Cuando yo era niño, mi abuelo solía contarme una historia que me ponía la piel de gallina, me encantaba y tenía el deseo de contarla a todo aquel que se cruzara en mi camino, pero él me hizo prometer que jamás repetiría una sola palabra, al menos mientras la abuela estuviera viva. Para serte sincero, nunca le conté a nadie, me gustaba saberme portador de un secreto así de misterioso. Pero tú, querida, me has hecho recordar a mi abuelo, te pareces tanto a él, los mismos ojos curiosos y las manos siempre inquietas.

El abuelo tuvo dos grandes amores, por eso era tan importante que yo me quedara callado. La verdad es que yo no lo entendía del todo, un niño no sabe muchas cosas del amor.

‒Verás ‒me decía siempre que tenía ganas de hablar de aquello‒, tu abuela tiene los ojos más hermosos que he visto, la amo y nunca me cansaré de hacerlo, pero hay cosas que simplemente pasan, y en el mar suceden las cosas más fascinantes, hijo. Si te soy sincero, a veces siento mucha culpa, a pesar de que aquello pasó un par de años antes de que tu abuela se cruzará en mi camino.

El abuelo se tocaba la cara como tratando de ocultar las arrugas que le surcaban la piel de la frente mientras me decía con una sonrisa juguetona:

‒En aquel entonces yo era un muchacho, tú me ves ahora como un viejo aburrido que se pasa todo el día en esta casa arrastrando los pies de aquí para allá. Lo que no sabes es que me muevo de un lado para otro perseguido por mis recuerdos ‒cerraba los ojos y luego de una pausa que me parecía eterna, añadía‒ ¡Qué joven era! ¡Cómo moría de ganas de estar en altamar! Por aquellos días yo me pasaba las tardes en el muelle, deseando que me aceptaran en algún barco, la sola idea de surcar el mar me llenaba de júbilo. Y un día pasó, como si se tratara de un milagro, me dieron trabajo en un barco pesquero.

La risa estruendosa del abuelo me sacaba de mi ensoñación. Yo intentaba imaginarlo de joven, pero me era muy difícil dejar de pensar en él como un viejo con los cabellos blancos, me costaba creer que no había sido siempre así, seguro que a ti te pasa lo mismo, ¿no? ¿Has intentado alguna vez imaginarme con cincuenta años menos?

‒Al día siguiente yo estaba ahí ‒retomaba el abuelo su historia sin dejar de sonreír‒, la verdad es que me sentía un hombre porque al fin podía ser parte de aquel mundo, de aquella aventura‒. El abuelo reía de nuevo a carcajadas, yo no entendía el motivo de su risa, pero creo que a estas alturas de la vida puedo sospecharlo.

‒Una tormenta nos alcanzó, el mar se puso bravo, las olas nos golpeaban sin piedad, si hubieras estado ahí, te aseguro que hubieras gritado el nombre de tu madre a los cuatro vientos ‒yo me enfurruñaba en el sofá, me desagradaba la idea de que el abuelo me creyera un niño miedoso‒. Pero, hijo, aquella tormenta me jugó una broma. Una ola enorme arrasó con la cubierta y nos trajo consigo algo, una criatura que se quedó enredada entre las redes. Las gotas de la tormenta me nublaban la vista, por un momento creí que aquello que luchaba por su vida era un delfín o quizá algún pez muy grande, sentí compasión, yo también estaba asustado por mi vida. Como pude, me acerqué a aquella criatura, deseaba liberarla porque creía entender su miedo. ¡Pero, muchacho! ¿Cómo te explico lo que vi?

En ese punto de la historia el abuelo siempre hacía una pausa, como buscando las palabras, como si de pronto ninguna le sirviera para explicarme lo que sus ojos habían visto:

‒Aquello fue lo más maravilloso que he visto, aún dudo de que fuera real. Me enamoré al instante, aparté las redes para tomarla entre mis brazos, sus ojos brillaron, nunca supe si fue a causa del miedo o del agradecimiento. Sin embargo, escapó, no la pude tener más que un segundo.

Mirándome a los ojos me decía: “me volví loco, te juro que me volví loco”, y no me cabe ninguna duda de que así fue, en su mirada todavía quedaba algo de aquella vieja locura, de niño no lo distinguía, pero la luz de mis recuerdos me ha hecho comprenderlo. Apartando su mirada de mí, el abuelo me narraba su locura.

‒Me pasaba las noches sin dormir, la buscaba a cada segundo en aquel  mar, el mismo que se volvió mi peor enemigo, no me permitía ningún descanso. Yo no sé si alguna vez te ha pasado, pero en aquel tiempo, yo no hacía otra cosa que pensarla. Me creció la barba y me puse tan flaco como una tabla. Los que antes eran mis amigos me huían, no los culpo, creo que en el fondo tenían miedo de contagiarse de mi locura. Pero lo peor de todo fue que en ningún barco querían darme trabajo, ¿cómo podía verla de nuevo si no era en altamar? ‒continuó‒ Mi padre, que era un hombre duro y juicioso, escuchó los rumores que corrían por el pueblo, se comenzó a preocupar porque yo era su único hijo y supongo que ningún padre desea que su muchacho acabe en algún manicomio. Como pudo, me alejó de aquel lugar. Yo era joven y no podía contradecir los designios de mi padre, o eso me gustaba pensar. ¿Te confieso algo? En el fondo me sentí aliviado, sabía que no había posibilidad de verla de nuevo. Lo más seguro es que si me quedaba junto al mar, la locura me llegaría hasta los huesos. Así que lo dejé todo ‒recuerdo que en este punto de la historia su sonrisa se volvía cálida y agregaba con un suspiro‒: unos cuantos años después conocí a tu abuela. Sin duda era la mujer más hermosa que mis ojos habían visto sobre esta tierra ‒y haciéndome un guiño cómplice, agregaba‒ no te imaginas lo bella que era ‒soltaba una de aquellas carcajadas suyas para luego volver a ponerse serio‒, pero escúchame muy bien, nunca, pero nunca puedes repetir estas palabras en presencia de tu abuela. Este es un secreto entre tú y yo.

Ahora tú también conoces el secreto, yo sé que eres una pequeña muy discreta y no le contarás nada a nadie, al menos hasta que descubras a alguien que merezca saber esta verdad tan asombrosa. También sé que tú no conociste a mi abuelo, cuando él murió ni siquiera habías nacido, es más, por ese entonces no pasaba por mi cabeza la sola idea de que tú y yo estaríamos un día aquí. Me toca confesarte algo, cariño, ¡creo que heredaste su locura! A veces cuando te veo me parece reconocer ese brillo maníaco que lanzaban sus ojos. Te cuento esto porque tú hubieras podido comprender mejor a mi abuelo; solo espero que la locura no te alcance, eso, amor mío, me daría mucha pena. Pero anda, mejor ven y regálame un beso que ya es hora de que vayas a la cama, si tus padres descubren que sigues despierta nos van a matar.

Imagen tomada de Twitter

Escrito por:paginasalmon

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