El cliente me dijo que yo le recordaba a su madre. Posiblemente por eso compró tantas plantas.

–¿Tiene usted suficiente espacio en su casa para todas esas plantas? –le pregunté.

–No –me respondió–, tengo un patio muy chico y dudo que quepan.

–¿Entonces, para qué compró tantas?

–Ya le dije, usted me recuerda a mi madre.

–¿También las plantas?

–Sobre todo las plantas. Me acuerdo cuando ella me encargaba regar sus macetas, pero casi siempre se morían. No sé, simplemente no soy de esas personas que tiene buenas manos cuidando plantas.

–Entonces, ¿por qué lleva tantas si se le van a morir?

–¡Que ya le dije que porque me recuerdan a mi madre!

–¿Las plantas muertas?

–Sí. Usted, las plantas vivas y las plantas muertas me recuerdan a mi madre.  Me hacen recordar cuando ella se molestaba al ver que todas se marchitaban.

–Entonces… todo eso le recuerda a su madre.

–¡Que sí! ¡Todo! ¿Acaso no me pone atención? Pero… principalmente usted. Si yo viera a alguna otra persona, con total seguridad, sé que no le compraría nada, aunque fueran exactamente las mismas plantas que usted vende.

***

–Me llevo también este pequeño cactus–me dijo la muchacha.

–¿También este cactus? –pregunté con tono irónico– ¡Son siete los que lleva! ¿Por qué tantos? ¿Acaso planea hacer una pequeña colección botánica o regalarlos? –añadí.

La muchacha se me quedó mirando un pequeño intervalo de tiempo en silencio.

–Discúlpeme, no debí hablar de ese modo. Lo que usted haga con las plantas no me interesa. Llévese las que quiera, si son todas mejor. Que para eso se venden, para que se acaben –añadí.

–Está bien, no se preocupe –dijo la muchacha–. Sé que son muchos cactus. Lo que pasa es que me recuerdan a mi padre.

–¿Las cactáceas le recuerdan a su padre? –pregunté.

–Sí. Las cactáceas y usted… usted me recuerda a mi padre, que en paz descanse. A él le gustaban mucho este tipo de plantas. Era botánico. Recuerdo que cuando era niña vivíamos en una zona árida, casi desértica en la que abundaban cactus de formas y tamaños muy variados. Era el paraíso para mi padre. Nunca lo vi tan feliz. Cuando íbamos de viaje y en el camino aparecía alguna cactácea, él frenaba el auto y se bajaba para contemplarla con inmensa devoción. Le tomaba fotos y luego procedían la clasificación taxonómica y datos etno-botánicos. Que es de la familia tal, género tal, especie tal y posiblemente variedad tal, endémica de tal lugar y descubierta por fulano-de-tal en tal año. Sabía todo sobre cactáceas.

–¿Y yo?

–¿Usted?

–Sí, yo. Ha dicho que yo le recuerdo a su padre.

–Por supuesto.

–¿Y en qué aspecto?

–Usted es como su viva imagen. Tienen una enorme similitud. No sé, simplemente hay algo en usted… tal vez sea la ropa, la manera de expresarse, el tono de voz, el movimiento de sus manos. Además, claro está, tiene a la venta cactáceas, lo cual irremediablemente se relaciona con él.

–En este barrio hay otros viveros donde venden cactáceas.

–Lo sé. He ido a todos, pero no les compré. No me convencieron.

–Pero… posiblemente las plantas que haya ahí sean todas de las mismas especies. De hecho, en este vivero las plantas son las más costosas del barrio. En el vivero de la esquina, por ejemplo, están a mitad de precio. Podría comprar muchas más plantas que le recordaran a su padre.

–No lo creo –dijo la chica.

–¿Cómo?

–Ya le dije que hay algo en usted que me recuerda a mi padre.

–Pero no soy él. Podría ir a otros viveros y comprar plantas. Cualquier vendedor podría recordarle a su padre, justamente porque la presencia de cactáceas se relaciona emocionalmente con los recuerdos de su infancia.

–Creo que usted no comprende a lo que me refiero.

–No, es usted quien no entendió lo que le dije.

Otro silencio se formó.

–Como le decía, me llevo estas plantas porque me recuerdan a mi padre.

***

Al día siguiente llegó una anciana que compró cuatro orquídeas, según porque le recordaban a su hijo, quien desde hace diez años vive alejado y en el extranjero por cuestiones laborales.

–Usted tiene algo que me recuerda a mi hijo –dijo la anciana.

***

Simplemente no lo entiendo.

Un día, para cierta persona, hay algo en mí y en mis plantas que le recuerda intensamente a alguien cercano. A veces es mujer, otras veces un hombre y en algunas ocasiones hasta mascotas. Pero sigo sin comprender cómo eso es posible.

Un día llegué a la conclusión de que tal vez yo era una persona camaleón. Alguien que cada día, por circunstancias y factores imprevisibles, cambia su apariencia de forma aleatoria, de tal manera que mi nueva configuración fisionómica coincide con algún ser querido del cliente.

Al mirarme al espejo no puedo creerme tal teoría. Es una bobada. Pero ¿y si fuera la verdad? El semblante que observo sobre la superficie reflejante, aquel rostro que soy yo, siempre es el mismo. O, por lo menos, creo que es el mismo.

Me pregunto, recurrentemente, si aquel hombre que dijo que le recordaba a su madre, no venía predispuesto a pensar en ella. Puede que ese mismo día haya sido su aniversario luctuoso, con lo que cualquier cosa lo haría susceptible, lo mismo que las plantas que se llevó. Y aquella chica que me dijo que le recordaba a su padre, quizá sea emocionalmente propensa a relacionar cualquier cosa con él.

¿Será que cada vez que despierto lo hago con el rostro de alguien más?

Todo esto me ha hecho concebir un pensamiento algo extremista. Tal vez también me está pasando lo mismo que ocurre con mis clientes. Es decir, que al mirarme al espejo, mi propio rostro me esté recordando a otra persona, aunque no sé a quién.

Ante lo disparatado que le parecía todo lo que le contaba a mi amiga, decidí platicarle lo de los clientes y lo mucho que les recordaba a personas cercanas. También le platiqué sobre mi teoría de que mi rostro es el recuerdo de alguien a quien desconozco.

–La falta de racionalidad nos puede hacer ver cosas donde no las hay. Sabes, hay algo curioso en todo lo que has dicho, más bien, en todo este rato en que hemos platicado

–¿Sí? ¿Qué es?

–Hay algo en ti, en tu voz, en tu manera de mover las manos, en cómo me miras, en tu cabello… ¿o será en la manera en la que pestañeas?

–No te entiendo.

–Es que, no sé cómo decirlo.

–Pues dilo.

–Está bien –tomó una bocanada de aire, parecía que se había puesto nerviosa–, no sé por qué, pero tienes algo que me recuerda mucho a mi tío Ernesto.

No dije nada. Mientras ella seguía hablando pude ver mi rostro reflejado sobre la superficie cristalina de sus ojos. Ahí estaba yo, sin duda, aunque para ella no era el mismo.

Imagen tomada de deMilked

Escrito por:paginasalmon

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