Amalia despertó en un grito, mientras lograba ubicarse en su propia recámara más aterrada se sentía. Empezó a atragantarse con sus propias lágrimas y saliva, no dejaba de gritar. De la habitación vecina salió disparada su hermana Amelia, pues creyó que se trataba de una pesadilla. En un primer intento por preguntarle qué le ocurría, Amalia la desconoció y siguió llorando desconsolada. Pronto, Amelia le preparó un té y se lo dio mientras le secaba las lágrimas y el sudor de la frente, pero no funcionó. Amalia seguía gritando y llorando sin poder articular palabras, entonces Amelia decidió untarle la pomada de granada en todo el cuerpo, una vez más sin respuesta. Luego, maceró un puñado de ruda con alcanfor para ponérselo en las sienes; le intentó cantar una canción que ella recordaba, y nada. Amalia ahora estaba sin fuerzas y deshidratada de tanto llorar y gritar.

Amelia llamó al doctor, la tomó fuerte de las manos y le dijo que él venía en camino. Esto tranquilizó mucho a Amalia, no dejaba de pensar en el dolor tan intenso que sentía, algo le recorría todo el cuerpo. Por más que se ponía la mano en el pecho y creía por fin atrapar aquello que le lastimaba, cual animalejo, le saltaba pronto y sentía una punzada en el otro extremo del cuerpo. Se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a beber lo que le dieran. El doctor tardó alrededor de una hora revisando a Amalia. Afuera, el silencio perenne sostenía el ruido de la antigua cafetera, tan vieja, que desprendía el aroma del camposanto entero. A las siete en punto, el doctor pálido y azorado le pide a Amelia que entre, sin ninguna palabra se limita a mostrar el vientre de Amalia, con el índice derecho le señala justo en el centro…

–¿Qué tiene mi hermana doctor? –Preguntó Amelia con miedo

–Es lo que no tiene­­ –respondió desesperado el galeno– ¿Es que no se da cuenta? No tiene… no le… no le salió ombligo.

Amelia, paralizada y sin palabras, no podía dejar de mirar a su hermana, que a esa hora de la noche y después de tremenda crisis, por fin había caído dormida. Mientras, de forma presurosa, el médico guardó su estetoscopio y otros instrumentos, se alejó de las hermanas y, antes de salir, les advierte que se trata de brujería, que es inaudito y que nunca había visto un caso así. Le augura la muerte.

Durante las semanas siguientes, Amalia dejó de gritar y llorar a todo pulmón, pero perdió el habla y se limitó a pasar los días encerrada en su cuarto. Amelia estaba distraída, se le iba la vida en preguntas: ¿Cómo era eso posible?, ¿por qué no se habían dado cuenta?, ¿se tratará de un castigo? Los bebés nacían sin un dedo, con mechones de pelo blanco, enfermos de muerte, pero ¿sin un ombligo? Después de nacer se forma el ombligo, como una rosa enterrada en la piel. Los meses pasaron, Amelia se quedaba el día entero en la cocina bebiendo café herrumbroso, evitaba que sus párpados cedieran a las tinieblas que ahora invadían la casa. Dejó de ver a su hermana, de llevarle la comida, incluso dejó de probar bocado ella misma.

A los nueve meses de lo ocurrido, las hermanas eran como fantasmas en el pueblo. Ya nadie las veía por las calles, la iglesia o el mercado… parecía que dejaran huella por su ausencia. Amelia cayó enferma en el verano. Una vecina, que en realidad era hierbera, la encontró anémica y le mandó varios tés. Así pasaron las lunas de julio, una tras otra. Un día Amalia se recobró y fue a buscar a su hermana, a quien vio en cama, moribunda, sin haber probado ni comida, ni tés, ni con su famoso rosario milagroso. Lo único que se le ocurrió a Amalia fue sentarse a su lado, agarró el libro rojo y empezó a leerle día y noche. Dicen que leer es una forma de religión, entonces digamos que le rezaba. Algunos días, Amelia parecía recobrar fuerzas y mejoraba, pero la vida no nos pertenece y el viento se llevó su último aliento.

Un mes después de la muerte de su hermana, Amalia decidió salir de casa y bajar al río, parecía un espectro, aprendiendo a caminar, recordando cómo respirar. Se desnudó lentamente, dejó su vestido colgado de un árbol, y metió sus pies en el río. Le caló el acero filoso del agua fría en su piel, pero continuó sumergiéndose. Ahí estuvo unos minutos, dejándose flotar…

Cuando salió del agua, era un bulto de carne empapado, con los cabellos alborotados y hojas enredadas por doquier. Tomó el vestido y, mientras iba abotonándose, se descubrió una herida: ahí justo en el centro, un ombligo. Amalia baja cada mes al río para comprobar que ahí, entre los pliegues del ombligo, sigue su hermana.

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Ónfalo | Por Liliana Hernández Almazán

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