Alfonso Sangabriel se sintió totalmente confiado, sin la más mínima duda de que tenía todo en orden. Repasó la lista que había escrito en una servilleta; todo estaba palomeado. Le había pedido el día a su patrón, quien accedió a regañadientes. Había comprado un par de cinturones piteados para obsequiárselos a sus suegros, pues fue lo único que se le ocurrió regalarles. No olvidó recortar las orillas de su bigote ni planchar su camisa y perfumar su pañuelo. También llamó a la florería para que le prepararan un arreglo que le daría a la abuela de Clarita.

Sería apenas la segunda vez que conviviría con los padres de su novia. Iban a festejar el cumpleaños de la abuela de Clarita y se sentía muy emocionado por haber recibido una invitación. El festejo constaría de un desayuno al que asistirían todos los familiares. El punto de reunión sería la casa de la abuela y todos estaban citados a las nueve. El sitio le quedaba retirado, pues la anciana vivía en el poblado de San Patricio, así que planeó salir con tiempo. Alfonso se sentía contento y muy confiado; pensaba causar una excelente impresión.

Pero algo falló.

Un pequeño detalle se salió de sus goznes. Alfonso estaba tan emocionado que no paró de darle vueltas a su plan, y esa sobreestimulación de su mente se postergó hasta el amanecer. Cantaban los gallos cuando por fin pudo conciliar el sueño. A la hora en que empezaban a llegar los primeros invitados, Alfonso apenas estaba saliendo de su hogar. Corrió sorteando los obstáculos del camino pedregoso, levantando nubes de polvo a su paso. Con una mano apretaba la bolsa de los regalos y con la otra detenía su sombrero, para que no se le escapara volado por el aire. No deseaba ponerse sombrero esa mañana, pero por la falta de tiempo no pudo peinar sus lacios cabellos. Mientras corría, pensó en que debió haberse comprado un celular cuando tuvo la oportunidad, porque así hubiera podido avisar que llegaría retrasado. Apretó el paso hasta que llegó a la parada de camiones. Tomó aire unos segundos y se sentó a esperar un Loma de Oro.

Clarita le había dicho: “Tienes que subirte a un Loma de Oro. Solo esos camiones paran en San Patricio. Llegando ahí, es muy sencillo: solo hay una parada que se encuentra frente a una casona; ahí es donde vive mi abuela.”

Estiró las piernas para descansar las corvas. Los pies se le inflaban y desinflaban y parecían a punto de explotar. Un autobús llegó, pero era un Cuauhtémoc. Gente bajó y gente subió. Después paró un Azteca. El desfile de camiones prosiguió sin pista alguna del Loma de Oro. “No, mijo, quien sabe pa cuando. Esos son bien irregulares”, le dijo una viejecita.

El sol le calentaba la cabeza que llevaba debajo del sombrero. El suelo la reclamaba. La gravedad se la jalaba con todo y hombros, mientras se le entrecerraban los ojos. Cuando los abría, veía la banqueta blanca que ardía debajo de sus botas. La pasada de los camiones se convirtió en lejanos rumores y la gente a su lado ya solo murmuraba. De pronto, sintió que algo parecido a una piedra se estrellaba contra su sombrero. No le había dolido. Volvió a suceder, esta vez con más fuerza, y escuchó la voz de un niño que le decía:

–¿Va a subir o se va a quedar ahí botado?

De nuevo sintió un golpecito en su sombrero.

–¿Por qué estás aventándole mis habas? –dijo la voz de un hombre.

Alfonso escuchó ruidos que parecían nalgadas. Después el niño lloraba.

–Deja de molestarlo. Si no se quiere subir al camión, que se quede ahí.

Por fin abrió los ojos y, tras unas sacudidas, levantó la cabeza. Miró al chofer, que cobraba el pasaje de una señora, y a un niño sentado a su lado sobre una cubeta. El niño sollozaba y estiraba su brazo para tratar de alcanzar una bolsita enrojecida que estaba junto al chofer. Al costado del camión venía el nombre de Loma de Oro. Alfonso se levantó de un salto y subió.

–¿Ya ve, padre? Le dije que este se quería subir –le dijo el niño al chofer, mientras le robaba una haba enchilada de la bolsa.

–¿Este hace parada en San Patricio? –preguntó Alfonso.

–Obviamente –contestó el niño, jadeando por el picante de las habas.

Su padre lo miró enfadado; le arrebató la bolsa de un tirón y la puso del otro lado del volante. Después se dirigió a Alfonso.

–Así es, son diez pesos.

Alfonso pagó el pasaje y se sentó a la mitad del camión, pegado a la ventana. El vehículo arrancó, bamboleándose de un lado a otro con ligereza. No habían más de cuatro pasajeros además de él: la señora que había subido antes, quien iba con un niño que parecía ser su nieto; una muchacha vestida de uniforme escolar con unos audífonos metidos en sus oídos y un señor del que se desprendía un olor a vacas. Los envidió al ver su semblante tranquilo; seguro ellos iban a tiempo a donde quiera que fuese su destino.

Se dio cuenta de que el cansancio que lo había acosado mientras esperaba en la parada no lo había abandonado. Al principio trató de ignorarlo mirando por la ventana, pero el paisaje era siempre el mismo y lo aburrió. Entonces se dedicó a mirar a los otros viajeros y a tratar de adivinar aspectos de sus vidas. Pensó que el niño era huérfano y que había quedado bajo la tutela de su abuela; también era posible que esa fuese su primera vez en un autobús, pues se veía muy curioso. Después se fijó en la muchacha y concluyó que estaba enamorada. Su rostro era penoso de mirar. Tal vez su amor no era correspondido y escuchaba canciones que le recordaban su suerte y eso la hacía sentir peor. Sobre el señor solo pudo concluir que venía de practicarle una palpación rectal a una vaca y que no tenía el hábito de lavarse las manos.

Empezó a desconcentrarse, por lo que pasó a observarse a sí mismo. Todo estaba en orden, excepto que no le había dado tiempo de recoger el arreglo floral para la abuela. Pero al menos tenía los cinturones. Estaba sudando mucho y su camisa estaba llena de polvo. De su manga derecha, a la altura de muñeca, sobresalía un hilo rojo. Lo estuvo mirando un rato y el cansancio empezó a atacarlo de nuevo. Trató de ignorarlo. Volvió a girarse hacia la ventana para impedir que lo venciera el sueño, pero fue en vano. Alfonso cabeceaba desesperado para despabilarse y, con los ojos entrecerrados, vio al hijo del chofer riéndose de él, mientras comía habas enchiladas. Luego llegó la oscuridad.

Después de un rato abrió los ojos. El hijo del chofer seguía riéndose de él, pero esta vez más cerca. Sus dientes, amarillos algunos y otros de metal, estaban a unos cuantos centímetros de su rostro. El niño ahora estaba sentado en el asiento de al lado. Tenía toda la cara y parte de su playera manchadas de salsa. Alfonso ya no se sentía cansado.

–Te tienes que bajar –le dijo entre risas el hijo del chofer.

–Hazte para allá, chamaco.

–Te tienes que bajar –repitió el niño.

Alfonso miró a su alrededor. El camión estaba vacío, a excepción de ellos dos.

–¿Dónde estamos?

–Nos acabamos de pinchar y ya no podemos seguir la ruta.

–¿Dónde está el chofer?

–Mi papá esta allá abajo. Me dijo que te despertara para avisarte que ya no podemos seguir.

Alfonso se limpió la saliva que se le había regado hasta el cuello, tomó la bolsa y se enderezó.

–Está bien. Déjame pasar.

El niño se hizo a un lado. Alfonso se levantó y caminó hacia la puerta.

–¿Qué traes en la bolsa? –le preguntó el niño.

–¡Unos cinturones como con el que te pega tu papá! –le gritó Alfonso cuando bajaba.

Estaban estacionados a la orilla de una carretera en muy mal estado. No había gente ni coches cerca. Encontró al chofer recargado en el cofre, acostado panza arriba, con la camisa abierta hasta el ombligo y fumando un cigarrillo. Al ver a Alfonso, el chofer se incorporó despacio. Le dio una calada al cigarro antes de hablar:

–Ese pinche mocoso es un verdadero dolor de muelas, ¿qué no? –le dijo expulsando el humo con las palabras–. Mugroso Panchito, no sé cómo fregados le hizo para robarme las habas y acabárselas todas. Ese hijo… ese hijo de su padre y de nadie más.

Esas últimas palabras las dijo con orgullo. Asentía vigorosamente. Volvió a colocar el cigarrillo entre sus labios y señaló hacia la llanta. Estaba hecha un desperdicio.

–Qué mala suerte tuvimos. Nunca, en mis quince años de manejar este camión, me había quedado parado en medio de una ruta. ¿Cómo me fui a comer tres clavos seguidos con la misma llanta? Eso fue pura mala leche.

–¿Dónde estamos? –preguntó Alfonso.

–En el mero centro de Ciudad Vieja, ya cerca de El Tronconal.

–¿Cuánto falta para llegar a San Patricio?

El chofer soltó una risotada.

–No, chavo, tiene como media hora que lo pasamos. Entre el Panchito y yo te quisimos despertar, pero ni moviéndote quisiste. Solo nos faltó echarte agua.

Alfonso metió las manos en sus bolsillos en busca de su cartera, pero no la encontró. Solo le quedaba una moneda de dos pesos. Si hace unas horas tuvo un momento de total confianza, ahora todo estaba patas para arriba. Alfonso Sangabriel sintió todo el peso del Loma de Oro sobre su espalda. El chofer reía abiertamente mientras él se sentía a punto de llorar.

–¿Cuál es el camino de regreso a San Patricio? –preguntó.

–Pues para el otro lado, todo derecho: saldrás de Ciudad Vieja y llegarás al Aguacatal, donde hacen unas mojarras bien buenas; después pasarás San Melquiades; luego El Ocote y finalmente San Patricio. Casi todo es terracería.

Alfonso le dio las gracias. Se colgó bien la bolsa y salió a la carretera. Con la mirada se despidió del chofer, que volvía al cofre, del Loma de Oro y hasta de Panchito.

Se imaginó a Clarita y a su familia esperándolo en el comedor de la casona, impacientes por comer. Pensó en las lágrimas que debían estar recorriendo el decepcionado rostro de Clarita y sus propios ojos empezaron a gotear. Ella se había esforzado para conseguirle una invitación, para ponerlo a la misma altura que sus familiares y él le estaba quedando mal. Pero no había sido su culpa: la broma se la había gastado el destino. Tenía que estar pagando algún asunto olvidado.

Iba con la cabeza gacha viendo la tierra deslumbrante. El movimiento del sol empequeñecía su sombra, hasta juntarla casi con sus pies. Sentía las piernas entumidas y débiles. Los ojos le ardían. Al final, el sombrero sí había sido necesario.

Al llegar al Aguacatal sus fuerzas menguaron. Buscó la sombra de un árbol para refrescarse y descansar un poco. Lo encontró junto a un restaurante de mariscos y se siguió derecho hasta el establecimiento. Empezaba a ver borroso y se tambaleaba. Se dejó caer en la silla más cercana que encontró. En una gran mesa acomodada al costado, había un grupo grande de personas que parecían estarlo mirando. Eso le molestó. Estaba apestoso y lleno de polvo, pero tenía el derecho de estar sentado ahí sin ser juzgado. Alzó la mano para llamar la atención de un mesero, pero no tuvo éxito. Empezó a alucinar, escuchaba que lo llamaban. Repitió el gesto. Por fin una mesera se acercaba; su silueta se fue haciendo más y más grande.

–Poncho, ¿qué haces aquí solo? Vente con nosotros.

Poco a poco, logró dilucidar los ojos, la nariz y el rostro entero de Clarita. De su Clarita. Ella le tomó la mano y lo llevó a su mesa.

–Quiero agua –dijo Alfonso.

–Ahorita pides. Nosotros ya estamos acabando, pero no te preocupes.

Clarita y Alfonso se sentaron juntos, en la mesa de quince personas.

–Te ves fatal –le dijo Clarita.

Alfonso se secó la cara con su pañuelo. Alzó despacio la mirada, esperando encontrar todos los rostros observándolo y juzgándolo. Pero nadie reparaba en su presencia. Todos se encontraban inmersos en diversas conversaciones, pasándola bien, sin interesarse en el nuevo miembro de la mesa.

–Ay, Alfonso, que impuntual. Como no llegabas decidimos adelantarnos. Yo pensé que ya ni te veríamos –le dijo Clarita.

Alfonso notó que la bolsa con los cinturones piteados había llegado intacta. Se sintió aliviado.

–Pero, ¿cómo supiste que vendríamos a este lugar? Ni yo lo sabía, se decidió de último momento.

–No sé – dijo Alfonso–. Yo solo me subí a un Loma de Oro del carajo.

Fotografía de Fundación Rulfo

Escrito por:paginasalmon

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