En esta ocasión quedé atrapada entre libros, copias y sueños. Caminando por mi habitación, preguntándome constantemente cómo es que algo tan insignificante para muchos puede generar lágrimas, gritos y sueños rotos en otros. La habitación se vuelve pequeña, es como si me perdiera en mi mente sin tener claro por qué. 

Obscuridad. Cosa tan insignificante, ese momento que se esfuma en cuanto abres los ojos o enciendes la luz, ese pequeño momento puede ser el causante de muchos problemas. Ojalá que la obscuridad que retumba en la mente de las personas con la pérdida de la libertad fuera tan sencilla de desvanecer o de controlar, pero no es así. Ella logra apoderarse de tu cuerpo, de la mente y de las emociones, es aquella que te consume sin saber con exactitud cómo llegó a tu vida, a tus pensamientos o a tus emociones, es el momento preciso en el que te debates quién eres y qué quieres. 

Destino. Aquello que merodea tanto nuestro instinto como nuestros pensamientos.  Escribo desde mi habitación, cuestionándome la existencia de las cosas, porque muchos me dicen que es un momento de reflexión, pero para mí es más bien un momento de desconcierto e incertidumbre. Le llaman confinamiento; sin embargo, yo la llamo: la batalla del perdón por la sensación que genera. El perdón con uno mismo y con las ganas de avanzar. 

Camila toca a mi puerta. Sonríe como si tuviera el mundo a sus pies, mientras que el resto siente que se desmorona entre sus dedos. 

—Carolina, dice mi mamá que es momento de que salgas de la cueva porque ya vamos a almorzar —menciona acercándose a mí con sigilo— Ojalá pudieras jugar de nuevo, porque así este tiempo no sería tan frustrante para tu cuerpo y tu mente —me dice bajito al oído como si temiera que alguien la escuchase.

—¡Qué cosas dices, Pulga! —digo mientras la abrazo—¿acaso no te gusta mi pierna sónica? —sonrío levemente— recuerda que es parte de mi súper poder, además puedes presumirle al mundo que tu hermana mayor es mitad robot. 

—Bueeeeno, eso no lo niego —me mira y se sienta en mi cama—, pero creo que no merecías perder la parte que te hacía sentir viva, a parte de mi bella e increíble existencia. —hace un ademán extraño que aún no logro entender muy bien— El deporte era lo que te hacía sentir completa y ahora creo que te caes a pedazos, aunque lo niegues e intentes demostrar lo contrario.

En ese momento lo único que podía hacer era abrazarla, porque tenía razón, mi libertad no se perdió con el confinamiento y las ganas de salir al mundo. Mi libertad se perdió aquel día a causa de ese conductor ebrio. 

El mundo se está acabando, las lágrimas brotan en la memoria. Le llaman oscuridad al laberinto sin salida que muestra los límites de las personas. Mi montaña emocional se debía a la pérdida de algo, de una parte de mi cuerpo y, como consecuencia, la fragmentación total de los sueños construidos alrededor de un deporte. 

Memoria. Define el rumbo de nuestro fatídico destino, en caso de estar más roto de lo que se puede manejar. Cuando somos pequeños anhelamos con gran entusiasmo ser los seres más poderosos, más grandes y con una fuerza inconmensurable; sin embargo, olvidamos que en ese momento tenemos el mundo a nuestros pies, como lo tiene Camila a sus 15 años, mientras que yo escribo estas palabras para para salir de la obscuridad que cubrió mi vida aquella mañana de invierno. Aún puedo sentirlo, las luces sobre mi rostro y después, todo obscuro, esa pequeña pero significativa niebla, la lejanía de todo lo que conocía y todo aquello que me sostenía. 

Camino ensimismada en mis pensamientos, mientras mi hermana toma mi mano como si el mundo dependiera de ello, sonrío por inercia, porque por un momento el mundo se detiene y no soy la chica con la pierna de metal, o la jugadora frustrada por un accidente. Por un momento entiendo la frase de mi madre cuando me decía que “siempre hay un roto para un descocido”, las nubes se disipan y el sol brota de entre ellas. 

—Mamá, dice Camila que le urge que acabe el confinamiento —digo con todo el ánimo que no tenía desde hace días— que porque las cosas ya no están funcionando.

Mi hermana refunfuña, mientras mi madre ríe y niega con la cabeza. Aquí se disipa toda la obscuridad, porque por un instante recobro la fuerza y entiendo lo que mi mente no podía procesar. El mundo se cae a pedazos, el destino se ve esfumado entre nuestros dedos y no, no es solo un momento de reflexión, también es un momento de obscuridad y de temor.

Fotografía de Unsplash

Escrito por:paginasalmon

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