Hace algunos años leí un artículo donde un padrote narraba su modus operandi. Recuerdo que el hombre decía que acababa de salir de la cárcel, que se arrepentía de haber engatusado a aquellas mujeres, y que no lo volvería a hacer. Pero minutos antes relataba con lujo de detalle, y con cierto aire de cinismo, cómo seducía a jovencitas de las periferias de la ciudad de Puebla, cómo las enamoraba y les prometía cosas, y cómo las metía en el negocio de la prostitución. Mejor dicho: cómo las esclavizaba, junto con una red familiar, para ser prostitutas. El artículo refería que eran chicas vulnerables: carencias económicas, pocos estudios, problemas familiares. Había otro apartado en donde mencionaban que en comunidades del sureste del país (Chiapas, Oaxaca) los mismos familiares las vendían porque les llegaba a ellos un poco de dinero con su salida del pueblo. El negocio de la trata de personas en México (y en especial en el estado de Tlaxcala) es profundamente lucrativo, inhumano y arraigado a la omisión del Estado mexicano.

No logré ubicar el texto referido, pero en la red pude encontrar El último padrote de Tenancingo de Héctor de Mauroleón, en el que se expone el mismo modus operandi que mencioné antes, e informa de la captura de Juan Romero Granados, un padrote de Tenancingo, Tlaxcala. En dicha localidad de apenas 10,000 habitantes, aproximadamente el 10% de la población se dedica a la explotación sexual de mujeres (De los reyes, 2012).

Con una búsqueda más minuciosa también se encuentran textos en donde mujeres relatan cómo llegaron a ser víctimas de trata, las manipulaciones a las que están sujetas por los proxenetas y cómo es que hay perfiles diversos en las casas de prostitución. Lo que más llamó mi atención y removió mi estómago fue el testimonio de Karla Jacinto en el que apunta: “Yo conocí a muchas chavas, que tenían posgrado, gente de dinero y posición, les preguntaba ‘Oye, ¿tú por qué estás aquí?” (…) “Por amor, siempre te decían por amor”. (Janowhits, 2015).

Hay un discurso de un hombre que se sabe poderoso y protegido por toda una red. También está la cuestión de que este negocio prolifera por familias enteras — patriarcas, sobre todo, pero también hay mujeres en ello — que ven estos actos como “normales”, como forma de enriquecerse a costa de, literalmente, una moderna esclavitud. Pero lo que enciende en mí un sentido de alerta, es la vulnerabilidad que estos cazadores olfatean.  ¿Somos las mujeres más susceptibles a las seducciones, a las promesas de amor? ¿Nuestra socialización hace que no pongamos límites para nuestra salvaguarda cuando un desconocido se acerca a enamorarnos? ¿Qué de las redes familiares, sociales, de apoyo, está tan resquebrajado como para que no haya un mástil de dónde sostenerse cuando las alertas se empiezan a encender?

Es claro que los padrotes utilizan diferentes violencias para someter a las mujeres que esclavizan. A algunas las prostituyen a la fuerza; a otras las manipulan para que se prostituyan en aras de ayudarlos económicamente con la promesa de que será momentáneo, o como una prueba más de su amor. Sea como fuere, a esta práctica deplorable la atraviesan un sinfín de condiciones subjetivas, pero también realidades económicas y sociales bastante tangibles.

Todas estas consideraciones y preguntas me vinieron a la mente tras ver la película de Las elegidas (David Pablos, México, 2015).  La descripción de Netflix es concisa: “El joven Ulises se enamora de Sofía y aunque la atrajo a las garras del negocio de prostitución de su familia, está dispuesto a todo para salvarla”. El tema es muy difícil de digerir. Sin embargo, estamos ante una realidad a priori difícil, por lo que vale la pena entrar a este tipo de obras que nos muevan de lugar y propongan un abordaje abierto, aunque en esa apertura, se cuele algo que nos duela.

 La película retrata la vinculación entre Sofía y Ulises, dos personajes adolescentes que inician una relación de noviazgo, en momentos, incluso tierna. Los actores no son profesionales y aunque podemos ver cierta torpeza en la actuación, logra generar empatía con cómo reaccionan ante lo que, tanto personajes como intérpretes, están sintiendo. A medida que el vínculo crece, el personaje de Ulises empieza a tener un conflicto interno, pues está moviéndose entre dos fuerzas: la de su familia (Sobre todo, padre y hermano) que intenta instruirlo en el arte de ser padrote, y que ve a Sofía como la primera contribución de Ulises al negocio familiar; y los sentimientos de Ulises hacia Sofía, que hacen que él quiera protegerla de ese destino fraguado desde el principio por su vinculación. Hasta cierto punto, se nota el peso de la condición familiar, del contexto cultural y del mundo dado para el adolescente. ¿Puede él decidir realmente? Lo intenta. Pero el contexto los aplasta. Sofía ya había sido “elegida”.

La película es densa, pero no logra esto por la exposición de los cuerpos de las mujeres con escenas explícitas de sexo. En realidad, no las hay. Sí escuchamos en ciertas tomas gemidos, nalgadas, gritos, en referencia a cómo las mujeres –o Sofía misma– están teniendo relaciones sexuales, pero el encuadre se enfoca en otra cosa. En una escena, por ejemplo, en Sofía, quien, ya pintada y demacrada, mira fijamente a la cámara.

Imagen: El Universal

El hecho de que la violencia no sea explícita no quiere decir que no la haya. A veces la imaginación que completa la información es mucho más intensa que si ofrecieran la imagen descriptiva en encuadre. En este sentido, por ejemplo, recuerdo alguna escena de Haneke, en Funny Games. Uno de los personajes (Peter) dispara hacia la cabeza de Georgie, hijo de Anna y George, pareja a la que dos jóvenes psicópatas tienen amedrentados en una casa de verano. Mientras sucede eso, lo que vemos en pantalla es cómo Paul se prepara un sándwich en la cocina. En la sala está ocurriendo todo: forcejeos, gritos, disparo. Pero no lo vemos. Es hasta que la cámara sigue a Paul que regresamos a la sala (donde estaba la familia sometida) y lo que se nos presenta no es el cuerpo del niño, sino el televisor manchado de sangre.

Imagen: Funny Games

Las Elegidas, situada en Tijuana, Baja California, nos muestra de cerca el mundo de las mujeres esclavizadas en la prostitución: las pasa a recoger un chofer “buena onda” que les dice que “por su bien” “trabajen” y no se anden con “pendejadas”, y que, eso sí, está ahí para lo que se les ofrezca. Nos muestra también la vida allí: viven en una posada, las van a recoger, trabajan todo el día (con un mínimo de clientes que hay que atender, si no, hay represalias) y de noche las regresan a casa. El dinero ganado, por supuesto, lo recogen y “cuidado con esconder algo, porque no se la acaban”. Todo el tiempo hay gente vigilándolas. Se revelan las vinculaciones que se forman entre las mujeres en el prostíbulo, incluso las amistades, pero también se muestra el chantaje de las cuidadoras para que no escapen y las maneras de coerción que emplean. Sofía tiene que ir aprendiendo a sobrevivir en ese nuevo contexto. Mientras tanto, Ulises, a quien ha reprendido su familia por haber intentado escapar con Sofía, tiene que jugar sus cartas para sacarla de allí. ¿De verdad podría salvarla? Si Sofía ya está dando numerosas ganancias, ¿quién se quedaría en su lugar? La respuesta parece sencilla en la lógica familiar. Ulises tendrá que emprender un viaje de nuevo: aprender los artilugios de la seducción, y “elegir” a alguien más.

El final es un grito ahogado en el silencio de Sofía. ¿Realmente hay elecciones libres en un sistema así? ¿Qué significa ser “salvada”? ¿Ser “agradecida”? ¿Qué significa “hacer cosas por el otro” en ese medio? ¿Qué significa “cuidar”? ¿Cómo se transformó el amor? ¿Qué tipo de amor siente Ulises? ¿Qué tipo de amor puede dar? ¿Cómo se puede amar desde esos contextos?

En sí, la temática es muy fuerte, pero en los ojos y desde la perspectiva de dos adolescentes y sus respectivas transformaciones no puede hacer más que ponernos en el lugar de los personajes y verlos con empatía. Es esta misma condición la que hace que, al final de la película, nos sintamos contrariados. Al menos yo, terminé con una sensación de desasosiego.

El filme tiene sus credenciales de presentación: ganó el Ariel (2016) a mejor película, mejor guion original, mejor fotografía, mejor director y mejor actriz revelación (Nancy Talamantes, quien hace el papel de Sofía). Además, participa en ella Ledi Gutiérrez (Marta), quien da vida a Sugehili en el último filme de Gael García Bernal, Chicuarotes. El director y creador del guion de Las elegidas, David de Pablos, reunió testimonios de víctimas de redes de prostitución, además de tomar como referente el relato de Jorge Volpi con el mismo nombre: Las elegidas, en el que narra el manejo de las redes de prostitución del clan Salazar Juárez, en Tijuana y San Ysidro.

Lamentablemente, como hacen referencia los artículos recopilados, en el contexto de México y el entrecruce de las violencias, la película retrata una realidad que, si bien no es lejana a muchas regiones del país, sí es una realidad compleja para digerir. Por eso, Las elegidas es, hasta cierto punto, una película “difícil”. Como espectadores no nos queremos acercar al dolor. Es cierto. Pero, aunque acercarnos a través de la mediación de estos dos personajes adolescentes nos permite sentir más propia las afectaciones de los protagonistas, también pasa que lo hacemos desde un lente lleno de humanidad. Nos permite preguntarnos cosas. ¿Y acaso no deberíamos hacer eso, preguntarlas?

Imagen: Las elegidas

Escrito por:paginasalmon

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