La Hormiga y la Cigarra [en la era de las cucarachas] 

Durante el Verano, la Hormiga trabajaba concienzudamente de sol a sol recolectando comida para el invierno. Todos los días veía a la Cigarra descansando, relajándose y disfrutando con su música. De vez en cuando, la Hormiga sermoneaba a la Cigarra sobre la importancia de la previsión, y, como esto no bastaba, sobre cómo el trabajo dignifica y todo eso. La Cigarra no le prestaba ninguna atención, y un día la Hormiga perdió la paciencia y le dijo: “Cuando llegue el Invierno y estés sufriendo las consecuencias de tu holgazanería, vendrás al hormiguero a pedirme comida y refugio, y yo lo único que haré será dejarte afuera para que mueras de hambre y frío”. A partir de entonces, la Hormiga no vio más a la Cigarra. 

El tiempo siguió su curso; terminó el Verano, pasó el Otoño y llegó el Invierno. La Hormiga esperaba el día en el que la Cigarra apareciera. Un día, finalmente, se oyó que alguien tocaba la puerta del hormiguero, y la Hormiga de la que hablamos se apresuró a abrir. En efecto, era la Cigarra, pero no tenía la actitud de indigente que la Hormiga esperaba, ni tampoco su humor bohemio de costumbre. La Cigarra entró en el hormiguero sin esperar invitación y le anunció a la Hormiga: “Después de todo lo que me dijiste, decidí que algo de razón debías tener, así que me fui a buscar cómo hacer fortuna. Encontré una disquera, grabé mis canciones y acabé vendiendo mis derechos de autor a muy buen precio. En el proceso me hice socio de unas cucarachas, y juntos hicimos un trato con tu Reina. Ahora soy accionista de este hormiguero, y como tal tengo derecho al 10% de sus reservas y a la obediencia de todas ustedes. Ahora ¡Tráiganme comida!”. 

La Hormiga, estupefacta, sólo pudo decir: “Así no se trata a los amigos”. 

“A los amigos tampoco se los deja afuera en pleno Invierno para que mueran de hambre y frío”, declaró la Cigarra; “Gracias por enseñarme que el mundo es egoísta”. Y eso fue todo. 

La Hormiga no supo decir si lo que había corrompido a la Cigarra habían sido sus sermones o su amenaza, o ambos. 

Desde entonces, la Hormiga siguió trabajando de sol a sol todos los días durante el Verano, igual que antes, y la Cigarra siguió descansando todos los días, igual que antes. Pero ahora la Hormiga ya no veía a la Cigarra en su recorrido diario, la Cigarra ya no tocaba música y se quedaba con una parte de los beneficios del trabajo del hormiguero, y, al llegar el Invierno, la Hormiga tenía que ser sirviente de la Cigarra y sus socios, las Cucarachas. 

El Zorro y el Cuervo [o de cómo la diferencia de elevaciones ayuda a crear malentendidos] 

Una vez, Maese Cuervo atrapó algo que parecía un pedazo de queso, pero en realidad resultó ser una decoración hecha de cera. Y como era de cera y Maese Cuervo la había mordido con mucha fuerza, las mandíbulas de su pico se habían quedado clavadas en el objeto y él no lograba desenterrarlas. 

Maese Cuervo fue entonces a posarse en un árbol para intentar liberar su pico de la masa de cera tranquilamente. En eso, un Zorro que pasaba por allí lo vio y pensó que el objeto era en efecto un queso; no se le ocurrió preguntarse por qué Maese Cuervo estaría allí posado simplemente sosteniendo un queso, sin comérselo ni tirarlo. Maese Zorro fue entonces hacia el árbol, pensando que era una buena oportunidad para engañar al Cuervo y, de paso, ganarse un queso. “Oh, mi querido señor Cuervo ¡Cuan espléndida ave es usted!”, dijo el Zorro con voz melosa; “Qué hermoso es su plumaje, qué majestuoso su porte, qué elegante su pico”. 

Maese Cuervo, demasiado concentrado en tratar de desencajarse del falso queso, no prestó mucha atención a sus palabras y sólo le contestó con fastidio: “Déjeme, Maese Zorro. Estoy muy ocupado ahora”. Sin embargo, como tenía el queso de cera atorado dentro de su pico, lo único que se pudo escuchar cuando habló fueron unos balbuceos ininteligibles. 

El Zorro, al no entender lo que decía Maese Cuervo, decidió asumir que su plan estaba funcionando y continuó con sus alabanzas: “¡Ah! No se imagina cuán feliz me haría escucharlo cantar; si su voz va acorde con el resto de usted ¡Debe ser el más grande tenor con alas que haya!”. 

En eso, Maese Cuervo logró por fin, soltando un graznido exasperado, desenterrar sus mandíbulas de la cera, y el supuesto queso cayó desde su pico abierto hacia las garras del Zorro, que ya lo estaba esperando. Hecho eso, Maese Cuervo dijo: “¡No esté dándole lata a los demás con sus falsas alabanzas, Maese Zorro!”; y echó a volar feliz de haberse zafado de ese objeto endemoniado. 

El Zorro pensó que había estafado exitosamente al Cuervo, tal como tenía pensado, y que éste se había dado cuenta y era un mal perdedor. Después se percató, por supuesto, de que el queso era falso, pero eso no disminuyó su satisfacción de haberse salido con la suya, y fue a contarle a todos cómo había engañado a Maese Cuervo, y que además el susodicho era un pésimo cantante. 

A nadie le importó nunca la versión del Cuervo ni se molestaron en preguntársela, por dos importantes razones. Primera: todos escogen siempre la versión que más les conviene, y saber la verdad no es ni de lejos tan conveniente como la vergüenza ajena; y segunda: es un hecho que a casi nadie le han caído bien los cuervos desde que Odín y sus dos secuaces fueron descartados.

La Rana que [no era ni] quiso ser buey 

Un día, dos crías de rana divisaron a lo lejos a un buey que pastaba tranquilamente, y quedaron impactadas por su gran tamaño. Rápidamente fueron a donde estaba su padre y le contaron: “¡Papá, acabamos de ver al animal más grande del mundo!”. 

Papá Rana se preocupó por esa información y quiso saber más: “¿Qué tan grande? ¿Más grande que yo?”. 

“Sí Papá ¡Mucho más grande!”. 

El padre, que era la criatura más grande en la superficie del estanque, se hinchó todo lo que pudo, y una vez hecho eso, les preguntó a sus hijos: “¿Era tan grande como me veo ahora?”. 

“No, Papá”, contestaron las crías, “¡Era mucho más grande!”. 

Papá Rana hizo entonces un esfuerzo sobreanfibio y se hinchó todavía más, hasta que sintió que sus músculos llegaban al límite, y con muchos trabajos logró preguntar: “¿Era así de grande?”. 

“No, Papá”, repitieron sus hijos “¡Era todavía MÁS grande!”. 

Papá Rana era consciente de que ya no aguantaba más, así que volvió a su tamaño normal y, con el rostro todavía colorado por el esfuerzo, les dijo a sus hijos: “Si de verdad era más grande que eso, entonces es demasiado grande: no jueguen cerca de ese animal, porque los puede aplastar por accidente”. 

“Sí, Papá”, prometieron los hijos al unísono. 

Así fue como Papá Rana, inconscientemente, les enseñó a sus hijos a no ser avorazados. 

La Liebre y la Tortuga [y la rata conservadora] 

La Liebre acostumbraba presumir todo el tiempo su velocidad y todas las competencias que ganaba, e incluso se burlaba de los animales más lentos. Un día, la Tortuga se hartó de la arrogancia de la Liebre y la desafió a una carrera delante de todos los demás animales. La Liebre, exhibicionista como era, aceptó el reto entre carcajadas. 

Después del desafío, la Tortuga se quedó a solas con su amigo el Caracol, quien le dijo: “¿Te das cuenta de que, a menos que ocurra un milagro, no vas a poder ganar?”. 

“Por supuesto que sí”, dijo la Tortuga. “Pero mi objetivo no es ganar, sino dar la lucha y perder con dignidad”. 

“¿Y eso de qué te va a servir?”, preguntó el Caracol. 

“Así la Liebre y todos los demás aprenderán a valorar el carácter de un animal más que sus triunfos”, contestó con solemnidad la Tortuga. 

Ni la Tortuga ni el Caracol se dieron cuenta de que cerca de allí había tres ratas que escucharon toda la conversación. Cuando ambos se hubieron ido, las ratas conferenciaron entre sí: 

“¿Escucharon a esa Tortuga?”, dijo una de ellas, la Rata primera; “¿De dónde habrá sacado esas ideas ridículas?”. 

“Debe tener mucho tiempo para filosofar, ya que se mueve tan lento”, conjeturó una segunda Rata. 

“En todo caso ¿Por qué te molesta tanto?”, preguntó la tercer Rata. 

“Me molesta porque es una amenaza para nuestro estilo de vida”, dijo, rencorosa, la primera Rata. “En la naturaleza sobresalen los más aptos, no los más virtuosos. Todos saben eso. En especial nosotras, las ratas, que somos expertas en sobrevivir. Pero si esa Tortuga torpe llega y convence a todos de que el carácter es más valioso que el triunfo ¿Qué va a pasar entonces? Los demás animales nos verán mal, nos considerarán despreciables por nuestra manera de sobrevivir. Estaremos en peligro”. 

“Pero ¿Y si la Tortuga tuviera razón?”, preguntaron las otras dos, mirándose. 

“¿Razón? La Tortuga solamente está especulando, yo estoy hablando de hechos”, decretó la primera Rata. “Además ¿Qué diferencia hace, si tiene razón o no? El mundo es lo que es, y nosotras, ratas, somos lo que somos. Si esa Tortuga se sale con la suya, todo el funcionamiento de la cadena alimenticia se trastocará”. 

“¿Y eso sería de verdad tan malo?”, preguntó la tercera Rata, muy amanerada, mientras se lamía una pata. “No tenemos por qué extinguirnos, sólo nos adaptaríamos a otro modo de vida”. 

“Eres una ingenua”, la calló la primera Rata. La tercera Rata se encogió de hombros y se alejó, pues no quería pelearse. Cuando se hubo ido, la primera Rara le dijo a la segunda: “Si la tortuga pierde la carrera y expone su argumento, corremos el riesgo de que se salga con la suya. No podemos permitir que la Tortuga gane, lo cual significa que no podemos permitir que pierda”. 

“¿Pero cómo vamos a hacer eso?” contestó la segunda Rata; “Como dijo el Caracol, sólo un milagro la haría ganarle la carrera a la Liebre”. 

“Pues entonces tendremos que fabricar nosotras ese milagro”, sentenció la otra. 

Ambos roedores fueron a donde descansaba la Liebre, completamente despreocupada. La primera Rata se posó junto a su largo oído y susurró con una mañosa voz de ensueño: “¡Qué raro que la Tortuga haya hecho un desafío que obviamente no puede ganar! ¿No será que se trae algo entre manos?”. Contrario a lo que la Rata esperaba, la Liebre soltó una enorme carcajada que la devolvió al estado de vigilia y dijo: “¡La Tortuga no está tramando nada! Es demasiado tonta para eso. Quien tiene lentas las patas, tiene lento el cerebro, por lógica”. 

Dicho eso, se levantó y se alejó. La primera Rata se enfurruñó: “Con este zopenco no vamos a llegar a ningún lado. Necesitaremos otra estrategia”. La Rata se puso a pensar hasta que se le ocurrió una idea. Fue corriendo a ver a la tercera Rata, la más amanerada, que nada sabía de sus planes, y le dijo: “¡Hermana! ¿No eres amiga de un humano que cocina?”. 

“Sí, así es”, contestó la tercera Rata. 

“Nuestra otra hermana no se siente bien; le dije que descansara pero no puede conciliar el sueño ¿Crees que tu amigo tenga alguna cosa que la ayude a dormir mejor?”. La tercera Rata prometió que iría a preguntar, y de inmediato se fue a una cierta casa humana a buscar a su amigo, un esclavo que se llamaba Esopo. La Rata se colocó en la ventana de la cocina y llamó muy discretamente a Esopo, quien estaba cocinando una lengua de res. 

“¡Buenos días, amiga Rata!” dijo Esopo cuando la vio. 

“Por desgracia ahora no tengo tiempo de charlar”, dijo la tercera Rata, y le preguntó si tenía algo que ayudara a alguien a quedarse dormido. Esopo tomó las hierbas que sus amos usaban como somnífero y le dio un poco a la Rata. 

Ella le agradeció, se despidió y fue corriendo a entregarle las hierbas a la primera Rata. Ésta le agradeció mucho a su compañera, y después fue a ver a la segunda Rata, que no se sentía mal en absoluto, y le dijo que tenía que quedarse muy dormida y actuar como si algo le hubiera sentado mal. 

A la mañana siguiente, el día de la carrera, la primera Rata fue a donde la Liebre estaba desayunando y, sin que ésta se diera cuenta, mezcló las hierbas somníferas con el resto de su comida. La Liebre apenas notó que había algo raro en el sabor de sus vegetales. 

Después todos se fueron a la carrera. En cuanto se oyó el grito de ¡Fuera!, la Liebre salió disparada, mientras la Tortuga echó a andar apaciblemente y llena de dignidad. La Liebre pronto se adelantó tanto que se perdió de la vista de todos, pero en eso se sintió terriblemente cansada. Tranquilizada por su ventaja y porque nadie la veía, se apartó de la ruta designada para poder descansar, y entró en el sueño más profundo de toda su vida. 

La Tortuga no vio esto, así que siguió con su paso constante sin imaginarse que hubiera acontecido nada inusual. Fue una inmensa sorpresa para ella cuando llegó a la meta y se encontró con que había ganado. Todos los animales la victorearon; ella, algo confundida, quiso dar su discurso sobre el valor del carácter, pero la primera Rata se le adelantó y dijo muy fuerte: “La Tortuga nos ha enseñado una lección muy importante hoy: la perseverancia y la constancia llegan más lejos que la rapidez ¡Que viva la Tortuga!”. Los demás animales aclamaron sus palabras y fueron a celebrar. 

La Tortuga, inicialmente, estaba frustrada por haber demostrado algo muy distinto a lo que quería demostrar, pero después pensó que de todas maneras había reivindicado su carácter y le había bajado los humos a la Liebre; también pensó que, al fin y al cabo, era cierto que la perseverancia y la constancia podían vencer a la rapidez. Así pues, terminó alegrándose de su victoria. La Liebre, en cambio, cuando despertó, varias horas después, se llevó una sorpresa muy desagradable. 

La primera Rata estaba complacida y aliviada con el éxito de su plan; la segunda Rata decidió que prefería no saber los detalles. Por su parte, la tercera Rata, muy amanerada, se sorprendió por el resultado de la carrera y nunca se le ocurrió hacer la asociación con el somnífero. Tiempo después, cuando pasó a visitar a su amigo Esopo, le contó la anécdota, aunque sin los importantes detalles que ignoraba. 

[las penurias d]El Ratón de ciudad y el Ratón de campo 

Un día el Ratón de Ciudad invitó a su primo el Ratón de Campo a visitarlo y cenar en su casa, y le ofreció una cena gourmet en su elegante comedor de apariencia lujosa. Todo iba bien hasta que fueron interrumpidos por el gato jefe del Ratón de Ciudad, que empezó a mandarle múltiples y constantes mensajes, muy enojados y amenazantes, y en un momento dado el Ratón incluso tuvo que salirse del cuarto a hablar por teléfono para apaciguar las cosas. 

Al terminar la cena, el Ratón de Campo le agradeció muy cortésmente a su primo y le dijo que todo había estado delicioso. El Ratón de Ciudad le respondió con la misma cortesía, pero de pronto colapsó, se dejó caer en la mesa y habló con un tono de gran lamentación: 

“¡Ya no aguanto! Primo, la verdad es que te envidio: ¡No sabes lo que es vivir aquí! No sólo mi jefe no me deja en paz: los precios volvieron a subir; el tránsito es una pesadilla, especialmente desde que cerraron una calle para reparar tres socavones y una fuga de agua que quién sabe cuánto tiempo llevaba allí; una amiga de la oficina denunció a un superior que la estuvo acosando, y a otro amigo una compañera lo acusó por acoso para desquitarse de que le dio una mala evaluación, y a mí me están presionando para que los traicione a los dos; además estoy a medio divorcio y para colmo el crimen se ha vuelto impredecible… ¡No tengo un momento de paz!”. 

El Ratón de Campo lo miró muy serio y le contestó: 

“¿Y tú crees que yo ando en lecho de rosas? Con tanto calentamiento global el clima está vuelto loco y yo no sé como arreglar la cosecha; mi camioneta se descompone a cada rato y arreglarla cuesta una barbaridad; el agua tengo que ir a traerla del pozo, que está muy lejos, y necesito varias cubetas para llenar el tinaco, y no puedo arreglarme con una compañía de agua porque todos quieren exprimirte; hace unos años el pozo me quedaba a media hora, pero se secó el río y tuvimos que abrir otro pozo, que me quedaba como a hora y cuarto, hasta que el municipio clausuró ese pozo por quién sabe qué, y ahora el tercer pozo me queda a más de dos horas y media; el mes pasado violaron a la hija de mi vecino y no pudieron denunciar, porque la cosa salía peor, y ahora no me atrevo a dejar a mi familia ir a ningún lado; ¿Tú crees que aquí hay inseguridad? Yo cada mes le tengo que pagar al narco por protección…” 

Los dos primos se miraron con conmiseración. “¿Y qué hacemos?” preguntó el Ratón de Ciudad, sin siquiera estar seguro de qué quería decir con eso. 

“Yo sugiero que vayamos a un bar a seguir hablando allí”, dijo el Ratón de Campo. 

“Excelente idea”, contestó el otro. Y se fueron al bar. 

La[s] Rana[s] y el Escorpión [y el efecto pigmalión] 

En los tiempos antiguos, un escorpión quiso cruzar al otro lado de un río, y fue a preguntarle a una rana si lo ayudaba llevándolo en su espalda. 

“Jamás”, contestó la Rana, “Me vas a picar a medio camino y me ahogaré”. 

“¿Por qué rayos te iba yo a picar? Me ahogaría contigo”, contestó, molesto, el Escorpión. 

“De todas maneras me vas a picar. Eres un escorpión, no podrás evitarlo”, contestó la Rana, y se alejó. 

El Escorpión fue entonces a preguntarle a otra rana, y recibió la misma respuesta: 

“¡Sí, como no! Si te llevo, me vas a picar y nos ahogaremos”. 

“Si yo también me ahogaría, entonces sería una estupidez picarte ¿No crees?”. 

“No puedes evitar picar. El mismo Jaguar ha dicho que no puede cambiar sus manchas”, contestó la segunda Rana, y se alejó. 

El Escorpión fue entonces a pedirle el favor a otra Rana, y después a otra y a otra, hasta que hubo hablado con todas las ranas del estanque, y con todas tuvo exactamente la misma conversación. 

Al día siguiente, el Escorpión estuvo acechando a una de las ranas que se había negado a llevarlo, y, en cuanto vio la oportunidad, saltó a su espalda. “Ahora, Rana, vas a llevarme nadando hasta el otro lado del río”, ordenó el Escorpión, “o de lo contrario de picaré aquí mismo hasta que mueras”. 

La Rana, espantada, preguntó: “¿Y cómo sé que no me picarás de todas maneras a medio camino?”. 

“Lo único de lo que puedes estar segura es que te mataré si no me llevas”, contestó el Escorpión. La Rana, sintiendo como las patas del Escorpión se clavaban en su piel, evitando toda posibilidad de quitárselo de encima, se resignó y, llena de temor, cruzó nadando el río con el arácnido a cuestas. 

Cuando llegaron a tierra firme del otro lado, el Escorpión dijo: “Muchas, gracias, querida Rana”. Acto seguido, la aguijoneó con furia una docena de veces. La Rana, agonizando de dolor, le preguntó: “¿Por qué lo hiciste?”. 

“Soy un escorpión”, contestó el Escorpión, “No puedo evitarlo, igual que el jaguar no cambia sus manchas ¿Te acuerdas?”. Y de inmediato se fue. 

Cuando se enteraron de todo, las ranas contaron una versión muy distinta de la historia. El Escorpión, por su parte, se quedó para siempre atrapado en el papel de villano, pues nunca aprendió a interpretar otro. 

El Labrador y el León [: nueva generación]

Había una vez un león que se enamoró de la hija de un labrador, y decidió ir un día a pedir su mano. Lo que el León no sabía era que los tiempos ya habían cambiado, y que su historia ya no podía ser la misma, pues se había expuesto a contagiarse de un mal reciente. 

El día que había elegido el León, el padre se sentía aletargado y le dijo a su hijo quinceañero que se iba a echar una siesta. Le exigió, con palabras altisonantes y rudas, que estuviera atento a cualquier cosa que se pasara. En cuanto su padre hubo desaparecido en el interior de la casa, el puberto se dejó caer en el viejo camastro frente a la puerta, con la escopeta al lado, y encendió una minitelevisión para ver un programa de chismes. Fue en ese momento que el León apareció para pedir la mano de su amada. 

El León se sorprendió un poco al no encontrar al labrador sino a su hijo, pero eso no lo detuvo. Muy serio, se acercó al imberbe humano y dijo: “Muchacho, por favor llama a tu padre. Quiero pedirle que me permita casarme con su hija”.

El humano apenas le echó un vistazo y volvió a desviar la mirada para vociferar: “No mames wey los leones no hablan ni se casan. Chinga’, ni siquiera hay leones en este país”. 

El León, muy consternado, contestó: “Pero muchacho ¿Qué no estoy yo aquí? ¿Qué no me estás escuchando hablar? ¿De dónde sacaste esa actitud? Además ¿En dónde crees tú que te encuentras ahora, que piensas que estás en un país específico? ¿Por qué ves una televisión, como si estuvieras en una época específica?”. 

En lugar de responder, el niño agarró la escopeta de su padre y antes de que el sorprendido León reaccionara, le disparó justo entre los ojos. “Pa’ que dejes de chingar pinche leoncito puto”, dijo el otro. El pobre felino no se desplomó, sino que desapareció de inmediato, como si nunca hubiera estado allí.

Después del insólito evento, el niño se volvió a recostar como si nada y dijo en voz alta: “y pa’ colmo ahora desapareces. Leones mágicos mis huevos, eso sólo pasa en los pinches cuentos para niños retrasados”. Dicho eso, volvió a poner la escopeta al lado suyo y subió el volumen de su aparato. 

Fotografía de Green blade

Escrito por:paginasalmon

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