a Blanca Estela Treviño García

Aquel México externo, a flor de pestaña, que uno ya había visto, sin profundizar, por Europa,
aquel México, que para los espectadores de cine sólo canta La cucaracha,
no salió afortunadamente a recibirme. Por el contrario,
tenía la tristeza del trabajo en los trópicos
y sentí hacia él una profunda
comprensión humana.[1]

Rafael Alberti

Rafael Alberti, uno de los autores más reconocidos y estudiados de la llamada Generación del 27, vivió una infancia y adolescencia llenas de nostalgia por haber dejado su Cádiz natal y haber encallado en los mares de asfalto de Madrid, como constatan sus estrujantes y melancólicos versos de Marinero en tierra. Entre muchas cosas más, Alberti se consagró como poeta y dramaturgo a la par de su colegas y amigos Federico García Lorca, Luis Cernuda, Concha Méndez y Manuel Altolaguirre, por nombrar sólo a algunos; asimismo, contrajo matrimonio con la escritora y dramaturga María Teresa León, junto a la que vivió la Guerra Civil Española (1936-1939) desde el bando republicano y sufrió un doloroso y largo exilio en Latinoamérica y Roma. En La arboleda perdida, su libro autobiográfico, Alberti escribió a lo largo de muchos años las vivencias más importantes en su devenir por el mundo. Estas memorias, como manifestación autobiográfica, nos han legado otra dimensión literaria del autor de Sobre los ángeles; es decir, la de la escritura de su propia vida.

Una de las cualidades mayormente insoslayables de la escritura autobiográfica es el desdoblamiento del autor en un personaje de dimensión tanto histórica —lo que es una cualidad intrínseca de la historicidad del ser humano— como ficcional. El propósito de este texto es separar un hilo del tejido literario de La arboleda perdida de Rafael Alberti con la intención de analizar la apropiación de una obra escrita del siglo XVI desde una perspectiva meta-autobiográfica —lo que implica abarcar la dimensión literaria e historiográfica del autor y personaje—; es decir, una breve configuración del personaje autobiográfico Rafael Alberti en relación con otra personalidad literaria e histórica como fue Bernal Díaz del Castillo.

El estudioso de la literatura autobiográfica en España, Manuel Alberca, ha destacado que el exilio republicano ha funcionado como un tema fecundo que ha solido evocar el trazo de la pluma autobiográfica en el papel como un detonante discursivo:

Tanto los autobiógrafos que escriben desde allá, como los que lo hacen al regreso, pretenden recuperar lo vivido desde la perspectiva del presente, atravesada por espejismos nostálgicos y con los inevitables desplazamientos idealizadores a los que el tiempo y la distancia dan lugar. Esta clave retrospectiva del discurso memorialista es pocas veces tenida en cuenta por los historiadores de la literatura, cuando utilizan estos textos como material documental, sin someterlo al necesario cedazo crítico. (150)

Así bien, mediante el factor autobiográfico en su Arboleda perdida, Alberti busca recuperar —no es ningún sinsentido decir que también idealizar— un pasado no únicamente perdido por el tiempo, sino por un espacio en el vacío, un tiempo que espacialmente no volverá: la República Española (1931-1939). Como menciona Sylvia Molloy: “Hispanoamérica tiende a la reminiscencia”. (185)  Acaso Alberti se dejó empapar por la brisa americana para encarnar las reminiscencias de Bernal Díaz y, consecuentemente, la suyas.

Cabe destacar que los dos primeros libros de esta obra autobiográfica fueron escritos antes de la guerra fratricida; no obstante, éstos se adscriben mayoritariamente a su infancia y su formación como poeta en la juventud. Desde la experiencia del exilio, la escritura memorialística de Alberti recobra otra dimensión; es decir, la revisión de la vida del autor y su relación con la nostalgia transatlántica. Cuando Rafael Alberti escribió este pasaje de su vida ya era un exiliado, ya había perdido a la España de la República.

En un entrañable episodio del tercer libro de la Arboleda perdida, Alberti narra, a manera de un cronista castellano del siglo XVI en América, un viaje a México que se volverá una aventura análoga de los relatos de Indias, no obstante en el año de 1935, en el siglo XX, y con una particularidad imperante: lo hace invirtiendo los valores hispánicos de la conquista por los de un español republicano exiliado —recordar que aunque este pasaje recorre el año 1935 fue escrito después de que la guerra civil ha terminado—. Vale la pena mencionar que el motivo de este viaje a América respondía a preocupaciones políticas del escritor de Marinero en tierra. La causa de éste era dictar un ciclo de conferencias para recaudar fondos que sirviesen de apoyo a las familias de los mineros asturianos reprimidos, asesinados y encarcelados por el gobierno derechista de Gil Robles y Lerroux, ahora conocido como el «bienio negro» de los años de 1933 a 1935. Por lo que no hay que olvidar que Rafael Alberti adquirió y estimuló una dimensión política dentro de su quehacer literario, considerablemente visible en este pasaje.

Ahora bien, así como Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo partieron hacia México en 1519, Alberti zarpó acompañado de María Teresa León y con un invitado paratextual sorpresa; es decir, con el mismísimo Bernal Díaz hablando desde su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. De esta manera, Alberti comienza un juego intertextual dialógico entre la obra de Bernal y su Arboleda perdida encarnando así el principio artístico de la imitatio aristotélica:

Después de unos veinte días en La Habana, nos hicimos a la mar en el Siboney. Durante la travesía fui leyendo, en un banco de cubierta, un libro maravilloso que había comprado en París: La conquista de la Nueva España, escrito por Bernal Díaz del Castillo, un soldado genial, de impresionante memoria, a las órdenes de Hernán Cortés. (2009: 311)

Probablemente, a partir de los rincones de su inconsciencia, Alberti intentaba, desde la posteridad y en retrospección autobiográfica —como también lo realizó Bernal—, dar cuenta de una aventura de grandes proporciones y transcribirla desde la finita memoria hacia la literatura, o sea, a la posteridad, a la permanencia:

Al final de mi viaje desde Odessa, pasando por Estambul, Italia, Francia, Nueva York, La Habana, el día 11 de mayo de 1935, en el Siboney, un barco de pabellón cubano, desembarqué en la Villa Rica de la Veracruz, acompañando los caballos que el prodigioso soldado de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, transportaba por primera vez a aquel puerto mexicano, uno de los primeros fundados —como ya he dicho— en la entonces llamada Nueva España. (312)

Rafael Alberti se asombró por México, al igual que Bernal Díaz, aquel cronista que durante su aventura no encontraba la manera de explicar su impresión sino por medio de la metáfora con un referente de su tradición cultural y literaria: “[…] decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís” (159), escribió el soldado de Hernán Cortés en su Historia verdadera. Con este tipo de categorías, al parecer, se cumplen las palabras de Hans-Georg Gadamer, quien repara en que todo tipo de lectura implica un acto de traducción decodificadora de un momento vivido en un tiempo y lugar específicos, aunque este momento sea producto de, irónicamente, un acto de lectura: la hermenéutica en su estado más evidente.[2] En este punto considero útil citar al respetable historiador mexicano Alfonso Mendiola debido a que ambos autores desarrollan la escritura de sus aventuras americanas dentro del ámbito autobiográfico inspirado por una obra literaria:

De las determinaciones que vendrán a delimitar más el mundo literario de la Historia verdadera sólo indico dos: uno, la de las novelas de caballerías las cuales se ve claramente que sirven de modelo a la escritura bernaldiana; y dos, la de las autobiografías de soldados de a pie que se vuelven relevantes a partir de finales del siglo XV debido a la transformación de los ejércitos durante este periodo. (139)

Así pues, Bernal Díaz recurre y refiere al Amadís de Gaula, paradigmático libro de caballerías del siglo XVI, como referente para poder describir lo que sus ojos contemplaban mientras se aproximaba a la mágica ciudad de México-Tenochtitlan. Alberti hace un uso similar del recurso literario de la descripción inefable de la mano de Bernal Díaz para dar cuenta de las emociones que el país americano le suscitó desde su desembarco en Veracruz hasta su entrada en la Ciudad de México. Sin embargo, es menester poner atención en el discurso social y político que nos deja entrever que Alberti se aproximó a México alejándose de los valores imperialistas hispánicos del siglo XVI. María Teresa León y Rafael Alberti buscaron empatizar con el pueblo mexicano, especialmente con muchos de los indígenas con los que cruzaron sus miradas y, raramente, palabras. Rafael Alberti era consciente de que el sinnúmero de injusticias cometidas a los indígenas por siglos les había terminado por arrancar uno de los principios del reconocimiento de la alteridad, o sea, la voz:

Bernal Díaz del Castillo nos cuenta que Hernán Cortés luchaba por el oro […]. Y para conquistarlo esclavizaron un pueblo y escribieron una sangrienta epopeya. Y esa epopeya es la que iba contándome Bernal Díaz, en su libro La conquista de la Nueva España […]. Los árboles del amanecer, desde la ventanilla del tren que me conducía a la capital, me trajeron al indio de los caminos y las estaciones, descalzo o en guaraches, hermético y bajo su inmenso sombrero, como callada sombra de las primeras mañanas del hombre. ¿No estaba ya callado cuando Cortés? ¿No hablaban ya entonces únicamente los señores feudales y las castas sacerdotal y militar? ¿No le hablaban en el mismo tono de mando los capitanes de Cortés? ¿Desde qué oscuro siglo se quedó sin voz? En platos de madera los indios me ofrecían, sin palabras, frutas, flores, tortas, dulces, cosas brillantes que contrastaban con su tristeza y hermetismo. En las orzas de barro ya había aparecido el pulque, la sangre blanca del maguey; las pitas erizadas, militarmente ordenadas en falanges; el nopal y los cactos, unidos, apretados, como tubos de órganos; a la vez que las casas cuadradas de adobe, con las puertas ennegrecidas por el humo doméstico. Poco a poco, estas casas habían ido creciendo de altura, ganando balcones y tejados, abriéndose en calles, y las calles poblándose de tranvías, bocinas, de todos esos ruidos de una ciudad entrando en la mañana. Habíamos llegado a México. (313)

Resulta interesante que, dentro de esta hiperbólica descripción de colores, sabores, aromas y sonidos, Alberti se fijase en la ausencia de voz de los indios que pudo conocer a lo largo de su travesía mexicana. Es posible que Rafael Alberti viese en los indígenas marginados a los mismos españoles pobres que, todavía en la década de los treintas, eran en su mayoría analfabetos y vivían en condiciones similares a las de los campesinos del aparentemente lejano feudalismo.

Posteriormente, siguiendo su aventura por tierras mexicanas, Alberti realizó una crítica a la modernidad desmedida y a la invasión urbana en México como ya lo había hecho con su teatro y su poesía en España y como también lo llevó a cabo Federico García Lorca en Poeta en Nueva York. Sin embargo, Alberti contrasta, de nuevo, los elementos de la modernidad con los caracteres naturales de México que mucho lo maravillaron cual soldado de Cortés:

Puedo asegurar hoy que ante nosotros se alzaba una ciudad moderna, afeando y oscureciendo el cielo mexicano de edificios de cemento, de siete u ocho pisos. Al asomarse al valle de México, por todos los caminos se desmayaba el pirú, un árbol con sus racimos de pimienta roja. Con el pie en el río se hallaban los ahuehuetes de barbas blancas, remojándolas en la corriente. Los muros de las quintas se desbordaban de buganvillas. Flores gigantes a través de las verjas. Una naturaleza desproporcionada y magnífica cercaba a la ciudad, a la ciudad el valle, al valle la montaña. (314)

Y, de nuevo, reaparece la figura del indio anónimo sin voz, de ese personaje al que se ha preferido no escuchar, que ha perdido todas las guerras que han acontecido en México desde 1519, tal como se refleja en los siguientes versos:

Al pie de los troncos, sentados en la tierra, espiando el paso de los automóviles, los indios vendían flores. Allí pasan su día impasibles, aguardando unas pobres monedas. Ni esas lluvias instantáneas que caen en el verano los ahuyentan. Siguen como ausentes, provocando en nosotros una mezcla de ternura y desconfianza. De este modo se me apareció entonces el indio del valle de México:

Todavía más fino, aún más fino, más fino,

casi desvaneciéndose de pura transparencia,

de pura delgadez, como el aire del valle.

.

Es como el aire.

.

De pronto, suena a hojas,

suena a seco silencio, a terrible protesta de árboles,

de ramas que prevén los aguaceros.

.

Es como los aguaceros.

.

Se apaga como ojo de lagarto que sueña,

garra dulce de tigre que se volviera hoja,

lumbre débil de fósforo al abrirse la puerta.

.

Es como lumbre.

.

Lava antigua volcánica rodando,

color de hoyo con ramas que se queman,

tierra impasible al temblor de la tierra.

.

Es como tierra.

Al tiempo en que Alberti escribió este pasaje de su Arboleda quizás intentó encarnar en Bernal Díaz del Castillo al hombre de armas y letras que lo ha abandonado todo en España, que dejó la patria por llevar a cabo un deber de grandes proporciones. Bernal abandonó todo por conquistar una majestuosa tierra en nombre de su dios; Alberti abandonó todo por seguir siendo libre. Es por esto que puedo manifestar que la dimensión ética de este episodio de las memorias de Rafael es analógica y contextualmente inversa a la del soldado cronista que acompañaba al capitán Cortés. Aunado a una lectura apegada a la sinceridad autobiográfica, en este pasaje de la Arboleda de Alberti es posible vislumbrar una síntesis hermenéutica con intenciones, si bien no enteramente decoloniales, de respeto y reconocimiento hacia el estatuto del discurrir literario e historiográfico del otro lado del Atlántico, como propone pertinentemente Wolfgang Bader:

La actual literatura mundial entre el ver y el ser visto, entre la tradición europea y el juicio extraeuropeo: a partir de este horizonte se debería avanzar hacia un proyecto literario-histórico con la siguiente meta de representación: La literatura europea como literatura de un continente de amos colonialistas, incluyendo todas las implicaciones posibles, también las anticolonialistas. (287)

Más adelante de su crónica, Rafael refuerza unas palabras que Bernal Díaz recogió de los mexicas, con las que les espetaban cuán malos y bellacos eran aquellos españoles, tanto así que sus carnes eran más amargas que la hiel. Este detalle goza de gran relevancia ya que de aquí en adelante Rafael se configura no como un conquistador, sino como un conquistado por México:

De asombro en asombro, como todos los españoles que fuimos llegando a este país, recorrimos el valle de México, pero sin levantar la cruz y mucho menos la espada. Dos escritores españoles, pacíficos —no dos odiados, por aún colonialistas, gachupines—, dispuestos a que los mexicanos ayudasen a unos cuantos miles de mineros sublevados y encarcelados en Asturias por el gobierno de Gil Robles. (316)

Estas palabras fecundan aún más el pacto de verosimilitud que implica la escritura autobiográfica. Alberti propone a sus lectores una característica de aquello que el teórico de la autobiografía Philippe Lejeune denominó como pacto autobiográfico[3]: asume que sus palabras son verdaderas, aunque ésta sea una verdad elucubrante, literaria. Como respuesta subjetiva a la realidad, el autor de La arboleda perdida se intenta mostrar íntegro y sincero, pues al final de sus enunciaciones, recorre de nuevo el tema del doloroso exilio y no olvida regalarle unas palabras de agradecimiento al presidente mexicano Lázaro Cárdenas, del que agrega que es un “amigo ejemplar de los españoles. Inolvidable, sobre todo, después de nuestra guerra civil”. (316)

De esta manera comenzó la larga aventura mexicana de Rafael Alberti y María Teresa León, quien aseguró que este viaje encarnó entre muchas otras vicisitudes, “nuestro primer destierro”. (245) Alrededor de éste, dictaron sus conferencias y conocieron a diversas personalidades mexicanas como Diego Rivera, Frida Kahlo y David Alfaro Siqueiros; no obstante, Bernal Díaz del Castillo fue el otro inesperado compañero de viaje con el que Alberti encarnó su fazaña en México, en la que ambos nunca dejaron de dialogar y de maravillarse mutuamente al grado de la mimetización:

Nosotros, en espera de iniciar nuestro trabajo, nos instalamos en un edificio llamado La Ermita, en el barrio de Tacubaya. Mi primera conferencia-recital la daría el 15 de mayo. Un comité Pro-Alberti había organizado nuestra larga estancia de trabajo en México. Aquella aventura, comparada con la de Bernal Díaz, apenas fue la breve historia de dos animosos viajantes poéticos. No libramos batallas con los mexicanos, nuestros conquistadores, porque nos rendimos el primer día, incorporándonos en seguida a la ardorosa ebullición de su sangre. (316)

Para Alberti, México es un paraíso que lo conquistó a él, no al revés. Así lo recuerda nostálgicamente en sus entrañables páginas memorialísticas. De tal manera, desdoblado por medio de un personaje autobiográfico, Rafael invirtió los valores colonialistas de una crónica de Indias del siglo XVI, apropiándosela y dialogando con ella desde su contexto de poeta español republicano exiliado del siglo XX y reinterpretándola de manera que el poeta de Cádiz escribió lo que literariamente puede enarbolarse como su propia, aunque breve, Historia verdadera de la conquista de Rafael Alberti.

Referencias

Alberca, Manuel. La máscara o la vida. De la autoficción a la antificción. Málaga, Pálido Fuego, 2017. 354 págs.

Alberti, Rafael. Prosa II. Memorias. La arboleda perdida. Ed. por Robert Marrast y dir. por Pere Gimferrer. Barcelona, Seix Barral, 2009. 1273 págs.

Bader, Wolfgang. «Literatura mundial europea y colonialismo: el mundo no-europeo en el espejo de la investigación europea de la historia literaria», en En busca del texto. Teoría de la recepción literaria. Comp. por Dietrich Rall. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2008. Págs. 271-289.

Díaz del Castillo, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. 27ª ed. Intro. y notas por Joaquín Ramírez Cabañas. México, Porrúa, 2015. 700 págs.

León, María Teresa. Memoria de la melancolía. Ed., intro. y notas por Mario Torres Nebrera. Madrid, Castalia, 1998. 544 págs. (Col. Clásicos Castalia.)

Mendiola, Alfonso. Bernal Díaz del Castillo: verdad romanesca y verdad historiográfica.  México, Universidad Iberoamericana, 2010. 171 págs. (Col. Serie y Grafía.)

Molloy, Sylvia. Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica. México, El Colegio de México. Fondo de Cultura Económica, 2001. 301 págs.


[1] Rafael Alberti. La arboleda perdida. p. 312.

[2] Vid. Hans-Georg Gadamer. «Leer es como traducir», en Arte y verdad de la palabra. Trad. por José Francisco Zúñiga García. Barcelona, Paidós, 2012. Págs. 83-93. (Col. Paidós Básica.)

[3] Vid. Philippe Lejeune. El pacto autobiográfico y otros estudios. Trad. por Ana Torrent. Madrid, Megazul-Enymion, 1994. 441 págs.

Escrito por:paginasalmon

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s