El sonido de la gotera del baño me despierta. Miro el reloj. Aún falta media hora para que tenga que levantarme. Me giro sobre la cama y veo el otro lado vacío. Llamo a Gerardo, mi esposo. No contesta. En cambio, el agua sigue sonando. Salgo de la cama con dificultad, a esta edad los huesos comienzan a calarme de forma constante. Camino hasta el baño y encuentro la fuente del ruido. Suspiro con enojo. Ya van varias veces que le pido a Gerardo que arregle las llaves del lavabo. Supongo que me toca a mí llamarle al plomero. Prefiero ignorar el problema hasta después y me meto a bañar. Antes de salir de la ducha, veo que el piso está inundado. Puedo notar unos cuantos cabellos canosos sobresaliendo de la coladera. Otro asunto del que mi esposo tampoco se ha encargado. Salgo del baño y me dirijo a nuestra habitación.  Al momento de sacar la ropa de los cajones, el fondo de uno de ellos cede y cae al piso, esparciendo el contenido por el suelo de la habitación. Mi esposo había prometido hace mucho ir a comprar clavos para arreglarlo. Me cambio, saco el cajón y lo dejo sobre el mueble. Hago la cama y cierro la puerta. Hoy es un día muy importante. Hoy es un día de aniversario.

Llamo a mi esposo desde lo alto de la escalera. No contesta. Voy a la cochera. El auto no está. Lo más seguro es que se haya ido a trabajar. Le he dicho un sinfin de veces que si sigue trabajando al ritmo al que lo hace, un día se va a enfermar. Lo primero que noto apenas entro en la cocina es que la luz parpadea. Mi marido había quedado en cambiarla desde el mes pasado. Menos mal que el sol ya entra por la ventana, o de otra manera sería imposible hacer el desayuno. Mientras preparo la salsa para los chilaquiles, aprovecho para sacar la carne del congelador. Al abrir la puerta, noto que el hielo está hecho agua y que las bolsas de carne despiden un olor a putrefacción. Otra vez a Gerardo se le olvidó revisar el sistema de enfriamiento. Suelto un par de groserías y saco toda la carne echada a perder que queda. Parece ser que ahora tengo que pedir más. Le apago a la comida y voy en busca del teléfono de la sala. Paso por el comedor y me detengo frente al retrato colgado en una de las paredes. Mi esposo me sonríe. Ese retrato es de hace unos quince años. Luce tan guapo, igual que siempre. Tomo el aparato y me doy cuenta de que la línea está cortada. Gerardo volvió a olvidar pagar la cuenta del teléfono. Bueno, al menos tengo frijoles cocidos y puedo hacer unas tostadas. Mi enojo ante los descuidos de mi esposo va en aumento.

Regreso a la cocina y me como el desayuno mientras maldigo a Gerardo. Intento contenerme. Este día no podría estar más arruinado por su culpa, pero ahora me toca arreglarlo. Termino de desayunar y lavo los trastes. Me apresuro en acabar de limpiar la casa, en cualquier momento van a llegar Gerardo y Andrea, nuestra hija. No quiero recibirlos con la casa hecha un desastre. Voy por el bote de la ropa sucia e intento encender la lavadora, solo para descubrir que hace un extraño ruido cuando comienza a trabajar. Otro técnico al cual pagarle. Miro hacia el patio. El pasto se ve seco y largo, con secciones donde hay tierra reseca. La parte donde crecían mis rosales y girasoles ahora solo muestra cadáveres de flores. Ninguna abeja se ha parado por aquí en semanas. Le diré a Gerardo que, en vista de que él no puede atender el patio, se lo debemos dejar a un experto.

Mientras intento olvidar todos los actos de mala memoria de mi esposo, barro y trapeo la casa, con algo de dificultad por mis articulaciones. En los pasillos de la casa encuentro cucarachas y arañas, además de mosquitos zumbando. La fumigación es más que urgente. Una vez terminada mi tarea, voy al despacho de mi esposo. Una gruesa capa de polvo se ha acumulado en la parte superior de sus libros y encima de los muebles. Los cojines del sillón de la ventana no han sido acomodados en un buen tiempo. Intento no mover mucho los objetos. Gerardo es muy obsesivo con el desorden propio de su estudio. A pesar de la suciedad, me gusta ver así el lugar, es como si nunca se fuera por las mañanas a trabajar y se quedara todo el día conmigo, aquí en la casa.

Oigo el timbre. Me alarmo. Aún no he preparado la comida. Me asomo por la ventana, es Andrea. Bajo y le abro la puerta. Entra y nos saludamos. Trae un ramo de flores blancas. Pensamientos y crisantemos. Le digo lo bonitas que son. Ella me dice que las compró al pasar, ya que la última vez que vino notó que las mías estaban secas. Pregunta si ya planté unas nuevas y si de paso ya arreglé el jardín de atrás.

—Claro que no —contesto— de eso se encarga tu padre.

Me mira con extrañeza.

—Cada año te ayudo a plantar nuevas flores y a cambiar el pasto, y cada año todo se te muere —me recrimina.

—Eso díselo a tu padre —respondo. Suspira, resignada.

—¿Dónde dejo las flores?

—Ponlas en el lugar de tu papá —contesto, cerrando la puerta—, ahí van a lucir mejor.

La veo ir hacia la cocina y buscar un florero en la alacena.

—¿Has pensado en mi propuesta? —pregunta desde allá.

—La verdad es que no. He estado muy ocupada.

—Ya sabes lo que dicen de los lugares como este —comenta como si nada—: no son buenos para superar un trauma.

—¿Acaso sugieres algo? —pregunto, mientras acomodo las sillas del comedor.

—Nada —contesta— solo que a lo mejor te sentirías más cómoda en otro lugar.

No respondo. Estoy fastidiada. Cada año me hace la misma propuesta y siempre respondo lo mismo. Sale de la cocina y se dirige a la sala, no sin antes mirarme con desaprobación. Se detiene frente al retrato de Gerardo y deja el florero sobre el mueble que hay debajo de él.

—Extraño mucho a papá —dice mientras acomoda las flores—. No puedo creer que hoy sea su décimo aniversario.

—Yo tampoco —digo—. Todos los días hago como que nunca se fue.

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Día de aniversario | Por Itzel Campos Vargas

  1. Creo que eres una escritora más madura. La narrativa si me llevo a creer que estaba vivo. Me emocionó y hasta estaba ya enojada con la protagonista.

    Gracias mi vida por compartir 🤩

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