La estatua del ángel Gabriel toca la trompeta frente a la Catedral de Lima, dos palomas detienen su vuelo en el campanario. Son las dos de la tarde y el Sol es la única religión de la calle. Camino por la avenida Tacna mirando el reloj cada dos minutos. Esquivo a la gente, cruzo la vía del bus metropolitano. Atravieso las calles del casco histórico, las baldosas y los balcones del virreinato que preceden al Palacio de Gobierno, la Catedral y al ángel Gabriel sosteniendo la trompeta y la mirada de los turistas. Junto al Palacio está la antigua Estación Desamparados, que hoy es la Casa de la Literatura. Allí me reuniré con Isabel. Bajo las escaleras y la sonrisa de Isabel me recibe con la frescura de siempre. Nos conocimos en ese mismo lugar durante un recital en el 2019 y nos prometimos un café al instante. Desde hace dos semanas estamos coordinando su participación en la revista y hoy nos reunimos en torno a sus poemarios. La observo entrelazar sus manos y mirar a su derecha el cauce del Rímac ligeramente cerca.

Verónica Vidal: Isabel, eres limeña y periodista, una combinación que parece estar destinada al tratamiento de temas que se desarrollan en la capital; sin embargo, has comentado que te intriga pensar cómo sería tu literatura si hubieses sido escritora de provincia.

Isabel Matta Bazán: Mira Verónica, he observado que, con respecto a la literatura que nace de las ciudades fuera de Lima, algunos autores se enfocan únicamente en el tema de lo que hay en su contexto físico o natural o cultural. Digamos, si la ciudad tiene una cultura específica, por ejemplo, Sipan[1], entonces el texto gira en torno a elogiar a Sipan, a explotar tal cultura, los incas, etc. Y al final el libro se trata de eso únicamente, faltando, por lo general el toque humano. No solo se puede orbitar en lo estético de la percepción cultural. ¿Dónde está el ser humano y sus emociones; sus vivencias, lo que le duele y lo que le alegra dentro de ese contexto narrado? Prefiero ir más allá de lo tangible. Necesito poder hablar de la existencia. La mía y la de todos, porque en eso nos hermanamos, en el dolor. Por tanto, comparto esa visión de hacer una poesía más en contexto con las emociones, la decepción social y las cosas bonitas que también suceden.

VV: Quiere decir que, para ti, las ciudades como recurso literario, no son sencillamente espacios que se admiran o describen.

IMB: No solo para mirar, sino para hundirse en la profundidad de eso que no vemos pero que impregna la ciudad. Hay mucho en juego como para cerrar los ojos, es decir, nos rodean muchas personas, y los seres humanos somos valiosos. No solo somos números, cantidades o etiquetas. Nos olvidamos de los nombres y generalizamos, pero en cada ser humano duerme una historia, una tragedia, una vivencia que, a pesar de estar uno junto a otro en la calle o en el bus, no es posible conocer.

VV: Esta convocatoria nos ha permitido escuchar diversas voces que hablan sobre la dinámica tenebrosa de la ciudad y de ese «algo» del que muchos están conscientes, pero que otras personas no quieren hablar. Tú, como escritora, ¿cómo tomas eso que muchos no se atreven a tocar, y que sabes que existe, y lo llevas a tu propio universo poético?

IMB: Yo diría que, más que llevarlo de fuera a dentro, ya existe, y estoy con ello compartiendo la experiencia. No puedo escapar de donde estoy. Podría moverme de lugar y aun así estaría en una ciudad. Hace un par de años estuve en Japón para visitar a mi hermana e igual estaba en una ciudad, diferente a esta, pero con personas con experiencias, dolores, alegrías y sueños. Al final, pienso que la poesía está en la ciudad y no que nosotros metemos la ciudad en la poesía. Puedo ser sensible a ella porque mi interior también grita como una ciudad. Podemos poetizar hechos complejos como la diferencia entre un punto geográfico y otro, o algo tan simple como el hecho de ver la panza de los aviones desde el patio de la casa, como hago yo. En todo caso, para hacer algo muy descriptivo, hay que ser un gran artista. En mi caso, aún me siento muy lejos de llegar a serlo y por ello me interesa mucho más el tema existencial. A medida que voy creciendo y madurando, mi ciudad interior también se expande, ya no es solo mi familia o mis preocupaciones.

VV: Lo que quiere decir que en tu universo literario hay un ejercicio continuo de redescubrir la realidad, y es la fusión de literatura y situaciones personales lo que te permite estar despierta ante la poética de la ciudad cada día.

IMB: Un aspecto que me interesa dentro de la poética de la ciudad es la gente olvidada, la que está sufriendo, y no me refiero exclusivamente a motivos económicos, sino cualquier situación en que la ciudad se siente como una jaula de gritos silenciosos, discriminación fácil por la multiculturalidad, la confluencia de estratos sociales… Muchos aspectos que crean diferencia y no nos permiten acercarnos al otro y ver que somos iguales y es justamente esa condición de estar expuestos lo que nos hace iguales. Mi poesía es el resultado de esa necesidad de conexión que tengo y que en el fondo tenemos todos; es poder darle voz a alguien que quería expresar cómo se sentía y no contaba con las imágenes adecuadas. La poesía es la realización a través de la palabra.

VV: Podemos aventurarnos a decir que la poesía es el conjunto de palabras que generarán sensaciones y una conexión humana que, en este caso, resucita esas figuras olvidadas de la ciudad.

IMB: De algún modo. Fíjate, aunque puedo estar enojada con la ciudad en ocasiones, también me encuentro agradecida con ella porque me regala motivos para escribir: dolor y alegría; gente buena y gente que de pronto no es tan buena. Si no fuera así, si todo fuera tan plano, seguramente no habría inspiración. Sería todo muy aburrido. En las ciudades ocurren hechos que el poeta, como comunicador que es, va a expresar: sea belleza, tristeza, violencia o cualquier otro fenómeno que deba ser denunciado. Si bien la influencia de la poesía como denuncia ha sido cuestionada, se ha revalorizado en estos tiempos gracias a la difusión digital y ha permitido generar conexiones y despertar consciencias sobre los problemas que se presentan en nuestros entornos. Por tanto, el poeta es un comunicador.

VV: El poeta entonces es un transcriptor de realidades, que, por qué no, de vez en cuando puede preguntarse acerca de la trascendencia de su oficio.

IMB: Hay un poema de Cesar Vallejo que dice: «Un hombre pasa con un pan al hombro ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?»[2]. Ese poema me impactó mucho, porque fue como un autocuestionamiento del artista. Es duro hacerse esa autocrítica, pero a la vez no puedes hacer otra cosa, porque los poetas no lo hacen por evadir, sino porque es su forma de mirar la sociedad y de contribuir. No ves con ojos meramente estéticos, sino con ojos humanos. Siempre me quedé pensando en eso: hay gente que es purista y habla de la literatura comprometida y se refieren a que tu literatura no es comprometida si no hablas de protesta o los problemas de la sociedad. Yo creo que no es tanto así. Pienso que hay una temática de panfleto social, que es una opción. Pero también hablamos de otras perspectivas. Como yo miro la sociedad no tiene que ser una visión tan panfletaria. Puede ser recreada o poetizada de otra manera, en la que yo de igual modo estoy haciendo una crítica, pero para aquellos que lo saben «leer», es decir, para aquel que sabe discernir lo que está implícito.

VV: Lo implícito es uno de los secretos más valiosos del arte y se relaciona con el poder reaccionario. Una fotografía, el cine, las artes plásticas y el arte de la palabra escrita tienen esa tangibilidad, aquello que puedes sentir.

IMB: Hay poetas, como Manuel Scorza, que logran esa denuncia implícita al unir varios elementos: palabra, dolor social y amor, con una maestría espectacular. Me ha inspirado la poesía de Manuel Scorza para muchos de mis textos.

VV: Estoy hojeando tu libro y encuentro un poema, que bien puede ser el culmen de esta poética híbrida entre el mundo interior y la respuesta a los gritos de la ciudad…

IMB: «A veces sueña en morir, otras en matar en ponerse boca abajo, boca adolorida de náusea mínima, óleo seco, honor expuesto. Esa mujer ha enloquecido al tiempo, a los papeles del fax, a la herida de los leones. No se alimenta de habas ni de arroz con su boca apuntando al cielo traga el hermetismo que nace del techo frente a su imagen fantástica. Esa mujer se deshace recostada sobre una mesa desnuda como un seno al viento, de su cabeza brotan insectos, galaxias, mas quebrada toda, algo de ella perdura »[3].

VV: Hay un trabajo de semiótica con los insectos, las galaxias y, en otros de tus poemas, las arañas. ¿Qué representan estos símbolos en tu ciudad?

IMB: Esa pregunta nunca me la han hecho, y creo que no me he puesto a pensar concretamente en ello. Cuando era niña, uno de mis temores más grandes eran las cucarachas. Mi papá siempre debía cargarme para protegerme de ellas. No podía pisarlas ni mirarlas, me llenaba de terror. Ahora les hablo y no las mato porque me da pena hacerlo. El terror desapareció. Los insectos vienen a simbolizar los miedos que he tenido y que he podido afrontar. Representa todo lo negativo. Hoy en día estoy más reconciliada con las cucarachas porque veo que todos tenemos algo de insecto en nuestras vidas. Parte de nosotros pertenece a la obscuridad. El poeta Belli decía: «Arriba todo tiene dueño: la sombra del árbol, las flores, los frutos […] y optamos por hundirnos en el fondo de la tierra»[4]. Ahora, las sombras me sorprenden menos. Por otro lado, las arañas representan la soledad, es un animal que hace su nido y teje su telaraña. Son imágenes de cómo me he sentido y me siento a momentos: la galaxia, las ideas, las confusiones, lo adverso… Todo está allí, pero a pesar de estar quebrado perduras, sales adelante. Siempre hay un poco de esperanza en medio de las dificultades.

Isabel se levanta conmigo y caminamos por la Casa de la Literatura. Atravesamos la biblioteca Mario Vargas Llosa, entre voces coreanas y francesas que llegan para conocer y tomar fotos. Subimos las escaleras y las torres de la Catedral van apareciendo en la entrada. Los periodistas pululan en uno de los costados del Palacio de Gobierno. Los niños de provincia venden chicles a los transeúntes. En la avenida Abancay se comprime el tráfico, entre los buses caminan policías con mercancía decomisada. Me despido de Isabel con un abrazo. Subo al bus y desde la ventana puedo verla detenida en la ciudad: una nítida vela entre las líneas del ruido, respirando el verso ignorado en cada grito de la jaula.

Referencias:

[1] El término Sipan se refiere al nombre de una comunidad moderna y un sitio arqueológico, ubicados en el valle medio del río Lambayeque.

[2] Fragmento del poema “Un hombre pasa con un pan al hombro”, de César Vallejo.

[3] Reina Moribunda, Isabel Matta Bazán. (Fondo Editorial de la Facultad de Letras de la UNMSM, 2005).

[4] Fragmentos del poema Segregación N° 1 de Carlos Germán Belli.

Escrito por:paginasalmon

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