En el verano de 1921 Martin Heidegger impartió una serie de cátedras sobre el pensamiento de Agustín de Hipona y las implicaciones teológico-filosóficas de este. Las notas del curso ahora se reúnen como Estudios sobre mística medieval. Si bien estos manuscritos no son tan conocidos ni consagrados como su obra Ser y Tiempo, sí permiten dilucidar el rico campo de estudio que el medioevo ha significado para diferentes pensadores a lo largo de la historia.

Así como Heidegger, otros como Mijail Bajtin, Georges Bataille, Jacques Lacan, Erich Auerbach o Roland Barthes han dedicado parte de su obra a estudiar aspectos particulares de este periodo. No obstante, y pese a las ricas investigaciones alrededor de la Edad Media, esta –más que cualquier otra época– pareciera estar sometida a la tiranía de registros históricos poco acertados, que muchas veces presentan una imagen distorsionada de lo que en realidad pudo ser esta etapa de la historia.

Es más probable que la conciencia histórica del público general relacione lo medieval ya con el oscurantismo, ya con la fantasía de caballeros y doncellas, mas no con la cosmovisión, la literatura, las artes o evolución filosófica que tuvieron lugar desde la caída del Imperio Romano hasta el fin de la Guerra de los Cien Años.

Por un lado, el medievo se percibe como un tiempo de barbarie, hambruna, pestes y fanatismo religioso; por otro, es fuente de inspiración para videojuegos, películas, best-sellers y exitosas series televisivas. Ambas visiones, tan opuestas como distantes a lo que presenta la disciplina de los estudios medievales, permanecen casi inamovibles en la gran narrativa del progreso de la civilización.

El hecho de que hoy en día haya un renovado interés por la Edad Media, no sólo en los ámbitos académicos, sino también en la cultura pop, debiera ser motivo suficiente para que nos cuestionemos a qué intereses sirven las nuevas imágenes que se crean sobre el medievo: ¿es acaso para reflexionar sobre la fragilidad humana ante un mundo imprevisible que creíamos falsamente dominado? –panorama flagrante ante la crisis sanitaria que desató el coronavirus–, ¿sirve rescatar la imagen del caballero de armadura y espada que corteja a las doncellas al pie de lo que dicta El buen amor para cuestionar la construcción de la(s) masculinidad(es)? ¿O para repensar la posición de las mujeres a lo largo de la historia con, por ejemplo, las re-interpretaciones de textos como Flamenca por artistas de reggaetón?

“Las ideas erróneas que suelen propagarse sobre particulares episodios del pasado no son ni fortuitas ni inocentes”, menciona Patrick Fazioli en The Mirror of the Medieval, “más bien, suelen servir propósitos sociopolíticos específicos”. Para muchos medievalistas, la Edad Media es uno de los periodos menos comprendidos de la historia de Occidente, muy a pesar de los esfuerzos académicos por rebatir los mitos antes mencionados. Sin embargo, muchos también reconocen que la perpetuación de estas ideas ha desempeñado importantes funciones ideológicas en la conciencia colectiva de las culturas. Si bien sería iluso suponer que mil años (desde el siglo V hasta XV) se reducen en una larga pausa en el desarrollo de la humanidad, lo cierto es que muchas veces la Edad Media es considerada —como su nombre indica— como un punto medio (y muerto) entre las grandes civilizaciones de Grecia y Roma y el inicio de la modernidad con el Renacimiento.

Ya desde mediados del siglo XIV se pueden encontrar referencias a este periodo como una “Edad Oscura”, siendo Petrarca uno de los primeros en utilizar el término “tenebrae” para describir el clima literario de su época.[1] Así, el mote fue rescatado por los humanistas italianos del siglo XV para referirse al periodo que les precedía, el cual rechazaban y señalaban como barbárico, atrasado y ensombrecido por un fanatismo religioso que impedía al hombre alcanzar su potencial intelectual. No obstante, estas concepciones servían más a un propósito ideológico propio del Renacimiento que a un riguroso estudio historiográfico de lo que había sido un milenio de historia.

Desde este punto de vista no es difícil divisar por qué motivos y con qué finalidad se creó el mito del medievo: este era la antítesis necesaria para que el Renacimiento se exaltara a sí mismo como una época gloriosa, de auge y riqueza artística e intelectual. De este modo, comenzó a propagarse por Europa la idea de un tiempo ‘anterior’ que, a lo largo de la historia, sirvió a diferentes propósitos.

Los luteranos, por ejemplo, presentaron a la Edad Media como un periodo en el que la Iglesia Católica, su rival a todos los niveles, además de oprimir tiránicamente al pueblo, había pervertido el mensaje de Cristo (Baura 11). Así, crear una narrativa en la que el medievo se caracterizaba por la corrupción de la fe con una tiránica Iglesia como regente, permitió al luteranismo posicionarse como una nueva y superior doctrina.

Para el siglo XVII, la idea de que la brecha entre los clásicos y los modernos fue de escaso avance intelectual ya se propagaba y normalizaba como la periodización histórica del mundo, tal como ocurre en el Novum Organum (1620) de Francis Bacon. Bacon dedicó una parte de su obra a señalar las tres etapas en las que, para él, el conocimiento floreció: la Grecia clásica, la antigua Roma y su propia y “moderna” Europa, mientras que el medievo resultaba una suerte de estancamiento en donde no existieron aportaciones relevantes ni a la ciencia ni a la filosofía. Kant, por su parte, encontró en el hombre medieval a un sujeto supersticioso, ignorante, desprovisto de razón y falto de curiosidad por el mundo que le rodeaba, el cual servía como ejemplo perfecto de la antítesis del hombre ilustrado del siglo XVIII.

No obstante, en ese mismo siglo, pero en otra latitud, Inglaterra fue testigo del llamado ‘revival’ medieval; lo que comenzó como un interés renovado por la arquitectura del medievo culminó en una revolución en las artes literarias: la fundación del género gótico. Prueba de dicho movimiento fue la publicación de la obra El Castillo de Otranto de Horace Walpole. En vida, Walpole fue un asiduo coleccionista y un medievalista entusiasta. Si bien no contaba con el rigor que la disciplina de hoy exige, sí fue un importante promotor del interés por la época medieval como una de riqueza cultural y artística. La construcción del castillo Strawberry Hill en una propiedad heredada de su padre fue un homenaje a la arquitectura medieval inglesa. Walpole, una figura considerada excéntrica en sus tiempos, vislumbró en el medievo una época de sueños y fantasía, así como lo que él consideraba una Inglaterra menos corrupta y más ingenua ante lo mágico y lo maravilloso

Por su parte, Clara Reeve y Ann Radcliffe, quienes escribieran El viejo barón inglés y Los Misterios de Udolpho, se decantaron por los relatos góticos en el sentido histórico de la palabra, es decir, ficciones situadas en la época medieval. Ambas escritoras encontraron en las convenciones del romance medieval un espacio para reimaginar la historia desde una mirada femenina: sus héroes, jóvenes gallardos y mesurados, ante todo epítomes de una galantería añorada; sus heroínas, valientes mujeres que desafiaban temibles figuras patriarcales. Si el siglo XVIII en Inglaterra vio florecer a tantas autoras en el renglón gótico fue por las posibilidades que ofrecía el distanciamiento temporal del medievo: alejado de la sofocante cotidianidad dieciochesca, la Edad Media era un refugio seguro para la imaginación femenina.

El siglo XIX, por su parte, encontró en el medievo un momento histórico idealizado. No solo fueron los autores románticos herederos directos de los góticos, sino también, quienes exaltaron al medievo como una era de simplicidad e inocencia. Para el Romanticismo, un tiempo de menor avance tecnológico como la Edad Media implicaba una relación hombre-naturaleza ya perdida ante la vorágine de la industrialización y urbanización decimonónica. Autores como Wordsworth, Sir Walter Scott y Lord Byron, por ejemplo, serían exponentes de esta visión sobre la Edad Media.

Asimismo, durante este siglo al medievo se le atribuyó un carácter fundacional: naciones como Alemania e Inglaterra buscaban sus raíces identitarias en los cuentos de hadas y el folklore; de nueva cuenta, la arquitectura medieval permitía un reconocimiento de la historia de las ciudades: París se figuraba como un importante centro urbano con sus construcciones del siglo XII y XIII: Notre-Dame y la primera universidad en la capital francesa; Inglaterra encontraba un pasado bretón de honor y justicia aspiracional.

El siglo XX, sin embargo, no sería tan benévolo con la Edad Media. Los 1900 retomaron al medievo como época de terror y oscurantismo: sería peyorativo el término medieval para todo aquello que no se adscribiera a la ideología capitalista, estadounidense y protestante: los estilos de vida medio-orientales, las religiones y rituales latinoamericanos y caribeños, las regiones económicas menos desarrolladas de Europa del este, hasta concluir en una retórica medievalista tras el ataque de las Torres Gemelas en 2001: “esta cruzada contra el terrorismo tomará un tiempo”, declaraba George W. Bush, mientras que Osama Bin Laden contestaba “cualquier país que no se involucre en esta cruzada global está del lado de los terroristas” (citado en Holsinger 471, la traducción es mía).

Sea como fuere, a pesar de los diferentes objetivos ideológicos de cada época, el pasado medieval ofrece como constante un Otro temporal, en el cual la imaginación histórica de la modernidad ha podido proyectar sus necesidades sociales e ideológicas, ya para celebrarse, ya para criticarse a sí misma.

Peter Burke, historiador y filósofo, brinda una buena pauta para que repensemos lo medieval (y nos repensemos a nosotros mismos) desde la posición de receptores —y no productores— del pasado:

[L]os teóricos contemporáneos de la recepción creen que lo que se transmite necesariamente cambia en el mismo proceso de transmisión. Siguiendo a los filósofos escolásticos (sea conscientemente o no), sostienen que «cualesquier cosa que se recibe, se recibe según el modo del receptor» (Quidquid recipitur, ad modum recipientis recipitur). Adoptan el punto de vista del receptor, no del autor original o productor, y por ello dicen relativamente poco de lo que éste podría llamar «errores» o «equivocaciones» en los textos u otros artefactos. Más bien presentan la recepción o el consumo como una forma de producción por sí misma, resaltando la creatividad de los actos de apropiación, asimilación, adaptación, reacción, respuesta e incluso de rechazo (15).

Desde Burke, podemos decir entonces que la Edad Media resulta una creación de la Modernidad tanto como la Modernidad algo que se construye desde lo medieval. Esto último, debiera ser suficiente para alentar no tanto la revisión de lo medieval, sino de nuestras concepciones sobre lo medieval, con el fin de comprender mejor las propias inquietudes y objetivos que persigue nuestra época. Si antes los dragones eran los que mantenían cautivas a las princesas en torres impenetrables, hoy son ellas quienes los doman y se elevan por el cielo sobre sus lomos como Daenerys Targaryen en Juego de Tronos.

Ya sea desde la aceptación o el rechazo, repensar la Edad Media es y debería ser una tarea permanente de los humanistas, puesto que fueron ellos los fundadores del mito medieval en aras de consolidar su proyecto de modernidad. De igual forma, será importante recordar que, desde el Renacimiento hasta nuestros días, cada época ha tenido a la Edad Media que ha necesitado. En el siglo XXI, y a diferencia de siglos pasados, la pauta para aproximarnos a ella debería ser el cuestionamiento continuo de nuestras visiones y representaciones de lo medieval. Solo así podremos conciliar lo que hemos perdido frente a la modernidad, y lo que hemos ganado con ella.

Referencias

Baura García, Eduardo. “El Origen del concepto historiográfico de la Edad Media Oscura. La labor de Petrarca.” Estudios Medievales Hispánicos, vol. 1, 2012, pp. 7–22. Repositorio Institucional UAM, repositorio.uam.es/handle/10486/9273.

Burke, Peter. El Renacimiento Europeo: Centros y Periferias. Traducido por Magdalena Chocano Mena, Crítica, 2000.

Fazioli, Patrick K. MIRROR OF THE MEDIEVAL: an Anthropology of the Western Historical Imagination. BERGHAHN Books, 2020.

Holsinger, Bruce. “Empire, Apocalypse, and the 9/11 Premodern.” Critical Inquiry, vol. 34, no. 3, 2008, pp. 468–490. JSTOR, http://www.jstor.org/stable/10.1086/589480. Acceso el 27 de enero de 2021.

Witt, Ronald. “Francesco Petrarca and the Parameters of Historical Research.” Religions, vol. 3, no. 3, 2012, pp. 699–709.


[1] Petrarca utiliza el término ‘tenebrae’ para contestar a Agapito Colonna en una misiva de 1359, quien estaba molesto con Petrarca por no haberlo incluido en una antología literaria.

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Lo medieval como mito, o pensar la Edad Media en el siglo XXI | Por Eloisa Cornelio

  1. Agradecido con el artículo, el cual brilla por la sutileza con que vuelve al período de la Edad Media un tema dinámico en su interpretación y sugerente por la confrontación hermenéutica que implica para el presente siglo.

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