo equipaje y nos despedimos; el hombre había despertado mi curiosidad, pero yo tenía mucha prisa. Descendimos y nos despedimos para tomar caminos separados. Eran exactamente las diez de la mañana.

Yo me dirigí de inmediato a las taquillas para pedir un boleto del siguiente tren a Oaxaca. Me llevé una gran decepción: este no salía hasta las once de la noche. Cuando pedí una explicación, la mujer de la taquilla sólo me dijo que habían surgido problemas en la vía que habían retrasado el servicio. A esas alturas ya me había acostumbrado a que nadie quisiera dar detalles sobre los “problemas” que ocurrían por esos rumbos, así que con resignación compré el boleto y me alejé, exasperado. Pronto superé mi frustración: después de todo ya antes había experimentado retrasos tan monumentales, si bien nunca por circunstancias tan oscuras. Lo primero que hice fue llamar a los concernidos para informar de mi situación. Una vez hecho eso, me dediqué a caminar por la estación preguntándome qué iba a hacer durante las siguientes doce horas, y en eso me volví a encontrar frente a frente con Hugo Blas, que también hablaba por teléfono. Al verme me sonrió amablemente. Su conversación no duró mucho más, y al terminar se dirigió a mí para preguntarme por mi viaje. Yo le expliqué que había surgido una dilación, por causas ya típicamente misteriosas. Él, por su parte, me dijo, no tenía que reportarse con sus superiores hasta el día siguiente, y ya que ambos estábamos desocupados decidimos desayunar juntos.

El restaurante de la estación resultó satisfactorio. Mientras comíamos, recordé que nuestra plática anterior había quedado inconclusa en un punto intrigante.

–Entonces, ¿qué es el asunto de Apaculco?– pregunté.

Él me dirigió una sonrisa. –Acapulco– me corrigió –Ya veo que he captado su curiosidad. Bueno, creo que valdría la pena que una persona de su ocupación y su importancia conociera la historia, que es harto interesante, la verdad.

Se enderezó en su asiento, como si fuera a dar un discurso. –Usted me dijo– empezó –que el nombre le sonaba familiar. No es de extrañar, porque en otro tiempo Acapulco fue uno de los principales puntos turísticos del país… durante la segunda mitad del siglo veinte y un poco más. Claro que eso cambió hace mucho… ¿Recuerda usted las órdenes de evacuación durante la primera gran crisis sanitaria?

–Por supuesto– respondí –cientos de ciudades en toda América Latina fueron desalojadas.

–Exacto. Ciudades pequeñas, para ser exacto. Acapulco fue una de ellas. Está en una región que se había vuelto ecológicamente inestable y ya no era tan importante para el turismo como antes, así que no representó un gran problema evacuarla. Pero esa es sólo la primera parte de la historia…

“Como le digo, eso fue en la primera crisis. En la segunda crisis se tomaron otras medidas: se había divulgado la teoría, usted seguro lo sabe, de que los animales con pelaje o plumas eran más susceptibles de contraer ciertas nuevas enfermedades; la idea no tenía ninguna base científica convincente, y de hecho años después se logró demostrar que era totalmente falso, pero tuvo muchísima difusión en los medios manipulados (esto fue antes de que la ONU impusiera el control de los intelectuales sobre los medios) y el gobierno mexicano, que no era particularmente brillante, cedió ante los reclamos de un sector muy ignorante e histérico de la población. Lo primero que hicieron fue prohibir las mascotas… pero en realidad eso ya no tenía importancia, porque mucha gente, llevada por la paranoia, ya había echado a sus animales a la calle. Peor aún: los más extremos se dedicaron a secuestrar a las mascotas de los vecinos que no querían deshacerse de ellas. Y como usted se imaginará, no faltaron los que las asesinaron. De hecho, hubo gente que hizo de eso su trabajo: cobraban a otros por matar a los animales que les llevaban y disponer de los cadáveres de una manera “higiénica”… Hugo Blas se detuvo repentinamente al notar en mi cara la incredulidad y el asco que me estaba causando esta parte de la narración. Debo decir que no soy una persona de corazón débil, de hecho hay quien me ha llamado insensible, pero por alguna razón esta historia logró tocar una fibra sensible.

–Perdóneme– dijo Hugo Blas –no consideré lo desagradable que puede resultar la primera vez que uno oye esto. Trataré de no entrar en más detalles mórbidos.

“En fin, el caso es que estas acciones eran ilegales y el gobierno estaba atrapado entre una población, desinformada le repito, que insistía en deshacerse de los animales, y todas las organizaciones ecológicas nacionales e internacionales que los estaban presionando para acabar con el abandono y la matanza. No había forma de quedar bien con todos, y eso retrasó las resoluciones mucho tiempo… pero, entretanto, había empezado a ocurrir un fenómeno que nadie anticipó.

“Como el Gobierno Federal se estaba tardando en emitir decretos específicos sobre el caso, muchos gobiernos estatales y municipales decidieron adelantarse y resolver las cosas ellos mismos. Un gobernador, no recuerdo exactamente de dónde, pero era un lugar cercano, dispuso que los animales domésticos estaban prohibidos dentro de los límites oficiales de todas las ciudades y pueblos del estado. Fue en realidad un decreto autoritario, pero por una vez en la Historia de este país nadie se animó a discutir. Todas las mascotas fueron echadas de las poblaciones, que por iniciativa civil se rodearon con las cercas eléctricas más baratas que se consiguieran. Los animales quedaron oficialmente desterrados. A otros gobiernos circundantes les pareció una buena solución e hicieron lo mismo. Esto al federal sólo le complicó más las cosas, pero a niveles internos fue una solución rápida y fácil.

“Así que ahora había contingentes de perros, gatos y otros animales fuera de las viviendas humanas. Y tras un tiempo de quedarse allí afuera hicieron algo inusitado: empezaron a emigrar todos juntos, como manada. En cada localidad formaron caravanas, que se fueron encontrando unas con otras y juntándose. Al final todos los antiguos animales de compañía o callejeros de la región estaban vagando por caminos deshabitados. Hubo, según tengo entendido, protectores que quisieron acomodarlos en unas especies de santuarios, pero los pobladores cercanos que estaban a favor de esa expulsión no se los permitieron, valiéndose de las medidas más violentas.

“Y finalmente ocurrió que los migrantes llegaron a Acapulco. Una antigua ciudad humana, el hábitat al que estaban acostumbrados, pero vacía de personas que los echaran. Y se instalaron allí: colonizaron el Acapulco deshabitado”.

El narrador hizo una pausa y me miró fijamente, creo que para estudiar mi reacción. –La verdad es una historia bastante inverosímil –le dije, con tono escéptico. –Sí, lo es –me respondió, de nuevo sonriendo–pero pasó. El instinto animal ¿Sabe? de pronto, ante alguna adversidad, parece impulsar a soluciones inesperadas.

Se irguió de nuevo y prosiguió el relato: –Por supuesto, al principio nadie lo supo. Pero de cuando en cuando las autoridades hacen censos de las “zonas rojas” para evaluar sus niveles de sustentabilidad, y ya se imaginará usted la cara que pusieron cuando vieron todo aquello: antiguos animales caseros viviendo en un viejo asentamiento humano abandonado, ingeniándoselas para sobrevivir por sus propios medios. Cuando el Gobierno oyó eso, por una vez se les prendió el foco: la solución que esperaban estaba allí. Lo que había que hacer era mandar a todas las mascotas a Acapulco u otras ciudades deshabitadas; así ni morían a manos de la gente ni tenían que convivir con ella. La población obtenía lo que quería, los conservacionistas no podían quejarse y la inversión que tenía que hacerse era mínima. Así pues se emitió la nueva ley: se prohíbe la posesión de animales meramente domésticos, se adopta a nivel nacional las medidas de expulsión que algunos ya habían impuesto, todas las criaturas se reubican en las zonas abandonadas, y todos felices. Rastrearon a todos los animales y los reubicaron en estos lugares, que cercaron con tres vallas eléctricas sucesivas de diez metros de alto. Claro que las autoridades no podían desentenderse por completo, así que asignaron a mi división, entonces recién creada, la tarea de monitorear esta ciudad. Fuera de eso, sólo mandan helicópteros para echar allí una cierta cantidad de comida barata cada semana. Y yo, como trabajo en esta zona, estoy a cargo junto con todos mis colegas.

Al concluir, Hugo Blas se detuvo y una vez más me examinó. Yo no dije nada, sólo bajé la mirada hacia mi plato, meditabundo. Era, efectivamente, una historia muy difícil de creer, pero tampoco me parecía factible que el tal Hugo Blas me estuviera tomando el pelo, por lo menos contando un cuento de ese tamaño. Finalmente hablé: –Me sigue costando trabajo creerlo. Pero veamos, hasta donde yo sé, la prohibición de tener mascotas ya se retiró, ¿por qué siguen esos animales allí?

–¿Y qué se podía hacer? Después de que se reprodujeron y vinieron nuevas generaciones, de que se acostumbraron a vivir allí y formaron su propio funcionamiento, de que se han independizado del hombre… Ya no hay nada más que hacer a estas alturas. Es una más de las cargas de decisiones estúpidas que se tomaron en momentos de crisis y desinformación. No digo que este asunto en particular sea un problema, es más bien una situación extraña. ¿Sabe? De vez en cuando me pongo a pensar en lo diferente que hubieran sido las cosas, no sólo esto sino todo, si esos medios vendidos no se hubieran vuelto tan monopólicos y tan poderosos, si la gente hubiera tenido la información correcta…

–Pero –dije– usted me dice que su división tiene la tarea de cuidar a esos animales, así que no puede decirse que están independizados de los humanos…

–¡Ah, no! –contestó él– no se crea, no los cuidamos. Estamos “a cargo” de la situación en tanto monitoreamos la ciudad, pero no mantenemos a los animales ni nada por el estilo. Ellos se las arreglan solos. Hasta las provisiones que dejan los helicópteros no conforman sino una parte mínima de su alimentación. Nosotros tenemos una locación a cierta distancia de la ciudad, y con regularidad vamos a echar un vistazo, pero es más una cosa rutinaria que nos siguen mandando hacer para alegar que cumplen son sus responsabilidades hacia la fauna y todo eso.

–Bueno, pues igual me sigue pareciendo todo demasiado increíble –declaré.

Hugo Blas se rio y dijo –¿Sabe algo? Como los dos tenemos libre el resto del día, le propongo que me deje demostrárselo. Lo voy a llevar allá.

Escrito por:paginasalmon

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